Rubén Paniceres

Thomas Ligotti: una mirada a la oscuridad

Autor de culto, varias veces ganador del Premio Stoker y denominado el mayor misterio de la actual literatura fantástica, Thomas Ligotti es al fin  publicado como se merece por Editorial Valdemar, la cual edita su primer libro de relatos, Noctuario. Con esmerada traducción de Marta Lila Murillo y una atinada introducción de Jesús Palacios, este volumen es un buen acercamiento a la personal obra del autor estadounidense, al que muchos consideran a la altura de Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft.
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Años atrás, la Factoría de Ideas había publicado una antología de Ligotti, ya descatalogada, con una  traducción y edición algo descuidadas, titulada La fábrica de pesadillas. Con idéntico título, Panini Comics publicó un álbum de historietas que adaptaba cuatro relatos de Ligotti efectuados por artistas como Ben Templesmith, Ted Mckeever, Stuart Moore, Joe Harris, Colleen Doran y Michael Gaydos. Dicha publicación incluía presentaciones a cada historia del propio escritor y aún está en circulación.

Noctuario es una colección de extraños relatos divididos en tres secciones. Estudios de sombra,  Discurso sobre la negrura y Cuaderno de la noche. En los tres apartados se despliega el peculiar universo de Thomas Ligotti. Un surreal orbe de indefinidas pesadillas, caracterizadas todas por una naturaleza  dominada por el horror del vacío y la entropía. Valorado como un escritor metafísico, ejecutante de un terror filosófico, Ligotti  es el cronista de la soledad existencial del ser humano, de su alienación —su autismo casi— del yo con respecto a los otros. Sus protagonistas comparten con Lovecraft su cualidad de ser viajeros en busca de lo ignoto, de la definitiva morada del miedo primigenio, cuna, crisol y destino final de la peripecia vital del individuo. Como en Lovecraft y en cierta medida en Poe, son sujetos que, parafraseando a Michel Houellebecq, rechazan a la vida y el mundo: sean gentes cuya trayectoria no es más que una preparación para un sacrificio ritual con ellos como principal chivo emisario (El Tsalal); peregrinos en busca de la divinidad más sublime que encuentran en ella la inmolación más sórdida (El prodigio de los sueños); pedófilos asesinos en serie castigados en su Halloween definitivo (Conversaciones en una lengua muerta); o científicos que descubren que el plan maestro del Supremo Hacedor no es más que el capricho de un marionetista y los hombres meros muñecos en un escenario de guiñol (Demente velada de Expiación). Éstos y los restantes caracteres de los diversos cuentos del volumen son exponentes de una concepción del mundo teñida de nihilismo; inapelable constatación de la Nada como la ontológica realidad del ser humano.

ligottiEl estilo de Ligotti es sutil, primando la sugerencia sobre la explicitud, elusivo y tortuosamente enigmático. En la estela de autores como Arthur Machen, M. R. James, Walter de la Mare, Henry James, Robert Louis Stevenson o el Oscar Wilde de El retrato de Dorian Gray; Ligotti ejercita misteriosas elipsis en el relato. Deja huecos que el lector deberá interpretar con las pistas que el texto despliega. El escritor, como muy agudamente destaca Jesús Palacios en su prólogo, está en las antípodas de esa literatura fantaterrorífica que se deleita en la vulgaridad de la cotidianidad, que proponen autores como Stephen King, Peter Straub , Ramsey Campbell, Clive Barker o Dean Koontz. Autores que han tenido, sin duda, sus momentos de gloria, pero que han terminado renunciando a ejercitar el intelecto, tanto el propio como, y esto es  aún más grave, del lector, ofreciéndole un repertorio de confortables terrores que se olvidan al cerrar el libro y transmitiendo unos bajísimos niveles de reflexión. Ciertamente, la actual literatura fantástica poblada de vampiros que parecen escapados de las novelitas de Corín Tellado; repelentes infantes aprendices de hechiceros; zombis comilones y toda la horda de enanitos, elfos, ogros, dragones, hadas y demás enmohecidas maravillas, herencia bastarda del pobre Tolkien, trabajan, arduamente, para la obtención del encefalograma plano de los sufridos lectores.

No es el caso de Thomas Ligotti. Su lectura plantea un pequeño y fascinante desafío para el lector, obligándonos a releer determinados párrafos y a meditar sobre el abanico de turbadoras imágenes que el autor nos propone. El relato fantástico recupera, pues, su originaria naturaleza de cultivar no sólo el misterio, sino de ser el texto mismo otro misterio, de ser la puerta a mundos extraños, bizarros, puede que inexplicables desde una ramplona mentalidad seudocartesiana, de sumergirnos en un clima de pesadilla que puede llegar a ser obsesionante. La literatura fantástica, gracias a Ligotti, vuelve a ser inquietante, plena de desasosiego, como vivir un mal sueño del que no sabemos si despertaremos, a no ser para encontrarnos con una realidad aún más siniestra.

Las  historias de Ligotti pueden ostentar el carácter de ensayo filosófico camuflado de ficción literaria. O a la inversa, el discurso intelectivo transfigurarse en una perfecta narración sobre el absurdo y el  horror cósmicos. Habilidad que convierte a autores como Georges Bataille, Ionesco o Cioran en curiosos compañeros de viaje del escritor estadounidense. Igualmente la prosa de Ligotti alcanza, sobre todo en los  breves cuentos de  Cuaderno de la noche —para mi gusto personal, los más conseguidos—, tonalidades de extraño lirismo diseñando los más delirantes escenarios  de la ficción contemporánea, y no me estoy refiriendo solamente a la de género fantástico, sino a todo tipo de literatura.

Porque éste es otro de los atractivos de Thomas Ligotti: su capacidad de practicar un creativo ejercicio metarreferencial que, rehuyendo el pastiche, evoca ecos de los más diversos escritores. Si la afinidad con Poe y Lovecraft es obvia, no puede dejarse en el tintero que Ligotti tiene influencias reconocidas de otros autores del género como Algernon Blackwood, Robert W. Chambers, los ya citados Machen y M. R. James. Pero también detectamos influencias de Robert Bloch y hasta del Ray Bradbury menos amansado y más valioso. Las atmósferas de pesadilla diurna y desconocida amenaza rememoran los escritos de Gustav Meyrick, Kafka o la poesía alucinatoria de ciertos pasajes a un Lautrémont. Por otra parte, se filtra un humor absurdo muy deudor de Samuel Beckett en relatos como El extraño diseño del maestro Rignolo, o de la afilada ironía  agnóstica del mejor Borges en  El orden de la ilusión.

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Pero lo mas destacado, para el que esto suscribe, es ese autismo ideológico presente en la obra de Thomas Ligotti. Según confesión propia, el autor es, o ha sido durante largos años, víctima de un trastorno bipolar. Hay entrevistas  por la red en las que Ligotti se explaya sobre los fármacos que ha consumido para hacer frente a la depresión. Eso podría explicar el carácter pesimista y desolador de sus narraciones. La obra de Ligotti evalúa el universo como una suerte de engaño virtual, pero éste no es el velo de maya del budismo zen. Detrás del simulacro que ofrece la realidad no hay más que el vacío, la nada, la desaparición. El individuo está irreversiblemente solo. No existen los otros, puesto que todos somos  muñecos, espejismos, meros decorados en la noche perpetua. La alienación y la negación son el alfa y el omega de la condición humana. Un nihilismo tan absoluto podría llevar a la más negra desesperación. Pero creo que éste no es el caso. La obra de Ligotti es, en el fondo, la aceptación de un destino: asumir nuestra soledad;  la imposibilidad de unirnos a nuestros semejantes; no digamos ya  de rozar siquiera eso que se llama el afecto; el imbatible fracaso en el proyecto vital.

Esa  dolorosa autognosis es la que nos hace libres, porque renunciamos a la última y más maligna quimera, la que nos ofrece esa loca vestida de verde que se llama Esperanza. Rehuir esa falacia nos libera de las cadenas del deseo frustrado y al fin nos hace comprender quiénes somos y vivir, o perecer, de acuerdo a ello. Así, sin pena ni remordimiento, ni vivos ni muertos, recibimos la nada y legamos la nada. La vida es justicia, como diría Pierre Drieu de La Rochelle,  o como el propio Ligotti escribe en La medusa: «Nos podemos esconder del horror sólo en el corazón del horror».

Sin embargo, no saquen la conclusión de que los relatos de Thomas Ligotti son una variación de  la obra de Kierkegaard o Heidegger. Afortunadamente, Ligotti es, después de todo, un escritor de literatura terrorífica y sus historias nos producen esas necesarias dosis de miedo literario que nos  hacen pasar la noche —la lectura de Noctuario debería ser nocturna— deliciosamente mal. Y además, como todos los grandes del  género, sus narraciones contienen, como ya hemos apuntado, subterráneas pero eficaces dosis de humor que nos relajan en algunos momentos de la tenebrosidad de las tramas.

Concluimos indicando que es posible que Noctuario sea un libro a releer una y otra vez en los próximos años por todo tipo de lectores inquietos que lo descubran. Sean uno de ellos.

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3 pensamientos en “Thomas Ligotti: una mirada a la oscuridad

  1. Noctuario es uno de los mayores exitos de la editorial Valdemar y no es para menos. Uno lee el libro, queda atrapado por sus misterios, y al finalizar las páginas llenas del más absoluto horror, quiere volver a leerlo del nuevo. Un circulo del miedo sin fin.

    Grandisima reseña. Mis felicitaciónes al autor.

    Lean a Thomas Ligotti.

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