Rubén Paniceres

El final de Inglaterra

No Limits Films edita en DVD un clásico del cine negro británico, El largo Viernes Santo (The Long Good Friday), de 1980, dirigido por John Mackenzie según un guión de Barrie Keeffe, y con una irresistible banda sonora de Francis Monkman. Es, pues, un buen momento para recuperar esta recia gangster movie a la manera británica que constituye una obra maestra no demasiado conocida por el gran público.

Financiada por la productora del ex Beatle George Harrison, Handmade Films —firma que estuvo detrás de películas como La vida de Brian (Terry Jones, 1979), Los héroes del tiempo(Terry Gilliam, 1981) o Monalisa (Neil Jordan, 1986)—, el film de Mackenzie ejercita una lección de anatomía sobre el cuerpo social de la Inglaterra de finales de los setenta y principios de los ochenta, una época en la que gobierna de manera autoritaria el partido conservador liderado por la llamada Dama de Hierro, Margaret Thatcher, y la población se enfrenta a los restos del naufragio del Imperio británico, que hace demasiado tiempo ya no reina sobre las olas.

La anécdota se centra en un gángster londinense, Harold Shand (poderosa interpretación de Bob Hoskins), reconvertido en próspero hombre de negocios que pretende hacer tratos con inversores norteamericanos y tiene como objetivo hacerse de oro con la especulación inmobiliaria que alcanzará su presunta cima con la celebración de unas Olimpiadas en Londres en 1988. Los intentos de Shand para aparentar una clase de la que carece, cifrados en un lujoso yate para las recepciones y tener como pareja a una elegante dama con modales y dicción de la clase alta —magnífica Helen Mirren—, no ocultan su auténtico carácter: un granuja a medio camino entre el rufián dickensiano y una versión británica de Al Capone. A pesar de sus exhibiciones de grandeza, su hábitat real es una Inglaterra en estado de derribo: reconversión industrial, paro, la enajenada vocación de construir un capitalismo mimético del estadounidense y el peligro omnipresente del terrorismo del IRA son las realidades que se esconden detrás del decorado que Shand y la sociedad inglesa intentan trabajosamente apuntalar.

Aparentemente, todo va bien: Hoskins tiene en el bolsillo a policías y políticos, y es un epónimo representante de lo que años más tarde se denominaría la cultura del pelotazo. Pero surgirá una desconocida amenaza que irá eliminando a los miembros de la organización del Padrino británico. Se suceden, cada vez más atroces, asesinatos y atentados con bombas, obra de un enemigo casi invisible, lo que va creando un clima de crispada paranoia y violencia casi hiperrealista que, en otro registro, recuerda algunos clásicos del poliziesco italiano. La espiral de terror que arrastra a Shand le irá despojando de sus capas de civilización y falsa respetabilidad y le sacará a flote el brutal gángster que en el fondo nunca ha dejado de ser, convertido, a medida que la trama se desenvuelve, en un animal acorralado capaz de asesinar de la manera más sangrienta a uno de sus sicarios en un ataque de irracional furia y de organizar una masacre para exterminar a sus enemigos. No quiero destriparles quiénes son éstos, pero baste señalar que la herencia del colonialismo británico, sojuzgando a otras nacionalidades y credos religiosos, vuelve para vengarse, uno de cuyos rostros brevemente identificables es un joven y lacónico Pierce Brosnan, a años luz del servidor, con licencia para matar, de su Graciosa Majestad Británica, el agente 007.

En este aspecto, El largo Viernes Santo es un exponente más de esa mala conciencia de cierto cine británico, que practica un exorcismo de sus inconscientes sentimientos de culpa por la infamia de su pasado. Algunos ejemplos pueden ser los pintorescos filmes de aventuras de la Hammer: Los estranguladores de Bombay (Terence Fisher, 1960), El terror de los tongs (Anthony Bushell, 1961) e incluso títulos de orientación gótica como La momia (Terence Fisher, 1958) o El reptil (John Gilling, 1966), los cuales exteriorizan un miedo etnocéntrico a otras culturas, pero también manifiestan la decadencia y podredumbre de la concepción del mundo anglosajona, mezcla de corrupción burocrática, expolio, negación de la alteridad y, sobre todo, ignorancia del entorno, que encierran las semillas de la violencia.

Es esa ignorancia el rasgo que mejor define la trayectoria de Harold Shand: su alienación le engaña para soñar con una ya periclitada grandeza no sólo personal, sino incluso patriótica, como cuando Hoskins, en los momentos de mayor tensión, suelta encendidas soflamas de alabanza hacia la tierra que le vio nacer. Los inversores americanos, retratados como mafiosos, cuyo principal representante es un petrificado Eddie Constantine, decidirán que no es factible el negocio, porque «Londres es como Saigón en una mala noche», y harán mutis por el foro.

Albert Finney en «Detective sin licencia» («Gumshoe»)

Esa desconfianza hacia la panacea que pueda traer «el amigo americano» es delatada como un espejismo mendaz e insostenible, que rastreamos en otras películas británicas posteriores. Éste puede ser el caso de Lunes tormentoso (Mike Figgis, 1988), con una ciudad británica de Newcastle disfrazada para simular ser una urbe estadounidense, con cines que sólo proyectan películas de Hollywood y continuos desfiles adornados con las fanfarrias musicales del país de las barras y estrellas. Igualmente, ese ánimo está presente en Shiner (John Irvin, 2000), en la que su protagonista, Michael Caine, podría ser el doble de Hoskins, análogamente un feroz hampón, que espera lograr el negocio de su vida organizando una velada de boxeo con socios estadounidenses. Caine, como Hoskins, utiliza la fuerza salvaje para solucionar cualquier problema y su destino será el aislamiento y la destrucción personal, después de sembrar la desgracia a su alrededor. De forma mucho más sutil, se adelanta en el tiempo una película de Stephen Frears, Detective sin licencia (1971), con un autoparódico Albert Finney, que vive su fracasada vida personal como un simulacro de la edad mítica del cine y la novela negra estadounidenses, para asumir al final del largometraje que la vida —como escribió Milan Kundera— puede estar en otra parte. Pero, desde luego, no en el patético remedo de la cultura estadounidense —cuya real presencia en la película es una mujer fatal, traficante de armas y narcóticos, interpretada por la carismática actriz norteamericana Janice Rule—, la cual está muy lejos del espíritu del 76.

El largo Viernes Santo fue en su momento un acta de defunción de la erosión del sueño inglés, ése en el que —según cantaban los Sex Pistols en otro 76 muy distinto del mito fundacional estadounidense— no había futuro para nadie. Una nación completamente a la deriva que, en sincronía con la antropofágica cinta —también una gangster movie en el fondo— de Peter Greenaway El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), sobrevive como puede, devorando al prójimo.

La dirección de Mackenzie —realizador de algunas notables películas, no demasiado apreciadas, injustamente, por la crítica, como sus adaptaciones de originales literarios de Graham Greene y Frederick Forsyth, respectivamente, Cónsul honorario (1984) y El cuarto protocolo (1987)— imprime una gran fisicidad visceral a las imágenes, visualizando de forma impactante las secuelas de la violencia: el asesinato de un gángster homosexual en unos baños públicos, que deja ensuciadas de sangre las baldosas de un lugar destinado a la higiene; la conservación de un cadáver en un frigorífico de carne; la compulsiva ducha que se da Hoskins para limpiarse la sangre de una de sus víctimas, que cubre su cuerpo como una condena indeleble; el embrutecimiento del londinense medio, que disfruta con espectáculos de choques de automóviles como una sublimación de los gladiadores en el circo romano; y, sobre todo, su capacidad para retratar el marasmo de un mundo huérfano de apoyaturas éticas y sociales, verificado en la última imagen de la película, que impresiona el rostro impotente de Hoskins filmado en un larguísimo primer plano, que parece preguntarse y preguntarnos: ¿Y ahora qué?, ¿ahora que?

La película de John Mackenzie deviene finalmente en una adelantada profecía de lo que puede acontecerle a la sociedad occidental cuando ésta deposita todas sus esperanzas en un dios menor llamado Economía de Mercado, destinado, tarde o temprano, a derrumbarse, pues sus frágiles cimientos se sustentan en un líquido palafito, dejando como único legado el caos. Ahora todos somos habitantes de «La tierra de desechos» en que se ha instaurado Europa, un territorio —en palabras de T. S. Elliot— «irreal, donde el miedo florece en un puñado de Polvo». Y como Hoskins en el último plano de la película, no podemos dejar de preguntarnos: «¿Que haremos mañana?, ¿qué haremos nunca?».

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