Pablo García Guerrero

La soledad de Juan Perro

1Santiago Auserón ha venido escribiéndose un socio noctámbulo y solitario, enamorado del mar y de los largos caminos rurales, un viejo can que jadea a la vera de un carruaje de sones, trópicos y soledades que llega y parte de España como vienen y se van las olas de un «ritmo perdido» que pocos como él se han atrevido a perseguir.

Ese jadeo incansable, a ambos lados del Atlántico y el Mediterráneo, es la voz herida que bombea la sangre oscura de la música hispana, esa que, desde el son cubano hasta la rumba, fluye, por ejemplo, en Raíces al viento, La huella sonora o Mr. Hambre, todos ellos títulos parlantes de esa búsqueda incierta y sin fin que tiene tanto de investigación musical como de explicación de qué cosa es Juan Perro y de quién es el propio Auserón. Porque Santiago Auserón viene escribiendo de sí mismo y de todos nosotros una historia profunda y variada en tres décadas de electricidad, son y blues, una voz coral que suena, vista en su trayectoria, como un único ritmo, familiar pero a la vez misterioso, como un primo lejano recién aparecido.

Alma inquieta y crepuscular

Con el «ánima inquieta y crepuscular» (Señora del mar), la búsqueda del ritmo perdido de Santiago Auserón va abriéndose paso a lo largo de su carrera en una de las evoluciones más lógicas y, sin embargo, menos previsibles de la música española. De ahí, quizá, el excesivo respeto con el que la crítica lo viene tratando, un respeto en dos sentidos: intelectual, musicológico, y, a la vez, de cierto temor o prevención. El hecho de que, percibimos, no se tenga a Santiago Auserón en el lugar que merece en la música nacional tiene que ver en parte con su profundo conocimiento y sabio manejo de las miles de rutas subterráneas que unen la tradición española con el curso de los ritmos africanos, americanos y más allá, lo que en esencia implica —como apunta en la entrevista que ha concedido a Neville y trata en El ritmo perdidomanejar las también subterráneas pero menos plácidas rutas de los intercambios culturales, raciales y, en último término, políticos que conforman nuestra realidad y que electrifican nuestra vida cotidiana, portada a portada y tertulia a tertulia. Y ello a pesar de contar con un numeroso y agradecido público.

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En breve: la investigación musical de Santiago Auserón implica una determinada manera de ver el mundo y España, y esa visión cruzada, sin purezas, que da voz a la «negritud» de la música y la cultura españolas, choca de frente con la ideología dominante, en el mundo, aquí y siempre. Eso, de alguna manera, se paga.

Aunque podemos rastrear la búsqueda del ritmo perdido en toda su carrera, ya desde Radio Futura, es la voz de Juan Perro la que con más claridad expresa esa visión cruzada de las tradiciones musicales y la que mejor sirve al propósito de acompasar ritmo y letra a su interpretación del mundo, en especial por algunas de las características del personaje «literario» que da voz a sus andanzas, y que conjugan, como creemos, la inquietud intelectual como un cierto sentido agónico de la vida, esa alma en crepúsculo de la que hablaba en La huella sonora, y que conduce a su soledad.

El dolor del forastero

El rasgo que con más precisión caracteriza a Juan Perro es su condición de hombre solitario, un forastero que recorre caminos y verbenas de pueblo arrastrando una recóndita pena entre personajes nocturnos igualmente solitarios. Desde luego el desamor es una de las motivaciones de ese continuo deambular, «un corazón anclado en la tormenta» (El barco de agua), zarandeado a veces por alguna reina zulú pero en su mayoría por una cierta incomprensión que encuentra el forastero en cada paraje al que se deja caer: las oscuras tabernas y las largas noches que tan frecuentemente pueblan sus canciones dan lugar a encuentros, pasiones y sensualidades que siempre terminan por morir al alba.

Como tópico milenario, la noche funciona en Juan Perro en el doble sentido de promesa y fin, de lugar (porque la noche es un espacio) donde se desatan el baile y las llamas, y también de las promesas incumplidas, de los pactos traicionados. Pero lo característico es que Juan Perro vuelve una y otra vez a la noche porque parece decir que la misma traición que dormita en cada mirada nocturna existe también a la luz del día, aunque aquí con mayor crueldad: las traiciones de la noche afectan al corazón, y en él dejan una angustia, pero las de la mañana atacan al estómago, y lo que dejan son cadáveres, pues «la realidad es desdicha y sinsabor» (Yo no quiero ser real).

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Otro tópico frecuente en Juan Perro es el del mar, tan milenario como el de la noche. El mar es tormenta, incertidumbre y fin del curso del río que había sido la vida; muerte, por tanto, fin, ausencia. A la vez, el mar es también un camino por el que viajan los ritmos, los versos y los sueños. Y es nuevamente un camino que se recorre en soledad: Juan Perro fue «marino entre dos costas hostiles» (El barco de agua) y dirige «río abajo» su «barca sin timón», llevado por la corriente, con la que va a dar al mar (Río negro). Y, cuando está en el puerto, siente nostalgia «del que se fue a navegar» (Señora del mar). Lo importante aquí vuelve a ser la soledad: sean caminos de tierra, bailes a medianoche o aguas tormentosas, Juan Perro está solo. Ha llegado solo, ha oído quizá el ritmo sensual de una promesa y se ha escapado, discretamente, de vuelta al camino y de vuelta al mar. Solitario. La mala fama, en Cantares de vela, es muy ilustrativa de esta interpretación, en un tono más confesional. (Como el mar, también en el pecho hay un «desierto», que tiene que atravesar [El son de los muertos]; y ahí está, simbólico, La ley del desierto/La ley del mar.)

La herida del pensamiento

Estos tres elementos que conforman la identidad de Juan Perro (su condición de forastero, la atracción de la noche y el recurso al mar como salvación o epílogo) se cruzan en una soledad constante y sufrida pero, en el fondo, quizá deseada. En esta soledad que acompaña a Juan Perro queremos ver la incomprensión a la que aludíamos. Hay algo más que el desamor como alimento de la melancolía, un desdén de la polis de la que habla en la entrevista, el rechazo a bucear en las raíces negras de la música, a reconocer la esencia mezclada del país, a valorar el talento.

Para los pueblos errantes, como para los marinos, la condición de nómada nunca es circunstancial, sino que se asume como la única forma posible de afrontar la vida, siempre en movimiento, siempre en marcha y a lo lejos. Ese nomadismo impone un castigo, el de no saberse de ningún lugar, el de no descansar más que en el propio camino que lleva a otros bailes y a otras búsquedas, pero es a la vez, quizá, la más pura condición humana, la de la curiosidad innata, la búsqueda constante, una inquietud creadora y, por ello, turbadora.

Juan Perro es un nómada que baila y canta al detenerse en cada escala, pero sólo se encuentra en paz cuando, en soledad, vuelve por fin a recorrer nuevos caminos, que nunca tienen fin y nunca lo consuelan del todo.

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