Pablo Batalla Cueto

La brizna entre las piedras. El apartheid palestino en el CCAI

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Sorprende, y reconcilia un poquito con la humanidad, comprobar cómo incluso en los lugares de este planeta donde se dan las situaciones más catastróficas hay siempre una escuela. Hace pensar en aquello de que lo más bonito del desierto es que en alguna parte esconde un pozo, o en esa clase de socorridas metáforas sobre briznas de hierba capaces de abrirse paso entre dos bloques de piedra. «La semilla más menuda prende en la grieta del granito, echa raíces, crece, hiende la peña, rasga la montaña, derrumba el castillo secular… Triunfa», bramaba Alejandro Lerroux en 1905 en el muy poco conocido mejor discurso político de la historia de este país. Es algo así, sí. La cultura todo lo vence, a pesar de todo.

En la pared del fondo de la exposición titulada El apartheid palestino que alberga desde el pasado día 8 la segunda planta del Antiguo Instituto Jovellanos de Gijón y ha sido auspiciada por el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe, hay tres fotos juntas de escuelas. En este caso, la referencia metacultural que viene a la cabeza es el cuento de los tres cerditos: una de las escuelas no tiene paredes: es un precario tendejón en medio del desierto; los muros de la siguiente son de bambú, y los de la tercera, de neumáticos y arena. Las tres imágenes exudan precariedad en cada píxel. ¡Soplaré, soplaré, y vuestra escuela derribaré! La diferencia feliz de este cuento con respecto a la famosa fábula es que aquí el lobo feroz no derriba ninguna escuela. Omnia vincit cultura, otra vez. A pesar de todo. En otra imagen, una fila de niños serpentea por una estrecha senda abierta en la ladera de una montaña. Un discreto pie de foto explica que, para llegar a su —un colegio hecho de neumáticos, tal vez—, estos niños deben ascender tal monte y andar todavía dos horas a pie. Da vértigo, e incluso una cierta punzada de vergüenza recordar que uno se despertaba a las ocho menos cinco para entrar rezongando a las ocho en el instituto que tenía a dos calles de casa, y que piraba cada clase que podía para ir a jugar al billar a una cafetería cercana. Qué poco se valoran las briznas de hierba cuando se vive en una selva.

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Por supuesto, también hay fotos de checkpoints, de alambradas electrificadas, del consabido muro de Cisjordania y los consabidos asentamientos, de las no menos consabidas colas de trabajadores palestinos que el humor del día del soldado israelí de turno decidirá si pueden pasar o no, e incluso de una calle de Hebrón dividida por otro muro en una orilla palestina y otra israelí tan desigualmente como un queso cortado en dos partes por Obélix o por la parodia de Cruz y Raya de José Antonio Labordeta. Y hay una foto de una carretera-sólo-para-judíos, de esas a las que uno podría aludir si quisiera documentar la tesis de que por aquellos lares olvidaron muy rápidamente el gueto de Varsovia. Y hay, también, otra de la Cúpula de la Roca de Jerusalén, dorada como el sol, refulgiendo orgullosa en medio de una maraña de antenas y tejados. Suele suceder que las cosas más bonitas se hallen en las manos más inapropiadas. Perro mundo.

El hilo musical de la exposición de fotografías de Alberto García Alix, situada en el piso inmediatamente inferior, suena tan alta que alcanza al segundo piso. Es una melodía desasosegante, como de película de miedo, muy apropiada para ambas exposiciones.

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