Pablo García Guerrero

Poca cosa. Córdoba 1, Sporting 1

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Fotografía de El Comercio

Tengo ganas de que se acabe la temporada. Ahora, en diciembre, hacer hueco en la mente para otros empates, otras derrotas, salvar la categoría y preparar algo para el año que viene, algo con chispa, picoso, dulzón, un arañazo. Algo.

Con once o con nueve, el Sporting es una invitación a languidecer, como la presentación de un libro de poesía: todos allí, que ya los conoces, con los abrigos serios, y tú de compromiso, atrás, que ronda el fotógrafo del periódico y saca a los tres de alante, serios, con el abrigo puesto, y no pasa nada más que el tiempo y versos que da cosa escuchar en público, y si alguien entra a la mitad, te lo quedas mirando como a la señora que corre tras el bus, y ahí que se queda, y otra vez al verso y a mirar a la puerta por si entra algo picoso, pero todo son abrigos y tú de compromiso, y acaba y aplaudes, y te quedas allí, atrás, pensando lo poca cosa que somos las personas.

El Sporting es esa poca cosa adonde entra alguien de vez en cuando con un chaquetón gris. Puede ser un gol de bolea de Canella, o esa carrera hasta la línea de fondo de Borja López, pero el resto del tiempo es sopor, pases que da cosa ver en público, un circo arbitral, buenas intenciones y tú y todo y todos allí de compromiso.

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Fotografía de El Comercio

Tiene el equipo las características de un filial: un leve discurso, dos o tres chavales que quizá, y luego ya todo desajustes, voluntarismo y las manos a la cabeza. Y como el filial, ya te va importando poco que gane o pierda, porque no tienes a ningún hijo que mangonear en Mareo para que sea titular. Lo ves en Internet porque es gratis y no te tienes que quitar el chándal, ni las zapatillas del Sporting, ni el forro polar del Sporting, ni el chubasquero «más preciado», lo poca cosa que somos en domingo, que te vas quedando así, pequeñucu, como un cojín, y todo son córners al primer palo y tarjetas rojas y lamentos.

Así que es mejor que acabe la temporada ahora. Marcharse antes de que termine la presentación y tener que saludar a la gente, a los abrigos con gente dentro. Quedarse en el puesto quince, o por ahí, hacer partidillos con el B, pasar desapercibido, sin molestar, en chándal y zapatillas, un cojín. Preparar la temporada que viene para ser líderes desde octubre. Pero a mí este Sporting ya no me dice nada. Sí, en El Molinón te ilusionas, porque el personal se caga en cosas raras. Pero lo que pasa en el césped pasa como si no pasara, como esas personas que pasan como si no pasaran, y tú mismo, que pasas para ellos como si no pasaras, ni fueras, y así todos vamos pasando como si nada, hasta que ya no somos nada, y no pasa nada, y vuelves al cojín hasta el próximo domingo de córners al primer palo y a Trejo que se le va el control.

Que acabe, pues la temporada. El año que viene subiremos. Mientras tanto, alguien seguirá entrando tarde a la presentación de un libro que da cosa leer en público, una interrupción al sopor. Lo poca cosa que somos las personas, en chándal y zapatillas.

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