Pablo Batalla Cueto

Damocles y Damasco: Charris en Gema Llamazares

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Stop, look and hasten es la leyenda pintada en uno de los cuadros que Ángel Mateo Charris (Cartagena, 1962) expone en la galería Gema Llamazares. Detente, mira, y apresúrate. Podría ser, si no existiera a pesar de todo un cierto decoro formal que mantener, el lema del museo del Louvre, escrito en una reja metálica a la entrada al modo del famoso Arbeit macht frei de Auschwitz. Detente, mira, pero no mires demasiado; apresúrate. Deja paso a otra oveja con cámara de fotos como tú; hazte la foto con la Gioconda y vete, que a eso has venido. Consume. Traga. Y vete.

El arte se ha convertido en eso. En una reproducción de la Gioconda en una taza. Pero todavía quedan, como en la autocaravana de Euronómadas que es otro cuadro de Charris, luces encendidas en medio de la noche. Charris dice soñar con un arte denso y ligero cargado de tormentas bajo su apariencia quieta, un conjuro irrepetible en cada gesto de la mano, la piedra que encaja con otra y que va formando el muro, el lenguaje perdido de los párpados, el goce, el milagro indescifrable del acorde, la cepa del vino que engaña al dolor. Y eso, gracias a los dioses, no cabe en una puta taza.

Los cuadros de Charris se parecen a los de Edward Hopper. En el estilo y en los motivos. Esas desoladoras soledades, esos juegos de luces y sombras. Pero decir eso no es decir nada nuevo. Lo es más conectar al cartagenero con Giorgio de Chirico. Esas soledades desoladoras, esos juegos de sombras y luces. Si fuera preciso resumir en un único objeto la obra de Charris, sería una espada de Damocles invisible.

En los Hechos de los apóstoles se cuenta que, después de caerse del caballo de camino a Damasco y recibir la revelación divina que lo hizo convertirse al cristianismo, Pablo de Tarso estuvo tres días sin ver, ni comer, ni dormir.

En Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio, Stendhal cuenta que, después de visitar la basílica de la Santa Cruz de Florencia, le latía fuertemente el corazón, andaba mareado y con miedo a caerse y sentía como si la vida se hubiera agotado en él. Stendhal había tenido un ataque de síndrome de Stendhal.

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Pero todo eso sería imposible hoy en el Louvre. Nadie se detiene a mirar los cuadros, y el síndrome de Stendhal no palpita en las fotos, ni en las tazas, de la misma manera que el Sol deslumbra, pero una foto del Sol no lo hace. Respecto a las revelaciones divinas, no caben en la fracción de segundo de un obturador abierto. A lo sumo cabe una letra, y existe una posibilidad entre un trillón de que el escucha deduzca que «Y» es la primera letra de «Yo soy Jesús, a quien tú persigues, pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.» Antes bien tomará la «y» por una conjunción copulativa, y la entenderá como una exhortación a correr sin demora al siguiente cuadro. La Gioconda Y La libertad guiando al pueblo. Y, y, y. Rápido, rápido, rápido. Clic, clic, clic.

No, las revelaciones divinas y los síndromes de Stendhal no hibernan ya en los abarrotados museos. Están en las galerías, que son espacios apacibles y generalmente vacíos. Al arte le ha sucedido lo que a la cultura en la Edad Media: que ha migrado del puñado de grandes Academias urbanas a una pléyade de remotos monasterios rurales. Que ha estallado, que se ha dividido en trocitos cada vez más pequeños, como una enorme cruz en un millar de astillas. Que donde antes había un dibujo de línea clara, hoy hay una maraña de puntos que sólo serán un dibujo y un síndrome de Stendhal si se los une mediante una línea, pero sin disponer para ello de la ayuda de un numerito yuxtapuesto a cada punto. La Cultura, el Arte, la revelación divina, el éxtasis stendhaliano, son hoy más inaccesibles que antes. Ya no son una patria, sino un viaje. Uno incierto y tortuoso. Es tiempo de ignominia. Pero por eso mismo alcanzar la meta es ahora infinitamente más gratificante.

La galería Gema Llamazares abre de lunes a sábado de 11:30 a 14:30 y de 17:30 a 21:30, salvo los lunes por la mañana, que no abre. Está en la calle Instituto de Gijón. Tirar la puñetera cámara al río y dejarse caer por On the road to Damascus, la magnífica exposición de Charris, es un maravilloso comienzo de ruta. 

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2 pensamientos en “Damocles y Damasco: Charris en Gema Llamazares

  1. Jajaja…yo tengo un monedero con la Gioconda comprado en Florencia. Pero si, es cierto, entramos en el museo Picasso de Barcelona dispuestos a ser abducidos por la belleza y lo que sentimos fue una enoclofobia -miedo a las multitudes- mezclada con lost in translation. Miles de japos gafapastas deambulando y parloteando disciplinadamente, como hormigas palidas e industriosas de pelo liso. No se podia ni respirar. Salimos zumbando.

  2. Yo se de algunos que se sienten molestos cuando visito un museo. Me detengo a mirar los detalles de cada cuadro observandolo todo, sea cuadro, escultura, foto o composicion, sabiendo que posiblemente sea la unica y ultima vez que pueda admirarlo en el original. Mis acompañantes acaban esperandome fuera.Por eso prefiero ir sola a las exposiciones

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