Rubén Paniceres

Las poseídas: frustraciones del macho

0La novela de Ira Levin The Stepford Wives, conocida en su traducción española como Las poseídas de Stepford, fue adaptada en el año 2004 en una película dirigida por Frank Oz, Las esposas perfectas, en un registro poco afortunado de comedia satírica. Ahora se edita en DVD en España, con el inapropiado título de Adoptar a una esposa, la primera versión de la obra, dirigida por Bryan Forbes en 1975, mucho más fiel al fondo y la forma de la inquietante fábula misógina escrita por el autor de La semilla del diablo.

La conmoción feminista

A principios de los años setenta la cultura estadounidense estaba conmocionada por la revolución feminista. Se divulgaban la mística de la feminidad de autoras como Betty Friedan o los manifiestos para el exterminio del macho obsoleto, como el esquizoide panfleto de Valerie Solanas Scum; Jane Fonda quemaba su sostén en público; Vanessa Redgrave se disfrazaba de guerrillera contra el capitalismo chovinista, y en todas partes las féminas se habían vuelto intratables. Ya no querían limitarse a limpiadoras del hogar, cocineras, niñeras y reposo del guerrero de retorno del trabajo. Ese panorama desarrolló un sentimiento de inseguridad y malestar en el varón blanco anglosajón y protestante. Como una profesional de la provocación, Esther Vilar apuntó en un ensayo muy popular en los setenta que, de rey de la creación, el hombre había pasado a ser «el varón domado».

La temática no podía dejar de interesar al dramaturgo y novelista Ira Levin, cuyas obras, como Un beso antes de morir, Los niños del Brasil o la citada La semilla del diablo, han sido siempre parábolas del lado oscuro de Estados Unidos: el asesino en serie como real identidad del arribismo, el fascismo incubándose en las nuevas generaciones o la presencia soterrada y omnipotente del Mal con mayúsculas en la cultura americana.

La mujer robot

The Stepford Wives, publicada en 1972, es la trama de una conspiración masculina por parte de un grupo de hombres de mediana edad, de profesiones liberales, hartos de que sus mujeres descuiden las labores caseras, no reparen ya en su atractivo erótico y, lo peor de lo peor, cometan la osadía de tener pensamientos y conducta independientes. La trama se centra en una pareja formada por la protagonista, una hermosa Katharine Ross, y su estólido marido, abogado de profesión, que, hartos del bullicio de Nueva York, se mudan a una tranquila zona residencial, Stepford. El lugar parece un paraíso, pero algo no funciona bien, los hombres del lugar han formado un club sólo para caballeros que se reúne por las noches en una gótica mansión más propia de un film de terror. La mayoría de las mujeres, ataviadas con impolutos vestidos blancos de antiguas damas del sur, se comportan como bovinos androides preocupados solamente por las recetas de cocina, encerar el piso y satisfacer sexualmente a todas horas a sus cónyuges.

Katharine Ross

Katharine Ross

A veces, alguna de ellas sufre un accidente y se comporta como un disco rayado. Ross y una reciente amiga de Stepford, Paula Prentiss, que es una de las pocas que se escapa al molde de conformismo que parece caracterizar la zona residencial, empiezan a hacer unas investigaciones que las llenan de preocupación. Anteriormente hubo una asociación feminista en Stepford, que fue clausurada, y su antigua presidenta, Nanette Newman, es lo mas parecido a un robot con apariencia humana. Poco a poco, las dos amigas llegaran a la convicción de que, de algún modo, los hombres de Stepford están cambiando la personalidad de sus esposas, para convertirlas en la mujer ideal. Una mujer ideal que, como destaca Pilar Pedraza en su ensayo Máquinas de amar(Valdemar, 1998),  fue reflejada por autores como Leon Tolstoi, E. T. A. Hoffman, Villiers de L’Isle Adam, Ramón Gómez de la Serna, Luis García Berlanga o Federico Fellini como criatura de porcelana, autómata, replicante diseñada por Edison, maniquí de cera, objeto sexual hinchable o mecánica bailarina exótica. Es decir, un simulacro de la feminidad siempre disponible a los apetitos y fantasías masculinas y nunca disidente.

En similar medida, en el desenlace, la heroína de la película dirigida por el británico Bryan Forbes (Cuando el viento silba, La loca de Chaillot) descubrirá que el secreto de Stepford es la eliminación del original y su sustitución por una copia robótica diseñada por una ingeniería que es la misma que se emplea en Disneylandia, combinada con la estética del Playboy Magazine. Forbes, apoyándose en un sólido guión de William Goldman (Dos hombres y un destino, Maratón Man) y en la sinuosa fotografía de Owen Roizman (El exorcista),logra crear una creciente atmósfera de paranoia y difusa amenaza que encuentra su clímax en la turbadora secuencia en la que Ross se enfrenta a su doble cibernético, el cual ostenta su cuerpo «mejorado» en sus medidas pectorales, para así mejor satisfacer las ansias del macho.

4El film de Forbes patentiza el concepto de lo siniestro acuñado por Sigmund Freud, que se expresaba por excelencia en «la duda de que un ser aparentemente animado sea un ser viviente, y a la inversa: de que un objeto sin vida esté en alguna forma animado». Siguiendo con la teoría de Freud, lo siniestro acontece cuando las situaciones y cosas familiares se vuelven de repente extrañas y espantosas. Forbes lo retrata de forma impresionante en algo tan banal como una procesión de señoras con pamelas, haciendo la compra en un supermercado. En esa secuencia no encontramos ni el más mínimo rastro de humanidad, sino un ballet de mecanizados zombis que miran a la cámara sin ver, en una perfecta escenificación del horror del vacío existencial.

The Stepford Wives deviene, en definitiva, en una nada complaciente mirada hacia las frustraciones del género masculino en sus relaciones con el «segundo sexo» —que diría Simone de Beauvoir—, la patética voluntad de poder sobre el elemento femenino, que empezaba a tambalearse en aquellos años. Decadencia que el film refleja en el diseño de los personajes masculinos, un escasamente atractivo team de hombres de mediana edad, alopécicos, tripudos, semialcohólicos, horteras y aquejados de satiriasis. Un remedo completamente disonante con respecto a los macho men del cine americano de la época, con figuras prepotentes como Burt Reynolds, Charles Bronson, James Coburn o Clint Eastwood y sus enormes pistolas, entre otros iconos.

El ordenador machista

Años más tarde hubo una especie de respuesta-continuación al espíritu del film de Bryan Forbes con la película Engendro mecánico, dirigida en 1976 por Donald Cammell, a partir de una novela de Dean Koontz. En el citado título, un computador, de nombre Proteus, intenta ser humano y tener un hijo con la esposa de su creador, interpretada por Julie Christie. Aquí es el elemento no humano —un ordenador que controla completamente todos y cada uno de los resortes de la vivienda del futuro— el que pretende ser el esposo perfecto, protector y atento a todas las necesidades de su «pareja». Pero, en el fondo, Proteus es un avatar de los nefastos maridos de Stepford, pues no tiene nunca en cuenta la voluntad de la mujer y la coarta en su libertad imponiéndole una vida conyugal y, sobre todo, una maternidad no deseada. Vamos, aquí en España le nombrarían ministro de Justicia y los párrocos le aplaudirían por su defensa de la vida.

2Hombres y máquinas, como vemos, se equivocan en su intento de moldear a la mujer a su imagen y semejanza. ¿Habrá que reinventar de nuevo el amor, como decían los poetas franceses y cantaba Vinicius de Moraes? ¿O el hombre deberá tener el valor para ser casto, como propugnaba Nietzsche? Me temo que esa respuesta muchos de nosotros nos iremos de este mundo sin haberla encontrado.

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