Paula Corroto

El amor en los tiempos del gran capital

David Lynch e Isabella Rossellini, por Helmut Newton

David Lynch e Isabella Rossellini, por Helmut Newton

La socióloga Eva Illouz analiza desde una perspectiva sociocultural las razones del sufrimiento amoroso en Por qué duele el amor, una crítica a los libros de autoayuda y a la revolución feminista.

¿Por qué el amor nos provoca sufrimiento? ¿Por qué en este siglo XXI, dueño de las libertades y todas las posibilidades de amar, aún nos seguimos sintiendo decepcionados? ¿Por qué la mujer, después de la revolución sexual y feminista, aún se siente anclada a cierta dependencia emocional? La socióloga de orientación marxista Eva Illouz (Fez, 1961) intenta dar respuesta a ello en su reciente ensayo Por qué duele el amor (Clave Intelectual y Katz Editores), donde analiza el sufrimiento, principalmente de las mujeres heterosexuales, desde la perspectiva de las circunstancias socioculturales de nuestro tiempo en comparación con el dolor que pudieron padecer las mujeres en los siglos XVIII y XIX. Y lo hace mediante citas de obras de la literatura como Emma, de Jane Austen, Madame Bovary, de Balzac, o Anna Karenina, de Tolstoi, a las que contrapone escenas de series como Sexo en Nueva York y columnas sobre sexo del New York Times. Se dibuja así un ensayo en el que se mezcla el análisis literario, filosófico y el sociológico para concluir que el dolor actual no debe ser abordado desde una problemática psicológica cercana a los libros de autoayuda, sino fundamentalmente social, en el que influyen las tensas contradicciones que ha creado el sistema capitalista en el ser humano.

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Eva Illouz

El libro, que se abre con una cita de Amores, de Ovidio, se recrea en los cambios que hemos sufrido en las últimas décadas, en las que han triunfado las ideas distópicas de la posmodernidad. Esto es, el desencanto y la decepción. Dos sentimientos que han caminado paralelos al despliegue de un sistema neoliberal y capitalista que paradójicamente siempre abogó por la libertad, la independencia y la autonomía como patrimonio de la felicidad. Un hecho del cual, si bien ya se conocen sus efectos en los mercados económicos, poco se ha tratado en relación al amor romántico. Illouz parte de este curioso planteamiento —ya no hay reglas como en el amor cortés, como en la era del amor precapitalista— para incidir en que precisamente ahí se encuentra la base del dolor actual. Porque no es que el tormento no existiera hace dos siglos: la autora insiste en que siempre existió, pero ahora han cambiado los porqués de su padecimiento.

Illouz muestra su tesis a partir de cinco factores de la era posmoderna: el surgimiento de los mercados matrimoniales, la nueva arquitectura de las elecciones amorosas (y el miedo al compromiso), la vulnerabilidad del yo —ese gran tótem de nuestros días—, el boom de la racionalidad en todos nuestros comportamientos (necesitamos un porqué de todo) y la dispersión del deseo mismo, de nuestras fantasías.

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Jacques-Louis David: «Cupido y Psique» (1817)

Con respecto al miedo al compromiso, algo que parece tan usual en la actualidad y que la autora certifica a través de múltiples entrevistas con hombres y mujeres que se evocan a lo largo del libro (y que Hollywood tanto ha explotado), su análisis topa con esa idea de que ya no tenemos tan claro que el futuro sea algo mejor que el presente. De ahí que si el compromiso siempre exija una creencia en el futurible, cuando éste no existe, el compromiso tiende a desaparecer. No obstante, por mucho que pese, según la socióloga, el compromiso sigue enraizado en el universo femenino. Emocionalmente es más tendente a comprometerse, y ahí se produce una de las grandes tensiones. Como Illouz escribe: «Los hombres controlan emocionalmente a las mujeres por la mayor predisposición [de éstas] al compromiso».

La ley de la oferta y la demanda perjudica a la mujer

Hablemos de los mercados y las múltiples elecciones que ahora se nos ofrecen en el marco del amor. Como en todos los sectores del capitalismo, éste funciona de forma libre según las leyes de la oferta y la demanda. En el amor ahora tenemos una sobreabundancia. El mercado está lleno. Y, sin embargo, la mujer se enfrenta a varios problemas. El primero, el tiempo asociado a la maternidad. Como Illouz destaca, «hay una abundancia de opciones sexuales para unos y para otras, pero la mujer tiene menos tiempo» por su función reproductora. Otra cuestión con respecto a esta balanza tiene que ver con la «homogamia» de las mujeres. Es decir, ellas suelen buscar un hombre con un nivel educativo semejante al suyo. La autora se apoya en datos sociológicos para observar que, mientras que el nivel educativo de las mujeres ha aumentado en las últimas décadas, el de los hombres ha bajado, con lo que vuelve a haber un desequilibrio en la balanza de la oferta y la demanda para ellas.

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Jean-August-Dominique Ingres: «Júpiter y Tetis» (1811)

Por otro lado, existen dos fenómenos: la sexualidad acumulativa y la exclusividad. Si bien tanto hombres como mujeres pueden hacer uso de ambas, y hoy en día lo hacen, el hecho de acumular amantes es más proclive en el género masculino, mientras que el femenino sigue abogando por el exclusivismo. La sexualidad acumulativa, que, por otra parte, según la autora, en la actualidad también provoca un determinado estatus social (elevado), produce desapego emocional, puesto que nadie puede ofrecer el mismo amor a todas sus amantes. De ahí las faltas de atención que la mujer percibe. Según Illouz, «el deseo de exclusividad deja a las mujeres en condiciones más propensas a sentir y expresar emociones de manera más pronta e intensa». Esta circunstancia también provoca abulia sexual o una deficiencia en el deseo, causada paradójicamente por un aumento de la «libertad de elección». La libertad, tal y como expone Illouz, se convierte en una aporía que genera la incapacidad para ejercer la elección (de la pareja). Y ello puede dar lugar al sentimiento de frustración, fracaso y dolor.

Vayamos a otras de las piedras básicas del capitalismo: la autonomía. Es un sistema que nos prometió el individualismo y la independencia. Sin embargo, éste choca con el gran tótem ontológico de nuestros días: el yo, o más bien, el reconocimiento del yo. El sistema capitalista prohíbe la petición de promesas, puesto que esto ahoga la autonomía del otro. No se puede pedir nada a nadie. Pero necesitamos vernos reconocidos. O, sobre todo, reconocidas. El desencadenante es el miedo al fracaso. Miedo a llamar y que nos rechacen. Illouz critica que esta postura se haya analizado siempre desde la psicología, como si fuera un problema de la psique de la mujer y de su autoestima (la autoinculpación), cuando, en realidad, todos necesitamos que nos ofrezcan seguridad. Así, desafortunadamente, mientras que la duda cartesiana al hombre le sigue ofreciendo la posibilidad de la certeza, a la mujer le reprime sus actos y le causa terror.

La excesiva racionalización del amor

«No es la verdad, sino el velo de las fantasías culturales lo que da sentido a nuestra existencia con los otros.» A partir de Marx y Burke, la socióloga se centra en el tema de la racionalización de nuestro mundo actual, al que ve el mayor causante del «debilitamiento en la creencia del amor y su intensidad emocional». La Razón, a través de la ciencia, el contractualismo político y las tecnologías de la elección, ha acabado con la Pasión.

Illouz analiza así cómo las páginas de Internet en las que se buscan parejas («una racionalidad consumista en los métodos tradicionales de erotización») desacralizan toda idea amorosa y romántica. Lo mismo sucede con todos los estudios científicos que hoy analizan el amor desde las hormonas o los cambios en las zonas del cerebro. El amor, sólo como un ingrediente químico, no es suficiente.

Jean-Honoré_Fragonard El cerrojo

Jean-Honoré Fragonard: «El cerrojo» (h. 1777)

En este sentido de la racionalización, la mayor crítica de Illouz se centra en cierto sector feminista. Para la autora, algunas corrientes feministas han abogado, en pos de la igualdad de la mujer y su independencia, por un fin del erotismo femenino. «La idea de igualdad le quita al erotismo la posibilidad de juego y la presencia de códigos de género», escribe. Ella no denuncia la consecución de la igualdad de derechos. Por supuesto, está a favor de ella. Su tesis no es conservadora. Sin embargo, lo que aduce es que mientras que el erotismo tiene un fin improductivo y se nutre de la ambigüedad, hay un feminismo que busca siempre el utilitarismo, esto es, el fin de la ambigüedad y lo erótico. Y su mayor ejemplo es el «lenguaje políticamente correcto», al que observa como una desactivación de los elementos ambiguos que nutren también al amor. «Platón expuso en El banquete el amor como vía de conocimiento y sabiduría […], pero es la razón racionalizada la que socava el deseo romántico», concluye la autora.

El libro finaliza, precisamente, con el asunto del deseo mismo, las fantasías y la naturaleza de las expectativas. Con las nuevas tecnologías, con Internet, la imaginación, dice la autora, se ha institucionalizado, se ha individualizado y, de alguna manera, se retroalimenta a sí misma. El deseo se convierte, de esta forma, en algo que no tiene un objeto concreto, sino que se dispersa, volviendo de nuevo al tema de las «múltiples elecciones» y la libertad engañosa. Y de ahí otra vez a la decepción y el sufrimiento.

Marceliano de Santa María Sedano: «Figuras de Romance» (1934)

Marceliano de Santa María Sedano: «Figuras de Romance» (1934)

En conclusión, con este ensayo Eva Illouz no viene a decir que el amor en los siglos XVIII, XIX e incluso hasta la mitad del siglo XX fuera mucho menos tormentoso ni que todas las parejas fueran felices. Habría muchos casos de infelicidad y dolor después de haberse casado con «el novio de toda la vida» porque así tenía que ser. O con el hombre «impuesto» por la familia conforme a un estatus y reglas sociales, hoy rotas. El sufrimiento en las mujeres persiste, pero ahora es debido a esas normas y estrategias del capitalismo a las que desgraciadamente la revolución feminista aún no ha sabido responder. Y, por supuesto, para solucionarlo hoy no nos sirven ni la psicología freudiana, ni los libros de autoayuda, ni las terapias sobre la psique de las mujeres.

«A causa de las numerosas estrategias que hemos elaborado para afrontar la fragilidad y la naturaleza intercambiable de las relaciones, muchos aspectos de la cultura contemporánea privan al yo de la capacidad de forjar y vivenciar plenamente la experiencia de la pasión», escribe. Y en esas circunstancias vivimos en el siglo XXI.

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3 pensamientos en “El amor en los tiempos del gran capital

  1. Pingback: El amor en los tiempos del gran capital « Femenina y singular

  2. Somos así de insaciables y complicados, los seres humanos, siempre en busca de una felicidad ilusoria que nunca alcanzamos a conocer realmente. El amor y el deseo, la pasión y el cariño, el compromiso y el coqueteo… pero siempre con ese transfondo de miedo a perder, miedo a sufrir, miedo a no conseguir ese sueño del alma gemela jamás.

  3. Pingback: La trama nupcial: un amor para hipsters | NEVILLE

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