Víctor Muiña Fano

Vida y leyenda del barón de Münchhausen

Los turistas que lleguen buscando un poco de tranquilidad al pequeño y elegante municipio de Bodenwerder, en la Baja Sajonia (Alemania), se sentirán satisfechos al comprobar que, tal y como esperaban, no hay papeles tirados por el suelo, las casas son de piedra y los negocios locales cierran pronto. Su parsimonioso deambular los llevará, sin embargo, hasta una pequeña plaza donde un anacrónico personaje de casaca roja y gorro pirata los atosigará para que se fotografíen junto a la pequeña estatua de un hombre que vuela por los aires, sentado en una bala de un cañón. Si dominan el alemán, obtendrán algo de información, pero, si no es así, posiblemente suelten unas monedas y se escabullan por alguna de las callejuelas que cruzan el centro del pueblo. En función de la ruta de escape que escojan, podrán admirar al mismo anciano de bronce tirando de su propia coleta para salir de un pozo de fango o nuevamente cabalgando, en esta ocasión un caballo partido por la mitad.

Monumento Bodenwerder

Estatua de Münchhausen en la localidad alemana de Bodenwerder

Eventualmente acabarán por descubrir que ese excéntrico anciano es Karl Friedrich Hieronymus, antiguo noble de Bodenwerder al que sus vecinos han ido erigiendo diversos monumentos conmemorativos a lo largo de los siglos y cuya fama excede ampliamente su pequeña aldea natal. No dejará de sorprender a los visitantes el hecho de que, entre los éxitos del tal Hieronymus, figuren hitos tan diversos como haber inspirado obras de arte, protagonizado diversos libros y películas y haber prestado nombre a uno o dos trastornos mentales. (Aún existe una seria discusión médica en torno al segundo.)

Y si, como es normal, los turistas preguntan cómo ha sido todo eso posible, algún lugareño, conocedor de la vida de su ilustre antepasado, les responderá que no busquen la respuesta en su biografía, sino en su leyenda.

No deben ustedes buscar al hombre, sino al barón de Münchhausen.

Un hombre y sus historias

Retrato

Retrato del original barón de Münchhausen

Karl Friedrich Hieronymus nació en un tranquilo pueblo del Sacro Imperio Romano-Germánico y, para asegurar los cimientos de su elevada posición social, hubo de trasladarse a la capital del ducado de Brunswick-Luneburgo, donde ejerció como paje del príncipe. Los vaivenes diplomáticos de la época dieron con él en el ejército ruso, zarista y aristocrático, al que ingresó en calidad de corneta y del que salió barón, tras diez años batallando contra los turcos. A mediados del siglo XVIII Münchhausen regresa, con treinta años, a la pequeña aldea de Bonderwerder, en la que aún vive otros cuarenta y siete. Hasta el final de su vida siguió demostrando ser un noble intrépido y excéntrico, perpetrando actos tan inexplicables para sus homólogos mediterráneos como poner en marcha diversos negocios o divorciarse. Murió en 1797 profundamente ofendido por la fama de mentiroso que sus historias le habían granjeado.

Dicha reputación fue impulsada por un poderoso fenómeno que, en este caso, sí nos resulta cercano: sus iguales se mostraban dolidos porque él hacía lo mismo que ellos, pero mejor. Tal y como ordenaban las costumbres, al regresar de su periplo militar el barón se convirtió en el epicentro de la vida social de Bodenwerder y sus invitados disfrutaban de su talento narrativo en interminables y divertidas veladas en las que Münchhausen relataba sus aventuras a quien quisiera escucharlo. Su carisma se alió con las facilidades tecnológicas de la época y su fama viajó por Europa tan rápidamente que el barón pudo comprobar, aún en vida, en qué se habían convertido sus historias: en una suerte de Mil y una noches occidentales que él mismo había comenzado a relatar y aún hoy siguen creciendo y transformándose.

Las obras y la leyenda

Dieciséis años antes de la muerte de Hieronymus, un desconocido publicó la primera edición impresa de las aventuras del barón de Münchhausen. Se sospecha, además, que esta primera versión pudo ser obra del mismo autor que, cuatro años más tarde, imprimió y firmó en Londres una serie de historias que tituló Narración de los maravillosos viajes y campañas del barón Münchhausen en Rusia. El creador de tan esclarecedor título fue un compatriota del barón, Rudolf Erich Raspe, que era conocedor, por tanto, de la joven tradición oral que desde hacía unos años viajaba imparable desde la Baja Sajonia hacia el oeste de Europa.

Las escasas posibilidades que tenía el barón de imponer su propio relato, hoy desconocido, desaparecieron definitivamente en 1786, cuando sus peripecias rebotaron en Inglaterra y reingresaron en el continente normalizadas por Gottfried August Bürger, al que le corresponde el mérito de haber enriquecido la obra con diversos elementos del folclore germano. Resulta curioso comprobar que, cuando Karl Friedrich Hieronymus falleció en 1797, el vertiginoso proceso que alumbró al ficticio Münchhausen ya había concluido: el barón murió siendo él mismo y, a la vez, un aristócrata exagerado, afable, presumido y delirante. El hombre que contaba historias en el salón de su casa tenía poco que hacer frente al protagonista de las Campañas y aventuras cómicas del barón de Münchhausen, que afirmaba haber viajado a la luna antes que la imaginación de Julio Verne, o bailado en el interior de una ballena antes que Pinocho.

Dibujo Doré

Icono del barón de Münchhausen, obra de  Gustave Doré

Los siguientes añadidos a la leyenda llegaron desde Francia, de la mano de dos autores que compartían su fascinación por la fantasía: a mediados del siglo XIX Gustave Doré sentenció el rostro del barón a poseer una coleta y un bigote canosos y, sobre todo, una nariz mastodóntica, digna de un buen mentiroso. Posteriormente, un parisino llevó a Münchhausen hasta la gran pantalla, acercándose a su figura con ciertas dosis de realismo: Georges Méliès, pionero del cine más imaginativo, creyó conveniente discurrir un motivo ordinario para los desvaríos del barón, que en Les hallucinations du baron de Münchhausen se adentra en sus extraños mundos al sumirse en el ebrio sueño que le provoca una cena excesiva.

Para Hieronymus, el siglo XX fue, como para muchas otras leyendas, el del cine. Tras el cortometraje de 1911 protagonizó otras seis películas, muchas de las cuales llegaron desde el este de Europa, que nunca descuidó el recuerdo de las andanzas militares del barón. Sin embargo, la adaptación cinematográfica más popular de los cuentos del noble de Bodenwerder llegó desde el otro extremo de Europa, cuando, de nuevo en Inglaterra, otro autor dedicado a los prodigios de la imaginación recuperó al barón en 1988 con su película The Adventures of Baron Münchhausen. La cinta de Terry Gilliam, rodada en Belchite, recoge con evidente cariño la figura del barón y conduce al espectador a través de las alocadas peripecias de un viejo cuentacuentos, aún en activo, que vive una penúltima aventura que sirve, sobre todo, para demostrar que todas las anteriores fueron reales. Gracias a su colaboración con el antiguo miembro de los Monty Python, el barón consiguió dos cosas: renovar su popularidad y su casaca roja.

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John Neville encarnó al barón de Münchhausen en la película dirigida por Terry Gilliam

Entre el mito y la verdad

Las mil y una noches de Münchhausen exprimieron el tirón de su última entrega y, en la última década del siglo XX, la figura del barón volvió a tomar impulso: los vecinos de Bodenwerder encargaron estatuas y disfraces, impulsaron la ruta turística que lleva su nombre y personas de todo el mundo descubrieron entusiasmadas que hacía décadas que una patología mental, consistente en fingir una enfermedad para recibir atención médica y comprensión social, se conocía como el síndrome de Münchhausen.

La generalización de su figura hizo que ésta fuese empleada de modos muy dispares: del mismo modo que haber dado nombre a un trastorno psicológico o ser comparado por Esperanza Aguirre con José Luis Rodríguez Zapatero seguramente habría disgustado a Karl Friedrich Hieronymus, es posible que el barón hubiese aprobado con entusiasmo la aparición de un juego narrativo creado por la editorial británica Hogshead Publishing, en el que los participantes deben asumir el papel de un grupo de nobles del siglo XVIII que, reunidos en un agradable salón, relatan improvisadas historias con el objetivo de batir las invenciones de sus adversarios. Quizá se habría mostrado incluso orgulloso de que la profusión de estatuas conmemorativas de su persona se extendiese hasta Kaliningrado (Rusia), donde, en una mezcla de homenaje al hombre y el personaje, se expone la Orden de Santa Ana que Pablo I le concedió por su servicio al ejército zarista.

En los últimos años, el barón ha tanteado las posibilidades del siglo XXI: no le han asustado las nuevas tecnologías y ha protagonizado varias publicaciones infantiles, pero, dado que Big Fish (dirigida por Tim Burton en el 2003) se basó en una novela que no llega a mencionarlo, aún espera paciente su primera gran obra del nuevo milenio.

Monumento Kaliningrado

En Kalingrado (Rusia) se encuentra este trampantojo dedicado al barón de Münchhausen

Da la impresión de que, después de tanto tiempo, el barón ha aceptado convertirse en sus propias historias: ya no exige nuestra atención para explicarnos que hemos sido nosotros, y no él, quienes las hemos exagerado. No sabemos, por tanto, si alguna de ellas llegó a inventarlas él mismo o si, por el contrario, son una mezcla de viejos cuentos europeos que fueron venciendo inexorablemente a sus propias invenciones.

En cierto modo, la persistencia de estas incógnitas demuestra que, a lo largo de más de dos siglos, nadie ha sentido demasiada curiosidad por Karl Friedrich Hieronymus, el hombre que, entre bambalinas, aprendió a vivir oculto tras el encanto de su propia leyenda.

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