Pablo García Guerrero

Clic. Murcia 1, Sporting 1

1

Fotografía de El Comercio

En la lejanía, al Sporting lo vas viendo menos tuyo, igual que esa vida que abandonas siquiera un fin de semana, en busca de otra vida que no sabes si te espera o ya se ha ido. Como la llama de un mechero al que se le acaba el gas. Pasan las horas y allí en un rincón de la cabeza sabes que están el horario del partido, el rival, la alineación quizá. Pero, si no te apuras, si no te exiges más bien, el partido se evapora para cuando quieres enganchar un wifi. Ver, luego, el resultado viene a darte la razón, a decirte cambia de mechero o, peor, deja de fumar: este 1-1, contra nueve, ante 6.749 espectadores, por ejemplo.

Pero él te envía señales, como la casilla de las contraseñas que suplica «Recuérdame»: se acerca el final del partido y te sale una raya del wifi, bien, ahora conéctate, vamos, rápido, y te va subiendo la sangre al cerebro, nervios y un temblor en la pierna, el mechero que no arranca, ese Bilic, seis minutos de descuento, córner que saca Carmona… a las manos del portero, final. Igual que la casilla, entonces, como no es tu vida, ni tu ordenador, no la clicas, no vaya a ser que te robe alguien los mensajes sin borrar de Mailer Daemon o el recordatorio de Ryanair de que, si no cumples, te meterán en la bodega, como un perrín; los mensajes de hace diez años que son ya de otra persona, dirigidos a personas que son también otras y no sabes dónde están, si son las mismas a las que les escribiste hace diez años, si te recuerdan, como la casilla, o no.

Fotografía de La Nueva España

Fotografía de La Nueva España

Cuando la compañía luarquesa de transporte público por carretera hace su caritativa parada en tierra de nadie para cambiar de conductor (y siempre hay alguien que dice «¿qué paramos otra vez?»), te ves de pronto inmerso en los terrenos llamados de La Loba. Cafetería-restaurante cochambrosa, gasolinera con el letrero caído («La […]oba»), descampados, restos de muchas cosas en el suelo, seres, españas, y una caseta de obra, con una luz que sale por debajo de la puerta, que es del conductor, que no sabes cuánto tiempo lleva ahí, en la caseta metido, haciendo qué, aburrido, y luego siempre salen con un maletín, o riñonera, o mariconera, y cara de mala hostia, vamos que nos vamos. Ahí, pues, en La Loba, lo habréis visto, a la entrada de la cafetería-restaurante cochambrosa donde siempre se para la caritativa compañía de transporte por carretera, luce bien grande, al lado de la puerta, en mayúsculas de leal azul, la leyenda «Puta Gijón».

Además del asco de país, piensas, y de lo mucho que nos ganamos lo que nos pasa (a quienes les pasa, que no es a todos, crees, porque entonces habría sangre y el juego no sería divertido), cuando lo lees, piensas, yendo hacia otras vidas o mails, te dices no estoy tan lejos, aunque me vaya, me hierve la sangre, me basta una raya de wifi, vamos Carmona, ese Bilic, corre Sporting, punto es punto, ¿qué me queda si no?, contra La Loba, y los tristes, y el leal azul, contra el «Puta Gijón», por algo, por seguir, porque, aunque lejos, estarás todavía. Siempre estarás. Recuérdame, dice el Sporting, tras el 1-1 contra nueve: sí, te recuerdo, Sporting, clic. Ahora recuérdame tú, gallu.

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