Rubén Paniceres

Todo Makoki: las comedias bárbaras

La colección Debolsillo, de Random House Mondadori, edita por primera vez en un solo volumen la obra integral de Makoki, personaje creado por Miguel Gallardo, Juan Mediavilla y Felipe Borrayo, que fue uno de los más representativos de los años de la transición española a la democracia y de la primera mitad de la década de 1980.

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En 1976 Felipe Borrayo publicó, bajo el seudónimo de Bon Rayo, en una revista alternativa, llamada La Claraboya, un texto que consistía en un tratamiento de guión de cómic. Estructurada en treinta escenas o cuadros, describía una sangrienta rebelión en un frenopático, acaudillada por un interno sometido a sesiones de electroshock. El citado orate respondía al nombre de Creystus, y en la última escena se describía su fuga al exterior con una interrogación: «¿Que nuevas aventuras le esperan a C en la civilización?».
El 24 de junio de 1977, en el seno de la revista musical Disco-Express, un dibujante veinteañero, Miguel Gallardo, adaptó en un página compuesta por nueve viñetas el guión de Borrayo, pero le cambió el nombre por el de Makoki.
A partir de ese momento se iniciaría una serie que continuó, aparte de en la citada Disco-Express, en otras publicaciones como Star, Bésame Mucho, El Víbora o una revista que acogió como cabecera el nombre del personaje, Makoki, que abarcó unos diecisiete números.
A partir de esa primera entrega, pasó a encargarse de los guiones Juanito Mediavilla, hasta la última historia en colaboración con Gallardo, Makoki en Niu Yors, publicada en una incompleta edición en álbum en 1985.
Las primeras historias de Makoki, recopiladas en un álbum titulado Las aventuras de Makoki, editado por Laertes en 1979, causaron una gran sensación en su momento. Makoki era lo más parecido a un manifiesto punk, con una decidida pretensión de provocar, de burlarse de la autoridad, romper tabúes y tomárselo todo a pitorreo. Su protagonista, Makoki, ataviado con un casquete metálico del que colgaban los cables de la «terapia» eléctrica a la que era sometido en el manicomio, era una auténtica amenaza que sembraba el caos allí por donde pasaba. Solía acompañarle una estrafalaria pandilla de marginales: El Emociones, más conocido como El Emo, un psicópata de cuidado; Morgan, un gigante de encefalograma plano e intenciones retorcidas, o Cuco, un cincuentón alopécico que compensaba su pequeña estatura con altas dosis de mala leche. En aquellos años las historietas de Makoki eran objeto de culto por parte de la juventud más progre y «enrollada».. Hasta el cantante Fernando Márquez, alias el Zurdo, le compuso una canción que interpretaba con su grupo Paraíso, cuyo estribillo decía algo así como: «Makoki, Makoki es cojonudo, el enemigo publico número 1».
Lo cierto es que, vistos en el día de hoy, Makoki y su panda eran un grupo de bestias con unos comportamientos francamente temibles. Violentos, politoxicómanos, xenófobos, sexistas, con una propensión compulsiva a la delincuencia. Desde luego, un conjunto de individuos que dinamitaban el actual concepto de lo políticamente correcto.

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Sin embargo, la serie debe enjuiciarse en el peculiar contexto en el que apareció. En los años de la transición había una fenomenal resaca por casi cuarenta años de filistea y farisaica cultura franquista. Frente a héroes unidimensionales y en ocasiones mucho mas bárbaros que los personajes de Gallardo y Mediavilla, tales como Roberto Alcázar, el Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno, Makoki era un revulsivo. Un exponente de la pobreza y desigualdad social que había sido escondida durante largos años en aquella España feliz, donde siempre era verano y el Real Madrid siempre ganaba la Liga. Ese componente residual de la ideología de la dictadura se traducía en la serie en los personajes del bando de la ley y el orden. El comisario Loperena, antiguo combatiente de la División azul, nostálgico del nazismo, ataviado como un oficial de las SS y empuñando un látigo que solía usar en los interrogatorios (en el que podemos especular con una sátira de las Hazañas bélicas de Boixcar). El inspector Pectol (posible parodia del inspector Dan), un poli duro que hacía parecer a Harry el Sucio la madre Teresa de Calcuta. Por no olvidar a un antropomorfo buitre, Buitaker, que desde la estatua de Colón en Barcelona soltaba soflamas propias de un militante de extrema derecha, mientras fumaba canuto tras canuto. En realidad, Makoki y compañía eran unos descendientes de la tradición de la picaresca española, herederos del Lazarillo de Tormes, de Guzmán de Alfarache, de Rinconete y Cortadillo o del Buscón. A lo largo de las sucesivas entregas de la serie encontrábamos que todos los fregados en los que se veía envuelta la cuadrilla terminaban como el rosario de la aurora, con Makoki y sus colegas huyendo a la carrera, perseguidos por las fuerzas vivas. Convictos de su mala fortuna, porque estaba claro que habían nacido para correr, que diría Bruce Springteen, y, sobre todo, para perder.
Sin embargo Gallardo y Mediavilla —que tuvieron la puntual colaboración de Borrayo, suministrando ideas y leyendas urbanas— no fabricaron un tebeo de tintes siniestros, sino una alocada comedia esperpéntica, en la que el humor más disparatado era el revés y el envés de las tramas más rocambolescas. Las historias se constituían como episodios dispersos que a veces parecían fruto de la improvisación, con un ritmo anfetamínico y un dibujo que a veces parecían disolverse en alucinógenos garabatos. Sin embargo, el dúo lograba reconducir las historias y darles una conclusión más o menos coherente. Las funciones estaban repartidas con Miguel Gallardo al dibujo y Juan Mediavilla a los guiones. Aunque esa división no se mantenían de manera férrea, pues Mediavilla metía mano en el dibujo en ocasiones y Gallardo proporcionaba argumentos y morcillas para los diálogos. Pero fundamentalmente la repartición del trabajo era la aludida y ahí cada autor destacaba en su parcela. Juan Mediavilla fue un gran creador de un lenguaje popular en la ficción, equiparable, en otros contextos creativos, a la labor de un Valle-Inclán o un Arniches, con un oído muy afinado para el habla de la calle, que recreaba/reinventaba en unos diálogos chispeantes. Hubo expresiones que pasaron a la historia del cómic hispano, como «Más mosqueao que un pavo en Nochebuena», «La cosa está chungali», «¿Vale o no vale? O te hago un vale que ponga vale como que vale», o la mítica frase atribuida al músico callejero Paco Mena Galipienzo: «Asín andaba yo siego por la vida», que podríamos considerar como la definición ontológica de todos aquellos que caminamos en algún momento por el lado salvaje de la existencia.
makokiEl lápiz de Miguel Gallardo lucía un trazo en continua evolución. Inicialmente, su dibujo era una curiosa amalgama del trabajo de E. C. Segar —el creador de Popeye— con el cómic underground estadounidense, con citas a Robert Crumb. Posteriormente, en el álbum La juventú de Makoki (1983), el grafismo tendería al feísmo, siendo un exponente de la entonces llamada línea chunga, la cual, frente a la limpieza y carencia de aristas de la línea clara franco-belga, hacía de la distorsión, lo grotesco y el acabado grueso su unidad de estilo. A partir del álbum Fuga en la Modelo (1981), el protagonismo de la serie descansará más en los componentes de la banda de Makoki que en el propio titular de la saga. En dicho álbum se encuentra uno de los mejores jalones de la colección, la historieta El pase, crónica del regocijante lance protagonizado por El Emo y compañía, «bajándose al moro» para traficar con hachís, una anécdota que sirve de pretexto para salir del asfixiante marco de la Barcelona suburbial, desplegando un agitado periplo por Melilla, Málaga, Granada y Madrid, en el que Gallardo y Mediavilla saben reflejar el color local de las distintas ciudades en páginas en las que no decae el interés en ningún momento. En dicho episodio se presentaría un nuevo personaje, El Niñato, adolescente heroinómano con tupé de rockabilly que parecía un avatar de Makoki y que, eventualmente, se convirtió en el carácter central de clásicos incontestables de la historieta nacional como El Niñato (1983), Los sueños del Niñato (1986) o Yonkis del espacio (1989).
En todos estas entregas, así como en otras hijuelas como Historias del tío Emo (1986) u OTAN sí, OTAN, no (1986), constatamos el paso de gigante que da como ilustrador Miguel Gallardo, invistiéndose así de la categoría de uno de los mejores dibujantes del cómic europeo, capaz de citar/recrear/revisitar estilos tan variados como los de Jim Steranko, Chester Gould, José Muñoz, Heinz Edelman, Jack Kirby, Windsor McCay, Gilbert Shelton, Dave Gibbons o la escuela de humor de Bruguera (con Vázquez a la cabeza).
Todavía, los dos creadores ofrecieron una historieta larga en la que Makoki sería su carácter central: Makoki en Niu Yors (1985). El relato disperso y fragmentado de Las aventuras de Makoki y La juventú de Makoki, que había sido pulido y tallado como un diamante en El pase, se recupera. Pero esta vez Mediavilla y Gallardo son mucho más hábiles: edifican un conglomerado metarreferencial en el que tiene cabida una trama de espionaje de la guerra fría, yuxtapuesta con un relato costumbrista que narra las desventuras de Makoki y sus colegas en el paisaje urbano de una Nueva York eficazmente ambientada. Probablemente la entrega más plena de humor absurdo y situaciones bizarras, en la que los distintos segmentos —algunos de ellos dibujados por Mediavilla— son una sucesión de los más diversos estilos gráficos. Como inesperados invitados pueden colarse la Doña Urraca creada por Jorge para Pulgarcito, reconvertida en agente de la KGB; Los Cuatro Fantásticos de Jack Kirby y Stan Lee, los Freak Brothers de Gilbert Shelton, el Alack Sinner de José Muñoz y Carlos Sampayo o diversos caracteres de la tira de Dick Tracy.
Makoki en Niu Yors pone de manifiesto que individuos como el chico de los cables en la cabeza y su «basca» son figuras que nunca podrán ser asimiladas por el mundo moderno, simbolizado en una Nueva York que ellos, con la mente estropeada por años de drogadicción, consideran que es… Bilbao. Después de todo, Makoki y sus asociados son el derrelicto de los años del franquismo, los asociales que no se pudieron integrar en el «edén» de las vacaciones en Torremolinos, en el que ser hippy una vez al año no hacía daño. Carne de presidio y psiquiátrico, marginales que nunca lograran huir de las cloacas, como no fuera para obtener alojamiento en la Modelo, irreversibles perdedores que durante el torbellino de pulsiones desatadas que fueron los años de la transición española pudieron estar de moda, pero que a finales de los ochenta, la década del neón de color rosa, empezaban a resultar anacrónicos, cuando no ligeramente desagradables. Gallardo y Mediavilla terminan la odisea de Makoki en el nuevo mundo con una alegoría del Bhagavad Gita, en la que todo es una ilusión, provocada por el velo de Maya, descubriendo los personajes que no se han movido de Barcelona. La metáfora era clara. Si en la primera página de Las aventuras de Makoki se planteaba la pregunta ¿conseguirá escapar Makoki?, la respuesta era que no. El barrio era el crisol en el que habían sido forjados y en el que terminarían desapareciendo

La_muerte_de_Makoki_p01Interrumpida aquí la trayectoria del personaje, aunque hubo un Makoki apócrifo con guiones de Felipe Borrayo y dibujado, entre otros, por Damián Carulla, años más tarde Miguel Gallardo, ahora en solitario, decidió retomar la saga. Fue una recuperación efímera, pues consistió en una postrera aventura, La muerte de Makoki, publicada en los números 4 y 5 de la revista Viñetas, en 1994. Historieta crepuscular, sórdida, en la que el humor sigue presente, pero mucho más severo, casi como la mueca del Maldoror de Lautrémont que intentara dibujarse una sonrisa en la cara con una navaja de afeitar. Con una visión pesimista y desencantada en la que el (anti)héroe lleva años viviendo en el interior de un contenedor de basura. La pandilla se ha disgregado, convertidos en desechos, como se alude en diversos pasajes. Con el turbulento Emo convertido en un viejo senil que recoge cartones por la calle y el microcosmos del barrio está ahora ocupado por bandas de skinheads que dan una dimensión nueva al vocablo barbarie. En grandes viñetas, a las que la reciente edición en formato bolsillo le quita algo de esplendor, Gallardo despliega el último gran momento de su personaje, el cual se despide de este malhadado planeta en una llamarada digna de un funeral vikingo.
En el número 5 de Viñetas se incluía una página en la que se leían telegramas de pésame y en una viñeta se visualizaba a toda la pandilla, El Emo, El Cuco, Morgan, El Niñato…, como patéticos restos de un mal naufragio. Y es que, como decía el poeta, «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».
Bueno, al menos, nos echamos unas risas juntos. Eso debería ser bastante.

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4 pensamientos en “Todo Makoki: las comedias bárbaras

  1. Pingback: El amargo sabor de La Movida | NEVILLE

  2. Solo apuntar que se supone, o al menos yo supongo, que la inspiracion a Felipe Borrayo le vino de la lectura de El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs, en uno de cuyos capitulos unos cuantos yonkis y esquizos asaltan un manicomio y luego la ciudad. Habria que preguntarle a el, porque creo que la primera edicion del libro en castellano -precisamente en ed. Jucar- es de 1978. Claro que en ingles y frances es muy anterior, de finales de los 50 primeros 60.
    Por otra parte, no se si sabias que un productor tuvo la idea de rodar una serie de television con las aventuras de Makoki y que incluso llegó a rodarse un piloto. No cuajó, pero el testimonio quedó guardado bajo llave y hace poco Miguel Gallardo lo ha insertado en vimeo. Con otros cuantos videos mas de su obra como El viaje de Maria en animacion. Se titula Makoki desencadenado y a mi me recuerda muchisimo a la primera etapa de la serie Makinavaja de Carlos Suarez con Pepe Rubianes. Te dejo el enlace:
    http://vimeo.com/user10482247/videos

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