Pablo Batalla Cueto

Dormían la siesta: historia mínima de España

José Gutiérrez Solana: «Chulos y chulas»

José Gutiérrez Solana: «Chulos y chulas»

Contaba hace años un profesor de Secundaria, en uno de esos deliciosos libritos de recopilación de meteduras de pata estudiantiles que se publican cada cierto tiempo, que un alumno suyo había respondido así la pregunta «Describe el arte griego» en un examen: «Hacían botijos». Es de suponer que al avispado estudiante le cayó en aquel examen un dónut del tamaño de Texas. Sin embargo, su resumen de milenios de historia del arte tenía algo de sublime. Si, en vez de una respuesta a un examen oficial, ese «hacían botijos» hubiera sido un tuit en un concurso de tuits resumidores —esa clase de concursos existen: no recuerdo qué institución cultural convocó uno hace poco proponiendo a los usuarios resumir grandes películas de la historia del cine en 140 caracteres—, el primer premio habría sido probablemente para él. Resumir, condensar, es difícil, muy difícil; máxime cuando de lo que se trata es de resumir lo extenso, lo gigantesco, lo milenario. Algo como la historia del arte griego, o como la historia de España, por ejemplo. «Hacían botijos» es un buen resumen de la historia del arte griego. ¿Cuál sería un buen resumen de la historia de España? La Historia general de Españadel venerable Modesto Lafuente ocupó entre 1850 y 1867 veintinueve volúmenes (y eso que, entonces, aún no había nacido Miguel Primo de Rivera, ni había advenido ninguna República, ni había más guerra civil con la que evocar los garrotazos de Goya que la primera carlistada, ni había existido Franco, ni la sacrosanta transición, ni la democracia-que-todos-nos-hemos-dado). «Hacían botijos» podría ser uno, pero, ¿y si no vale reciclar resúmenes de otras zarandajas?

Juan Pablo Fusi, que es más joven que Modesto Lafuente pero no le anda muy a la zaga en venerabilidad historiográfica, propone uno. No ocupa 140 caracteres, sino 270 páginas, por lo que es excesivamente grande como para atravesar la estrechísima gatera del hipotético concurso tuitero, pero es un buen comienzo. Pasar de los veintinueve volúmenes a los 140 caracteres, de una sentá, probablemente sea un proyecto quimérico; un tránsito de tales alturas himaláyicas a la orilla del nivel del mar requiere una sucesión más lenta de campamentos, como en un alpinismo inverso. Doscientas setenta páginas para luego pasar a las cien, luego a las cincuenta, y así hasta llegar al «dormían la siesta» o el «inventaron la picaresca» final.

Antonio Gisbert: «El fusilamiento de Torrijos» (1888)

Antonio Gisbert: «El fusilamiento de Torrijos» (1888)

Doscientas páginas para millón y pico de años, calculen. Para muestra de la cosa, un botón: la página 13 del libro empieza en Atapuerca, hace ese inconmensurable millón de años; la página 23 acaba subida a los toros de Guisando, del 400 a. de C. La 33 ya se ha sumergido en la era cristiana y le pregunta a Séneca qué opina de la brevedad de la vida y todo eso. La 43 asiste con acreditación de prensa a la coronación de Alfonso VII en León como «emperador de todas las Españas» en 1135. La rapidez de este viaje recuerda al verbo flashesco de aquel calvorota que solía salir en los capítulos de Aquí no hay quien viva, fungiendo de las más diversas ocupaciones, y que era capaz de presentar sus mercaderías de cada momento y las características de éstas en menos de un segundo.

Podría pensarse que una poda como ésa no podría hacer otra cosa que dejar la frondosa historia de España en los huesos, quicir en las ramas, en un estado ultraesquemático insípido de leer. Sí que es verdad que Fusi abusa de las enumeraciones en algunos pasajes, disfrazando de texto redactado lo que no deja de ser una lista de puntos transformada en una lista de comas. Para muestra, otro botón: «España experimentó entre 1808 y 1840 una larga y profundísima crisis —ocupación francesa y guerra de independencia; revolución gaditana, 1810-1812; reacción fernandina 1814-1820; trienio constitucional, 1820-1823; década absolutista, 1823-1833; regencia de María Cristina y guerra carlista, 1833-1839—, que alteró radicalmente su realidad como nación: pérdida completa del poder naval (Trafalgar, 1805); guerra devastadora (1808-1813); pérdida del Imperio americano (1810-1825); catastrófico reinado de Fernando VII, veinte años perdidos (1814-1833); guerra civil de casi siete años, 1833-1840 (unos 150.000 muertos en un país de trece millones de habitantes)». Hay más pasajes así, pero son relativamente pocos y puntuales. En las 270 páginas de Historia mínima de Españatambién hay espacio para la lírica, para la desmitificación (no fue por la ensalzadísima guerra de guerrillas que por lo Napoleón salió escaldado de España, aclara, por ejemplo, Fusi) e incluso para alguna que otra inocente canita al aire del estricto rigor histórico, generalmente en forma de breves semblanzas opinativas de los personajes más importantes: así, Manuel Azaña era «un intelectual de hondo sentido español pero de sensibilidad difícil y complicada»; el duque de Wellington, «un hombre alto, de mirada viva y nariz prominente, altivo, distante y lacónica»; Simón Bolívar, «un hombre delgado, de tez tostada, que vestía uniformes aparatosos, vanidoso, gran jinete, buen conversador, lector compulsivo, y un político y militar ambicioso, tenaz, e implacable».

Francisco de Goya: «Duelo a garrotazos»

Francisco de Goya: «Duelo a garrotazos»

Respecto a la lírica, Fusi comienza el libro contando que ve la historia como «el título del relato de Borges: como un jardín de senderos que se bifurcan», y lo concluye mentando de Ranke —que es como mentar a la madre del cordero— aquello de que la historia es infinitamente más hermosa e infinitamente más interesante que la ficción novelesca.

Si tuviese que resumir tuiterescamente esta reseña, la dejaría así: «De Juan Pablo Fusi, de la editorial Turner y de la historia de España no puede salir nada malo, ni aburrido».

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