Jorge Alonso

Cinquecento: el regreso de Pachi Poncela (entrevista)

031Pachi Poncela Neville

«La radio, tch tch tch tch, de vez en cuando no está mal, no está mal, pero si es constantemente le inducirá a la vagancia, soñar en quimeras, a ser abúlico, escuchar la radio, esas historias de estupidez y violencia, esa no es forma de criar a un muchacho

El Rabino en Días de Radio (Woody Allen, 1987).

Si uno ha quedado para comer en el día más lluvioso y ventoso de los últimos cien años en Gijón, de repente se le pasan tentadoras excusas por la cabeza para abortar la misión. Si ha quedado a comer con Pachi Poncela y Javi Kras, cuyos currículos no caben aquí e incluyen radio, publicidad, concursar durante semanas en Saber y Ganar, ilustración, conducir un taxi y sabe Dios qué más, lo que da miedo es que sean ellos quienes sucumban a la tentación.
Afortunadamente todos lidiamos con los elementos de un modo honroso y tras una estupenda comida en La Casita del Parque (Gijón), nos dirigimos a degustar los excelentes caldos del Café Gregorio (sí, hablamos de sus celebérrimos gintonics) junto al fotógrafo Alex Nafría. Lo que sigue es todo lo que una grabadora pudo captar y NEVILLE reproducir.

-¿En qué anda Pachi Poncela ahora mismo? Puedes contestar hablando de ti mismo en tercera persona o tratar de parecer normal y hacerlo en primera.

-Voy a hacer como Dyango, que contesta en tercera persona. «¿Cómo se definiría Dyango como cantante? Dyango es un cantante melódico que…». No bueno, mejor en primera. Ahora mismo estoy en publicidad, en Tankalab, y preparando un programa nuevo en la radio que empezará el mes que viene (enero) en la RPA (Radio del Principado de Asturias), de 7.00 a 10.00 de la mañana, haciendo un matinal un poco distinto…, no, qué va, es lo mismo de siempre [risas]. No, de verdad que es un proyecto muy ilusionante en el que pongo todo lo que puedo dar de mí, dentro de mis talentos y mis capacidades y en el que madrugaremos como cabrones.

Javi Kras -¡Vuelve la gran mentira del periodismo asturiano!

-Puedes ponerlo, puedes ponerlo, es verdad.

Lo pongo, lo pongo, aunque no sea verdad. La publicidad no es un medio ajeno para ti, pero te has mantenido ligado a la radio, no os habéis querido librar una del otro.

-No, mira, cuando nació mi hijo yo renuncié a hacer radio en cadena. Hacía sustituciones en programas de cadena (nacionales) cuando marchaban los buenos de vacaciones. Pero en el 2006 me ofrecieron otra vez hacer las madrugadas y tal y dije que no por Álvaro [su hijo] y me cerré las puertas de la radio nacional, al año siguiente dejé la radio en sí para ganar cuatro duros más en publicidad, que la razón no fue otra, no fue desapego ni desafección por el medio, en absoluto. Entonces me dediqué a trabajar en publicidad, a hacer cosas de creativo, lo que llaman copy, y bueno, bien, aprendí cosas, a contar historias, y más tarde me ofrecieron en la RPA hacer un programa de música clásica, que también se fue a la mierda gracias a…

-Hablaremos de ello.

-Bueno, pues eso. Entonces yo me acuerdo de que la primera vez que fui a grabar, cuando hice el piloto, salí de aquel estudio como si me hubiera quitado diez años de encima, completamente rejuvenecido. En ese momento, era 2010 o 2011, decidí que no podía dedicarme a otra cosa. O que no podía dejar de hacer esto de algún modo. Ponerme delante de un micrófono es lo que me da a mí la vida. Por exagerar.

JK -Hay que puntualizar que la empresa de publicidad estaba ya en las últimas [risas].
-Ya, es verdad, pero igual. Yo iba a hacer el programa de música y complementarlo con la publicidad, que es lo que voy a hacer ahora, pero descubrí que donde más disfrutaba era delante del micro. Hay un momento en tu vida en el que descubres qué quieres ser. Y en ese momento, en ese programa, claro, a mí que me gusta la música, confluía todo, era perfecto… Luego me metí en el follón de hacer las mañanas en la RPA con Javi, Bárbara (Munárriz), que fue un hallazgo, y compañía…, y al final se fue todo a la mierda. La verdad es que fue una pena, no sé si me ibas a preguntar por ello…

Sí.

-Pues te cuento que es una de las mayores lacras personales de mi vida. Aquello fue, para mí, glorioso, y lo digo así. Un programa de cuatro horas sacado de la nada, entre los que estábamos allí, que éramos cada uno de nuestro padre y de nuestra madre, con unos intereses y una cabeza distinta. Hicimos un programa que duró diez meses y justo cuando estábamos en lo mejor se fue todo al garete.

007Pachi Poncela Neville

-Yo era colaborador del programa y algo sé, pero para que conste: ¿por qué?

-Pues aunque no lo parezca, bueno, todos los que estamos aquí nos dedicamos a profesiones que se denominan liberales, pero aspiramos a cobrar porque comemos, bebemos, nos vestimos… Llegó un momento en el que las dificultades de pago, que son habituales, se convirtieron en una constante, más que eso, ya sabías que no ibas a cobrar, que se había cerrado el grifo. Cascos [Francisco Álvarez Cascos, presidente del Principado de Asturias en aquel momento] afirmó que no se iba a dar nada a la tele ni a la radio.

-De un presupuesto ya firmado.

-Era una partida presupuestaria que estaba aprobada y, mucho peor que eso, con las facturas validadas. Aunque te paguen a sesenta días…

JK -¿Sabes lo que es entrar al cajero todas las mañanas a las 7.00, camino de la radio, a ver si han ingresado el dinero?

-Tu dinero, durante meses… Aunque es verdad que la gente de mi empresa, La Mosca Producciones, seguían cobrando

JK -Poco, pero cobrábamos.

-Bueno, sí, hombre, pero os lo compensaba con otras cosas, empatía, sabiduría… En fin, el caso es que llega un momento en que sabes que no lo vas a cobrar, y hay que hacerse cargo de seguros sociales, el IVA y todo lo demás, sabiendo que no te van a pagar, llega un momento en que tienes que decir «mira, esto hay que ver cómo vamos a hacerlo, porque así no puede ser, hay que cancelar», y la verdad es que la RPA se portó bien, no nos puso muchos peros.

-¿El programa tenía buenos índices de audiencia? ¿Funcionaba?

-El EGM [Estudio General de Medios] es como un termómetro al que agarres con los dedos muy fuerte, te marca una tendencia. Vas creciendo, pues quiere decir que todo va bien. A nosotros nos marcaba creo que 13.000 en enero y cuando cerramos estábamos en 26.000, más o menos habíamos duplicado. No sólo por nosotros, ¿eh? Estaban los deportes, los informativos y todo lo demás. Un programa como el nuestro es un paquete, un paquete que tiene que tirar de la audiencia. Si consigues fijar la audiencia por la mañana, es más difícil cambiar el dial. Y éste era un programa que funcionaba muy bien, en el que habíamos conseguido encontrar un tono, que lo mismo encajaba con un paisano de Llibardón que con un chaval de Gijón, un tono que funcionaba muy bien… Pero si sabes que no vas a poder pagar a esos profesionales, aunque lo estén haciendo bien, pues quedas muy jodido.
Cuando Cascos presentó su programa de acción de gobierno, que emitimos puntualmente desde la RPA, en el tercer punto de su discurso salió la RTPA, el futuro de la RTPA y todo lo demás. ¿A ti te parece que no hay problemas mucho más serios, que llevan mucho más dinero, preocupación e interés social que la RTPA? Era una obsesión personal, ésa y otras cuantas.

JK -De todas formas, hay que dejar claro que a mí la gestión que se hacía no me parece que fuera tampoco muy…

-¡Eso va después! Ahora preguntóme por Cascos [risas]. De verdad que yo le definiría, de hecho así lo hice, como el hombre que vino a abrirnos los ojos y a cerrar todo lo demás. Había mucho afán de revancha y mucha gente que vio, al calor de una supuesta renovación, su oportunidad. En la novela ¡Tierra, Tierra! de Sándor Márai, que es un libro acojonante, salen al principio una serie de tipos que están en una casa en Budapest el mismo día en que los nazis entraban en la ciudad. Bueno, pues todos en la mesa estaban en contra de ellos menos uno. El resto le decían: pero hombre, esta gente ¿es que no ves lo que dicen? Y él les respondía algo así como que claro, vosotros decís eso de los nazis porque no los necesitáis, vosotros tenéis talento, sabéis de algo, pero yo los necesito.
Llega un momento en que viene una persona que va a gobernar y a ti te da igual el programa que lleve, es tu oportunidad, tu momento. A lo mejor no eres ni mucho menos un mediocre, pero resulta que lo tuyo no es la gestión o lo que sea, pero el caso es que hasta ahora no habías podido y ahora viene tu momento. Ojo, todo esto no quiere decir —que es algo que me revienta— que la gestión anterior fuera la mejor, o que yo sea afín o lo que sea. Yo no tengo carné ni del Alimerka joder, y aquí funciona el «es que tú trabajabas para los de antes». No, a mí me contratan para hacer cosas determinadas. Y a veces por la cara, que yo hice diez años conciertos didácticos para críos en el Jovellanos en los que no vi un duro, y el gerente de la orquesta todavía ponía dinero de su bolsillo. Yo no me he lucrado por estar debajo de unas siglas.

-Perfectamente aclarado entonces. Volvamos a aquella epifanía en la que redescubriste tu amor por el medio. ¿Por qué la radio en un principio?

-Pues porque trabajaron mis hermanos, bueno, el primero fue mi primo Luis, luego entró Jaime y más tarde Nacho. El caso es que decían: «Ya veréis cuando venga el tercero»…, y ése era yo. Luego ellos se dedicaron a hacer cosas productivas y yo me quedé en la radio durante 17 años [en la cadena SER] repartiendo cheques regalo. A mí eésa me parece la mejor escuela que hay, la radio publicitaria, el programa publicitario en el que tienes que mantener la atención de la gente durante cien minutos de contenidos que compaginas con publicidad y además hay un montón de cuñas. Eso todos los días. Y tienes que mantener la atención, el «a ver qué vas a decir después», crear la expectativa de que vas a decir algo interesante y a ser posible decirlo.

-¿Empezaste ya en la SER?

-Sí, prácticamente, bueno con 16 o 17 años estuve en radios piratas y todo eso. Mira, de Radio Kras nunca me llamaron: ¿cuánto tiempo estuviste tú?

JK -Menos de un año…

-Menos de un año y te llaman Javi Kras, fíjate el poder que tiene la radio. El caso es que el gusto por el micro no se te quita. Yo entré en un momento delicado, con el boom de las televisiones privadas. La radio, como el teatro, parece que siempre ha estado en crisis, siempre se dice que en el 81, cuando el intento de golpe de Estado, resucitó, al quedar la tele en blanco. En Historias de la radio [José Luis Sáenz de Heredia, 1955] o Días de radio [Woody Allen, 1987] se puede ver lo que la radio significa para la gente y creo que sigue significando más o menos lo mismo, igual tengo una visión romántica pero creo que entramos en la cocina, en el autobús, en el trabajo, en la vida de la gente. Yo creía que en unos años nadie se iba acordar de que yo hacía el Hoy por Hoy, como cuando en Días de radio dicen, cuando están en la azotea, que «dentro de unos años nadie se acordará de nosotros», pues era mentira.

020Pachi Poncela NevilleJK -Y eso que tal vez sea un género donde cuenta menos el locutor, en la radio musical por ejemplo te fías o no de sus gustos, pone su prestigio encima de la mesa. Si es alguien con el que coincides y te recomienda algo, vas a por ello.

-Sí, y eso creo que se va perdiendo. Al menos en la radio fórmula. No se busca la pasión, el conocimiento y que sean buenos comunicadores.
Pero volviendo a lo de los comienzos, yo empecé en Radio Minuto, que fue algo que funcionó casi en contra de lo previsto. Entré en el último verano, estaba por cierto Marta Reyero, que luego estuvo en el Plus y ahora en Cuatro, y te llamaban para cosas cercanas. A ver, lo que más te interesa a cierta hora es el tiempo que va a hacer. Todo informativo debería empezar así. Porque son las 7.00 de la mañana, vas a salir de casa y lo que necesitas saber es ¿qué ropa me pongo? ¿Va a llover? ¿Va a hacer frío? A esas horas eso importa más que las declaraciones de fulanito. Nosotros estábamos enfrente de la playa y nos llamaban para preguntarnos cómo estaba la marea y cosas así. Hablando de esto hay que citar aquí al maestro Paco Seijo, que es de las personas y los profesionales que recuerdo con más cariño. Pero vamos, que Radio Minuto contaba la calle, los barrios…, ahora se tiende a uniformizar la radio, el tono, que para mí es lo más importante. Se intenta que el tono sea el mismo, da igual que estés en Logroño que en Gijón. Y creo que eso es un error.

-Vamos a cambiar de tercio, aunque seguimos en esa epifanía. Por un lado estaba la radio, por otro la música. ¿Cómo llega un tipo, digamos, normal a la música clásica?

-Muy fácil, en casa. Mi padre no había recibido mucha educación, quiero decir que más bien ninguna, había tenido que empezar a trabajar muy jovencín, porque en casa las pasaban canutas y todo eso. Pero, por alguna razón, le gustaba la filatelia, la numismática, la historia, el arte, la ópera, el flamenco, la zarzuela…, o sea, mi padre tenía una panoplia de gustos musicales y culturales acojonante, que no había en familias más estructuradas como se dice ahora, o con más perres, que tienen la enciclopedia azul o la roja según el papel del salón. Y mi madre parecido, bueno, ella es más una librepensadora. Y todo esto fluía en mi casa, era lo normal, que hubiera discos, que hubiera libros, podías leerlos o no, pero estaban allí. Joder, yo recuerdo un día a mi padre gritándole a mi hermano: «¡Jaime, no pongas tan alto el bolero de Ravel!» [risas]. El caso es que cuando en tu casa ves que hay eso, que hay música y todo lo demás, pues te llama la atención. Mi padre hacía una cosa que a mí no me tocó mucho pero a mis hermanos sí, y es que tenía una grabación del Rigoletto de Verdi del año 50 y le gustaba ponérsela en la salita y fumarse un puro mientras la escuchaba. Cuando esto pasa desde que eres un niño forma parte de tu normalidad. Para que veas que es así, a mi hijo cuando era muy pequeño le ponía un DVD con el montaje de una ópera que se llama El ruiseñor de Stravinsky, que es una preciosidad, un cuento de Andersen adaptado. Pues en cuanto suenan las primera notas, él sabe lo que es: ¿eso le va a servir de algo en la vida? Pues igual no, pero al menos ya sabe que existe, luego igual cuando tenga 12 o 13 años escuchará la mierda o lo bueno que pongan, lo que sea, pero vamos, que probablemente no vaya a escuchar ópera, pero al menos sabrá que existe.

026Pachi Poncela Neville-Y a lo mejor con 18 0 19 años…

JK -¡Te mata por intentar hacerle el freak de la clase! [risas]

-Puede, puede, pero fíjate, hay un episodio de Bugs Bunny en el que suena la obertura del El barbero de Sevilla mientras está afeitando a no sé quien; pues el otro día la puse, tengo que aclarar que lo primero que hago nada más entrar en casa es poner música, clásica o la que sea, bueno pues el otro día, decía, la puse y mi hijo  siguió cantándola, de modo que la clave es que en casa sea normal, en la mía lo era y sigue siéndolo.
Ojo, que también crecí escuchando Jesucristo Superstar, Jarcha, Beatles, copla, de todo… Ahora, una cosa te digo, eso de «voy a poner a mi hijo música clásica para que sea más inteligente» me parece una gilipollez.

JK -Yo recuerdo poner a los Jayhawks en el programa y verte alucinar con las melodías de voz.

-Sí, buf, muy buenos. Es que en esta vida necesitas siempre de gente que te recomiende cosas, de otro modo parece que vas con las orejas tapadas y así no hay manera. A mí Javi me enseñó la de Dios de música, ahora llevo a los Magnetic Fields en el coche, por ejemplo. Es que es imposible abarcarlo todo, hay que delegar, confiar en algún tipo de filtro. Algo que no pasa si, por ejemplo, te pones a bajar música indiscriminadamente. No puedes asimilarlo todo.

-Y con todo lo que aporta la música seguimos viendo a quienes la hacen como una especie de titiriteros de mal vivir de los que no te puedes fiar.

-A cualquiera que tenga una profesión creativa. No sé si habéis leído el preámbulo de la ley de educación en el que se dice que a lo que ésta debe encaminarse es a formar gente productiva. No libre o decente, productiva. O sea que la educación tiene que conducirte a lo gremial. ¿Y qué es productivo? ¿La lengua no es productiva? ¿La historia no es productiva? Es como en esa escena de La lista de Schindler [Steven Spielberg, 1993] cuando a un hombre le dicen que no es esencial, con lo que ello conllevaba, y él va diciendo: ¿Pero cómo que no soy esencial? Enseño historia y toco la flauta, ¿cómo no voy a ser esencial? Queremos algo que se pueda pagar al peso, a tanto el kilo. El trabajo creativo parece que incluso produce animadversión en ciertas personas.

-Voy a tirar de un tópico típico y pedirte que me recomiendes alguna obra para iniciarme, que no sea el Adagio de Barber que sale en Platoon o el Carmina Burana de Excalibur, por ejemplo.

-Es que la música y el cine… Hoy por la mañana, precisamente, en el curro, con una cosa que no acababa de salir, estuvimos hablando de las películas de Kubrick, de cómo elegía con mucho tino, de forma que podía acoplarla a la imagen de un modo indisoluble. Igual no sabes cómo se llama, pero si te digo «la música al principio de El resplandor» o «la del primate partiendo huesos en 2001» ya sabes cuál es. Y eso nos llevó a que una compañera me dijera: «¿Si necesito música para destruir el mundo?»… La cuestión es para qué la quieres. Si es para destruir el mundo y luego reconstruirlo hay una obra, que es muy pegadiza, y no tiene mucho que ver con el tío que la escribió, y de la que copiaron todos los autores de bandas sonoras: Los planetas, de Gustav Holst, apunta, apunta. [Apunto.] Éste era un compositor inglés que se murió en el año 34, que, por cierto, no me digáis por qué, es el año en el que se murieron todos los compositores ingleses de aquélla.

-Sabrían lo que se les venía, literalmente, encima.

-Sería eso, y quedaron en morirse antes. El caso es que el tipo, como todo el mundo en aquella época, tenía devoción por la música popular. Iba recorriendo la campiña inglesa escuchando canciones populares igual que Bartok hacía en Hungría y lo mismo pasaba en España por la cosa de los nacionalismos. Bueno pues él simpatizaba también con las influencias asiáticas y todo el tema del budismo, el hinduismo y demás, y compuso esa obra sobre los planetas, en la que falta Plutón, que todavía no se había descubierto, aunque mira, fue un visionario. La obra pasa por todos los estados de ánimo posibles, empezando por Marte, que es la guerra…: escuchas Marte y estás escuchando La guerra de las galaxias y todas, todas, las películas de ciencia ficción. Y llegas a Neptuno, que es el último, y te pinta un pueblo de mujeres, con un piano que es puro Jerry Goldsmith, y Júpiter es el comienzo de Ruy, el pequeño Cid, ¿os acordáis de esa serie?

Claro!

-El caso es que la gente se volvió loca con Los planetas y él era un tío tan tímido que si alguien le pedía un autógrafo, le daba una tarjeta en la que ponía que no firmaba autógrafos, era de extrema delicadeza. Y no es que esa obra en concreto sea la mejor del mundo. Siempre se recomienda algo más sublime y tal, pero sí que tiene mucho que ver con el siglo XX y el XXI, con el tiempo que vivimos, y te puedes poner un movimiento en este momento y otro te viene mejor más tarde. Por eso recomiendo ésta en lugar de, qué se yo, las sinfonías de Mahler o de Beethoven.

-Antes te mencionaba el Adagio de Barber, que incluso a los legos nos suena. Lo mismo nos pasa con Karajan, que parece lo más parecido a una estrella de rock en la clásica, por su dominio de la imagen y los medios. No sé cómo lo ves.

-Hay dos estrellas de este tipo. Uno es, efectivamente, Karajan y el otro Leonard Bernstein, con la diferencia de que uno es americano y otro alemán, y lo que eso conlleva, pero ambos tenían un control, una percepción de la capacidad que tenían los medios de comunicación para percibir su música muy acusada, aunque desde ópticas muy distintas. Bernstein era, además de director, compositor, divulgador, creador, por así decirlo, de la didáctica de la música, que supo también explotar los medios de comunicación para difundir lo que él hacía. Son dos ejemplos muy buenos por su influencia. Para que os hagáis una idea, uno de los mayores impulsores del formato CD y quien impuso su duración estándar en 74 minutos fue Karajan. Nada menos. Eso es lo que duraba una de las sesiones de la Novena sinfonía de Beethoven que dirigía el director anterior a él en la Sinfónica de Berlín. Y a Karajan se le puso que ésa fuera la duración del CD, no es que no tuviera más capacidad, que sabemos que la tiene, los hay de más minutos, pero el formato habitual es ése, por él. Era un tipo peculiar que se afilió al partido nazi dos veces, a falta de una. Se afilió en Berlín y en Estrasburgo, luego cuando acabó la guerra dijo que si había ido a ver a su abuela, que si esto, que si lo otro. Y debemos dejar claro que en aquella época no era obligatorio afiliarse, quiero decir que en la Alemania de Hitler no había que afiliarse por fuerza, igual que la Unión Soviética de Stalin no había que sacarse el carné del Partido Comunista.
Pues ese hombre que se afilió por duplicado hizo el arreglo de la Novena sinfonía de Beethoven, sus familiares siguen por cierto persiguiendo derechos de autor, que es un canto a la fraternidad, que acaba siendo himno de la Unión Europea, que ha sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz. El milagro Karajan, que tiene su historia. Hay vídeos suyos que son una maravilla, pero a partir de los 70 y 80, que los empezó a dirigir él mismo, ponen un poco los pelos de punta. Parecen de Leni Riefenstahl, no hay una visión centrada en la orquesta, o en la música, es un culto a él. Quien por cierto, si quería encarnar el ideal ario, lo llevaba crudo, su apellido viene de Karajanis, es griego. El problema con Karajan es que llegó un momento en que veías el sello amarillo de Deutsche Grammophon y lo identificabas con él, y eso a la larga le vino mal porque al final ya te pensabas: ¿este tío será tan bueno o será producto del marketing? Y el caso es que era muy, muy bueno. Los directores de orquesta, te lo digo como aficionado, tienen repertorios favoritos que dirigen muy bien. En el caso de Karajan es Beethoven. Yo entrevisté una vez al que fue primer violín de la Filarmónica de Berlín, que había estado a las órdenes de Karajan, y me decía que había cosas que muy bien y otras, claro, que no tanto. Como todos los directores. Él, eso sí, grababa y grababa, tiene un repertorio brutal. EMI sacó una vez dos cajas con ochenta y tantos discos cada una, en una caja había obras sinfónicas y en la otra ópera, misas y tal ¡Y eso sólo en EMI! Una máquina de generar dinero.

-¿Y Bernstein? Por cierto, ¿has oído la versión que hace Tom Waits del Somewhere?

-Sí, sí, es buenísima. Es que con esa melodía se te cae el alma a los pies. Va sonando de tanto en tanto en todo West Side Story. La verdad es que yo soy un enamorado de Bernstein. Ayer mismo estuve oyendo la Consagración de la primavera de Stravinsky grabada por él, que es para ponerse de rodillas. Porque es como una encarnación de la música, parece que salga de él y cuando acaba el concierto saliera de un trance. El gran trauma que tenía era que componía de un modo que no era moderno, no era atonal ni nada de eso, tenía su propio modo de componer. Además todo el mundo le conocía por West Side Story, Un día en Nueva York, por los musicales. Pero tiene muchas composiciones, digamos, serias, tiene tres sinfonías; decían cuando murió que algún día se le recordaría también por esas obras.

013Pachi Poncela Neville

JK -Como a José María Cano… [risas].

-Bueno oye, con Hijo de la Luna ya dio el salto.

-Una última cosa antes de que la cuenta llegue a tres cifras: ¿te gustaría hacer televisión de continuo?

-De continuo, no.

JK -¿Ni haciendo lo que tú quisieras?

-Hombre, no sé, lo que yo quisiera igual sí. Salir en un yacusi por ejemplo, eso me gustaría y tal [risas]. No, en serio que no lo sé, la verdad.

-Hombre, está claro que una de las ventajas de la radio es que no tienes que pasar por vestuario ni maquillaje.

-Y puedes ir sin afeitar. Aunque hay cierto equívoco respecto a lo del anonimato de la radio. Por un lado en cuanto abres la boca te pueden reconocer, y otra cosa más importante es que detrás de un micrófono no te puedes esconder, al contrario. En la tele te pueden maquillar e iluminar, está la imagen, los vídeos, lo que sea. Cierras los ojos y a veces lo que están diciendo es muy mediocre, pero se arregla, más o menos, con la imagen. En la radio no hay eso, en la radio estás obligado a hablar, a contar, sólo tienes la palabra y el micrófono puede ser muy cabrón.

-«Habla para que te vea», que decía Sócrates.

-Asimismo, como digo, no puedes esconderte detrás de un micrófono. Y sólo tienes la palabra: si te paras, si no sabes qué decir, estás muerto, debes crear la expectativa de que lo que viene detrás es interesante. Si te callas, debe ser por algo

-Entonces mejor no te calles.

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