Pablo García Guerrero

Lowell Thomas, creador de Lawrence de Arabia

En el cercano aniversario del estreno de Lawrence de Arabia, NEVILLE continúa su serie de artículos sobre la ambigua y apasionante figura de Thomas Edward Lawrence, desde su perfil psicológico en la película (trazado por Rubén Paniceres aquí) o el análisis de su labor como etnólogo moderno (a cargo del fallecido Alberto Cardín, aquí), además de otros perfiles que irán apareciendo en breve. En esta ocasión, se trata de Lowell Thomas, el periodista que con sus reportajes y documentales contribuyó a proyectar a millones de personas de todo el mundo la imagen legendaria de Lawrence.

La construcción del longevo mito de Lawrence de Arabia, que aquí trataremos únicamente en su génesis, pone en evidencia algunos de los más importantes mecanismos de control social sobre los que se fundamenta el poder de los países occidentales: el acceso y la utilización de la información, el poder militar, el dominio tecnológico, los medios de comunicación, ciertas formas de expresión artística colectiva y la cohesión del discurso ideológico sobre su propia preeminencia respecto al resto del mundo.

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Lawrence y Thomas en Arabia

En la figura de Lowell Thomas se concentra buena parte de estos mecanismos, a lo largo de su prolífica carrera y en particular en su relación con Lawrence y con la empresa que convirtió al primero en la figura periodística más importante de su tiempo y al segundo en la encarnación idealizada y torturadamente contemporánea del renancentista tópico de las armas y las letras, y de los no menos seculares tópicos del caballero, del aventurero, del descubridor, del héroe y, con su muerte, del mito.

 Lowell Thomas, pionero

No hay lugar a dudas: el propósito de Lowell Thomas cuando salió de Estados Unidos hacia Europa (junto a su colega gráfico Harry A. Chase) para cubrir la primera guerra mundial era cooperar «en el trabajo de estimular el entusiasmo por la causa de los aliados». Así lo expone el propio Thomas en el prólogo a su libro Con Lawrence en Arabia (1924), producto de sus experiencias en el frente junto al atormentado soldado T. E. El encargo lo recibió Thomas directamente del Departamento de Guerra de Estados Unidos, con autorización expresa del entonces presidente Wilson.

z0Hijo del doctor de un poblado minero en Colorado, Lowell Thomas (1892-1981) comenzó su carrera periodística con diecisiete años, y con veintitrés ya había trabajado para seis grandes periódicos e incluso tenía una plaza de profesor de oratoria en Princeton. A los veinticinco recién cumplidos, Estados Unidos entra en guerra con Alemania y Thomas es elegido para la misión propagandística que le daría fama, una dependencia del poder de la que Thomas, lejos de avergonzarse, parecía sentirse orgulloso, pues llega a firmar algunas de sus cartas de la época como «Thomas, propagandista».

Su primer destino es el frente de los Alpes (adonde acude acompañado de su esposa), pero no parece encontrar allí el material que su indudable sagacidad periodística le indicaba como el más propicio para su misión. Cuando conoce la toma británica de Jerusalén, no encuentra obstáculos para desplazarse a la zona (esta vez sin su mujer), con la colaboración del Foreign Office británico, cuyo coronel John Buchan escribe: «Hagan cualquier cosa para ayudar a ese joven».

Es allí donde se encuentra con el general Allenby y, brevemente, con Lawrence. El encuentro debió de ser iluminador para Thomas: vestido con sus impolutos ropajes árabes, encargado del liderazgo de las tropas irregulares del Hedjaz contra el Imperio turco, misterioso, ambiguo, culto y también (debió de pensar el periodista) fotogénico, su figura era justo aquello que Thomas estaba buscando. Decide, pues, acompañarlo a Akaba (ocho meses después de su toma por los árabes al mando de Lawrence y, según los historiadores árabes, por los árabes al mando de los propios árabes), y pasa con él alrededor de dos semanas en el desierto, donde asiste a varios de sus raids contra el ferrocarril turco, comparte expediciones y conversaciones en torno a un té, sobre una leve alfombra o un esforzado camello, tomando fotografías y filmando durante horas, un material que no tuvo inconveniente en desplazar al desierto, mantener íntegro durante todo ese tiempo y volver con él a Estados Unidos.

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Beduinos de las tropas del Hedjaz

Su deslumbramiento hacia Lawrence es absoluto: genio militar, creador de reyes, caudillo de un ejército, «príncipe de La Meca inglés», artífice de la «hazaña personal más asombrosa de esta edad» y protagonista de «la campaña más romántica de la historia» son algunas de las alabanzas que le dirige en su libro.

Pocos meses después de ese encuentro, la guerra ha terminado y el propósito principal de su misión ha dejado de tener sentido, pero Thomas dispone de decenas de horas de grabación (del frente árabe y también del europeo) y debe aprovecharlas. Debe y sabe. Es ahora cuando se construye el mito.

Una audiencia fascinada

Thomas comenzó a realizar proyecciones de su material grabado durante la guerra por teatros de Estados Unidos. Sin embargo, hastiado de muerte, destrucción y trincheras, el público rechazó mayoritariamente estos espectáculos, salvo uno: Con Allenby en Jerusalén y con Lawrence en Arabia mostraba a los asombrados espectadores grandes planicies de arena ardiente, salvajes beduinos a lomos de camellos a través de las dunas, escenarios exóticos en el corazón de la tierra prometida y, en particular, la figura de un jeque cristiano al mando de una romántica revuelta que dirigió hacia la victoria.

z1El estreno tuvo lugar en marzo de 1919 en Nueva York y desde entonces fue visto por más de cuatro millones de espectadores en Estados Unidos, Inglaterra y otros países angloparlantes. Eran espectáculos «multimedia», el origen de los modernos documentales, en los que el propio Thomas acompañaba con su voz las grabaciones, que proporcionaban al público una experiencia «multisensorial» que los dejaba hipnotizados. Thomas detalla  las características de su espectáculo en Londres: «[…] la banda de los guardas escoceses con sus uniformes escarlata; en el escenario, la escena de Luz de luna sobre el Nilo; cuando se abría el telón, con el decorado del Nilo, la luna iluminaba levemente distantes pirámides, y nuestra bailarina se deslizaba sobre el escenario en una danza de los siete velos de dos minutos, acompañada por un tenor irlandés […]. Al final de lo cual, yo aparecía bajo un foco y, sin decir siquiera buenas noches, señoras y señores, empezaba mi show con las palabras: “Vengan conmigo a las tierras del misterio, la historia y el romance”. […] Entonces empezaban las imágenes».

z4El éxito fue extraordinario, con representaciones ante diez mil personas al día en el Royal Albert Hall de Londres y una espectacular cobertura de la prensa escrita. La utilización simultánea de música, imágenes y palabras fue una innovación de Thomas verdaderamente pionera, pero el éxito de su producción debe buscarse también en otros aspectos además de los adelantos tecnológicos: sin duda tuvo mucho que ver su actualización de los tópicos occidentales sobre Oriente, precisamente en el contexto de la reciente confirmación del poderío militar y político de Occidente.

Se trata de la larga y triunfante marcha del orientalismo —según explica Edward Said en su libro homónimo—, entendido como «estructura» ideológica con la que Occidente «explica», entiende y, en último término, controla a Oriente, desde los relatos de viajeros y aventureros hasta los de «arqueólogos» como el propio Lawrence. Es un conjunto de tópicos muy eficaz: la indefinición geográfica e histórica de Oriente (sin fronteras claras, un mundo difuso pero a la vez reconocible precisamente a través de las ideas que sobre él se hacen desde Occidente), la convivencia en su interior del exotismo más romántico con el más primario de los salvajismos preindustriales (por citar sólo Con Lawrece en Arabia: «ignorantes y fanáticos súbditos», árabes «celosos, volubles y suspicaces», presas de un «desenfreno salvaje», en el contexto del «Oriente exuberante de Las mil y una noches»), salvajismo que precisa de la guía de Occidente para abrazar un progreso que ha de ser, por fuerza, tutelado por «nosotros» (gracias a la «recta justicia de los ingleses», «no es extraño que Gran Bretaña domine en gran parte del mundo», con la ayuda, por ejemplo, de la Universidad Americana en Beirut, «que tanto ha hecho por inculcar al cercano Oriente el espíritu de la democracia»).

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Tropas árabes al mando de Lawrence

Es un dominio militar, económico y político; su justificación, su avanzadilla ideológica, es el orientalismo, con las grandes líneas que acabamos de trazar, acompañadas de duraderos iconos visuales, como el desierto, los camellos, las pirámides, las palmeras, el sol, el misterio de las mujeres y el harén, las grandes riquezas ocultas, la cuna de las tres religiones… Mezclados estos ingredientes, con el sabor dominante de un joven blanco anglosajón liderando a su ejército de salvajes en pos de la libertad, no es extraño que los relatos sobre Lawrence (los periodísticos y, con Thomas, los «multimedia») lo convirtieran, como se ha leído, en la «primera superestrella mediática internacional».

Después de Lawrence

z2El éxito de su experimento multimedia catapultó la carrera de Lowell Thomas. En 1925 inició su primer programa de radio, un medio en el que acabaría convirtiéndose en una de las voces más familiares en los hogares de Estados Unidos. Con su productora, gestionaba sus propios anunciantes y alquilaba su espacio radiofónico a cadenas como la NBC y la CBS. Hasta 1930, el suyo fue el único informativo nocturno del país. En plena depresión, Thomas terminaba siempre su noticiario con una historia optimista, una convención que ha continuado hasta la actualidad en los informativos estadounidenses, y de otros lares.

Al mismo tiempo, continuó desarrollando la información filmada: aparecía ante la cámara, escribía y producía sus piezas (dos a la semana), que luego se visionaban en cines de todo el país. En 1939 lanza el primer noticiario nocturno de la televisión.

Que Thomas no era un simple periodista, sino algo así como un servidor del Estado a cargo de los incipientes medios de comunicación de masas, aparece aún más claramente cuando estalla la segunda guerra mundial. Impulsado por su espíritu aventurero y emprendedor, Thomas quiere hacer de nuevo los bártulos y atravesar el mundo para contar al país buenas historias con las que alimentar su entusiasmo bélico y, entendemos, su cartera de anunciantes. Sin embargo, recibe el rechazo a obtener un pasaporte y credenciales militares por orden directa del presidente de Estados Unidos (Roosevelt), y esto ocurre por la misma razón por la que en la primera guerra mundial se le había enviado al frente: Thomas era ahora el periodista más reputado del país, y transmitía una confianza y una serenidad al público que se consideraba que era más importante mantener vivas antes que enviarlo a un escenario aún más incierto y mortífero que el anterior, y con el riesgo de dejar huérfanos de serenidad a los cohibidos ciudadanos estadounidenses. Sólo al final de la guerra pudo acercarse al «fregado», en breves incursiones por Europa y el Pacífico.

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Thomas con el presidente Roosevelt

Thomas siguió viajando por el mundo hasta el día de su muerte («he atravesado las veinticuatro zonas horarias al menos dos veces»), y fue consolidando su reputación en los medios, siempre como productor independiente de sus propios programas. A la vez, fue un prolífico escritor de los más variados temas: autor de cerca de sesenta obras, desde la primera ya citada sobre Lawrence (1924) hasta sus memorias, So long until tomorrow (la frase con la que siempre terminaba sus emisiones radiofónicas nocturnas), pasando por libros de viajes, de aventuras y reportajes.

Thomas es el creador del mito de Lawrence, el que le proporciona los rasgos más reconocibles y perennes de su leyenda: romanticismo, aventura, independencia, misterio. El relato de sus experiencias bélicas en Los siete pilares de la sabiduría y su prematura muerte en 1935 reavivan en el público occidental la al tiempo ardiente y gélida llama de su estela bélica y atormentada, y la película Lawrence de Arabia, en 1962, termina por convertirlo ya no en un mito, sino en un icono del siglo XX.

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Lawrence y Thomas, en Londres

La discusión sobre los merecimientos de Lawrence para alcanzar ese reconocimiento mundial son objeto de una bibliografía ya inabarcable a ambos lados del telón oriental, y no pueden ser objeto de esta humilde pieza. Muchos de los «misterios» del Lawrence histórico nos parecen ya claramente resueltos (su papel como agente al servicio del Imperio estuvo siempre por delante de su implicación individual, por lo demás sincera, con el movimiento árabe), pero son esas mismas contradicciones las que siguen alimentando en nosotros el deseo de desvanecernos en el desierto eterno y al mismo tiempo escapar del talón de hierro de la maquinaria occidental a la que necesariamente pertenecemos pero que, terca y musculosa, nunca deja que nos vayamos del todo.

 Nota española

Con Lawrence en Arabia es una versión en formato de libro de las presentaciones de Thomas en teatros y cines, y tuvo más de cien reediciones. Fue traducida en España, en 1932, por Joaquín Gil Editor, de Barcelona, con otras tres reediciones: de 1936, de 1939 y de 1941 (sobre un ejemplar de la cual se derrama en ocasiones la ceniza que nos ayuda a escribir estas líneas). El mismo editor había publicado en 1931 Los corsarios submarinos. Episodios de la guerra submarina (1914-1918) y en 1934 Mi cuna, el mar.

5Ilustrada con dieciséis fotografías (en esta página, algunas de la edición original) tanto de la campaña árabe como de retratos hechos a Lawrence o Feisal en la casa de Thomas en Londres, Con Lawrence en Arabia puede ser uno de los primeros ejemplos de ese género hoy tan habitual entre nosotros: el del libro resultado del trabajo de un periodista que, pasadas ya sus experiencias al calor de los hechos, rehace sus reportajes y los sirve de nuevo al público, necesitado al parecer de una dosis más prolongada y mejorada de la medicina de la información (o de la propaganda). Adolece, en este sentido, de los mismos problemas que los libros actuales de periodistas: su propio estilo periodístico resulta pesado, durante sus trescientas páginas; la mezcla del relato de hechos, fechas y datos con el habitual entrecomillado disperso de declaraciones de protagonistas ilumina sólo parcialmente la realidad narrada, y la habitual distancia dramática a la que el periodista parece que debe entregarse para cimentar su independencia se combina contradictoriamente con una interpretación abiertamente ideológica de los hechos, como una bandera, una divisa, que resulta, en el caso de Thomas, absoluta, ingenua y groseramente libre de prejuicios y envoltorios.

La traducción española, sin ser mala, resulta literal, llena de falsos amigos y de algún laísmo (no se indica el nombre del traductor, pero ese laísmo apunta a algún lugar de la Meseta central). Pero es una buena edición, en tapa dura, bien compuesta y con un papel digno. Sus cuatro ediciones españolas en nueve años reflejan sin duda un éxito, y darían pie a imaginar las luces, sonidos y aromas que se activarían en la mente del lector español en una época de oscuridad y dolor.

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Peter O’Toole

Una nota al pie del traductor (al menos en la edición que manejamos, ya en la posguerra) resulta curiosa. Dice Thomas en la página 43 que «Hoy nos encontramos con miles de árabes ocupando posiciones de opulencia en el lejano Hong-Kong, en Singapur, en las Indias orientales y en España». Y aclara la nota: «Esto asegura el autor». Cualquier lector sabría que la afirmación de Thomas respecto a España era falsa, pero esa insistencia del traductor nos lleva a reflexionar sobre la peculiar relación que España ha mantenido y mantiene con ese «Oriente» árabe: también para nosotros exuberante, pero asimismo salvaje y desenfrenado; también objeto de ensoñaciones, pero asimismo fuente de peligros; también objeto de deseo colonial, pero nostálgico amenazador del al-Ándalus perdido; deseado y deseante, amado y amante, anhelado y temido, codiciado y repudiado, cuna y destino. Oriente, principio y fin.

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