Paula Corroto

Pablo Gutiérrez, autor de Democracia (Seix Barral): «No falta indignación, sino dinamita»

(c) Paco Moscoso 2El día que cae Lehman Brothers y llega el apocalipsis económico global, Marco es despedido de la empresa inmobiliaria en la que trabaja. Es septiembre del 2008. El mundo se sumerge en una crisis y el universo interior de Marco también. Éste es el inicio de Democracia (Seix Barral), una novela con la que Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) pone nombre y apellidos al derrumbe planetario de los últimos años. La historia avanza también por los meandros de los movimientos sociales y civiles que saltaron en el 2011 y con los que el escritor, aunque los apoya, no se acaba de encontrar demasiado cómodo. «No falta indignación, sino dinamita», afirma en esta entrevista. Ésta es la historia que transcurre ahora mismo en esa calle, en ese bar, en ese parque. Y Gutiérrez ha sido uno de los primeros en venir a contárnosla.
-El título Democracia es una declaración de intenciones, aunque bien podría haber sido Demo, el videojuego.

-O también Democracia, la comedia. En la primera versión la novela se titulaba Democracia, con una tachadura que resaltaba la demo y eliminaba cracia, el Gobierno, pero me convencí (o me dejé convencer) de que era mejor que fuera fácilmente pronunciable para que los lectores no tartamudearan delante del librero. En cualquier caso, democracia es la palabra de estos tiempos, porque primero perdimos el dinero, luego la confianza y el futuro, y ahora descubrimos que también nos han birlado la democracia, y que nos tocó vivir una simulación de Estado de derecho, una simulación de libertades y prosperidad, cuando lo cierto es que vivimos en un feudalismo amable.

-El lector lee en la solapa: «Marco se queda en paro el mismo día del crash de Lehman Brothers en el 2008. Un crash colectivo e individual. La crisis». ¿Por qué te ha obsesionado tanto el tema como para llevarlo a la ficción?

-La burbuja inmobiliaria-financiera ha provocado otra burbuja sociológica. La crisis ha hecho desaparecer cualquier otro elemento de la realidad. Se esfumaron la belleza, la cultura, la poesía, el placer de ir al cine sin más y sin temer el 21% de IVA, comprar libros sin calcular cuánto suponen 17 euros en nuestro presupuesto mensual. Vivo dentro de esa burbuja, dejándome asustar por el telediario, cayendo en el engaño y el fraude, y con una bronca interior tan enorme que me resultaría ridículo escribir sobre amores perdidos o sobre la guerra civil. Mi vida va de esto ahora y, como no tengo ni el valor ni la conciencia pura como para cortarle el cuello a un ministro o perseguir a un especulador como en un videojuego, escribo novelas donde imagino que lo hago.

Es una pregunta recurrente, pero, ante tantos ensayos sobre la crisis, ¿qué puede aportar la ficción, la novela, al lector sobre hechos tan del presente?

-Yo no soy un intelectual ni pretendo hacer ninguna aportación a nada cuando escribo. A fin de cuentas, una novela no sirve para otra cosa que para pasar el rato. Si le sirve de provecho, bien; si no, habrá sido un entretenimiento divertido. Para mí, al menos. Ya lo dije: Democracia es una comedia.

-¿A qué dificultades te enfrentaste para narrar un hecho tan palpable, que puede cambiar de un día para otro?

-No me preocupa la caducidad de la novela, el hecho de que dentro de algunos años no recordemos qué cosa fue Lehman Brothers. No soy tan pretencioso como para pensar que dentro de un tiempo alguien seguirá leyendo lo que escribo ahora. Las dificultades no provinieron del asunto, al contrario, porque para abordarlo no hacía falta documentarse siquiera, bastaba con leer periódicos y mantener los ojos abiertos. En los últimos cuatro años todos hemos recibido un curso acelerado de economía y de estrategias de persuasión.

-Entremezclas la ficción con recortes de periódico, noticias económicas de la preburbuja, de la actitud de los bancos y demás sector financiero, ¿un intento de darle verosimilitud? También juegas con los saltos en el tiempo, entre personajes…

-El presente es el tiempo de la incertidumbre. Como los siervos en el feudo, vivimos aterrados temiendo la llegada de la próxima catástrofe, la cosecha arruinada, la invasión, la epidemia, y por eso nos cobijamos debajo del ala del señor feudal, aunque sabemos que su gobierno es injusto y que se aprovecha de nosotros. Nos convencieron de que, si no éramos obedientes, sería aún peor. Quise reflejar en la estructura de la novela esa incertidumbre, esa confusión, quise que el lector tuviera piezas sueltas de muchos elementos, pero ninguno completo, para transmitir el desorden y el caos del que se alimentan la crisis y nuestro sometimiento.

-¿Por qué te posicionas como escritor ante la crisis que vivimos?

-No es una posición política, ni siquiera ideológica. Es una posición de resistencia y de observación, de sátira también. ¿Por qué? Lo que no concibo es que te roben, te engañen, te manden a callar y tú obedezcas escribiendo sobre la novia que te dejó.

-En la novela, Marco se queda bloqueado tras quedarse en paro y comienza a perderlo todo, su mujer, su vida. De hecho, escribes: «Si reflexionara sobre ello, tampoco creería en el amor, en la amistad, en ninguna emoción elevada y noble, nada de eso le parecía verdadero y nada de eso le hacía sufrir». ¿No es una actitud un tanto derrotista o, más bien, nihilista?

-Marco no es un héroe ni un modelo de conducta. Cuando alguien lo pierde todo, como le ocurre a él, la gente suele decirle: «Vamos, anímate, empieza de nuevo». ¿Pero de dónde se sacan las fuerzas para eso? ¿Cómo finge uno que está tan ciego como para no ver que le jodieron la vida para siempre? Puede parecer un drama menor por ser tan común, pero quedarte en el paro es una tragedia de la que mucha gente no logra salir. No es derrotismo; es la derrota.

-Cita a Popper, a Ezequiel, habla de la ambición, de la codicia, la maldad del ser humano como base para explicar lo que está sucediendo… ¿Un mal alimentado por el dinero? ¿Dónde quedó la bondad del hombre, esas emociones nobles?

-En la resistencia, creo, en el no. Y la crisis también excitó nuestra rebeldía. Pero puede que viéramos al enemigo demasiado poderoso, o puede que nos acostumbraran a ser mansos y buenos. Lo cierto es que sobraron buenas intenciones y faltó (sigue faltando) mala hostia. No es indignación lo que hace falta; probablemente hace falta dinamita.

-En la deriva del protagonista, conoce a tres personajes «antisistema» que, sin embargo, no provocan una identificación con el lector, en el sentido de que no parecen tener demasiado claro qué defienden o qué quieren hacer: ¿una crítica hacia cierta estética o pensamiento «antisistema»? Mucho Hegel o Marx, pero en realidad, nada. De hecho, de Alicia, una de esas antisistema, escribes: «Se meaba sobre el igualitarismo y la liberación de la mujer, la única ética que defendía era a la contra».

-Son tres esperpentos, y el tratamiento con el que se dibuja a esos personajes es la caricatura. En realidad no sólo ellos, todos los personajes están caricaturizados a partir de un arquetipo. Marco se llama así porque es una «marco», más que un personaje propio. La construcción de los caracteres no persigue la profundidad psicológica de las novelas realistas, sino que se acerca más al modelo de Valle-Inclán, y en ese sentido la ética sólo puede ser un postizo.

-En la novela también parece que se critica el movimiento del 15-M por pusilánime. Y, de hecho, algo de eso has comentado en alguna entrevista. ¿Crees que no sirvió para nada?

-Sí que sirvió, sirvió de mucho: de terapia, para empezar, y de toma de conciencia. El problema es que también sirvió de válvula de escape. Liberó la presión social, nos hizo salir a la calle y sentirnos bien por hacerlo, y luego nos desmovilizó cuando nos dimos cuenta de que para conseguir algún objetivo hacía falta la estructura tradicional de un líder, un ideario y probablemente un partido. Al sistema se lo vence con las armas del sistema, esto es, desde la democracia representativa, o bien con la lucha armada. Pero la democracia representativa está contaminada y tutelada desde el exterior, ¿y quién se atreve, quién tiene las narices de proponer la segunda opción?

-Otro de los recursos que utilizas son los referentes generacionales: libros de la EGB, juegos de los años ochenta, la canción de los dibujos animados de Marco… Eso también sucedía en Nada es crucial (Lengua de Trapo, 2010). ¿Por qué los sueles adoptar para tu literatura?

-Porque para mí es lo más inmediato, son mis referentes, y supongo que porque no tengo mucha capacidad de abstracción, necesito anclar las historias en cosas que conozco. Por eso todos mis protagonistas tienen la misma edad que yo y circunstancias parecidas, aunque invente todo lo demás. No sirvo para escribir una novela sobre los tártaros o sobre un astronauta.

democracia-ebook-9788432214554-Entre los personajes, además de Marco, uno de los más importantes es el especulador y después filántropo Georges Soros, una figura interesante y contradictoria que elevas a semidiós. ¿Qué pretendías con ello?-Es el contrapunto de Marco. Soros dirige, intelectualiza y sostiene el discurso de la Gran Depresión, y Marco se ahoga en su pequeña depresión. En una crisis en la que, por el efecto mariposa, todo está relacionado con todo, necesitaba hablar de lo que ocurre en la cima desde el campamento base.-También me gustaría referirme a la presentadora de televisión, engullida por el propio sistema capitalista. Una soñadora, enamorada de la poesía, cuyos sueños se fueron con el retrete. ¿Por ser incapaz de decir no a tiempo?

-O por seguir el camino correcto, el que parecía ser el correcto: el éxito, la avaricia, la riqueza fácil, lo inmediato. Por renunciar al espíritu, supongo. Hay una obra de teatro sobre todo esto de David Hare, un dramaturgo inglés, llamada The Power of Yes, donde se sostiene que lo que ocurrió (la crisis global) fue impulsado por el sí, por la asunción y la permisión. Eran los tiempos de la prosperidad, y todos decíamos que sí a todo.

-Y, por supuesto, tenemos a la madre de Marco, Cloe, luchadora en los sesenta y los setenta, madre soltera, cuyo presente tampoco es el que soñó en la juventud. Ciertamente provoca la sensación de que la lucha no lleva a grandes cosas.

-Hay cierto determinismo en la novela, como en también había en Nada es crucial. Cloe acaba como empezó: sola, abandonada, sin entender lo que pasa. Pero por diferencias generacionales, Cloe sí se rebela, sí se enzarza en la batalla, aunque sea contra la pantalla del telediario.

-Entiendo que con novelas como Democracia crees que la literatura está para remover conciencias. ¿Pasemos del pop y hagamos política?

-El pop ni en la música, por favor. Me asquea la frivolidad del yo, del consumo, de la estética hueca y del fetichismo tecnológico. Todo ese cinismo pop, esa actitud de suficiencia que te dice «si nada tiene solución, mejor que disfrutes de esto». La amoralidad y la fealdad de Houellebecq resultaron tan contagiosas… No digo política, digo resistencia y conciencia. Desde la comedia, también. Pero basta del yo, basta de autoficción, basta de qué bien me lo paso en Malasaña aunque en el fondo me siento solo. Decadente, y muy Madrid: eso es el pop en la literatura. Tan infantil…

-¿La poesía, como a Marco, nos alumbra más que la novela o el ensayo?

-Nos estimula. La poesía, como la música, se percibe, no se racionaliza.

-Después de escribir Democracia, ¿tienes la sensación como escritor de que es lo que debías narrar? En alguna entrevista has dicho: «Nos robaron, nos engañaron y nos dijeron que éramos culpables». ¿Te sientes punta de lanza de un tipo de literatura española política y actual?

-Cuando arrancas a escribir una novela, compones una idea mental de ella, un modelo que no siempre logras reproducir sobre el papel. En este caso Democracia se parece bastante a esa novela que yo tenía en la cabeza, por el asunto que aborda pero especialmente por la estructura y por el desarrollo de los personajes. Democracia es una novela compleja y nada benevolente con el lector, al que se le exige que termine de formar un discurso incompleto, que le dé forma a esa novela. Pero, más que una novela política, creo que Democracia es (o pretende ser) una novela social y poética, y lo difícil es que encajen esas dos categorías.

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