Rubén Paniceres

El amargo sabor de la Movida

La llamada Movida madrileña y todas sus compañeras de viaje —las diferentes movidas ubicadas en Vigo, Murcia, Barcelona o Grao (Tino Casal, siempre en el recuerdo)— son una pagina de los años de la transición española, cuando, al fin, los españoles ya estábamos solos sin la sombra «protectora» del abuelito con antiparras verdes que se disfrazaba de almirante y soltaba filípicas con voz aflautada en un balcón de la plaza de Oriente, coreado por histéricas multitudes.

la movida

Champán descorchado

Claro que alcanzar la mayoría de edad no fue un camino de rosas: aquello fue más bien como un dique que se rompiera a causa de una riada. Roberto Bodegas, en su película del temprano 1973 Vida conyugal sana, producida por José Luis Dibildos y escrita por José Luis Garci, ya adelantaba lo que le iba a ocurrir a la sociedad española. En dicho film, José Sacristán representaba a un español de clase media alta, completamente reprimido en la cuestión sexual, un tópico cansino en gran parte de las comedias del tardofranquismo. La gracia era que, en una pungente secuencia, su psiquiatra, encarnado por Antonio Ferrandis, exponía de manera cínica la raíz de su problema. Más o menos, en el diálogo que mantiene con la atribulada esposa de Sacristán, una Ana Belén que todavía no era la gran diva en la que se convirtió con los años, le viene a decir que la psique de Sacristán —y por extensión de todos los españoles de a pie— es como una botella de champán con el corcho apretado muy fuerte durante cuarenta años y que ahora había saltado de manera imparable. Eso mismo es lo que le ocurrió a la sociedad española en los años posteriores al deceso del dictador Francisco Franco.

Para algunos, como le escuché una vez al eximio escritor y extravagante ciudadano Paco Ignacio Taibo II, fue el momento en que, «muerto el perro, se desataron todas las rabias». Una cara de la transición en sus manifestaciones culturales —tanto en la música como en el cine, el teatro, la novela, el cómic o el humor de barraca de feria— estuvo caracterizado por ese impulso de gritar lo que durante mucho tiempo había estado callado. Como reverso en esos mismos campos, también hubo los refunfuños de aquellos que le ponían un cero a la izquierda, esperaban que el caudillo resucitase al tercer año y rehusaban la hoz —no se sabe si también el martillo— como buenos Martínez.

Burning-Madrid

Burning

En la música fue la eclosión de los grupos de rock duro, preferentemente del Foro y alrededores: Burning, Coz, Asfalto, Topo, Barón Rojo, Leño…, una breve edad de oro de los cantautores con los catalanes Raimon, Lluis Llach, Pi de la Serra, Ovidi Montllor, Maria del Mar Bonet, Ramon Muntaner, Pau Riba, Sisa…, en la que, con la excepción de Llach y Sisa, lo musical nunca fue lo más destacado de su génesis. Y los castellanoparlantes, con Hilario Camacho, Pablo Guerrero, Luis Pastor, Elisa Serna, Rosa y Julia León, Vainica Doble, el veterano José Antonio Labordeta o un incipiente Joaquín Sabina. El sur también tenía su voz. Y qué voz: las melodías de Smash, Gualberto, Medina Azahara y, sobre todo, el grandioso grupo Triana dieron voz y sonido a «los hijos del agobio y del dolor» en una sinfonía telúrica en la que Jimi Hendrix podía ser la afinidad electiva de Federico García Lorca. En el cine los jóvenes cineastas José Luis Garci o Fernando Trueba nos contaban sus cuitas por no aprobar sus asignaturas pendientes, o lo mal que lo llevaban con sus primas en la calle de la ópera. Otros más entonados como Jaime Chávarri o Iván Zulueta ponían el dedo en la llaga de lo que había sido la cultura española bajo el franquismo, un largo desencanto en el que el arrebato estaba proscrito. En la novela asistimos a la inevitable proliferación de la llamada novela negra: las librerías y esa institución casi desaparecida, los quioscos, se llenaron de obras de autores como Jaume Fuster, Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Juan Madrid, Jorge Martínez Reverte y un largo etcétera, que situaban sus intrigas en Barcelona, Madrid o Bilbao y nos constataban que el crimen era, también, un asunto patrio.

El cómic underground antaño perseguido policialmente y fogueado en inefables antologías como El Rollo Enmascardo, Purita o Nasti de Plasti, tenía ahora sus plataformas en revistas musicales como Disco Express, donde vio la luz, en 1977, el Makoki de Gallardo y Mediavilla (de cuya reedición hemos tratado aquí) o El Víbora, que debutó en el año 1979 y que a lo largo de su singladura publicó historietas tan transgresoras como Anarcoma, de Nazario, que tenía como protagonista a una detective travesti y artista de la noche gay, de nombre homónimo. O los trabajos de Pons, Max, Martí, Pamiès o Calonge, que constituyen unas de las más brillantes paginas del cómic autóctono.

El triunfo de la frivolidad

Pero lo cierto es que todo aquello, aun siendo necesario y, en algunos casos, valioso, era demasiado serio, circunspecto y dogmático. Si el antiguo régimen, parafraseando a Unamuno, había tratado de imponer una moralina de cuartel y sacristía, ahora se esbozaba una ética de militante de célula de partido, o de presuntos marginales, algunos tan postizos como ciertos reyes del pollo frito, recientemente imputados en los tejemanejes de la SGAE. Y es que tanta rabia y tanto dolor eran un poco agotadores. Era necesario algo de frivolidad y de encanto, todo lo evanescente y fugaz que se quiera, que ejerciera de contrapeso. Y ése fue el papel que le tocó a la cultura de la Movida. España se convirtió de la noche a la mañana en una auténtico arcoiris pop. Cada semana surgía un grupo nuevo que lo trastocaba todo. Al mes siguiente, la mayoría estaban disueltos. Pero no importaba, sus componentes se reciclaban en otras formaciones. Y surgían voces y estilos diferentes. El viejo país de los dientes afilados, de la piel de toro atravesada por banderillas de las dos Españas que iban a helarte el corazón, de las alas negras y los perpetuos suspiros, la España alucinada de los lienzos de Goya o Solana quedaba barrida por una oleada de color. Antes a los jóvenes se les negaba su capacidad de existir. Las opciones eran Marcelino, pan y vino, que se moría en la flor de la inocencia para reunirse con el crucificado (se aconseja releer a Nietzsche) o la perpetua exclusión de Lázaro de Tormes. Pero ahora había habido una fuga en el colegio mayor. Peter Pan abandonaba la isla de Nunca Jamás y acudía al Rockola; editaba fanzines e incluso revistas como la influyente La Luna de Madrid, cómics de línea clara que reinventaban la aventura más tradicional como la excelsa Cairo, dirigida por Joan Navarro, hogar de talentos como Daniel Torres, Montesol, Pere Joan, Mique Beltrán o Cifré; se convertía en profesional de la provocación cinematográfica como Almodóvar (¡PEDRO!, para las amigas) y nos documentaba el dédalo de pasiones en las que se sumían Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, las cuales ya no querían vivir entre tinieblas, qué habían hecho las pobres para merecer esto, y lo que aspiraban era ligarse a un matador. Con el tiempo, hasta un medio tan conservador como Televisión Española se contagió del delirio ambiental y surgieron programas tan psicotrónicos como La Edad de Oro o La bola de cristal, dirigidos por madames tan creativas como Paloma Chamorro o Lolo Rico de Alba, que transformaron la imagen del ente —el único existente en aquellos tiempos— en los años ochenta.

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El fotógrafo Alberto García-Alix retrató la imagen más dura y feroz de la Movida madrileña

En una palabra, España al fin era joven. Esa revolución, menos ruidosa y carente del resentimiento que la que propugnaban el paraíso marxista o la utopía anarquista, sin embargo, caló más en la psique de las generaciones más jóvenes. Indudablemente, los nuevos españoles no estaban hechos para las procesiones de una Semana Santa que duraba de lunes a domingo, con todos los bares cerrados por orden gubernativa. Ahora la calle se llenó de gente, de bullicio, de copas, de jaleo. Eso necesitaba una banda sonora y ésa la proporcionaran los grupos. Y había de todo. Dadaísmo con Alaska y Los Pegamoides o El Aviador Dro y sus Obreros Especializados; desparpajo adolescente con Los Zombies; provocación Punk con Siniestro Total o la Orquesta Mondragón; flamenco beat con Veneno; pop romántico e intelectualizado con La Mode; lirismo atormentado con Nacha Pop o Los Secretos; arte superlativo con Golpes Bajos o Radio Futura en sus temas más inspirados (grupo del que han tratado aquí Adrián Sánchez y Jorge Alonso).

Claro que en la Movida sobraba un exceso de autocomplacencia y de prepotencia juvenil. Una conciencia totalmente amnésica respecto de la historia de España. Una frase muy de aquellos tiempos era «ya está bien de que los abuelitos nos cuenten batallitas sobre la guerra civil, eso no tiene nada que ver con mi generación». Curiosamente, algunos que participaban fervorosamente de esa postura devinieron muchos años más tarde en furibundos defensores de la «memoria histórica». Las vueltas que da la vida. También era un poco molesta la pose forzada, y una cierta tendencia a tomárselo todo a broma de manera gratuita que desembocaba en una apología del cretinismo como forma de vida. Por otra parte, frente a la imagen proletaria que trataban de vender los cantautores y los «viejos rockeros que nunca mueren», la Movida tenía mucho de divertimento de niños pijos: música para la gente bien que iba de enrollada. No en vano, la Movida alumbró productos nefastos como la babosería de los Hombres G, o la delicuescencia de Mecano. Pero también proyectó a compositores del talento de Carlos Berlanga, Fernando Márquez, Germán Coppini, Tino Casal, Bernardo Bonezzi o Santiago Auserón, que crearon un ficcionario literario y musical irrepetible.

Precisamente la Radio Futura de Auserón se instaura en un buen resumen de muchos de los elementos de la Movida madrileña. La postura acrítica ante la realidad, fascinada solamente por el consumismo y el pasárselo bien, estaba presente en el primer álbum del grupo, Música moderna, editado en 1980, en el que eran predominantes las ideas de Herminio Molero. Más adelante, con discos como La ley del desierto/La ley del mar (1984), De un país en llamas (1985) o La canción de Juan Perro (1987) asistimos a una progresiva maduración en la que la verdadera esencia de lo más valioso de la(s) Movida(s) se iba manifestando: calidad en los textos literarios; independencia frente al modelo de la música anglosajona —algo de lo que nunca se libraron los grupos de rock duro nacionales, siempre queriendo ser Deep Purple, Led Zeppelin o los Rolling—, lo que conllevaba la búsqueda de nuevos ritmos en la música latina; y un puñado de canciones que diseñaban la nueva sensibilidad de los tiempos modernos. Una tierra de las mil danzas donde nos transmutábamos en replicantes en un mágico jardín, descubríamos que la pasión podía tener veneno en la piel o recuperábamos la poesía del gran Edgar Allan Poe.

La enfermedad de la Movida

Desgraciadamente, cuando la Movida empezaba a crecer, empezó a morir. Después de todo, había sido un arte de minorías. Cuando las discográficas, los partidos políticos y los alcaldes empezaron a fijarse en ella, atraídos —o repelidos, que todo hubo— por su mocedad y lozanía, a la que en el fondo se evaluaba como una simpática memez, fue el principio del fin. Ya sabemos que la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. Y que lo que hacía gracia con pocos años, ya no es tan simpático en la edad de la razón.

Las revistas y los fanzines fueron cerrando. El cómic dejo de estar de moda e inició una larga agonía. La novela dejó de ser negra para ser histórica. Los programas de televisión fueron cancelados por los cancerberos del partido en el poder. Los realizadores ganaron Goyas, Oscars y premios Príncipe de Asturias y se convirtieron en el cine de papá y mamá, del que hablaban los críticos de Cahiers de Cinema. Los grupos cometieron la insensatez de intervenir en películas deleznables como Bésame, tonta, dirigida en 1982 por Fernando González de Canales para la mayor desgracia de Javier Gurruchaga y su banda. O en la hortera ¡A tope!, de Ramón Fernández, de 1984, que tenía como convidados de piedra a Loquillo y Los Trogloditas, Derribos Arias, Nacha Pop, Gabinete Caligari, Objetivo Birmania, Golpes Bajos o Alaska y Dinarama, entre otros.

Con el devenir de los trabajos y los días, la carretera, la nieve que quema y la vida que siempre mata entraron a saco. El listado de ausentes es, por desgracia, demasiado extenso: Eduardo Benavent, Carlos Berlanga, Bernardo Bonezzi, Tino Casal, Enrique Sierra, Enrique Urquijo, Antonio Vega… Otros tuvieron más suerte y se han convertido en estrellas de reality shows para hacerle la competencia a Paris Hilton. Al final, como cantaba Ana Curra, Rien de rien. Nada de nada.

Todos estuvieron allí

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El Cojo Manteca se convirtió en un simbolo de la resistencia en las manifestaciones de Madrid

Pero si el Cid triunfó después de muerto, algo parecido le pasó a la Movida. En los últimos años parece que todo el mundo fue moderno a principios de los ochenta. Lo que es incierto, pues ya hemos comentado que la Movida siempre fue una cosa de minorías, no tan inmensas, como pareció en ciertos momentos. Esa celebración de aquellos años maravillosos, que fueron también los de la reconversión industrial, del auge de las drogas duras, del terrorismo y de un incremento brutal del paro, no deja de ser algo decadente. Es como cuando los plutócratas de Marbella celebran fiestas hippies y recuerdan el verano del amor y el flower power: disecar algo que estuvo vivo, adorar el fulgor de una estrella que ya se ha enfriado y, en definitiva, cultivar una falaz nostalgia para intentar vender viejos éxitos ya algo apolillados.

Aunque no venga mucho a cuento, les daré un recuerdo personal de la Movida. En 1984 un servidor tuvo que sobrellevar aquel secuestro legalizado que se llamaba servicio militar. En el asentamiento cuartelario en el que me robaron un largo año de mi vida, dirigido por un coronelito de hojalata que coleccionaba el periódico nazi Signal y celebraba el cumpleaños del caudillo, hubo una tarde gris que se llenó de luz y color. Un grupo de sufridos «civiles», como nos llamaban con afectuoso desprecio nuestros mandos, íbamos a efectuar el relevo de la guardia, conducidos por un joven sargento en estado sutilmente etílico. En ese momento los altavoces del cuartel nos pusieron el hilo musical de la radio y todo escuchamos la Escuela de calor de Radio Futura. Fue un momento mágico, en el que todos, incluso nuestro achispado suboficial, abandonamos nuestro cansino paso de gansos uniformados y entramos casi bailando en el cuerpo de guardia.

Ése, es, creo, el mejor resumen de la Movida y de Radio Futura por extensión: durante un etéreo y frágil instante nos dio alas para poder volar. Sin duda fue un vuelo de corta duración, pero rozamos el cielo, aunque fuera por unos segundos. Sólo por eso le debemos cierto respeto a una Movida en un país en el que nunca se ha movido nada.

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4 pensamientos en “El amargo sabor de la Movida

  1. En los ultimos años de Franco, a pesar de aquellas adustas prohibiciones que en semana santa obligaban a cerrar bares cines y discotecas, nos divertiamos tambien. No quiero dar nombres, pero habia una disco que abria por el callejon y la puerta de emergencia, bares con la puerta cerrada en la que se picaba, alguien miraba por un ventanuco y te abria. Aunque las dictaduras se empeñen, los jovenes siempre encontraran la manera de saltarse las prohibiciones y pasarlo bien.

  2. Pingback: Oscar Aibar, director de la serie Cuéntame:«El cine español no existe» | NEVILLE

  3. No se puede contar mejor y de una forma más sintética unos acontecimientos donde el tiempo era como un acordeón, se estrechaba y luego se estiraba a su bola. Y esa frase lo dice todo: “debemos cierto respeto a una Movida en un país en el que nunca se ha movido nada.”

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