Paula Corroto

Novelas para el útero y el corazón

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Sin novio no hay paraíso. Así se podría resumir la última novela finalista del Premio Planeta, La vida imaginaria, de la periodista Mara Torres. La historia de una mujer que, después de que su chico le rompa el corazón, vaga entre sueños y recuerdos por aquello que se le escapó de entre las manos y que, al parecer, era su vida entera. Sentimientos a flor de piel en una novela que no es la única que, con los mismos patrones, va dirigida al gran público. O mejor dicho, al gran público femenino. En 2011 fue Inma Chacón la finalista con Tiempo de arena (sobre la desaparición de dos niños y la masonería femenina), en 2010, Carmen Amoraga con El tiempo mientras tanto (la historia de una madre, su hija y una amiga y las vidas que pudieron tener y no tuvieron), en 2001, Marcela Serrano con Lo que está en mi corazón (según la sinopsis, un brillante retrato de una mujer capaz de resistir y renacer). Y así podríamos continuar con una retahíla de premios y años por los que pasarían desde una Corín Tellado hasta Entre visillos de Carmen Martín Gaite. Novelas, como dice la crítica literaria Francesca Serra (a quien hemos entrevistado aquí), para el útero y el corazón. Estamos en 2013, sí, pero no parece que hayan cambiado mucho las cosas en los últimos decenios. ¿Hizo algo la revolución sexual en este sentido? No me consta.

No obstante, hagamos cierto hincapié sobre una pequeña gran falacia instalada en los últimos tiempos. El último gran bestseller español es María Dueñas y su novela El tiempo entre costuras, que vendió más de un millón de ejemplares. El argumento nos muestra a una mujer que en plena posguerra debe superarse a sí misma. Por supuesto, el amor se cuela entre sus páginas. Sin embargo, para muchas lectoras este libro va más allá del patrón de la llamada novela femenina mainstream, puesto que Sira, la protagonista, es una mujer fuerte, moderna, independiente, y porque también aparecen espías y personajes históricos. Posiblemente, nada más lejos de la realidad. Sira es, al fin y al cabo, una mujer que se dedica a coser, y además, durante toda la novela, hay un fuerte ejercicio de autocompasión, de la desgracia, ingredientes tópicos de la novela banalizada para mujeres (recordemos a esa sufridora de la novela de Mara Torres, año 2012).

Pero vamos más allá en esta perpetuación de la falacia: Cincuenta sombras de Grey. Ciertamente su nivel de erotismo está por encima de la media por su explicitud. Ahora bien, ¿no recuerda un poquito a Orgullo y prejuicio, escrita por Jane Austen hace doscientos años? La sumisión, la no sumisión, vencer mis prejucios y mi orgullo. Ponle un poco de esposas y látigos y ahí lo tienes. Ella que le busca a él, él que domina, ella que se deja dominar, pero no. Y ahí están, millones de lectoras enganchadas en todo el mundo. Y millones de lectoras creyéndose más libres y modernas que sus abuelas.

las buenas chicasLa cuestión, habría que preguntarse, es por qué siguen enganchando estos argumentos a tantas lectoras independientemente de su nivel cultural y educativo. En su ensayo Las buenas chicas no leen novelas, Francesca Serra propone el concepto de “pornolectora”, es decir, una imagen creada ¡en el siglo XVIII! para seducir al mercado femenino lector. La industria, consciente de que la mujer posee un nivel de deseo, de impulso, de gula, mayor que el hombre, hizo todo lo posible por convertir al libro en un objeto deseable y placentero, con ese tipo de historias dirigidas al órgano más emotivo del mundo: el corazón. Y, además, envuelto en una imagen sexualizada, puesto que ya en el romanticismo existían cuadros de mujeres desnudas leyendo. Qué sexy. Olvidémonos del cerebro y lo racional. Demos carnaza.

Y lo curioso es que estamos en una época en la que desde la modernidad, lo hipster, lo progresista (o que se vende como progresista) ha vuelto a calar ese viejo eslogan “reading is sexy”). ¿No han visto la cantidad de fotografías de Marilyn casi desnuda leyendo la novela Ulises que pululan por las redes? Y son twitteadas por millones de mujeres también. Mujeres modernas (¿se puede decir “gapafastas”?) que pensarán que esto nada tiene que ver con ese tipo de novelas citadas al principio, porque ellas no las leerían jamás. Pero, si se pone un poquito de atención, forma parte de la misma intencionalidad: queremos seducirte y a través de la vagina (en este caso) llegar a tu corazón.

No lees un libro, querida, te has comprado un pintalabios, viene a decir Francesca Serra. Sombra para los ojos que, atención, es vendida también por otras mujeres. Y ahí estaría la gran falacia. Porque podemos pensar que son los hombres los que dominan la industria editorial (y en buena medida lo hacen), pero también son muchas las que trabajan en departamentos editoriales y que tienen estos libros entre sus manos antes de que te llegue a ti, lectora. Marcando, alimentando, haciendo crecer un estereotipo que nació con los inicios de la novela. Un estereotipo que perpetúa roles añejos y que, de ninguna manera, emancipan a la mujer. Así que tenemos que ser nosotras, las lectoras, las escritoras, las editoras, las periodistas, las recomendadoras de libros las que digamos basta. ¿Cincuenta sombras de Grey me libera? No, solamente me está vendiendo el mismo cuento otra vez.

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2 pensamientos en “Novelas para el útero y el corazón

  1. Si mal no recuerdo, Victor Hugo se desahogó a gusto sobre el tema en Los miserables cuando describió a la señora Thénardier como una empedernida lectora de novelas baratas. De ahí que pusiera a sus hijas unos nombres altisonantes sacados de sus lecturas. No era tanto una crítica a la novela rosa femenina como a la literatura de baja calidad, pero diría que por ahí van los tiros.

  2. A mi lo que me queda claro de este artículo es que, o no han leído los libros que nombran, o nos los han entendido. Como pueden meter en el mismo saco las novelas de Chacón, Amoraga o Serrano con la trilogía de Grey.¿Habéis entendido el libro de Mara Torres o solo se dedicaron a leer sinopsis? Como lectora, este artículo me ofende.

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