Paula Corroto

Argo: esto no es Hollywood

La película Argo y el testimonio homónimo en el que se basa coinciden en las salas de cine y en las librerías, a pesar de sus diferencias. El libro, escrito por el exagente secreto de la CIA Antonio J. Mendez, no es tan peliculero como el film que ha dirigido Ben Affleck.

La mentira más descabellada es la que al final triunfa. Este mantra sostiene la película Argo, dirigida e interpretada por Ben Affleck y estrenada hace tres semanas en España. Es el mismo pilar en el que se asentó la extravagante misión que dirigió en 1979 el exagente de la CIA Antonio J. Mendez para rescatar a los seis rehenes diplomáticos estadounidenses de un Irán que acababa de caer bajo el yugo totalitario del ayatolá Jomeini. Mendez comenzó a contar esta estrategia al mundo en 1997, cuando la agencia de inteligencia le dio permiso. Ahora acaba de publicar el testimonio novelado (RBA). Y con Affleck, que se hizo con el guión, todos nos hemos enterado definitivamente de una operación basada en convertir a los seis funcionarios en miembros de un equipo de rodaje de un film de ciencia ficción en tierras tan exóticas como era ese imperio persa del depuesto sah Reza Pahlevi. El resultado para el director ha sido excelente: según el portal IMDB, sólo el primer fin de semana recaudó 704.519 euros en España. Y la caja registradora no deja de bombear.

No obstante, el espectador y el lector que se acerquen a la vez al cine o a las librerías encontrarán notables diferencias entre la película y el libro. La primera nos vuelve a revelar que Affleck es un buen director. Si tiene un buen guión, y en esta ocasión, obra de Chris Terrio y Joshuah Bearman, lo tiene, es capar de realizar un film con un gran pulso narrativo, como le ocurrió con Adiós, pequeña, adiós, basada en la excelente novela de Dennis Lehane, o en The Town, inspirada en el libro de Chuck Hogan El príncipe de los ladrones. Sin embargo, si el espectador llega al cine después de haber leído Argo, comprobará cómo en esta película a Affleck se le nota el egocentrismo de todo actor/director; cómo al film se le marcan las costuras de la «americanada», del toque lacrimógeno, del final sentimentaloide made in Hollywood y de, en definitiva, la presión de unos productores que ante todo quieren ver al trasluz la banderita de Estados Unidos. ¿Hay algo de todo esto en la obra de Mendez? Muy poco.

Argo, el testimonio, escrito entre el ex agente y el escritor y periodista Matt Baglio, es principalmente un recorrido sobre cómo el espía llegó a la agencia de inteligencia y un manual de instrucciones sobre cómo actúa la CIA. Podría acercarse a una novela de aquellos escritores que tan bien supieron utilizar la pluma en los años de la guerra fría, como John Le Carré o Frederick Forsythe, pero le faltan tensión, intención narrativa y hasta ese punto de «aquí el héroe soy yo».

Mendez inicia su relato contándonos que él no era más que un simple chaval de una familia de pocos recursos del medio oeste estadounidense al que le gustaba pintar. Cuando tenía poco más de 20 años, un anuncio en un periódico en el que pedían dibujantes le llevó a contactar con la CIA, que pronto le ofreció un puesto como validador. Falsificador de documentos, al fin y al cabo. Es curioso que la superagencia aparezca, aunque sea de forma encubierta, en un diario, pero de todas estas iniciativas un tanto míseras está plagada la novela/testimonio de este espía.

La siguiente escena es la familiar. Mendez está felizmente casado y tiene tres hijos. En la película, el personaje de Ben Affleck está separado, triste y abatido. Echa de menos a su hijo, que vive con su madre. Punto para el melodrama, que cobra aún más foco cuando en el film es el niño quien le da la idea de intentar rescatar a los rehenes mediante el rodaje falso de una película. En la novela, a Mendez se le ocurre por sí solo después de desterrar unas cuantas acciones como las de sacarlos como si fueran profesores o expertos en nutrición.

Por supuesto, hay detalles que conviven tanto en la propuesta literaria como en la cinematográfica. Uno de ellos es la frase con la que Mendez da un pequeño puñetazo en la mesa de operaciones de la CIA para que se le tome en serio: «Las extracciones son como los abortos: nunca necesitas que te practiquen uno a menos que algo haya salido mal. Y si necesitas abortar, no lo haces tú mismo». Después, eso sí, deliberaciones, contactos con el Gobierno de Canadá (recordemos que una parte de los rehenes se han escondido en la casa del embajador canadiense Ken Taylor en Teherán y otra parte en otra casa, dato este que, por cierto, no sale en la película) y más batallas de la agencia de espionaje con las falsificaciones de los pasaportes y demás (Mendez te da una verdadera clase de cómo se hacía esto en los años setenta).

Un rescate a la americana

Hasta la página 165 del libro no comienza la verdadera acción. Para entonces, eso sí, el lector ya sabe que Mendez ha sacado disfrazado a más de un tipo de Irán o algún otro país «peligroso» como era en los setenta la URSS de la KGB. En el filme de Affleck, no obstante, no tenemos mucha constancia de qué es lo que hacía antes el espía y ya llevamos varios minutos sabiendo que se va a realizar una película falsa, que es aquí lo que importa. Las escenas de los contactos con Hollywood, de un maquillador y un productor que les ponen en bandeja cómo recrear un estudio de rodaje falso, son las más divertidas del film. Y ahí el espectador le debe mucho al buen hacer del actor John Goodman. En el libro se dilapida esta historia en unos cuantos párrafos sin demasiado sentido del humor. Es más, la idea de que la película irreal se llame Argo no se le ocurre al personaje de Affleck, aka Toni Mendez, sino a uno de los falsos productores. ¿Egolatría una vez más del actor y director? Es posible.

Pasemos al momento del rescate. En la película, Affleck es el gran justiciero. El llanero solitario que parte de Estados Unidos a Turquía para, después de una tensa entrevista con el cónsul iraní, volar hasta Teherán. En la novela, Mendez viaja a Fráncfort, donde entra en contacto con otro agente, Julio. Los dos serán quienes intenten devolver a casa a unos rehenes de los que sólo sabemos que se pasan el día jugando al Scrabble. Una vez llegados a la capital iraní, apenas tienen problemas para pasar los controles de inmigración, a pesar de que poseen identidades falsas. Llegar a la casa del embajador canadiense es una tarea de niños, y contarles a los rehenes que se tienen que convertir en miembros de un equipo de Hollywood tampoco supone un esfuerzo denodado. Es más, ni siquiera es la primera opción que se les plantea. Los últimos minutos del metraje del film son todo un alarde de película de acción y aventuras. A última hora parece que el Gobierno de Estados Unidos que preside Jimmy Carter está a punto de echar para atrás la operación. Los rehenes tienen que sufrir a la muchedumbre iraní mientras intentan huir por las calles de Teherán en una furgoneta. Los controles en el aeropuerto son dramáticos. Casi, casi estamos ante un film de Rambo. La producción echa el resto en tópicos de cualquier película americana. Disparos, persecuciones, caras circunspectas. Buen pulso narrativo y audiovisual. Eso sí, de los esfuerzos de Canadá para que aquellos hombres y mujeres salgan con vida apenas se dice nada, a pesar de que en el libro Mendez sí hace continuas referencias a la solidaridad canadiense: «Hay gente que ha llegado a decir que había cierta competitividad entre Washington y Ottawa, pero a Taylor [el embajador] y a mí nunca nos lo pareció. Aquella fue una operación conjunta desde el principio», escribe.

La película de Aflleck llega a su fin y el espectador posiblemente sonría satisfecho. El actor de cara impávida es un héroe. Como director ha conseguido que uno se pertreche a su butaca. Mendez, por su parte, no puede decir lo mismo: en sólo unos párrafos dinamita todos los fuegos artificiales (y dinero) que invierte el director en la película. Y, por supuesto, en este último balance, como entretenimiento y diversión, el punto positivo se lo lleva quien fuera ganador de un Oscar con El indomable Will Hunting. Hierático, pero listo en lo suyo. De ahí su éxito en taquilla. Mendez, a fin de cuentas, es sólo un espía que ha intentado explicar su trabajo y la CIA, pese a sus extravagancias, no tiene la pirotecnia de Hollywood.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s