Paula Corroto

Santiago Auserón: «Urge más una reacción cultural que una reacción política» (Entrevista)

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«Perro era el insulto más frecuente para referirse a los esclavos negros en la España del Siglo de Oro», recuerda Santiago Auserón (Zaragoza, 1954) en el libro El ritmo perdido (Península). Juan Perro conecta así su seudónimo musical con el enorme esfuerzo antropológico elaborado en este volumen que con acierto subtitula Sobre el influjo negro en la canción española. Porque lo que nos encontramos entre sus páginas es un preciso estudio lleno de fuentes eruditas sobre las influencias musicales en la historia de España, desde el tanguillo africano a la rumba y los cantos árabes. Nuestra negritud y africanismo hoy aparentemente desaparecido. El ritmo perdido nos muestra a un Auserón académico que no duda en citar a maestros como Deleuze, con el que estudió filosofía en la Universidad de la Sorbona, y al que confronta con el músico enamorado de los versos populares que se transmitieron por toda la Península desde la Edad Media hasta la Contemporánea. Sobre este ejercicio de memoria, sobre este mestizaje y esta diversidad rítmica milenaria que en su conjunto recrean un discurso integrador sobre las culturas de España charla el líder de Radio Futura en esta entrevista en la que también ataca el fin de las humanidades en los nuevos planes de estudio que prepara el Gobierno y la preocupante falta de un fenómeno cultural que hoy, a la manera que hiciera el punk británico en los ochenta, sirva como contrapunto a la crisis en la que nos encontramos.
 -Vaya estudio de antropología musical es el volumen El ritmo perdido. Es una verdadera tesis… ¿Cómo empezaste?

-Me llevaron ciertos temas. Primero, las vivencias compartidas con la gente e investigarlas un poco a fondo para tratar de aclarar la complejidad de nuestro nido cultural, de nuestro destino como hispanos. Y, claro, eso me llevó a una dimensión antropológica, como dices bien, porque en realidad en esa dimensión confluyen varias disciplinas, y no queda más remedio que meterse en esa complejidad. La naturaleza de nuestro medio cultural lo exige.

-Los primeros capítulos son más personales, pero después comienza la investigación más académica. ¿Para contextualizar?

-No es un propósito. Yo me he dejado llevar por la necesidad. No he querido hacer algo gratuito. Con el oficio de las canciones me queda muy poco tiempo para investigar o escribir, pero tengo esa necesidad y muchas veces lo tengo que hacer a base de insomnio. No es un capricho. A veces me siento en una situación confusa y tengo que aclararme. Con una vida personal oscilando entre las inclinaciones teóricas y las prácticas, la pasión por las canciones y la pasión por la actividad pensante, por la filosofía… Dentro de esa trama en penumbra tengo que atenerme a cosas que me muevan por la necesidad. Pero yo haría una matización. Sí, el libro comienza en el terreno de lo personal porque tengo la necesidad de contarle a la gente cómo para mí la pasión por las canciones ha nacido de una experiencia compartida con la gente de mi generación o de otras generaciones que nos han pasado el testigo. Pero, una vez que han surgido todas estas experiencias que me han llevado a elegir el oficio de las canciones, cuando tendría que empezar a hablar de Radio Futura y Juan Perro, lo dejo ahí para entrar a investigar esos enigmas que nos afectan en lo hondo. Sí, es verdad que el libro se dota de notas eruditas, hay que ir a las fuentes para averiguar dónde están los datos, pero yo no diría que es tan académico, porque justamente en las cátedras no se produce esa transfusión de información interdisciplinar. Es decir, cada cátedra, sea de lo que sea, funciona de espaldas a las demás de una manera un poco incomprensible para los tiempos que corren, sobre todo en España, donde los problemas tienen un carácter de complejidad. En ese sentido es una investigación inaudita.

santiago-auseron-12-09-12-En el libro escribes: «Los versos no tienen ya la utilidad ni el prestigio de que gozaron hace siglos en España entre analfabetos». ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Un problema de la mercantilización de la industria? ¿Capitalismo musical?

-Sí, claro, porque la mercancía cultural se ha convertido en un mercado más amplio. En el Siglo de Oro, desde la Edad Media, los versos cantados adquirieron un prestigio. Las canciones populares entraron en la Corte, acabaron en el Cancionero de Isabel la Católica. Hubo un prestigio del canto popular que convenció a los poetas cortesanos, y eso venía del mundo árabe, es influjo andaluz, esa transfusión. Tampoco era tan común, era una característica de al-Ándalus. Y en la Península se crea un movimiento de canciones populares muy poderoso. Y esto pasa a los reinos cristianos. Este movimiento desemboca en el gusto popular por los versos.

-Un gusto que se ha ido alejando hasta prácticamente llegar a nuestros días. Es curioso cómo cuando hablas de tus inicios musicales rememoras a Miles Davis, Lou Reed, David Bowie, los Slade, T. Rex… Una música que en los sesenta, setenta, se podía escuchar en las radiofórmulas, mientras que hoy de Lady Gaga o Pitbull no salimos.

-Porque la tendencia es siempre la misma: el germen de la cultura nace en del encuentro entre civilizaciones o las zonas de conflicto. Para resolver situaciones difíciles en la sociedad se producen soluciones como la música o la poesía. Se producen bálsamos curativos. Pero luego, esas soluciones, en manos de los poderosos y los explotadores, se convierten en mercancía sobreexplotada. Es un ciclo que se repite hasta la saciedad. Y ahora estamos en el colmo de esa sobreexplotación y desprestigio de la cultura humanística. Además de que se explota indebidamente en la narrativa estúpida de las películas de Hollywood y de las teleseries, y de la narrativa idiota, no se le tiene respeto a las letras. La gente necesita el discurso, pero que sea el más tonto posible, un discurso que quepa en un sms.

-¿Y la música desde dentro no ha hecho lo mismo? ¿No ha habido un acomodamiento interno? Hay un discurso que afirma que la música indie de los noventa fue apolítica y reflejaba la comodidad de aquella época. ¿Estás de acuerdo?

-No, para mí las canciones son siempre políticas, en el sentido de la polis, de la ciudad. Hablen de lo que hablen. Y la poesía también, porque, aunque sea la más extraña del mundo, está buscando iluminar zonas oscuras de la humanidad para ser compartidas a través del lenguaje. Para mí la poesía y la música son siempre hechos políticos y pertenecen a la comunidad. En cierto sentido, que una canción hable de política o transmita mensajes políticos es una redundancia, y a lo mejor una torpeza, porque ese discurso no tiene que mantenerse en el seno de la canción. La canción tiene que transmitir la energía y la velocidad de los implícitos del lenguaje y la relación del lenguaje con los sonidos que no son lenguaje. Tiene que transmitirnos por intuición nuestras relaciones con la naturaleza y la sociedad. Tiene que ser algo más intuitivo. Y cuando eso funciona, si tiene calidad poética y musical, eso mueve el pensamiento, mueve las ideas, lo cual a su vez se nota en la política. Cuando hay buenas canciones, las ideas de la comunidad son más interesantes, la sociedad se atreve más a enfrentar su futuro.

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-Precisamente, en los ochenta surgió un punk británico muy al hilo de las reivindicaciones obreras y de la crisis social que trajo consigo el thatcherismo. ¿Podríamos estar ahora ante algo parecido?

-No, porque ahora lo que se echa en falta es la capacidad de poner en circulación fenómenos culturales que respondan a una situación social. Evidentemente, el fenómeno del punk es muy interesante, ya como asunto sociológico o antropológico, porque es como el límite de la canción simplificada y popular electrónica. Es el límite de la estupefacción. Tiene un sentido casi ontológico, metafísico. Para mí el punk tiene un sentido casi metafísico. Es la juventud obrera llegando al límite de la estupefacción, de hacer tabla rasa en la mente cuando ya los valores de la tribu se han pervertido al máximo. Tiene un sentido de denuncia de un extremo de la realidad. Y a partir de ahí hemos llegado al límite de las canciones en el Occidente blanco. Luego es cuando los punks se empiezan a enrollar con los jamaicanos. Es curioso que a partir de un momento se produce un trasvase entre el punk y el reagge.

-Entonces no ves que pueda surgir alguna nueva musicalidad frente a los estándares con la crisis actual.

-En estos momentos se echa en falta un fenómeno cultural que exprese la situación de toda una generación sin expectativas de futuro. Creo que tenemos que generarlo entre todos. Primero, generar la conciencia de esa carencia. Qué nos está pasando. No sólo en los jóvenes, porque la responsabilidad de la gente de mi edad y de los intelectuales en relación con las masas consumistas pasivos… Aquí tiene que haber un flujo social que no está funcionando. ¡Si estamos pendientes de que salgan por el telediario los especuladores! Y ellos no son los protagonistas. Ellos son los protagonistas del expolio, pero no son los protagonistas del tejido social. El tejido social nos concierne a nosotros uno a uno y ahí es donde tenemos que tomar iniciativas. En fin, estamos en un momento en el que la política en curso tiende a estrangular la cultura, a meterla en un embudo en la que le puedan poner un tapón para hacerla salir a voluntad, gota a gota en la dirección que les conviene. Pero la sociedad civil no nos vamos a detener ahí. Ni podemos ni debemos, y hay que activar ya una reacción. Urge más la reacción cultural incluso que la reacción política. La reacción cultural hay que hacerla cuanto antes porque hay que reeducar a una generación ya talludita y coeducarnos con las generaciones más jóvenes para que tengamos opción de recuperar nuestra riqueza cultural con perspectiva y no reducirla a un modelo tecnificado y plano que no tienen nada que ver con nuestras tradiciones y las posibilidades de nuestro porvenir.

-Porque venimos de treinta años de crisis en la cultura.

-Sí, sí, en general sí. Desde la mitad del franquismo en adelante se gestó un movimiento de reacción a la dictadura que fue paulatinamente creciendo en sus posibilidades incluso en la clandestinidad y que estalló en el momento en el que murió Franco, y que dio sus frutos mediáticos con la llamada Movida. Pero, sin embargo, a partir de la comercialización de la Movida, de la mercantilización de ese fenómeno cultural y social, se produce ya un retroceso que llega hasta nuestros días y ahora estamos rozando el límite. Son dos ciclos de treinta años, probablemente.

-Por otra parte, en el recorrido que haces en el libro por las músicas que conforman nuestra tradición cultural resuena mucho la rumba, el tango africano, el majurí árabe. Una música en la que había algo sexy, lascivo, si me permites decirlo. La sexualidad de la negritud. Tanto en Radio Futura como en Juan Perro también lo hay…

-Si a ti te lo parece, me parece bien…

-Sí, a mí me canciones como Reina zulú me parecen muy sexys, pero te lo pregunto porque ¿seguimos padeciendo cierto puritanismo que ha llegado hasta la música actual?

-Sí, pero si me lo permites, haré dos matizaciones. Una, más que hacer una defensa ideológica de la diversidad como bandera, que se podría confundir con un mestizaje que hoy desemboca en el sesgo más publicitario, y hay que tener cuidado con esto para que no se reduzca la importancia, para que no baje de grados… Porque ese mestizaje en España proviene de muchos conflictos, pero milenarios. Está en nuestra naturaleza más profunda, por lo que hay que tratarlo con mucho mimo. Por tanto, a mí más que una defensa ideológica del mestizaje o de la diversidad, me interesa averiguar su verdad en toda su complejidad y compartir esa información en escala social más amplia posible para ir enterándonos de una vez de qué es lo que nos pasa. Ésa es una de las matizaciones. Y dos, en cuanto al carácter lujurioso o lascivo de estas músicas interétnicas. Cierto, es una constante asociada con el mundo musulmán, que ya de por sí incorpora elementos de africanía y los trae ya mezclados a España. Es una constante que reaparece con la presencia de esclavos africanos en la Península después. Está en el marco judeo-árabe, árabo-persa, de las relaciones con la negritud, de la música que recogen y difunden los gitanos, que está después en las Américas, y que hoy en día se mantiene. Seguimos viendo esos bailes con mucho contoneo o agitación de caderas, incluso con rozamiento directo de las pelvis. Es decir, que todavía es una forma de bailar en Cuba y Jamaica, Brasil… Y para los censores españoles eclesiásticos y censores de la moral católica contrarreformista esto significa una amenaza del demonio, pero esto es siempre una reacción hipócrita, puesto que a la vez que se condena se reinterpreta como una lascivia retorcida. Para el africano, que es el origen de todo esto, esa sexualidad explícita tiene un sentido tribal, social, incluso hay otros que dicen que es educativo. Es decir, cumple funciones rituales danzáreas que están insertas en un círculo de danza que es educativo para los jóvenes de las tribus. Esa sexualidad explícita hace pantomima de las relaciones sexuales y de las relaciones de fecundación entre humanos, o entre animales, o de relaciones con las cosechas. Luego también, evidentemente, todo eso es juego, seducción, lascivia…, pero todo esto hay que interpretarlo en su marco, y tiene una hondura y una significación antropológica que el castellano viejo ignora, desdeña y reduce a gesto pecaminoso. Ahí hay una reducción cultural inaceptable.

juan-perro-efemeride-Y seguimos en el Imperio del castellano viejo ahora de nuevo con fuerza.

-Todavía en nuestros días estamos bajo la égida de la moral generada por la Contrarreforma, el Imperio de los Austrias y ese catolicismo exaltado y beligerante, que por beligerancia y por exaltación llega a olvidar sus propios valores originarios de la cristiandad primitiva, del sentido de lo comunitario y la misericordia.

-El proyecto Juan Perro con los discos Raíces al viento, La huella sonora o el último, Río Negro, sí tiene esa diversidad mestiza: ¿por una necesidad de lo escuchado en casa?

-La primera cuestión enigmática que inicia todo este asunto del libro es esa pregunta. Los chicos de mi generación íbamos buscando las máquinas de discos que traían los grupos británicos influidos por los negros y que eran una religión nueva, y canciones en una lengua que no entendíamos, pero, sin embargo, sabíamos que era nuestra música. Eso es complejo. Probablemente ahí había una cierta fascinación por la modernidad, cierto poder imperialista de la industria, pero también el poder rítmico de una etnia distinta, el vacío cultural que habitaba en nuestros corazones después del éxodo rural en las Españas. Confluyen una serie de factores que hicieron que mi generación estuviera ansiosa de una música extraña, foránea.

-¿Y no surge cierta desazón cuando uno se da cuenta de todo lo que hemos ido dejando atrás?

-Bueno, esa desazón puede ser compensada… La carencia a veces es necesaria para empezar a aclarar las cosas. Es el ciclo del olvido y la recuperación de la memoria. Hasta que no llegamos a un cierto umbral de olvido o pérdida de tradiciones no nos damos cuenta de que nos está faltando algo. Y a partir de ahí es cuando podemos empezar a buscar rastros, aunque algunos ya se hayan borrado. Pero, claro, los de la música popular se han borrado porque es la propia naturaleza. El hecho sonoro es efímero por sí, no deja huella hasta que no es escrito. Y hasta hace muy poco la música culta recoge muy poquito de la música popular. Lo interesante es recobrar conciencia de hasta qué punto eso es sólo aparente, ya que sin necesidad de escritura, mucho antes de los registros fonográficos, las músicas populares van dejando cierto tipo de huellas que parecen no estar en ningún sitio. Son los pulsos rítmicos que aprenden los niños de los mayores y los practican, los cambian y los vuelven a transmitir un poco variados a las siguientes transformaciones. Y eso sigue ahí a lo largo de los siglos y pasa a través de las lenguas. Trasciende incluso el marco lingüístico, y eso me fascina. Las lenguas son nacionalizables e identificables fácilmente con una frontera, con una bandera, pero los ritmos no, y sin embargo, duran más que los imperios.

-En el libro hablas del «ritmo perdido», pero también de «un país perdido», y recuerdas, por ejemplo, que los barrios barceloneses son netamente españoles. Un discurso de la diversidad y de la integración a través de los ritmos de nuestra tradición. Ahora parece que se quiera explotar la diferencia identitaria.

-Tenemos que reencontrarnos en la trama de nuestras verdades, que son complejas, y hasta que no averigüemos a fondo cuál es esa verdad sin mentirnos y engañar a nadie no descubriremos la verdadera trama que nos une, que también es real. Hay cuestiones pendientes en los temas de separatismo en las Españas que alguna vez tendrán que resolverse, pero hasta que no se resuelvan de la manera en la que se resuelvan, más importante incluso que las formas de Estado son las tramas culturales durables a través de los siglos y milenios. Todos los pueblos de la Península forman una trama que todavía no hemos aprendido a valorar ni a manejar, y el día que aprendamos puede que seamos una potencia cultural significativa en el mundo.

-Y a lo mejor es cuando deja de ocurrir eso que escribes en el libro: «Hacer canciones en España es un problema geopolítico».

-Sí, lo es. Los problemas son interesantes. Hay que jugar con ellos, moverlos, hacerlos funcionar. Adquirir conciencia de que para nosotros las canciones son más que mero entretenimiento. Son pequeños calderos donde se funden las materias de pueblos muy diversos, y son pequeños modelos que permiten pensar la integración de la diversidad sin reducir ni negar a nadie.

-¿Estos problemas definen la música española de alguna manera?

-Es que podríamos encontrar una manera de ser común haciendo valer nuestra diversidad de talantes, caracteres, lenguas e ideas. De hecho, a la vez que existe un conflicto de diversidad irresuelto a lo largo de los siglos y hasta hoy, también existen misteriosas zonas de contacto incluso entre las lenguas más distantes como pueden ser el castellano y el euskera, que pertenece a un tronco que no es el latino ni romance.

-Y se pone en duda que sea indoeuropeo.

-¡Pero es maravilloso tener ese fenómeno en la casa de al lado! Tenemos que hacernos cargo de la complejidad de nuestras comunidades. El castellano es una lengua maravillosa y con una potencia tremenda de imaginería poética y de pensamiento, pero es un milagro que conviva con otros estadios de evolución de las lenguas romances como el catalán y el gallego. Y es una maravilla que tengamos el euskera aquí al lado. Hay que convertir la potencia del castellano en un tejido en el cual crezca al mismo tiempo que crezcan las lenguas con las que estamos hermanados. Si no admitimos esto, es muy difícil crear consenso.

-Nuestros políticos van por otro lado.

-No cabe duda. Todos quieren ponérselo fácil a sí mismos, pero están ocultando una parte de la verdad.

-Por otro lado, al final del libro te tornas un tanto optimista y afirmas que esas raíces mestizas están regresando… ¿En qué las notas?

-Ser definitivamente optimista o definitivamente pesimista es absurdo. De alguna manera, somos ciclotímicos y bipolares y no nos queda más que asumir esos ciclos, pero es cierto que, al mismo tiempo que la trama rítmica de los pueblos de Iberia es enormemente compleja, es un potencial creativo que el día que lo pongamos a funcionar pueden pasar cosas tremendas. Ya debería haber habido una música popular hispana que tuviese significación…, un circuito en el que la Península estuviera conectada al nivel de la música popular cubana, la música popular brasileña, la música popular afroamericana. Y, sin embargo, no hemos aprovechado la enseñanza de esa tradición ni de esas décadas desde los sesenta en adelante. Tenemos que contemplar que el circuito de la música popular hoy es el circuito hispanoamericano. Hoy en día las cosas están pasando en México y en Colombia, no aquí.

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-Las nuevas tecnologías pueden ayudarnos hoy a conectar con esas culturas mucho más fácilmente.

-Sí, tenemos que hacerlas servir. Con Latinoamérica existe una paradoja tremenda. Estamos cerquísima, unidos por eslabones muy fuertes en lo cultural, y por la manera en la que miramos al porvenir, y ese porvenir debe ser así porque está tramado, pero a la vez estamos separados por muchas millas marinas. Los billetes de avión cuestan caros y los poetas y pintores de aquí y de allá tienen muy difícil hacer evidente una realidad que está ahí. Pero las nuevas tecnologías están empezando a ayudar, y son un asunto que, como todo, tiene dos lecturas. Si nos dejamos llevar pasivamente por los códigos de los aparatos, nuestras actividades se reducen, pero luego hay gente que sabe usar las nuevas tecnologías para renovar las tradiciones y hacerlas circular en territorios más amplios.

-«Toca averiguar qué utilidad siguen teniendo las canciones y los libros en la era digital», escribes en el libro. ¿El formato transforma? ¿Incluso la utilidad?

-Sí, es un asunto que no va a ser fácil y no se va a resolver de una sola manera. Va a haber funciones de la escritura y de la lectura que cambiarán con los dispositivos móviles, pero habrá otras funciones que aquel que sepa preservar elementos de la tradición guardará calidades, mientras que otros reducidos sólo a la tecnología no las van a tener. Para mí, por el momento, lo que noto es que hay ciertas funciones que Internet me facilita y otras que me aligera demasiado y que debilita mi escritura. Por ejemplo, si me dejo llevar por la pantalla, cometo más erratas que si corrijo en papel. La lectura se hace más superficial, más rápida. Sin embargo, la edición es muy ventajosa. Es decir, pasar de la escritura en un cuaderno, reflexiva, lenta, manual, que implica cierta gestualidad y, por tanto, cierto uso de las circunvalaciones cerebrales, a la pantalla, que seguramente implica otras conexiones neuronales, significa agilizar zonas un poco distintas del cerebro. Por tanto, en preservar tecnologías antiguas y buscar cabalmente las nuevas es donde yo descubro las mejores ventajas. Yo he nacido con el libro y para mí se ha transformado en una pasión que me permite la libertad de aislarme en un momento de silencio y liberar mi mente de las presiones del business. Para mí el libro es magia pura, me gusta todo del objeto, y el ordenador o un móvil lo encuentro frío.

-¿Y qué opinas de plataformas tipo Spotify? ¿Posibilitan una mayor democratización de la música?

-Sí. Para formarnos ideas generales sobre estas cosas tan complejas, que van tan rápido y que no nos da tiempo a pensar si son buenas o malas, prefiero ir a las cosas prácticas. Por ejemplo, si estoy componiendo una canción y me atasco, empiezo a pensar «esto me suena, parece que me está influyendo esto o lo otro, voy a escuchar versiones de un clásico o una canción cubana, o un rock and roll». Entonces voy a Spotify, pongo un título y si me salen 36 versiones de esa canción les dedico una horita, me río de las diferencias y voy sacando las cosas que me interesan. Y eso es muy ventajoso, muy práctico.

-Y, en el fondo, ése es un uso muy artesanal.

-Claro, es que se puede hacer un uso artesanal y digno. Pero por afán de consumo, de ir a una tienda y comprarte un dispositivo que te permita almacenar toda la música del mundo, al final eso no es suficiente. Porque puedes tener toda la música del mundo en tu ordenador, pero, si es así, se te quitan las ganas de oír nada. Es decir, al final la gente no sabe con qué criterio entrarle a los miles y miles de canciones que tienen metidas ahí. Al final, cuáles son los criterios que nos conducen a elegir tal o cual canción, pues los de siempre: cuando un amigo o amiga te dice con un brillito en los ojos «¿has oído esto?». Y ahí está. Y eso es lo que nos puede ayudar en esta maraña de datos.

-¿Y qué es lo que te han sugerido escuchar últimamente?

-No estoy muy pendiente de la actualidad. Tengo tantas cosas por oír del pasado… Después de escribir el libro me gustaría meterme a hacer una investigación en el terreno de las músicas árabes y África. Ahora sabría a qué países ir, a qué pueblos del Magreb o de Siria, o de Irán, para ver si quedan rastros de ese majurí que tenemos en el tanguillo flamenco. Lo que me fascina ahora son esas cosas. Y para relajarme, como con el tiempo he ido aprendiendo a escuchar músicas que en la infancia y en la adolescencia no oía, cuando tengo un rato quiero escuchar cosas de Mahler que no he oído. O voy un poco a más la profundidad de Bach. O me regocijo volviendo a escuchar a alguna suite extraña de Duke Ellington o de Armstrong. Miro hacia atrás porque necesito alimentar las esperanzas de futuro.

-Por cierto, eso que dices del tanguillo majurí y el flamenco, es curioso, pero los cantos de la llamada a la oración de los musulmanes muchas veces parecen cante jondo.

-Sí, el libro termina un poco en ese problema del flamenco: a ver dónde estamos nosotros ahora. En el flamenco confluyen en diversas capas todas las culturas de la Península. Y, como bien dices, en los melismas del canto están muy cerca de la tradición árabo-persa. Y si escuchas a cantores sufíes, todavía más. Escuchas un canto sufí de Fez o de Damasco y suena algo nuestro. En lo melódico, la tradición está clara, y en lo guitarrístico, el laúd persa, árabe y magrebí también está ahí. Y el compás flamenco por antonomasia pertenece al universo africano. Eso significa que el flamenco es el depósito de nuestra memoria interétnica. Luego hay otros elementos que se han fusionado con los restos de la música pagana ibérica y con la litúrgica, que también hay que tenerla en cuenta porque aquí no se trata de hacer partidos ideológicos. Cuando hablamos de música, somos libres.

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-Exacto, porque tampoco podemos olvidar la influencia celta, lo germano, que está muy presente en el norte de España.

-Lo pagano celta o lo pagano ibero confluyen con el catolicismo a través de la conversión de los visigodos. Lo germano sí pasa a través de las clases cultas de España, que son las que mantienen relación con la clase culta europea a través de la Iglesia. Lo que pasa es que esto ocurre en dos capas, no es monolítico, como pretenden los rectores de esta tradición. En el ámbito de la música litúrgica del sur de Europa están ocurriendo sin cesar cosas. Están incorporando elementos de la música popular pagana tanto en Italia como en Francia, como en España y Portugal. Y lo celta está ahí.

-En resumen, entre lo árabe, lo celta, lo africano, tenemos unas tradiciones de las que no puede hablar Centroeuropa.

-Desde luego. La nuestra es enormemente rica y compleja. La memoria de la polirritmia, es decir, de las combinaciones de cuentas de dos y tres golpes, en Europa sólo se conserva por debajo de los Pirineos. Punto. Y ya está. Eso es lo que tenemos que aportar e investigar porque eso es lo que nos pone en comunicación con el continente africano y con América, y extrañamente también con la India, porque ha habido una transfusión de ritmos complejos, que va desde el África negra hasta el extremo Oriente. Y esa memoria nos pone en una circulación de ritmos alucinante, y eso lo tendríamos que hacer valer y compartirlo luego con nuestros pueblos hermanos, conscientes del legado que tenemos. Ahora bien, si las humanidades son destruidas en España como pretenden los nuevos planes de estudio, vamos a ser el último vagón de la cadena del capitalismo a la americana, porque llevar los mandos no sabremos nunca.

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