Rubén Paniceres

Lawrence de Arabia, las caras del héroe

El próximo 10 de diciembre se cumple el 50.º aniversario de la película Lawrence de Arabia, dirigida por David Lean y protagonizada por Peter O’Toole. NEVILLE, el magazine digital, dedica un homenaje a la película y a la figura de T. E. Lawrence con varios artículos que se irán publicando a lo largo de los próximos días, con los que pretendemos acercar al lector no sólo al personaje cinematográfico que consagraría la leyenda, sino también al antropólogo, al espía, al estratega, al mito y, como en el caso que nos ocupa hoy, al hombre que transmutó en diferentes identidades. Todo ello  desde las diversas visiones que se han dado de él a través del cine, el reportaje, el ensayo y, obviamente, su propio trabajo consagrado en la publicación Los siete pilares de la sabiduría.

En la figura de  T. E. Lawrence es difícil separar la realidad de la leyenda. Posiblemente, por la naturaleza poliédrica del personaje, en el que encontramos diversos avatares: arqueólogo, espía, escritor y, sobre todo, épico líder de la campaña del desierto contra el Imperio otomano durante la primera guerra mundial. Es esta última faceta en la que el director David Lean y sus guionistas Robert Bolt y Michael Wilson  prefirieron enfocar su retrato del llamado Lawrence de Arabia en el film de título homónimo estrenado en diciembre de 1962.

Un caballero entre hombres

El Lawrence de la película de Lean, personificado bajo los rasgos dionisiacos de un joven Peter O’Toole, es reflejado en las primeras secuencias como un marginado, un outsider que diría Colin Wilson. Hijo no reconocido de un aristócrata inglés, el no poder ostentar el apellido paterno le convierte en un hombre sin nombre, porque en una sociedad tan clasista como la inglesa de la época sólo te identifica como individuo  «el nombre del padre». Ese ser casi inexistente tratará a lo largo de todo el metraje del film de construirse un yo, un lugar en el mundo, desempeñando diversos roles destinados todos a la desilusión. El primer intento es ser militar de carrera. Pero el hábito no hace a un Lawrence, al cual el uniforme le sienta francamente mal. Una indisciplina de carácter, adornada de cierta torpeza, le hace ser poco, o nada, valorado por sus superiores. Esto intenta ser compensado con el ensayo de extravagantes rasgos de personalidad, que incluyen la indeferencia a las flaquezas del cuerpo humano. O’Toole parece disfrutar de un moderado masoquismo, dejando que las llamas de un fósforo le quemen la punta de los dedos, a lo que hay que unir la ausencia radical del eterno femenino. Es muy bizarro contemplar hoy en día una película de casi cuatro horas de duración en la que no se divisa a ninguna mujer. Sólo a una multitud  de hombres aguerridos, habitantes de un masculino planeta, en el que algunos se declaran su amor sin ambages, pero sin llegar al intercambio de fluidos corporales. Lean construye el más platónico de los relatos. Describiendo un universo más homófilo que homosexual, proponiendo un modelo de romanticismo bastante innovador entonces y ahora.

El nacimiento de El Aurens

El siguiente ensayo de Lawrence para crearse un rol social será enrolarse como agente secreto con la misión de entrar en contacto con una cultura distinta, la árabe, que despertará  primero su curiosidad y más tarde su empatía total, hasta el extremo de querer integrarse en ella. Como Alberto Cardín apuntó en su momento, en un artículo para la revista Los Cuadernos del Norte [recuperado por Neville aquí], hay mucho de etnólogo o antropólogo cultural en la trayectoria de Lawrence con los árabes. O’Toole es alguien que trata ante todo de aprender cómo son esos extraños, a los que al principio no parece entender, ni siquiera aceptar, pero que finalmente respetará y admirará. Otro elemento es la búsqueda de una figura que ocupe de manera simbólica la imagen ausente del padre. El príncipe Feisal  (Alec Guinness), con su aureola de grandeza y dignidad, ejerce ese papel para Lawrence y le  marca su tarea: liberar a la nación árabe de la tiranía de los turcos.

Así desaparecerá el teniente Lawrence y nacerá el Aurens o Aurans, conductor del pueblo árabe como si fuera un moderno Moisés que les hará atravesar infernales mares de arena  hasta llegar a las plazas fuertes del enemigo, afincadas frente a un límpido océano. Esa creación de una nueva identidad es remarcada en la escena en la que los árabes queman el raído uniforme británico de Lawrence para ataviarle con el impoluto vestido blanco de los peregrinos a La Meca.

Si el antiguo Lawrence se definía por su grisura, por el rechazo de la comunidad, el nuevo Aurans es una personalidad  legendaria, caracterizada por un exhibicionismo y una psicología tendente a la megalomanía.  Ni Lean ni los espectadores llegamos a creernos del todo a este nuevo Lawrence. Hay algo de representación, de gesto histriónico de cara a la galería, que nos sugiere que el héroe es una máscara, bien ajustada por la propaganda mediática, encarnada por  un periodista americano que es un trasunto del real Lowell Thomas, uno de los primeros artífices de la reputación mítica del Lawrence de la historia.

Maquiavelo tras la redención

Su detención, tortura y presunta violación por parte del ejército turco hará añicos ese simulacro que el propio Lawrence llega a creerse con el fervor del converso. El Aurans descubre la fragilidad de su cuerpo al sufrir los azotes, el color de su piel al ser ultrajado sexualmente y su vulnerabilidad como ser humano. Como si fuera un Arthur Rimbaud, desea volver a ser el hombre sin atributos que era antes. Alguien «normal». Pero el deseo de  gloria, o más importante aún, de reconocimiento y aceptación, volverá  a envolverle con sus espejismos. Una nueva figura paterna, el general Allenby, no tan magnética como Feisal, pero más maquiavélica, le someterá de nuevo a la tentación  de recuperar su armadura de redentor por la espada de las tribus árabes. Pero éste es un Aurans diferente; sus blancas vestiduras, metáfora de la búsqueda de la pureza, se han ensuciado a lo largo de su trayectoria por el barro, el polvo de la derrota y la ignominia. Si antes era un líder compasivo, incluso con el enemigo, ahora es un Berseker, un guerrero de las sagas nórdicas, sediento de sangre. Sus recuperadas vestiduras tornarán a enlodarse con la embriaguez de la matanza. Es la caída, la pérdida de la virtud de un  buscador de lo absoluto. Si fracasa el espíritu, la última tentativa es la política, que es la continuación de la guerra por otros medios.

Éste será el último y definitivo fracaso. Después de todo, Lawrence comete el error que siempre ha cometido Occidente, tratar de imponer un modelo de sociedad a la europea a un cultura y una mentalidad diferentes, no reconociendo el derecho a la alteridad de otros pueblos. La  nación árabe que Lawrence intenta levantar de la nada, en una Damasco conquistada a los turcos, se revela como una auténtica torre de Babel, donde las diferencias y las rencillas tribales dividen a las distintas comunidades.

T. E. Lawrence, el hombre sin atributos

Agotadas todas las posibilidades de ser alguien, Lawrence elegirá no ser nadie. Despedirse de su amado desierto para siempre, mientras el automóvil que le conduce al olvido es rebasado por una inquietante premonición de su futura muerte, en un accidente de moto.

Lean obvia el resto de la vida de T. E. Lawrence: su faceta de autor de sus memorias en el desierto, Los siete pilares de la sabiduría, y su versión abreviada  para el gran público, Rebelión en el desierto; así como su extraña peripecia ingresando en la RAF como mecánico y como soldado raso bajo los seudónimos primero de Ross y luego de Shaw, experiencia  que vertió en su novela El troquel, según algunos el mejor retrato del embrutecimiento de la vida militar en el ejército británico que se ha escrito nunca.

Claro que esa sería otra película, más apropiada para los directores del free cinema, como el Tony Richardson de La soledad del corredor de fondo. En cambio, la película del autor de El puente sobre el río Kwai se inscribe en la tendencia que ocupó el cine británico de los sesenta, caracterizada por el culto de los héroes. Títulos como Karthum, dirigida por Basil Dearden en 1966, o Zulú, filmada por Cy Enfield en 1964, son como explotaciones del Lawrence de Arabia de David Lean, imbricando nostalgia por la gesta colonial y diversos grados de reconocimiento y respeto hacia los pueblos colonizados. Sin  embargo, a pesar de su indudable calidad, no llegan a los niveles de la película de Lean en  su intuición de plasmar el zeitgeist desencantado y desmitificador de los sesenta, que mira hacia el pasado para constatar su inoperancia en los tiempos actuales.

Después de todo, hay que despertar del sueño de los héroes, ejemplificado en la épica del «inevitable hombre blanco», que diría Jack London. Lean supo verlo con lucidez en el mundo de la ficción. La guerra de Vietnam y la contracultura juvenil le dieron la razón años más tarde. Lo malo es que esas  jóvenes generaciones, que por cierto apreciaban bastan la película y convirtieron  la efigie ensabanada de O’Toole en un icono, crearon sus propios e inoperantes mitos. Pero eso, como diría Kipling, es otra historia

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2 pensamientos en “Lawrence de Arabia, las caras del héroe

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