Pablo Batalla Cueto

La formación de la clase obrera en Gijón. Tres décadas de Universidad Popular

A partir del próximo mes comienzan los cursos de la Universidad Popular organizados por la Fundación Muncipal de Cultura del Ayuntamiento de Gijón. En el Centro de Interpretación del Cine en Asturias tendrán lugar los cursos de edición de vídeo y de historia contemporánea a través del cine. El periodista Pablo Batalla Cueto nos cuenta los orígenes obreros de la Universidad Popular y recoge los testimonios de algunos de sus profesores. El plazo para matricularse se cierra el 9 de febrero.
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Ilustración de Juan Herranz

Si los obreros no van a la universidad, la universidad irá a los obreros. Este remedo del famoso proverbio sobre Mahoma y el alpinismo lo pronunció Vicente Blasco Ibáñez en 1901. Don Vicente tenía soplándole en el cogote la brisa del krausismo, de la Institución Libre de Enseñanza y del ateneísmo obrero; al aguijón del regeneracionismo post-1898 pinchándole la espalda y un ambicioso proyecto palpitando entre sus manos: las Universidades Populares.

Pero esto es España, el país que inventó la siesta. Al proyecto de Blasco Ibáñez le sucedió lo que a todo buen estudiante español le ha sucedido alguna vez: que pone el despertador a las nueve, se levanta como un clavo a tal hora, desayuna, vuelve a echarse en la cama con el propósito de dedicar la mañana a leerse un fajo de apuntes, y cuando se quiere dar cuenta son las dos de la tarde y los apuntes llevan cinco horas descansando sobre su rostro dormido. Aquella primera red de Universidades Populares puso el despertador en 1901, se levantó, desayunó, se volvió a echar en la cama a eso de 1909 y cuando se quiso dar cuenta era 1981 y los apuntes llevaban ocho décadas despatarrados sobre su camisa blanca.

juan_cueto_dice_que_internet_no_va_a_salvar_el_cine_e822fbd3feea79c0d6bc46a2d_nA la España de Blasco Ibáñez la habían despertado de su letargo los cañonazos del Maine en el puerto de La Habana; a la de Juan Cueto la despertaron los disparos de Tejero en el Congreso. En aquel mismo año 1981, el 5 de diciembre, Cueto pronunció en el Teatro Jovellanos una conferencia que llevó el título de «Evolución y revolución del ocio». Acababa de nacer, acababa de resucitar en realidad, la Universidad Popular de Gijón. Había llegado, como Papá Noel, con un gran saco a la espalda en el que guardaba sus regalos para el pueblo: cursos de inglés, de contabilidad, de bricolaje, de cerámica, de decoración, de fotografía, de grabado, de lengua asturiana. El éxito fue enorme.

Han pasado treinta y un años. La Universidad Popular sigue ahí. Ningún acceso de sopor letal ha vuelto a adormecerla. No solo eso: el saco de Papá Noel ha ido creciendo más y más cada año. Los regalos son hoy más de ciento cincuenta. Algunos de ellos son muy sintomáticos de cuánto ha cambiado este país en estos años: hay cursos de navegación por Internet para mayores y de francés para viajeros. También de setas de temporada, de técnicas de grabación con micros, de poda e injerto de árboles frutales, de grandes compositores, de composición de relatos.

Palabra de maestro

Georgina Olivar recuerda bien su experiencia en la UP, allá por los inicios del corriente siglo. En 2000 participó en un curso de gaita asturiana; en 2001, en otro de cocina tradicional. «La UP da la oportunidad de aprender algo de la mano de un profesional. ¡Mi profesor de gaita era Javier Tejedor, de los Hermanos Tejedor, y yo ni lo sabía! Hay cursos muy interesantes. Tiene unos precios asequibles y los horarios están bien. La única pega es que los cursos más apetecibles siempre se llenan pronto…», dice. Raquel Díaz es otra exalumna. En 2010 participó en los cursillos de arte asturiano románico y gótico, senderos de la evolución humana, claves para entender el arte actual y egiptología. «Me gustó mucho la experiencia. Todos los profesores eran buenos, y acabé aquellos cursos con muchos conocimientos en temas de los que antes no sabía nada. En casi todos los cursos hacíamos excursiones de un día. Con el de senderos de la evolución humana nos llevaron a Burgos, a Atapuerca; y con el de claves del arte, al Museo de Bellas Artes de Oviedo», recuerda. Los inicios del asunto los recuerda Miguel Ángel Batalla, que también tuvo entonces, a principios de los ochenta, a un rostro conocido como profesor de asturiano. «Carlos Rubiera me dio clase de llingua. Recuerdo que un día estaba hablando de las malas traducciones que se hacen a veces de los nombres de pueblos asturianos, y puso el ejemplo de Cuestespines, que alguien tradujo al español como Cuesta de las Espinas y que en realidad significa cuestes pines, o sea “cuestas empinadas”. No sé por qué, aquello nunca se me ha olvidado.»

Víctor Muiña Fano fue profesor de la UP durante el año 2011. Sus comienzos los recuerda así: «En otoño de aquel año me preguntaron si me atraía algún curso del programa anterior, y aunque alguno había, dije que echaba de menos alguno de historia, que para la siguiente edición no estaban previstos. Me animaron a que preparara mi propio proyecto, lo presentase y me encargase de impartir el curso que yo mismo diseñara. Hice el programa didáctico de historia contemporánea a través del cine, lo aceptaron rápidamente y en un par de días se llenó la matrícula. Resultó que la mezcla de cine e historia tenía mucho tirón». Y así rememora sus sensaciones: «Para mí fue una satisfacción enorme ver que personas de mi ciudad se habían apuntado a un curso que yo mismo había creado y antes ni existía… Aunque había hecho prácticas en un instituto, nunca había dado clase, y desde luego no a personas adultas. Quería tenerlo todo lo mejor preparado posible, pero el primer día de clase quedó claro que no iba a hacer falta tanto montaje. Entré en el aula y los alumnos se me quedaron mirando con cara de “¿¡Ése es el profesor!?” Tenía veintisiete años, y ellos en su mayoría pasaban de los cincuenta. La experiencia docente fue genial. Todos se implicaron muchísimo en las clases, había muy buen ambiente. Lo mejor de todo es que se notaba que la asistencia no era obligatoria, que todos los alumnos están allí porque quieren. Van a aprender y eso se transmite a su actitud, que, por lo menos en mi experiencia, es ideal. En mi caso, además, siendo yo un recién salido de la facultad, y ellos personas con mucha experiencia en varios campos, puedo decir que aprendí mucho de ellos. Disfruté como un enano».

Jorge Alonso, sucesor de Muiña como profesor de historia y cine, comparte la apreciación de éste sobre los alumnos: «En general, son el sueño de un profesor, la verdad. ¡Tienen ganas de aprender! Vale que es normal, que es enseñanza no reglada y que a esto no se viene a hacer currículum, pero no deja de ser relevante». Y da su opinión sobre el futuro de la institución en estos tiempos de recesión y recortes: «No creo que sea una parcela que deba sufrir demasiado. Hoy mismo han empezado algunas matrículas y ya hay un montón de cursos llenos, y lo que pagan los alumnos cubre prácticamente el sueldo del profesor, por lo menos en mi caso. Además, la UP tiene mucho tirón y está muy arraigada en la ciudad. Ahora, que si todo lo que huela a cultura hace que alguno se eche la mano a la pistola como aquel otro, o apesta a “no funcional”, pues igual le meten un meneo, pero no creo que la supervivencia en los términos actuales esté en peligro». Toni Soriano, profesor de cerámica en la UP desde hace más de treinta años, coincide con Alonso: «Hoy por hoy, la UP ha dejado de ser un campo de batalla de la política para ser una realidad aceptada por todos los partidos. Su utilidad es indiscutible sea cual sea el formato que se adopte, y su contribución al enriquecimiento cultural de la ciudad es más que visible. Que aquel Gijón de los ochenta haya pasado a ser el Gijón de hoy, sembrado de galerías de arte contemporáneo y otros espacios culturales, se lo debemos en gran parte a la Universidad Popular».

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En 1963, el historiador marxista británico E. P. Thompson publicó por primera vez una obra famosa e influyente a la que tituló La formación de la clase obrera en Inglaterra. Décadas después, el libro no ha perdido vigencia ni vitalidad y sigue reeditándose. Es un orgullo como gijonés y un consuelo como amante de la cultura en tiempos malos para la lírica poder decir que, treinta años después de aquel discurso de Juan Cueto, de la formación de la clase obrera en Gijón es posible decir lo mismo.

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