Adrián Sánchez Esbilla

Casi pero no. Jornada 15

Hubo sustos y apreturas, experimentos extraños, postes a mansalva y salvadores de última hora. Pero sobre todo hubo mucho «sí pero no»; fue la jornada del casi, una de ésas donde los que pierden se van orgullosos y los que ganan o se preguntan cómo o se palpan las heridas. Tuvimos fútbol del de verdad esta jornada 15, aunque a veces fuese fútbol rematadamente malo. Y mientras los dos trasatlánticos sufrían, Atlético, Málaga y Levante se recreaban ofreciendo a la afición goleadas al Depor, Granada y Mallorca.

3El sábado el Real Madrid saló vivo de Valladolid y ayer mismo Messi ganó a un gran Betis en uno de los partidos de la temporada. Los primeros (que son los terceros) se ganaron a sí mismos para ganar al Valladolid. No se lo puso fácil Mourinho con una serie de extravagantes cambios, incluido el de Varane, un central, por Benzema, el único delantero centro sobre el campo, con empate a dos en el minuto 28 de la segunda parte. Di María primero y Callejón luego jugaron de laterales, defenestrado el canterano Nacho en el descanso en otra siniestra puesta en escena de las tensiones internas y los juegos mentales que apasionan al entrenador portugués, y Xabi Alonso apareció de central. El Madrid jugó muy mal, razonablemente bien luego y muy mal de nuevo. Pero Özil decidió que aquél era uno de entre la docena de partidos que juega de verdad en un año y repartió dos goles y un fútbol excelso, acompañado en las tareas menudas por un gran Benzema, cuyo juego nada estrepitoso no termina de convencer a los amantes de la furia, el ruido y los cojones.

Pese a su fama de gran táctico, Mourinho es un entrenador extraordinariamente mundano en ese aspecto, no en otros como la motivación, o la dirección interna, que suele optar por defender con muchos cuando gana y atacar con muchos cuando pierde. Como ha dirigido siempre plantillas formidables, con enormes repertorios de cromos, esta simplicidad le ha dado los frutos por todos conocidos y por él alardeados. En Valladolid hizo lo mismo que en Getafe o en Sevilla, pero esta vez ganó; en el alero pero ganó. De nuevo a la tremenda, recordando cada vez más al Madrid agonístico de Capello. Es un mundo extraño el del madridismo siglo XXI, como un bucle irrompible.

Djukic le echó valor y jugó su buen fútbol de toda la temporada. El Valladolid es agradecido de ver, pero no tan tierno como el Rayo o el Celta, que con esa maravilla que es Iago Aspas es uno de los equipos de la Liga que merece mirarse. Salió a ganar, confiado en su juego, y Manucho por dos veces los puso delante en el marcador. El agotamiento del motor y un golazo de falta de Özil impidieron más. Derrota con honra; pero derrota al fin.

Como la del gran Betis de Mel y Beñat (¡qué jugador!). Empezaron mal, con dos goles en contra y un Barcelona que parecía tener un péndulo delate de los ojos de los béticos. Demasiado parados en el medio campo, demasiado ordenados, antinaturales con respecto a su juego, Xavi e Iniesta se movían a placer y el fundamental Adriano llegaba hasta el fondo como quería. Pero el gol de Rubén Castro les tensó, probaron a quitarle el balón a sus dueños y casi lo logran. Cortocircuitaron el juego de continuo, acelerando y reduciendo la velocidad, caotizaron el orden armonioso del Barça, tocado en un Xavi que sufre a campo abierto.

FBL-ESP-LIGA-BETIS-BARCELONACasi, dirán los mezquinos, lo subrayarán. Pero a los mezquinos tampoco les suele ir mejor. Es otra de las características de este Barcelona: iguala a todos. La respuesta de Messi a los desafíos de distintas clases de fútbol es la misma en la mayoría de las ocasiones. Ganar al Barça es una rareza, un diamante entre el carbón, un fenómeno ocultista: hay que leer las señales en el cielo y ver si los pájaros volaron del revés ese día para explicar por qué este prodigio de equipo pierde.

El partido fue vibrante, enloquecido, el Betis amontonado sus oportunidades y postes y el Barcelona las suyas. La diferencia fue que Messi ni apila ni amontona. Así, mientras Betis y Barça empataban su partidazo, el argentino se encargaba de ganar el suyo.

Por cierto, el Betis formó con diez jugadores españoles, el Barcelona con nueve hasta la lesión de Fábregas.

Un poco ajeno a esto, emparedado entre gigantes, el Atlético ganó y Falcao exageró. No hay que dejar que en el día de las hazañas universales las locales queden opacadas. Messi con su dos tantos batía al fin el récord de goles en un año natural del «torpedo» Müller, sumando con ellos su gol 85 (86), 74 de ellos con el Barcelona —lleva 22 (23) en Liga, sólo uno de penalti y en 15 partidos—. Pero Falcao hacía cinco en un solo partido, cuatro de ellos en media parte. Desde Morientes contra Las Palmas en el 2002 nadie había logrado hazaña semejante en nuestra Liga. Es cierto que Messi, siempre él, se los endosó al Arsenal en Champions, pero estamos hablando de jugadores de fútbol, no de Messi, que reclama una categoría particular. Verlo es tener la sensación de que un profesional se ha colado en un partido de alevines: hace lo que quiere cuando quiere, marca a voluntad.

1Pero vuelvo a Falcao, que estoy haciendo lo contrario de lo que predico. El colombiano machacó a un Deportivo demasiado naïf para su propio bien. Está bien eso de morir por unos principios, pero matar a otros ya es una cuestión más discutible, y ahora mismo los principios de Oltra descalabran al pobre Depor.

Falcao sacó el libro del centro delantero total y dio una lección de historia del oficio: el clasicismo a la modernidad, pasando por las distintas vanguardias. Parece una síntesis de todos sus antecesores que fascina por su mezcla de cualidades naturales y afán de aprendizaje. Falcao es uno de esos jugadores que cada temporada ha añadido algo nuevo, ha aprendido a ser mejor futbolista, consciente de sus limitaciones, capaz de dominar su ego, sabe que necesita un punto extra de sabiduría para sobreponerse a lo que le falta y renovarse, volverse de nuevo indetectable al ampliar sus posibilidades de uso. En eso se parece un poco a Villa, aunque al jugador que más me recuerda es a Quini: como el Brujo, tiene la capacidad de leer el juego, de anticipar el siguiente movimiento, ambos resultan brillantes desapareciendo del centro de la acción, moviéndose a contrarritmo. Un paso atrás en el momento justo, un regate de la inteligencia. Y gol. Instinto y conocimiento, una aleación letal.

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