Pablo Batalla Cueto

El síndrome de Jordi Cruyff. La desgracia de ser griego, de Nikos Dimou

9788433963451Las heces recién depuestas de la dictadura de los Coroneles humeaban aún en la vieja Hélade cuando Nikos Dimou publicó por primera vez un librito minúsculo pero sismológico, pequeño pero matón, una especie de Astérix con poción mágica dotado de fuerza sobrehumanamente superior a su tamaño. Los 196 breves aforismos que conforman La desgracia de ser griego se leen en apenas media hora, pero las heridas que provoca esa implacable salva de 196 dardos afilados son malas de cicatrizar. Tanto, que casi cuarenta años después, 2012, aún está entretejida de desgracia la condición griega, y La desgracia de ser griego mantiene una vigencia tal que puede, perfectamente, reimprimirse y que parezca escrita ayer por la tarde. Anagrama acaba de publicar una nueva traducción.
La desgracia de ser griego es la desgracia de los suicidas nórdicos, deprimidos hasta la locura por la privación continuada de la luz del Sol: la desgracia de vivir a la sombra, la locura de atar del noctámbulo. Pero la sombra que sobrevuela la mediterránea Grecia es de un orden diferente a la astronómica que oscurece Escandinavia. La sombra griega es la sombraque proyectan sus ruinas megalíticas, la sombra de las gestas del padre sobre la mediocridad comparativa del hijo. Algo que podría llamarse síndrome de Jordi Cruyff, si no fuese una cosa muy seria. El complejo de inferioridad de vivir en, plantar dentro de, y construir sobre, la tierra que hollaron Homero, Arquímedes, Pericles y Jenofonte. La constancia de caminar sin caminar, empujados por la inercia remanente del cabalgar de Alejandro, y de no ser dignos observantes de la ley de la evolución y de la ley del olimpismo, que dictan que lo nuevo ha de ser más rápido, más alto y más fuerte que lo viejo. Los griegos, asaetea Dimou, son «como los hijos del famoso filósofo, que no pueden comprender sus obras, pero ven que quienes saben las tienen en gran estima y consideración. Les molesta, pero no deja de halagarlos su fama. Presumen siempre cuando hablan con terceros».
Pero es que, además, la sombra helénica es una sombra doble, como la que producen dos focos diferentes proyectados sobre el mismo objeto. Es esa sombra en el tiempo, cruyffiana, pero es, también, una sombra en el espacio. Otro complejo de inferioridad. La luz procede de algún punto indeterminado, centroeuropeo, situado entre Alemania, Francia y Suiza. Es el foco del subdesarrollo. Los griegos, proclama ahora el autor, «envidiamos a los otros pueblos por mucho que proclamemos nuestra superioridad. Xenómanos y xenófobos; y no sólo —turísticamente— hospitalarios, también serviles» Y vuelve a atacar: «Los griegos no se sienten cómodos en el mundo. Se sientan, como parientes provincianos, en el borde de la silla, y ocultan su inseguridad bajo una apariencia de seriedad. Raramente ríen».
Parir un saco de dardos tiene que ser una experiencia dolorosa («Detrás de toda creación hay una herida. Dentro de cualquier perla hay un fastidioso grano de arena»); lanzárselos a la madre de uno, no digamos. Dimou se ensaña; la mata porque es suya, pero La desgracia de ser griego no es un chapucero crimen pasional, sino el descalabraje paciente de un asesino frío y elegante. Dardo, pausa, dardo, pausa, dardo. El mismo título es ya un dardo. Dardo: «Odiamos y destruimos nuestra lengua porque no era completamente igual que la lengua de nuestros antepasados. Nos odiamos a nosotros mismos por no ser altos, rubios, con nariz griega como el Hermes de Praxíteles». Pausa. Triple dardo: «Fabricamos mitos sobre nosotros. Y después nos sentimos desgraciados, porque no estamos a la altura de los mitos (que nosotros hemos fabricado…). Un mito: “Cuello griego no soporta yugo”. Busco y busco otro pueblo cuyo cuello haya soportado tantos yugos como el nuestro». Más dardos: «¡El “orden establecido” griego! Miserable, pálida imitación de establishment. Un tigre de papel. Sólo se salva porque el anti-establishment griego es aún más lamentable», «Otros pueblos tienen religión. Nosotros tenemos clero», «Mientras que la mitad de los griegos intentan transformar Grecia en un país extranjero, la otra mitad emigra», «Los griegos siembre buscarán su patria en otras patrias; y las otras patrias en la suya».

greek parthenon lightning storm
Se habrán dado cuenta ya de que no se trata sólo de Grecia. De que Grecia es tan alma de casi todo que si Grecia estornuda, media Europa se resfría. El dardo «“Dondequiera que vaya, Grecia me duele”», o el dardo «Todos cuantos amaron esta tierra murieron jóvenes, suicidas o locos. Grecia es una amante cruel». lo podría haber firmado, cambiando una sola palabra, don Miguel de Unamuno. Y era de Bilbao.

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