Jorge Alonso

Radio Futura: la semilla eléctrica

«Y caminado iba pensando que ganar siempre es tentar a la otra cara de la suerte, y que por eso te hacen daño los huesos cuando golpeas fuerte.»

El canto del gallo (Radio Futura)

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La dichosa Movida, que tuvo su epicentro en Madrid a principios de los ochenta, no fue un fenómeno homogéneo. Musicalmente hablando al menos. Poco o nada tienen que ver Kaka de Luxe con Nacha Pop, Glutamato Ye Ye con Gabinete Caligari, Parálisis Permanente con Los Zombies. Sin embargo, si echamos un ojo a Lo mejor de La Edad de Oro, recopilación indispensable del programa de Paloma Chamorro, sí podemos apreciar una actitud que los une a todos ellos y alguna que otra diferencia notable: escuchar hablar a Santiago Auserón.

Radio Futura era un grupo que comenzó en el centro del huracán y luego evolucionó hacia un rock mestizo y de calado hondo. No eran postadolescentes, pero supieron subirse al tren dejando una muestra de su diferencia. Música moderna (Hispavox, 1980) contenía Enamorado de la moda juvenil, imparable aún hoy en día, y la versión de T-Rex Divina (Los bailes de Marte), premonitorio esbozo del personaje Alaska, pero apenas dos años después todo el artificio ha estallado y lanzan, producido por Jaime Stinus, La estatua del jardín botánico, una pieza fundamental del pop español que anticipa lo que Radio Futura llegará a ser. Letra simbolista, plena de imágenes, evocadora, una melodía clara y una voz superlativa. Ese primer disco, del que pronto renegaron, los puso en el mapa y a partir de ahí decidieron ponerse manos a la obra.

Puede que Escuela de calor sea uno de los himnos de la Movida, pero más bien hablamos de una piedra de toque, de un primer paso en la madurez de la música popular por estos lares. En La ley del desierto/La ley del mar (Ariola, 1984), unos Futura remodelados, con el núcleo duro formado por los hermanos Auserón (licenciado en filosofía Santiago, delineante, topógrafo y estudiante de arquitectura Luis) y el tristemente desaparecido Enrique Sierra (guitarrista de matices que sabía llenar sin apabullar) comienzan una andadura que será intensa en calidad y breve en referencias.

No dudaron en mirar más allá del horizonte anglosajón y pronto el funk y los ritmos caribeños fueron parte de su paleta, y eso, que ahora nos puede parecer aburrido por lo cotidiano y habitualmente torpe, era casi un sacrilegio. Aquí han tenido que llegar los afeites de la factoría Javier Limón para que aceptáramos volver a escuchar boleros, tangos y demás; el reggae es casi una asignatura pendiente aún, pero Auserón y los suyos lanzaban joyas incontestables como Semilla negra (ojito, que ésta iba a ser para Miguel Papito Bosé) o letanías del ritmo como Dance usted con soltura, sin amaneramientos, con la precisión del que sabe y la chispa de quien crea.

De un país en llamas (Ariola, 1985) se atreve a ser más negro que blanco, más sangre que vino, más pies con cabeza. Pasan en este disco el rito de grabar en Londres tan de la época (al menos no salieron escaldados como Nacha Pop con Dibujos animados y sus horribles sintetizadores) y, sobre todo, afianzan su relación con el imprescindible productor Jo Dworniak. Percutido y brillante, el disco deja canciones para la posteridad como El tonto Simón, No tocarte o En el Chino, pero aún no habían terminado de avanzar.

Mientras la Movida agonizaba (ya había quienes vivían de sus nostalgias) pero la conocida como «Edad de Oro del pop español», bastante discutible, continuaba, ellos cocinaban en Nueva York La canción de Juan Perro (RCA-Ariola, 1986) un disco simplemente perfecto producido al detalle y con acabado de alta gama. Percusiones, metales, capas de sonido exquisito, letras impecables que lo mismo transportan a una tierra indómita que bien puede ser aquella en la que vivían («Roto está el conjuro de los enemigos, de este pueblo oscuro, que ha de florecer» cantan en Lluvia del porvenir) que rompían el hielo a ritmo de roncanrol (Baile de perros) o se marcaban sabrosonas combinaciones de aire latino como A cara o cruz o 37 grados, sin dejar por ello de hacer la mejor adaptación posible de Poe (Anabel Lee, ya le hubiera gustado conseguir algo así  a Lou Reed cuando se puso a mangonear El cuervo) o describen de modo tan poético como fidedigno el oficio, porque es un oficio, de músico en El canto del gallo, del mismo modo que clavan la desesperación en La mala hora. En cualquier lista de marras que se precie debería estar este disco, salvo que sea una de «Lo peor de…».

Aprovechando el éxito del disco, merecido y que tanto bueno dice de aquellos maduros ochenta, deciden plasmar su poderío en directo, algo que les viene de siempre porque estos chicos no sólo leían y escuchaban mucha música, sino que ensayaban, en Escueladecalor, el directo de Radio Futura (RCA-Ariola, 1989), retocado como todos los discos en directo y con una parte de estrategia, el disco anterior había sido muy caro. Aquí están todos los hitos en el camino, incluso algunos que no estaban disponibles en larga duración hasta ese momento como El paseo con la negra flor, brillante de principio a fin pese a sus casi ocho minutos de duración. Y tras tanto arreglo decidieron simplificar, buscar una esencia tranquila y un sonido limpio en Veneno en la piel (RCA-Ariola, 1990), pelotazo comercial que esconde píldoras amargas como Si me dejas solo o Al otro lado, aunque la canción que da nombre al disco y la arrebatadoramente tontuna Corazón de tiza no paren de sonar por cada esquina. Igualito que ahora.

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Tras tanto éxito sin perder la credibilidad ni, dentro de lo que cabe, la libertad de movimientos, deciden dar el paso definitivo hacia el Caribe y lanzan Tierra para bailar, un disco que debían a su sello, en el que dan la vuelta a clásicos de su discografía como Escuela de calor (Scholl of Heat para la ocasión) o Semilla negra (en versión imbatible), a la vez que incluyen dos temas nuevos, El puente azul y Tierra, espléndida visión de Caetano Veloso. A partir de aquí se dedicarán a retocar su legado, a empaquetarlo y ponerlo bonito, pero sin añadir nuevas joyas a la corona. Ni hacía falta ni había tiempo, Auserón ya era Juan Perro, tenía ganas de cantecito y las raíces al viento.

Y que no falte.

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Un pensamiento en “Radio Futura: la semilla eléctrica

  1. Pingback: El amargo sabor de La Movida | NEVILLE

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