Marcos García Guerrero

Shirley Jackson y la brujería de lo incierto

Sin caer en idealizaciones románticas, hay que reconocer que desde hace años las editoriales independientes llevan a cabo en nuestro país una labor tan silenciosa como necesaria. No solo apuestan sin complejos por autores desconocidos, sino que desarrollan una arqueología literaria que desentierra del olvido obras que, por motivos incomprensibles, no han visto la luz en España (o que de haberlo hecho, acabaron siendo desterradas de las librerías por las despiadadas exigencias del mercado). Es en este contexto en el que hay que situar un título de culto como Siempre hemos vivido en el castillo (1962), de Shirley Jackson, que acaba de ser recuperada en castellano por la editorial Minúscula, con una edición cuidada, una nueva traducción a cargo de Paula Kuffer y un esclarecedor posfacio de Joyce Carol Oates. La forma perfecta de conmemorar el cincuenta aniversario de su publicación original en inglés.

Para quien en un primer momento no identifique a Shirley Jackson, hay que señalarle que es la autora de La maldición de Hill House (1959). Si este dato no es lo suficientemente elocuente, puede apuntarse también (a menudo el cine es un faro cultural con una luz mucho más potente que la de la literatura) que Robert Wise llevó la novela a la gran pantalla con un resultado sobresaliente bajo el título de The Haunting (1963). Y si aun así perdura el despiste, no queda otra que recordar la popular adaptación cinematográfica de 1999 a cargo del director holandés Jan de Bon, y que pasaría al imaginario colectivo como «aquella película tan mala de Catherine Zeta-Jones en una casa endemoniada».

Fotograma de la película The Haunting (1963), dirigida por Robert Wise

La maldición de Hill House es una de las historias más terroríficas de todos los tiempos, y es el título referencial del subgénero de «casa encantada»; ahí está ese homenaje-que-roza-el-plagio de la Hell House (1971) de Richard Matheson, o la icónica El resplandor (1977) de Stephen King, inconcebible según el propio autor sin el precedente de Jackson. Pese a que el tema de la casa encantada viene de lejos (ya la iniciadora del gótico El castillo de Otranto de Horace Walpole, de 1766, tiene como premisa fundamental las fantasmagóricas presencias que deambulan por un castillo medieval), Jackson le da un vuelco en pleno siglo XX, dejando de lado el aspecto puramente fantástico para, en busca de cierta verosimilitud seudocientífica, hacer mayor hincapié en la parapsicología. Por tanto, que nadie espere espectros antropomórficos embutidos en látex como los que pululan por American Horror Story, ni fantasmas con problemas identitarios como los de Los otros, y mucho menos el clásico espíritu de sábana y grillete de nuestras pesadillas infantiles; en la Hill House el Mal es una energía negativa que está atrapada en su estructura y que se manifiesta atacando el lado oscuro de las mentes de sus inquilinos.

Al igual que sucede con la vida de muchas de las grandes figuras de la literatura, la biografía de Shirley Jackson es casi tan interesante como su obra. Californiana trasladada a Nueva Inglaterra, vivió presa de neurosis (se creía acosada por los vecinos) y enfermedades psicosomáticas, fue subestimada intelectualmente por su marido (lo que la mermó en extremo) y acabó sus días recluida en casa, con obesidad mórbida y una peligrosa querencia por las anfetaminas y el alcohol. Se sabe además que era una experta en magia negra y brujería (su hijo cuenta que entre otras proezas taumatúrgicas consiguió desatascar un fregadero, abra-ca-dabra, mediante una sencilla invocación), llegando a decirse que su repentina muerte con 48 años se debió a algún tipo de maldición.

Pese a que Shirley Jackson es reconocida con justicia como una de las grandes voces del terror moderno, parece un poco simplista reducir su obra a una etiqueta genérica. Es una autora poderosa, con personalidad, compleja, que no duda en traspasar las fronteras de lo convencional dando a sus historias una heterogeneidad difícil de encasillar, y que busca el horror mediante el análisis de los claroscuros de la psique humana. Estas características quedan condensadas en el polémico y genial relato The Lottery, publicado en 1949 en The New Yorker, y que le valdría, por su transgresor planteamiento y su lapidario (nunca mejor dicho) final, tanto la fama como en su momento las airadas protestas de cientos de lectores.

Shirley Jackson

Para hablar de Siempre hemos vivido en el castillo (y aviso que hacerlo es realmente difícil sin destripar parte de su contenido), no hay mejor manera de comenzar que citando su primer párrafo.

«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.»

Mary Katherone Blackwood, apodada cariñosamente Merricat, es una adolescente que vive encerrada en su «castillo» (un caserón a las fueras de un pueblo de Nueva Inglaterra), el cual abandona solamente una vez a la semana para acercarse a la civilización y hacer la compra. En esos viajes casi fugaces padecerá el desprecio generalizado de sus vecinos, y ese desprecio, entendemos, se debe a la negra sombra que recae sobre la familia Blackwood desde que, seis años atrás, parte de ella muriese envenenada en su propia casa mientras cenaba. Constance, la protectora hermana mayor de Merricat, pasa el día entregada a las labores del hogar y atendiendo a su enajenado tío Julian, que desde su silla de ruedas se empeña en escribir y reescribir sus memorias. Merricat, por su parte, realiza excursiones silvestres por las cercanías de la casa con su gato Jonas (que le habla con la mirada), y se dedica a blindar sus aposentos con todo tipo de sortilegios «mágicos» (un libro clavado en un árbol, una caja enterrada con dinero…), destinados a proteger su santuario de agorafóbica felicidad frente a la amenaza del mundo exterior. Hasta que, un día, un extraño se introduce en el hogar de los Blackwood poniendo a prueba su brujería.

Deborah Kerr protagonizó The Innocents (1961), adaptación del director Jack Clayton del relato Otra vuelta de tuerca, escrito por Henry James.

Siempre hemos vivido en el castillo es, junto a Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay (1967), la más brillante aportación a eso que Joyce Carol Oates identifica como «narración no fiable», corriente canonizada desde 1898 por Otra vuelta de tuerca de Henry James. Un tipo de narración inteligente, exigente, que adopta la apariencia de cuento gótico (mansiones apartadas, atmósferas opresivas, acontecimientos sobrenaturales…) para criticar, amparada en la libertad que le brinda su disfraz alegórico, a la sociedad de su tiempo.

Esta literatura de lo incierto, desasosegante, perturbadora en su ambigüedad, propone un complejo juego de perspectivas: la de los personajes, narradores (ya sea mediante la primera persona o la voz de una tercera persona equisciente) aparentemente racionales, y la de los lectores, atentos espectadores a los que se les exige convertirse en jueces de lo narrado. ¿Es Merricat realmente una bruja? ¿Son fantasmas esas presencias que ve la institutriz sin nombre del cuento de James? ¿Es una portal hacia otra realidad la estructura rocosa de Hanging Rock? Contradiciendo a Fox Mulder, en este caso la verdad está aquí dentro, en nuestras cabezas. Y ésa es la principal genialidad.

No debe confundirse, sin embargo, esta vertiente literaria con el surrealismo onírico de David Lynch, el misterio aparentemente sobrenatural de Rebecca de Dafne du Maurier o de Jane Eyre de Charlotte Brontë, ni la falsa paranoia de La semilla del diablo de Ira Levin. Se trata de una vertiente de terror psicológico que inquieta mediante la sugestión sutil, que no explica, sugiere, que disemina su discurso de señales (y señuelos) y que, sobre todo, centra su atención fundamental en acontecimientos que bajo la (¿supuesta?) apariencia de lo fantástico enmascaran uno de los miedos más profundos del ser humano: el de lo plausible.

Como dijimos al principio, es digna de celebrar la vuelta a la vida de una gran novela. Es una suerte que a estas alturas podamos revivir la sensación de encontrar ese libro casi secreto, esa joya inesperada que nos proporcione, frente al tedio de las novelas convencionales, una experiencia lectora extraordinaria.

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2 pensamientos en “Shirley Jackson y la brujería de lo incierto

  1. Pingback: Miénteme. Hércules 0, Sporting 0 | NEVILLE

  2. Una novela maravillosa y una reedición -de horrenda cubierta- que todavía se ha celebrado poco. Tal vez sea mejor así, y que siga siendo “secreta”, pese a que mucha ficción posterior la ha tenido en cuenta: la última vez que me vino a la cabeza Merricat fue viendo “Stoker”…

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