Adrián Sánchez Esbilla

Un perro de Los Ángeles

Sajalín ha vuelto a hacerlo. Otra vez ha soltado a Bunker a la calle. Cierren sus casas, escondan a su hijos, Little Boy Blue anda suelto. El primer jalón de la autobiografía de verdad ficción del escritor californiano que completan la carcelaria La fábrica de animales, esa dupla del naturalismo noir que forman Stark, sobre un soplón drogadicto, y Perro come perro, centrada en los verdaderos profesionales del atraco a mano armada; y No hay bestia tan feroz, obra total, resumen y al tiempo expansión de su obra. Éste fue mi primer encuentro con él, uno que me dejó con los ojos amoratados y escupiendo sangre contra el suelo, y la edición de Little Boy Blue parece una excusa tan buena como cualquier otra para recuperarla y avisar a los desprevenidos: tengan cuidado al abrir sus libros, muerden, infectan, te hostian y luego se ríen de ti. 

Arrolladora, implacable, más que parcialmente autobiográfica, más que completamente insolente. Esta novela no sólo es uno de esos libros que certifican que, a veces, los autores de culto lo merecen, es una obra maestra de la narrativa (criminal) norteamericana, colocada en equilibrio inverosímil entre el pulp más descarado y el postbeat. Escrita a entradas y salidas de la cárcel, entre enganches y separaciones de la heroína, es más vertiginosa y nihilista que La huida de Jim Thompson, tan impúdica como el Yonqui de William S. Burroughs, tan minuciosa en la descarnadura como Por el pasado, llorarás de Chester Himes, tan vivaz y genuina como Los amigos de Eddie Coyle de George V. Higgins y tan urgente como Última salida a Brooklyn de Hubert Selby Jr, el beatnik obrero, el outsider. Edward Bunker es el penúltimo a la cola de los proscritos, de los renegados a (re)descubrir. Esa suerte de escuela paralela de la novelística norteamericana.

Sajalín ha dado forma en español a la obra (dispersa) de Edward Bunker, autor de cara patibularia y físico rotundo que se paseaba por Reservoir Dogs como el Señor Azul a cuenta de la admiración que le profesaba Quentin Tarantino, uno de sus rehabilitadores en Estados Unidos a principios de los noventa. También fue guionista (poco), asesor e incluso contó con un papelillo en Libertad condicional, palidísima versión que Ulu Grossbard filmó para Dustin Hoffman en 1977, y en la cual el divo interpretaba a Max Dembo, el álter ego del propio Bunker. Ése era antes de Sajalín, y no cuesta decirlo una vez más. Una promesa, una novelista oscuro, un mito del underground criminal al que todavía tendríamos que esperar durante casi veinte años, como si fuese otra condena a sumar a su larga lista. Porque Bunker es como esos tipos que vieron a Johnny Cash en la prisión de Folsom y aquello les salvó la vida. Sólo que cambiando la guitarra por una máquina de escribir, aunque manteniendo el exorcismo y la redención.

No hay bestia tan feroz, tremendo título, es una frase extraída del Ricardo III de Shakespeare, la epopeya del rey contrahecho. Una sentencia que el protagonista, Max Dembo, cabrón integral autodenominado, ladrón profesional, drogadicto y narrador de si mismo, se empeña en desmentir una y otra vez, como diciendo que sí, que él es una bestia aún más feroz.  Cabalgando sobre una narración que es como un obsesivo tamborileo en primera persona supone una inmersión, áspera y adictiva, en una mentalidad criminal sin ánimo de redención, que funde lo documental con lo autojustificativo, el cinismo con la lucidez y lo negro con lo tierno en un conjunto de formidable nervio narrativo (pese a sobrepasar las 400 páginas), esparcido por la superficie de una ciudad, Los Ángeles, que es al tiempo geografía física y paisaje (a)moral.

Repleto de personajes memorables, amén de un soberano retablo de caracteres/tipos/lugares y una poderosa historia de acción violenta, supone todo un análisis de la imposibilidad de la reinserción en la América de los primeros setenta. Un documento de una penetración psicológica y una sinceridad admirables, porque hasta mintiendo, hasta mintiéndose, no puede evitar vomitar toda la verdad. Detrás del hedonismo antisocial y dentro de ese fresco psicohistórico se dan la mano Kafka y el hard-boiled. Existencialismo de kiosko, documento al natural y portadas chillonas. Lo sublime y lo barato. El restallido de la violencia, la seducción de arrabal, la frase punzante y los detalles coloristas con  la pesadilla de las entrañas de los sucesivos sistemas (el civil, el penitenciario, el criminal) contra los cuales se contrapone el rampante individualismo de un antihéroe que, como el corredor de fondo de Alan Sillitoe, sólo tiene su propia honestidad, una que ni es agradable, ni es buena, sólo es suya.

Fuera de su propio tiempo, casi una década de cárcel, que es como un limbo dentro del cual nada avanza mientras fuera todo parece ir al doble de su velocidad ordinaria, a Max Dembo sólo le queda ser un aparecido entre cadáveres. Con su corte de pelo y su ropa de hace diez años se reencuentra con un mundo en el que ni cabe ni quiere caber. Como su protagonista, Bunker es fiel a cuatro reglas, pero lo suficientemente perro como para cambiarlas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s