Pablo Batalla Cueto

La Gran Hipnosis. El cero y el infinito, de Arthur Koestler

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A Mario Vargas Llosa no le agrada que en una denuncia del comunismo no se refiera con pelos y señales que los bolcheviques desayunaban cada mañana niños crudos remojados en aceite de ricino. Por eso Vargas opinó, en un prólogo escrito en 1999, que El cero y el infinito, la obra maestra del escritor húngaro-británico Arthur Koestler, era una novela obsoleta, mal envejecida en cierto sentido. Que había sido escrita en 1940, con el padrecito Stalin aún en pleno vigor, y que su mérito era la precocidad; pero que el paso de los años y las truculentas revelaciones posteriores de un tal Solzhenitsyn habían dejado tibia e insuficiente la denuncia de Koestler.

Que no puede ser —rumia Vargas— que a Rubachof, el atribulado protagonista de El cero y el infinito, no le hagan apenas pupita los matones del zar rojo a lo largo de las trescientas páginas de la novela. Y que sí, que El cero y el infinito es una de esas historias-siglo XX, uno de esos retales de piel desollada dejados tras de sí por la centuria de los totalitarismos, hermana de 1984, prima de Si esto es un hombre, cuñada de Vida y destino, tía carnal de Archipiélago gulag y suegra de La confesión, aquella película sobre los procesos de Praga con la que Costa Gavras trató de sacudirse en 1970 el sambenito de cineasta bolchevique que el clan del oso cavernario le había colgado del cuello después de rodar Z. Pero que el puesto de honor en el pódium de arietes contra la barbarie roja a nadie más le corresponde que a Aleksandr Solzhenitsyn, y que de Koestler todo lo más que se puede decir es que fue un digno petardo precursor de la traca de dinamita que estaba por llegar.

Y sin embargo («Eppur si muove», dijo Galileo), Mario Vargas Llosa está equivocado. El cero y el infinito es, como denuncia de, mucho, muchísimo más terrible que Archipiélago gulag.

La trama de El cero y el infinito es sencilla: Rubachof, bolchevique de la primera hora y alto dirigente de la Unión Soviética, es encarcelado y procesado a finales de los años treinta, en la época de las grandes purgas estalinianas. Toda la trama transcurre en la cárcel en la que el malogrado Rubachof es recluido. Al final de la novela (les aseguro que esto no es un spoiler), Rubachof es asesinado de un tiro en la nuca. Sin embargo, Rubachof no es torturado en ningún momento de la obra, más allá de pequeñas putaditas como enfilarle un foco de luz directamente a la cara, dejarle dormir poco o no permitirle fumar. No hay potros de tortura, ni descargas eléctricas, ni mutilaciones, ni ninguna de esas características brutalidades en las que cualquier clamor contra cualquier tiranía gusta siempre de recrearse.

portadaNo. Rubachof es convencido dialécticamente de que debe ser ejecutado por el bien de la revolución. No sólo eso. Rubachof es convencido dialécticamente de que no basta con que reconozca una tímida oposición a las directrices del Partido; de que ni siquiera basta con que reconozca una oposición abierta y activa a las directrices del Partido, sino que es preciso que se autoinculpe de los más rocambolescos sabotajes contra el pueblo. Las masas —le explica su interrogador, y Rubachof comprende—, simples aún, no entenderían una compleja disquisición de teoría política, pero sí un saco de cereal adulterado con trozos de cristal o un intento de asesinar al bienamado Número Uno; la educación revolucionaria todavía no ha avanzado lo suficiente como para que a los campesinos de Kazajistán no los confundan los recovecos de la filosofía marxista. Rubachof debe hacer, accediendo a transformarse en un chivo expiatorio comprensible para dummies, e inmolándose, un último servicio al Partido y a la Revolución a los que ha consagrado toda su vida.

Cuesta comprender cómo una mente resplandeciente como la del Nobel peruano no es capaz de darse cuenta de lo más aterradora que es una denuncia así que una con aceite de ricino y astillas bajo las uñas. Cuán más terribles son, por decirlo de otra manera, las dictaduras persuasivas que las simplemente autoritarias, la hipnosis del brujo que la vulgar puñalada del raterillo estándar. Cuesta, sí, comprender a Vargas, salvo considerando que tal vez a él también le parezca que las masas no entenderían una compleja disquisición de teoría política. Que si no hay ricino bolchevique no hay indignación antibolchevique.

Cuesta menos comprender por qué Galaxia Gutenberg ha escogido publicar ahora, precisamente ahora, una nueva edición en español de El cero y el infinito; basta un periódico cualquiera para comprenderlo. Cuántos Rubachofs de la calle no están hoy recluidos en cárceles invisibles convencidos dialécticamente de que vivían por encima de sus posibilidades, o convencidos dialécticamente de que hay que apretarse el cinturón, o convencidos dialécticamente de la irrecusable obligación del sacrificio. Tal vez ahí esté en realidad lo de Vargas: tal vez a Vargas le parezca que las comparaciones son odiosas, y que hay que cuidarse de que las masas no tan estúpidas como parecen establezcan peligrosos paralelismos entre la Gran Hipnosis neoliberal y la Gran Hipnosis totalitaria.

Hay que leer a Koestler.

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