Víctor Guillot

The Master: la voz del predicador

«El padre Mapple se irguió, y con suave voz de autoridad sin arrogancia, ordenó a la gente dispersa que se apretara: —¡Trozo de estribor, allí! ¡Fuera de babor! ¡Trozo de babor, a estribor! ¡A crujía, a crujía! Hubo un sordo ruido de pesadas botas marinas entre los bancos, y un roce más ligero de zapatos de mujer, y todo volvió a quedar en silencio, y todas las miradas en el predicador.

Él se detuvo un momento; luego, arrodillándose en la proa del púlpito, plegó sus grandes manos morenas sobre el pecho, levantó los ojos cerrados, y ofreció una oración tan hondamente devota que parecía estar arrodillado y rezando en el fondo del mar.»

Herman Melville: Moby Dick, cap. IX.

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Cada película de Paul Thomas Anderson viene a ser una temporada en el infierno, un viaje al fin de la noche, un auténtico flipe que te conduce, inexorablemente, a una habitación oscura en la que se aloja la conciencia humana. Todo rezuma violencia intelectual. Con un vigoroso poder narrativo tras la cámara, este genio del cine americano es capaz de contar la gran historia de su país a partir de su miseria y lograr que te emociones. Es la historia contada por los fariseos. Nos fascina al tiempo que nos repugna. De algún modo sus actos nos conmocionan y, en ocasiones, sus ideas nos contaminan.

Sucedió tímidamente en Boogie nights, un terrible retrato del cine porno contado a través de las peripecias de un actor que alcanzó la meca y la destrucción.  Sin necesidad de elipsis, algo semejante ocurrió con Magnolia.  Es muy difícil olvidar la agonía de Jason Robards, estremecerse ante el desquiciamiento de Julianne Moore o mantenerse impávido ante la histriónica puesta en escena de Tom Cruise. Una mención aparte merece Pozos de ambición, cuyo título original es difícilmente superable: There Will Be Blood (en español, Habrá sangre) es una auténtica epopeya norteamericana protagonizada por el inigualable Daniel Day-Lewis. Todas ellas son historias con un extraordinario poder para la conmoción y en todas ellas parece resonar la voz del predicador, esa voz bíblica, colérica e infame, reveladora de los monstruos de la América profunda, la misma voz que resuena en nuestra cabeza cuando leemos el sermón del padre Mapple en las primeras páginas de Moby Dick, y que Orson Welles, dirigido por John Huston, encarnó en la gran pantalla, clamando desde el púlpito. Estados Unidos no se entiende sin una voz religiosa que surge de la nada y va a ninguna parte sembrando el miedo entre los hijos de Dios.

No resulta extraño que The Master sea  un capítulo más en ese empeño de Paul Thomas Anderson por construir la gran crónica de América, esa para la que es necesario contar con personajes solitarios, atormentados y destruidos que aún guardan en su alma la semilla del odio, la misma semilla con la que se fundan los grandes conceptos de la vida: el poder, la guerra, la fama, el dinero y la fe. Está claro que Thomas Anderson conoce cuáles son las coordenadas para llegar a su universo y qué recursos se necesitan.

The Master comienza al final de la segunda guerra mundial. En una isla del Pacífico se nos muestra a un grupo de soldados destrozados psicológicamente por el combate. Entre ellos se encuentra Freddie Quell, un tipo alcohólico, desquiciado y violento, con reacciones tan escalofriantes como salvajes, protagonizado por un escuálido y enjuto Joaquin Phoenix de labio partido y un gesto tan frágil como perturbador, que nada tiene que ofrecer a un país que ha abandonado a sus soldados y vive una nueva etapa capitalista pintada con los colores de Norman Rockwell. Incapaz de mantener el control de sus instintos enfermizos y destructores, siempre a punto de que le rompan la cara, no tendrá otra salida que huir de todos, incluido de sí mismo, hasta que el azar lo entregue a los brazos del líder de una secta integrada por gente tan virtuosa como inquietante. El líder de esta organización religiosa y empresarial, Lancaster Dodd, encarnado por un fascinante Philip Seymour Hoffman, es una especie de filósofo, seductor, psicoanalista y gran sacerdote laico, especializado en borrar los traumas de sus feligreses, convencido de la reencarnación y de la llegada a la Tierra de seres extraterrestres hace varios billones de años.  Al tiempo que su charlatanería alcanza cotas delirantes, su entorno familiar expresa un desmesurado interés por los negocios más mundanos. La llegada del soldado será un reto personal que pondrá a prueba su capacidad para cambiar, redimir y afiliar a su iglesia a quien no deja de ser un caso perdido.

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Thomas Anderson nos está hablando de los primeros pasos de la iglesia de la cienciología, aquí denominada La Causa,  y de su fundador, L. Ron Hubbard. Pero más allá de la cercanía documental de la película, lo que realmente nos fascina en The Master es el relato de un país que tiene el vigor y la capacidad intacta para inventarse a sí mismo hasta el punto de convertir una secta en una nueva religión, cuando ya ha transcurrido la primera mitad del siglo XX. Y Thomas Anderson lo hace relatando una lucha por la fe, donde la culpa y la virtud se retan constantemente en una confrontación en ocasiones épica y en otras mística, sacando a escena, siempre, a dos monstruos de la interpretación que, al igual que sucediera entre Daniel Day-Lewis y Paul Dano en Pozos de ambición, están permanentemente desafiándose ante la cámara, sin que el espectador pueda prever en ningún momento la resolución de sus conflictos. Robert Aldrich decía algo así como que si a los americanos les expones las cosas en términos de match, en términos deportivos, de enfrentamiento en dos opuestos, son capaces de entender cualquier cosa. Algo de eso hay en The Master, en el enfrentamiento de la bestia y su pastor. Pero, a diferencia de otros feligreses, Freddie Quell no busca respuestas, sólo su propia destrucción. Lancaster Todd le ofrecerá esperanza y un método para que pueda redimirse, llegando a encadenar el triunfo de su misión a la salvación de un animal proscrito. Por el medio, un camino de perfección tan destructivo y feroz como el propio Freddie, tan fascinante y seductor como Lancaster. A nosotros, humildes ateos, simplemente nos queda el gozo de esta lucha. Y como diría el padre Mappel, en la pequeña iglesia de Nantucket, «El gozo —un gozo muy alto, muy alto y muy entrañable— es para aquel que, frente a los orgullosos dioses y comodoros de esta tierra, siempre mantiene su propia persona inexorable. El gozo es para aquel cuyos recios brazos todavía le sostienen cuando el navío de este vil y traidor mundo se ha hundido bajo sus pies».

No se la pierdan.

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