Adrián Sánchez Esbilla

Hora de aventuras: ¡en acidovisión!

149709_403378276402901_392459829_n

Lo que les pasa a los niños, decía J. M. Barrie, es que están locos. Por eso las series infantiles de verdad son salvajes, anarcoides y lisérgicas. Lo que para nosotros es surrealismo y absurdo, para las mentes de frenopático dopadas de azúcar de la chavalería es simplemente algo que mola. Los niños no tiene problemas con el concepto de realismo, eso lo tenemos los adultos, que intelectualizamos lo que no es más que un fluir de ideas que tropiezan unas con otras, superponiéndose. Un juego donde las reglas cambian sobre la marcha, porque lo que se te ha ocurrido es mucho mejor y más peligroso que lo anterior. Las preguntas y los porqués los ponemos los adultos, nos obsesionamos con los detalles, nos angustia que no haya respuesta. Como Grant Morrison explica muy bien en Supergods, su libro sobre los superhéroes en el mundo y la cultura contemporánea (analizado por Rubén Paniceres aquí), los niños tienen una respuesta directa, única e irrefutable para todas esas chorradas: «Porque no es real».

Hora de aventuras, la serie protagonizada por Jake el perro y Finn el humano, no tiene nada de educativo, pero en cambio está llena de valores, el primero de ellos el de colocar la imaginación como horizonte. Es, además, mi actual ración de psicodelia catódica, agotados ya los efectos sobre mi organismo de Batman el intrépido y Bob Esponja. Encima, es mejor que ambas juntas, todo sea dicho.

Su reparto es insuperable, desde los protagonistas hasta esos secundarios como la princesa Chicle, la vampira Marceline —que en lugar de sangre chupa el color rojo—, la princesa del Espacio, Bultos o el archivillano rey Hielo, un pobre tipo solitario y bastante pesado. Su animación anfetamínica, sencilla, es la versión siglo XXI de la de El gato Félix, con el añadido de diversas influencias del cómic underground y un cromatismo pop que se extiende a una concepción posmoderna que integra lenguajes del videojuego, restos de la cultura basura y referencias nunca obvias ni subrayadas a la literatura popular e infantil —quizá la más frontal sea la de Donde habitan los monstruos, el cuento ilustrado de Maurice Sendak, la más oblicua de Calvin y Hobbes en versión demente, y la más perturbadora la del relato de Harlan Ellison A boy and his dog—, el cine de derribo o los cuentos feéricos y mitológicos en versión subversiva. Vamos, que todo vale, que todo sirve siempre y cuando sea divertido y absurdo, de ilógica aplastante.

155955_403378279736234_1678668282_n

Y, como toda gran ficción infantil, está rodeada de contornos tenebrosos. La tierra de haz lo que quieras que es Ooo, un mundo ácido de espada y brujería (y pop) donde lo inverosímil es el estado de las cosas, se descubre poco a poco como el resto mutado de un holocausto nuclear, del cual Finn bien podría ser el último superviviente humano. Todo lo cual pondría la serie en relación con la numerosa ficción postapocalíptica que los creadores estadounidenses han venido produciendo después del 11-S. Pero ya estoy intelectualizando, amenazando con volverlo todo demasiado serio. Y no hay más que ver a su creador, Pendleton Ward, un tipo barbudo con corte de majara entrañable, para saber que la serie no va de eso. Ni de lejos, vaya.

Hora de aventuras ofrece tanto un humor primario como un sofisticado desconcierto, no satiriza ni critica la realidad, sino que la sustituye por una propia, mejorada y a media. Al tiempo autocontenida e infinita en cuanto a su posibilidades. Bueno, y en realidad sí que enseña; te dice todo lo que necesitas para los tiempos oscuros: imaginación, ternura, valor y un par de buenos puños. Aunque si tienes un perro mágico, mejor.

Anuncios

3 pensamientos en “Hora de aventuras: ¡en acidovisión!

  1. Fan total, de lo poco que veo en la tele, contradice junto con otros cuantos -‘Phineas & Pherb’, algún otro que pillo de vez en cuando la tele y no sé el título,…- el sobado y cursi tópico de que “los dibujos de nuestra época eran mejores”
    Aunque en los últimos capítulos se están poniendo un poco ñoños ampliando el ‘background’ de los personajes -tanta duda romántica de Finn, la emo Marceline transmitiendo todo el sentido trágico de la adolescencia que es el pan nuestro de cada día en cualquier fenómeno fan de cine, libros,… de la actualidad; estirando demasiado la soledad del rey Hielo… – en vez de entregarse a las aventuras salvajes y absurdas de las primeras temporadas.
    Ni siquiera estoy seguro de que transmitan valores más allá de la lealtad de ambos compadres -me parece acertadísima la comparación con los impagables ‘Calvin & Hobbes’-, pero es de las series infantiles más absorventes que recuerdo.

  2. Pingback: Ácido en tu televisor: las aventuras de Jake el perro y Finn el humano | Esbilla cinematográfica popular

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s