Jorge Alonso

Móvil

«Estoy esperando a mi hombre, 26 dólares en mi mano. Hasta Lexington 125, me siento sucio y enfermo, más muerto que vivo. Estoy esperando a mi hombre.»

Waiting for The Man,  Velvet Underground.

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No hay nada peor que nada bueno al despertar. Cuando poco a poco vas dejando el simulacro mortal atrás y adentrándote en otro día, en ese momento en el que vas volviendo en ti, recordando quién eres, dónde estás, qué te espera a partir de ahora. Nadie, en ninguna parte, nada.

Lui había decidido apagar el móvil antes de meterse en la cama. Era domingo, casi mediodía y no le apetecía mucho empezar a recibir llamadas de los corredores de fondo. Estiró las sábanas, recompuso el edredón se fumó un último cigarro apagó el móvil y hasta que dios quiera. Lamentablemente cuando te bullen las venas el sueño ligero es tu peor amigo. Apenas cuatro horas más tarde estaba escuchando a la vecina fregar los platos y vocear a la familia. Comida de domingo.

Si encendía el dichoso aparato para mirar la hora tendría que enfrentarse a todo lo que hubiese ido llegando, que podría ser mucho o poco, pero no le apetecía nada. En ese momento prefería estar en la casa de al lado, o mejor que esa fuera su casa y otro estuviera allí tirado. Se incorporó lo suficiente para ver la cazadora en la silla y rebuscó en los bolsillos una piedra grande. Mientras quemaba, liaba y emboquillaba eficientemente, seguía dejándose llevar por el bullicio vecino. Paella… los enanos metiendo ruido… la mayor que llama a su cuñado… No hacía tanto aquellos eran sus domingos. Pero ya no podían ser.

Mil cosas hubieran sido posibles en su vida. Lo sabía muy bien. No se le había dado nada mal el colegio, y en los deportes había sido un fiera. Especialmente el Balonmano se le había dado de puta madre, y decía aquella profesora tan mona que dibujaba muy bien, y en las redacciones, un hacha, y en el instituto había destacado enseguida con los números. Recordaba que un día le habían ofrecido un viaje a no sé qué ciudad europea, cuando empezaba todo el rollo de la unión y eso. Y había sido delegado, y vive dios que las chicas no se le habían dado mal, y… bueno, y eso era casi todo.

Echó un vistazo a su habitación y decidió salir. Apartó un par de juegos de la Play del sofá y tomó asiento frente a la tele. Apenas llegaba ruido de fuera. La siesta. Rebuscó mandos varios y en un momento tenía listo todo el despliegue del salón, no quería ni pensar en los euros invertidos en tanto aparato, pero le encantaba tenerlo esperando a que decidiera que era a lo que se iba a dedicar. Un poco de Canal Plus, a ver si había empezado algún partido, y de paso echarse unas las apuestas. Abrió la neverita junto a su pierna y sacó un bote fresco. Tenía el portátil ya preparado frente a él, el día anterior se había dado bien, a ver este.

En lo que arrancaban los partidos encargó un plato de pasta, ensalada y arroz con leche, se pegó una ducha y pensó que tal vez el jacuzzi hubiera estado mejor, pero entonces podría llegar la comida y pillarle en pelotas. Nada, duchita de chorros bien tirados y a correr. Se estaba secando cuando recordó el teléfono apagado. Serían las cinco y pico, alguno se estaría volviendo loco. El que estuviera alargando el vermú, o la sobremesa, esperando que empezaran los partidos para verlos en el bar y tirar para casa con la carga hecha. El lunes ya sería otro cantar.

Pensó en ellos mientras quitaba los plásticos de la comida a domicilio. Habrían quedado a las 12:00, igual incluso echaran un partidito antes, luego unas cañas, las mujeres, los niños, el bar que tiene terraza, que parece que ya va haciendo mejor y allí los críos pueden correr. Encendió un cigarro. Había echado a perder todas las oportunidades. La carrera a medio hacer, el año en Madrid, el trabajo aquel en la oficina de su cuñada. Joder. Y ya se veía demasiado mayor para nada. Había perdido, mejor aceptarlo.

La primera tanda de partidos estaba resuelta, entre la Premier y la Liga había ganado cien euritos. Ni bien ni mal. Se asomó a la ventana, oscurecía poco a poco, la luz del domingo tarde, muy diferente a cualquier otra, se le ofrecía a sus pies. La luz y el paseo marítimo. Ese en el que, a juzgar por las voces y comentarios que habían vuelto en la casa de al lado, estarían dentro de nada deambulando parejas, familias y ociosos en general. Andar es barato, pensó, tal vez… No, mejor no bajar a pasear. Serían más de las ocho y ya había estado vagueando lo suficiente. Se vistió rápido, recogió un poco los restos de comida y la habitación y, al fin, encendió el móvil. 23 llamadas perdidas, treinta “guassaps”, catorce mensajes. La mitad ya no estarán para nada pero sólo con el resto le iba a tocar moverse de lo lindo. Trabajando en domingo, cuánto tiempo perdido.

Se lamentó.

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