Pablo Batalla Cueto

La humanidad infinita. Exposición en el CCAI (hasta el 2 de diciembre)

Para todo hay clichés, lugares comunes y frases hechas. Existe una que aparece siempre que intenta describir, en una breve frase contundente a modo de eslogan, cualquier país de un cierto tamaño, y especialmente los gigantescos de dimensiones continentales: «país de contrastes». China es un país de contrastes. Rusia es un país de contrastes. Estados Unidos es un país de contrastes. Incluso España es un país de contrastes. Es una coletilla facilona, escasamente original y escasamente descriptiva en realidad: que un territorio de centenares de miles de kilómetros cuadrados contenga mar y montaña, climas fríos y climas calientes, grandes ciudades y zonas rurales; lenguas, gentes, tradiciones, músicas, pueblos, razas, etcétera, diferentes y variopintas, es una obviedad tan enorme como China.

«Que yo sea esquizofrénico no quiere decir que la gente no me persiga», decía Kurt Cobain; con los clichés sucede algo parecido: que lo sean no quiere decir que no puedan ser absolutamente atinados; su problema no es lo falaces, sino lo manoseados. La India es, sin ninguna duda y con todo rigor, un país de extraordinarios contrastes, y la exposición de fotografías India, tierra infinita, que alberga hasta el próximo 2 de diciembre la segunda planta del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón, es una hermosa condensación de todos ellos. Este artículo podría perfectamente, pues, titularse India, tierra de contrastes.

Podría hacerlo, porque es ciertamente un contraste pasmoso el apreciable entre la imagen de la niñita descalza, con su espalda desnuda lisa, tersa, pura, perfecta, casi como de frágil porcelana recién bruñida; y la fotografía de la vieja que se entretapa con un bonito velo de colores el atristado rostro octogenario sobre el que flotan, como maderos secos sobre el Ganges, cien millones de arrugas más de la cuenta. La belleza resplandeciendo en medio de la podredumbre y la podredumbre oculta tras la belleza. India debe de ser algo así. El Taj Mahal y las chabolas de Calcuta.

Y también es un contraste pasmoso el establecido entre la imagen de una marabunta de niños movedizos y juguetones de sonrisas desdentadas, felices sin más como sólo saben serlo los niños; y otra marabunta, ésta sosegada, solemne, de mujeres cansadas, terriblemente cansadas, mirando cansadamente con sus miradas cansadas a la cámara. No debe de haber muchos otoños de diferencia entre los zagales y sus madres; probablemente éstas, aunque marchitas, no tengan más de veinticinco o treinta años: así de supersónico es el bólido de la longevidad en el Tercer Mundo.

Y también es un contraste pasmoso el que enfrenta a los ojos enormes, acuosos, negrísimos y frágiles como el océano antes de una tormenta, de un primoroso bebé; y las miradas entre perdidas y lascivas de una cuadrilla de drogadictos precoces.

Pero el artículo no se titula India, tierra de contrastes, porque si se titulase así, usted, marcado por el tópico paisajístico, pensaría en cumbres nevadas, tórridos desiertos y selvas frondosas. Y esta colección de fotografías de Daniel Ordóñez, Marcos Martínez, Javier Biscayar y Juan Collada y Agadia, no va de eso.

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