Pablo Batalla Cueto

Xandru Fernández: «¿Desde cuándo el éxito de ventas mide el valor de una obra de arte?»

Foto Xandru 1

Cuando llego al Gregorio —uno de esos pequeños cafés con solera que aún sobreviven en Gijón—, Xandru Fernández (Turón, 1970) lee, absorto, las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar en una esquina, al lado de una taza de café vacía. «Me pillas haciendo los deberes», me dice. «Es un encargo de Jaime Priede para El Cuaderno». Justo encima de Xandru, colgada de la pared amarilla, hay una fotografía del monumento gijonés a la madre del emigrante popularmente conocido como la Lloca del Rinconín. Los ojos llorosos, la mano extendida hacia el horizonte en un ademán dolorido, el pelo largo revuelto y mecido por el viento.  La Lloca, pienso, podría ser Diana, la protagonista femenina de El príncipe derviche, la última novela de Xandru Fernández. Diana, como la anónima Lloca, ha perdido a un hijo. Perder a un hijo pasa por ser el más inhumano de los dolores, y Xandru Fernández lo explora con maestría a través de su novela, que fue reseñada en esta revista hace unas semanas. El segundo dolor más inhumano es perder a una madre,  y perder a un abuelo es el tercero. Asturias está perdiendo a la madre y al abuelo al mismo tiempo. La lengua de nuestros ancestros, aquélla en la que nos acunaron nuestras madres, se halla, corroborará Xandru dentro de un rato, en trance de muerte. Por culpa de los consabidos recortes en Sanidad, además, agoniza en una sala de espera en vez de en la UVI. Nuestro particular Antonio Udina (el último hablante de la lengua dálmata y otro personaje de El príncipe derviche) está más cerca que lejos de nosotros en el tiempo. Xandru comenta éstas y otras cosas durante algo menos de una hora.

—¿De qué va El príncipe derviche?

—Una pregunta difícil… No sé muy bien de qué va. Supongo que va de una confusión, de una pérdida, de alguien que pierde a una persona a la que quiere. Trata de una isla en la que hay un personaje aislado viviendo en condiciones poco recomendables, y trata de una mujer que recorre una buena porción del mundo buscando a un hijo al que ha perdido, y trata de unos niños que son incapaces, por lo que se ve, de sentir dolor, y trata de un grupo de anarquistas en Europa a finales del siglo XIX… No sabría explicarte el argumento sin destriparte la novela.

—Se ha dicho que el mensaje, el leitmotiv de tu novela, es el dolor humano. ¿Lo es?

—Es la parte central… En realidad, mensaje no quiero transmitir ninguno. Creo que hay maneras más directas de transmitir un mensaje a través de una historia, pero quizás la idea central de la novela sea esa, sí. Desde el principio, todas las imágenes que me venían a la cabeza, todas las trayectorias de los personajes, tenían que ver con la idea del dolor de una manera o de otra. O bien la capacidad de sentir dolor exageradamente, o de no sentirlo, o la capacidad de olvidarlo, o el papel del dolor a la hora de reconstruir mitológicamente nuestra propia existencia…

—A la hora de escribir una novela como El príncipe derviche, ¿partes de una temática general, como el dolor, y a partir de ella buscas un caparazón, o al revés, partes de un caparazón, como la historia de Antonio Udina, y a partir de ahí vas buscando la profundidad del asunto?

—No, desde luego no partí de la idea. No partí de la idea de escribir algo sobre el dolor. Es bastante complicado buscar el punto de origen. El príncipe derviche fue una novela que fue creciendo con muchos envoltorios; que fue muchas cosas antes de ser esto. El personaje de Antonio Udina, de hecho, llegó muy tarde; ni siquiera es un personaje central. Simplemente aproveché su muerte porque me venía muy bien como catalizador de todo lo que sucedía en la historia. Pero la trama salió de dos nudos: una mujer a la que secuestran un hijo y unos niños incapaces de sentir dolor. Y la imagen que los juntó fue la imagen del unicornio. El capítulo en el que se ve el unicornio y los niños anuncian a Mauro que hay un unicornio en una colina fue lo primero de todo y lo que no cambió en ninguna de las redacciones. Pero entre medias, la novela fue una novela de ciencia ficción, fue un western, fue un relato en primera persona del protagonista principal… Fue muchas cosas antes de ser esta novela en concreto.

—Creo que es la primera novela en la que sales de Asturias. ¿Por qué ahora? ¿Sentías una especie de «claustrofobia literaria»?

—Pues en buena medida sí. Yo creo que uno escribe siempre casi de lo mismo; es un tópico que otro día analizamos si es cierto o no. Tiendes a repetir obsesiones, ideas… Pero yo pienso que, aunque no es una obligación del lector leerte, tampoco tienes por qué aburrirle innecesariamente. De acuerdo que el lector es muy libre de decir: «Eso ya lo leí, no voy a leerlo», pero me daba un poco de pereza estar insistiendo constantemente en las mismas historias. Para mí Asturias es un depósito de historias y relatos que he ido vaciando. Tiene muchos más, y tiene más interpretaciones, pero creo que de vez en cuando hay que contar otras cosas y hay que dejar que la cabeza se oxigene.

el-prc3adncipe-dervicheAunque hayas salido de Asturias, ¿cabe la posibilidad de que, en realidad, sigas hablando de Asturias haciéndolo a través de otros escenarios?

—Yo creo que no. Sé que el personaje de Udina da pie a pensar eso. Pero, honestamente, no pretendía establecer ningún paralelismo entre su caso y el nuestro. Sobre todo porque lo suyo no era una lengua minoritaria. ¡La lengua era él, él solo! Que luego la novela pueda tener esas lecturas, pues sí, seguramente las tenga. A mí de la muerte de Udina lo que me parece más atractivo es que sea la bomba de un anarquista lo que le hace saltar por los aires. El anarquismo es precisamente, de todas las ideologías políticas de la modernidad, una de las más activas en materia lingüística. Es una de las que tiene una teoría al respecto: hay el esperanto, y hay la búsqueda de una lengua universal, etcétera. Hay un punto casi de praxis inconsciente en el hecho de que sea un anarquista el que acabe con el último hablante de una lengua minoritaria. Pero esto es una lectura que hago ahora, no algo de lo que fuera consciente mientras escribía el libro.

—¿Por qué está tan encorsetada a lo ultralocal la literatura en asturiano? ¿Por el miedo, tal vez, a que algo que se salga de la norma no triunfe, o por limitaciones e incapacidades de los propios escritores?

—¿Te refieres a la temática de las obras? ¿Ultralocal…?

—O a lo mejor no está encorsetada, o lo estaba pero ya no lo está. ¿Tú qué crees?

—Hombre, la segunda novela que yo recuerde del Surdimientu estaba ambientada en Nicaragua. Había dos novelas y una de ellas, o sea la mitad del Surdimientu, no era de temática local. Era una novela muy mala, pero estaba ambientada en Nicaragua. Y en la actualidad yo no veo a la narrativa muy anclada en lo local. Otra cosa es, cómo te diría yo, la metaliteratura, la imagen que la literatura asturiana transmite de sí misma, que sí es una imagen efectivamente particularista.

—¿Por qué transmite esa imagen?

—Supongo que porque es un idioma que literariamente lleva rodándose muy poco tiempo. Biológicamente, el asturiano existe desde hace mucho, pero literariamente sólo tres décadas o cuatro, y en historia de la cultura tres o cuatro décadas no son nada. Cuando a una lengua se la saca del ámbito familiar o local y se la prueba en contextos en los que no se la ha probado nunca, es inevitable que se den miedos y prejuicios. Pienso que eso ya está superado, pero desde luego el pasado es un pasado muy reciente y por lo tanto esa impresión es normal que se siga transmitiendo. Cuando se introduce una lengua de la que en los años setenta se consideraba que sólo valía para hablar del arado, de los balagares y de las vacas, en el mundo del microondas y del DVD o de la Victoria de Samotracia, es normal que el propio escritor, aunque sea consciente de que la lengua vale para todo, sienta cierto vértigo por salir del espacio de lo conocido. Ésta es una posible interpretación, pero seguramente existan otras.

—Albert Sánchez Piñol ha dicho hace poco que aunque normalmente escribe en catalán, y comenzó a escribir su última novela en esta lengua, pronto se dio cuenta de que la novela pedía ser escrita en castellano y abandonó el catalán para empezar a escribirla en español. ¿Puede pasar esto también con el asturiano, que existan novelas que pidan el asturiano o pidan el español y al traducirlas pierdan, o cualquier idioma vale igual para cualquier novela?

—Yo creo que cualquier lengua vale. Pero supongo que a lo que se refiere Sánchez Piñol es a su experiencia como escritor. Sí que es cierto que hay determinadas historias, o determinados temas, o determinadas imágenes, en los que uno puede sentir que va mejor este idioma o el otro. Esa impresión, esa experiencia, es perfectamente normal, pero más allá de que se dé esta circunstancia personal, biográfica, cualquier novela puede escribirse en cualquier idioma. Creo. Sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de lo que leen la mayor parte de los lectores son traducciones. Las facilidades de interpretación entre las distintas lenguas hacen posible eso. Si viviéramos en un mundo de lenguas mucho más aisladas, con muchas más connotaciones, sin haber pasado por siglos de retraducción, a lo mejor sería más complicado. Pero en este caso, yo creo que no. Estamos hablando, en el caso de Sánchez Piñol, de catalán y castellano, o en el nuestro de asturiano y castellano: son lenguas que no voy a decir que son la misma para que no se me entienda mal, pero que son lenguas romances, y cualquier lengua romance es muy parecida a cualquier otra lengua romance. No estamos hablando de traducir del yoruba al inglés, o del chino al punjabí. Son dos universos bastantes coincidentes. Otra cosa es que el propio escritor se sienta más cómodo, para según qué cosas, en un idioma o en otro.

—Pero a lo mejor precisamente porque son lenguas tan parecidas, pueden tener matices muy sutiles que hagan a una preferible sobre la otra. En el caso del asturiano, estoy pensando que puede ser una lengua más apta que el castellano para lo íntimo, para lo cariñoso. Esos diminutivos, la metafonía…

—Pero eso es porque eres asturiano y tus vivencias sentimentales las vehiculas en asturiano. Pero yo me figuro que para alguien de Ciudad Real lo más cariñoso y familiar será el castellano. En lugares donde estamos inmersos en una situación diglósica pueden darse esos conflictos, pero qué se yo, a veces los detonantes por los que una lengua nos parece una cosa en vez de otra son tan sutiles que cuesta mucho teorizar en serio sobre ello. Son cosas muy personales. Estoy acordándome ahora de Santi Balmes, el cantante de Love of Lesbian; alguna vez leí que él no cantaba en catalán porque para él el catalán era una lengua demasiado familiar, demasiado vinculada a su intimidad… Y seguramente habrá escritores a los que les suceda exactamente lo contrario, que para ellos la lengua familiar o íntima sea el castellano pero se se vean más cómodos escribiendo en catalán o en asturiano por miles de razones. Samuel Beckett cambió de idioma porque para él el francés era una lengua más apta para escribir lo que él quería escribir. Su razonamiento puede tomarse como una boutade, y seguramente lo sea, pero tan boutade como lo que podamos decir nosotros. Él decía que quería escribir sin estilo y que el francés era una lengua que le permitía mejor escribir sin estilo, que el inglés estaba ya muy trabajado y que cualquier palabra en esa lengua ya era hiperpoética. Y los habrá que piensen que el francés es una lengua mucho más poética, y el inglés una más prosaica y más seca… En estos casos cuesta mucho salir de lo subjetivo. El problema es que estas cosas no deberían ir más allá de una conversación de café, y que sin embargo alcanzan las instancias de poder: como a mí me parece que Peḷḷuno suena muy paleto, lo cambio y en el indicador pongo Pelúgano. Lo que estás haciendo es elevar una impresión tuya a rango de ley. Y eso es muy grave.

Voy a pedirte que hagas el diagnóstico médico de cuatro enfermos. Que enumeres sus fortalezas y sus carencias. El primer enfermo es la lengua asturiana: ¿cuál es su estado de salud actual?

—Precario. Yo creo que precario. La lengua asturiana… Podría decirte que es un enfermo en la UVI y con respiración asistida, pero sería mentira. Es un enfermo que tendría que estar en la UVI pero que está en el pasillo esperando a que alguien se digne a  ocuparse de él. Con lo cual, si no cambia nada, acabará muriendo. Todavía no ha muerto: es un enfermo, no un cadáver. Como enfermo tiene posibilidades de curación, pero mientras cualquier intervención externa pase por políticas lingüísticas de feria… No es una situación que se vaya a solucionar con tiempo: al contrario, va a ir a peor. Y tampoco se va a solucionar con buena voluntad, porque con buena voluntad conseguimos que el asturiano en vez de morir mucho más rápido muera más despacio, pero seguirá muriendo. Hace falta una intervención seria y decidida. Mientras siga sin emprenderla nadie, creo que tendremos funeral dentro de muy poco tiempo.

—¿Estamos cerca o lejos de tener a nuestro propio Antonio Udina?

—No lo sé. Soy incapaz de calcularlo. Creo que en el caso del asturiano, lo que tendremos será un Antonio Udina neofalante. Que el último hablante del asturiano será alguien que fuera castellanohablante y que hubiera aprendido asturiano por razones políticas o sentimentales. No sé si estamos cerca o lejos, pero yo no me atrevería a preparar una Selmana de les Lletres para dentro de dos generaciones.

—¿Tiene remedio el enfermo, todavía?

—Sí. Remedio lo tendrá siempre: el hebreo llevaba muerto siglos cuando lo desenterraron. Bien es verdad que las razones por las que lo desenterraron yo no creo que fueran razones válidas  para desenterrar una lengua; lo que tiene sentido es evitar que una lengua desaparezca, no resucitarla artificialmente.

—El siguiente enfermo es la literatura en asturiano. ¿Cuál es su estado de salud? ¿Cuáles son sus asignaturas pendientes?

—La literatura asturiana en tanto que algo que se hace con la lengua asturiana, evidentemente está ligado a su suerte. Si la lengua va desapareciendo o va perdiendo hablantes o no tiene la atención que requiere, la literatura va a sufrir las consecuencias y de hecho las está sufriendo. Aun así, creo que la literatura asturiana tiene una vitalidad sorprendente. Sin embargo, está ocurriendo algo creo que por primera vez desde que yo escribo, un par de décadas, que es que hay una percepción interna de que estamos ante un fenómeno agotado y que no va a tener una continuidad. Pero no porque se pierdan hablantes, cosa que es lógico pensar, sino por una especie de cansancio al ver que la sociedad asturiana le da continuamente la espalda a la lengua asturiana y por ende a la literatura asturiana. Ese fenómeno es bastante difícil de atajar. Sobre todo porque los medios de difusión de la cultura en las últimas décadas han cambiado mucho respecto a lo que había, por ejemplo, en 1990, que fue cuando yo publiqué mi primer libro. Han cambiado muchísimo. Las motivaciones que podía tener entonces un chaval de dieciocho o veinte años para estudiar el asturiano como lengua en la que expresarse, yo no sé hasta qué punto se podrían mantener en el estado actual. Una pregunta muy pragmática que es mucho más factible ahora que hace veinticinco años es para qué escribir en asturiano pudiendo utilizar una lengua maestra como es el castellano. El cálculo de lectores, que es una cosa parece que últimamente nos quita mucho el sueño, es una variable que creo que no se tenía tan en cuenta hace un par de décadas. Y yo creo que es una variable que no se debería tener en cuenta, principalmente por dos razones: primera, que estamos hablando de una lengua con pocos hablantes, con lo cual tiene que tener pocos lectores a la fuerza; y segunda, que toda literatura tiene pocos lectores, en términos porcentuales. Eso es algo que parece que la gente pierde de vista con una velocidad pasmosa. Da la sensación de que los españoles, y los ingleses, y los franceses, leen todos una cantidad de libros al año tremenda, cuando es absolutamente falso, y lo sabemos. Yo no sé por qué luego nos extraña que un libro venda quinientos ejemplares, o venda doscientos o venda mil. Parece que todo lo que no vende medio millón, o cincuenta mil, o de ahí para arriba, es un fracaso. ¿Desde cuándo medimos el valor de una obra de arte en función del éxito de ventas? Eso es un síntoma, y preocupa más por lo que tiene de síntoma general que por lo que pueda afectar a la literatura asturiana, de cómo la mercantilización del universo ha ido invadiendo nuestras cabezas. Es algo que afecta a la cultura asturiana y a la cultura en general, un vicio terrible que tiene muy mal arreglo. Vendes trescientas copias y es una tragedia. Pues será una tragedia personal si tú esperabas vivir de tu obra, pero si sabes un poco de historia del arte, ¿por qué esperabas eso?

Foto Xandru 2¿Se puede dar la circunstancia, a veces, de que el asturiano sea un refugio para novelistas mediocres que encuentran en el asturiano, al haber mucha menos competencia, una vía más rápida hacia un cierto éxito que tendrían más difícil escribiendo en castellano?

—Yo creo que no. Por una razón bastante clara: si tú pretendes tener éxito escribiendo, ¿por qué escribes en una lengua que pueden leer como mucho cincuenta mil personas, cuando puedes escribir en una que hablan cuatrocientos o quinientos millones?

—Me refiero más bien a preferir un cierto éxito local al anonimato absoluto…

—Sí, ser cabeza de ratón en vez de cola de león, ¿no? Pero para hacer eso no tienes necesidad de escribir en asturiano; la sociedad literaria provinciana ha existido siempre. Existía antes del Surdimientu. Es más, es una de las sociedades literarias más beligerantes con la normalización lingüística. Yo creo que es muy fácil ser cabeza de ratón escribiendo en castellano, y además las posibilidades de despegue son mucho más amplias. No creo eso que tú dices. Puede haber algún caso en el que un escritor por circunstancias personales diga, qué se yo, conozco a un editor que sólo publica en asturiano, y si escribiera en asturiano me publicaría. Sí, los habrá, porque hay de todo, pero yo no creo que esa motivación sea de recibo, porque entonces esa persona tendría dos problemas, uno como escritor y otro mental bastante grave (risas). Creo que escribir en asturiano implica una renuncia. Y si no lo sabes ahora, te darás cuenta de ello en el futuro.

—La literatura en general. ¿Cuál es el diagnóstico?

—Creo que uno no muy diferente al que podríamos hacer para la literatura en asturiano en particular. La literatura ocupa un lugar marginal en la sociedad contemporánea. ¡Pero es exactamente el mismo lugar que ocupaba hace cien años! Un gran escritor, ahora mismo, probablemente pase desapercibido. Probablemente, no, ¡seguro! Pero igual que le sucedería hace cien años. ¿Cuántos en Praga conocían a Kafka? Le conocerían como vecino, pero, ¿cuántos le conocían como celebridad? Absolutamente ninguno, porque no lo era. Hay una cierta función social que la literatura puede tener en ciertos períodos y que puede encumbrar a ciertos escritores que actúen como correas de transmisión de otras cosas, y eso puede nublar un poco el juicio y transmitir la idea de que la literatura es más importante de lo que es. Entendámosnos: yo creo que es importantísima; para mí, vitalmente, lo es, y creo que la sociedad sería mejor si fuera más importante, pero creo que en términos cuantitativos, en peso económico y social, la literatura es… No un resto, porque tampoco es que fuera más en otros tiempos ni que hoy sea menos o se haya agotado, pero sí algo que está en una frontera, en la frontera de la existencia y de la inexistencia, lo social y de lo individual. Creo que ésa es la función que va a tener siempre, y que ése es su sitio.

—No vive ni su peor, ni su mejor momento, entonces.

—Yo creo que no. Debido a la publicidad, a los medios de comunicación, etcétera, tenemos una percepción del libro distorsionada, que tiene muy poco que ver con lo que históricamente fue, y sigue siendo, la literatura. Que La catedral del mar venda miles de ejemplares es un fenómeno socioeconómico, no tiene por qué tener nada que ver con la literatura. Había libros en el siglo XVIII que vendían cantidades equivalentes, no tan grandes porque evidentemente la reproducción era otra, y sin embargo no se acuerda nadie de ellos hoy, y no por eso decimos que fueron un gran fracaso literario o un gran éxito literario. Los valoramos siguiendo otros criterios, técnicos, políticos o del tipo que sea. La literatura es una microsociedad que ha pasado del intercambio epistolar a nuevas formas de intercambio global, pero es muy similar a la sociedad literaria europea de hace doscientos años. Me pillas un poco inmovilista hoy (risas).

—Hoy hemos desayunado con la noticia del cierre de la librería Catalònia de Barcelona. También quería preguntarte por el diagnóstico del mundo editorial y de las librerías en general.

—Una librería es un establecimiento en el que se venden libros. Estamos en un país en el que la gente mayormente no lee, por lo que una librería ya es un establecimiento raro per se. Lo raro es que una librería se mantenga.  En la época de vacas gordas…, que todavía está por demostrar que las hubiera, pero bueno, en lo que llamamos la época de vacas gordas, la época de la burbuja inmobiliaria y todo lo demás…

—La época en la que vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

—Pues sí, bueno, vivíamos por encima de nuestras posibilidades, pero seguíamos leyendo por debajo de ellas. No se vendían más libros. Y si se vendían más libros, lo normal es que ahora se vendan menos, porque cuando tus ingresos se reducen tiendes a quitar lo que para ti no es indispensable, y para el español medio el libro no es indispensable, eso lo sabemos de sobra. Pero es que yo creo que cuando había más dinero no se compraban más libros. Bueno, insisto, se comprarían más libros, pero no tantos como para despegar. ¿Por qué? Porque ésta es una sociedad muy, muy iletrada. Y eso costará mucho más remontarlo que lo que va a costar remontar la crisis financiera. Si a eso le sumamos el cierre del grifo de crédito y todo lo demás, es normal que las librerías cierren, igual que otros negocios. Es una tragedia personal en lo que tiene de pérdida de puestos de trabajo, etcétera. Como indicador cultural creo que también estamos acusando un poco el falseamiento que se ha vivido en las últimas décadas con la llamada industria del libro: ese buscar el best-seller y saturar el mercado de novedades que se tenían que vender automáticamente porque si no no tenían sitio en el estante de la librería. Haría falta un análisis serio y cuantitativo de cómo ha evolucionado el libro en España en las últimas décadas. Pienso que las sorpresas serían bastante grandes. Hace mucho tiempo, cuando estaba en paro, uno de los proyectos que yo valoré fue poner una librería. Recuerdo que no conseguí que me apoyara absolutamente ninguna persona a mi alrededor, porque todos consideraban que era un suicidio. ¡Y tenían razón! Es un negocio en el que si consigues llegar a ese sector de amantes del libro puedes sobrevivir, pero en el que si dependes demasiado del engranaje de la gran industria editorial, esa industria editorial va a comerte, porque está hecha a la medida de El Corte Inglés, no a la medida de una librería tradicional. Pero bueno, hace cinco años los temores eran con el libro electrónico; hoy la evidencia es que lo que se carga a las librerías no es el libro electrónico, es la falta de dinero circulante. No creo que la tecnología tenga un papel excesivamente grande en esta crisis de las librerías y del libro. No creo que sea ésa la cuestión.

—Finalmente, recomiéndanos un libro, un disco, un cómic y una película.

—Pues… Libro, yo siempre recomiendo Matadero 5, de Kurt Vonnegut, tal vez porque es un libro al que cada vez que lo releo encuentro conexiones con mi propia vida, con lo que me está pasando a mí personalmente. Disco… cualquiera de Led Zeppelin. Cualquiera, de verdad. No puedo decidirme por uno solo.  Una película… Soy cada vez menos cinéfilo, pero la última que vi, ha pasado tiempo ya, fue Stalker, de Tarkovsky. Es una película que recomiendo porque yo pensé que el tiempo la estropearía y no, al contrario, es impresionante, lo mejor de Tarkovsky. Y un cómic, yo ahora te diría el primer volumen de la serie Authority. Me ha venido a la cabeza porque se lo he prestado a un amigo y me lo tiene que devolver, no por ninguna razón en particular (risas).

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3 pensamientos en “Xandru Fernández: «¿Desde cuándo el éxito de ventas mide el valor de una obra de arte?»

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  3. Un comentariu eruditoide pa Xandru:
    Antonio Udina nun yera falante maternu de dálmata. La so llingua materna yera’l véneto y deprendiera’l dálmata con so güela, que sí tenía’l dalmata vegliota como llingua materna. La llingua de la so muyer yera’l croata.
    Asina que l’analoxía cola situación asturiana que propones tovía ye más acusada.

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