Pablo Batalla Cueto

Ojos y soledades. Femenino singular, de Jael Levi

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¿Es posible fotografiar un recuerdo? Más aún; ¿es posible fotografiar un sueño? Es posible. Jael Levi (Madrid, 1987) lo ha hecho. Levi ha sido capaz de tomar una fotografía del recuerdo de un amor de verano. No de un amor de verano —uno de ésos que quien lo tuvo lo tuvo en la adolescencia, regado por el sol mediterráneo y por la bendita inocencia de los quince años durante aquellas vacaciones familiares a algún luminoso rincón de la costa andaluza, con una hermosa muchacha de grandes y expresivos ojos verdes que se llamaba Marta o Laura o Sandra, era de Zaragoza o de Valladolid o de Ciudad Real y besaba como los ángeles—, sino de su recuerdo. De la manera de soñarlo años más tarde, tal vez con la inevitable canción del Dúo Dinámico («El final del verano llegó, y tú partirás…») como fondo musical.

En realidad no es difícil de hacer. Basta con tomar una fotografía de la orilla de una playa y otra de una chica en bikini, aumentar con el Photoshop el brillo de la fotografía del mar y la transparencia de la de la moza y montarlas una sobre otra, de tal manera que se conviertan en una sola en la que la chica parezca una especie de fantasma cuyo cuerpo transparente permita ver a través suyo las olas y el horizonte, también fantasmales. No es difícil, pero tampoco lo era ser Mondrian, y sólo ha habido uno.

Sin la mujer, la vida es simple prosa. Lo dijo y lo dijo bien Rubén Darío. Y sí. No cuesta sospecharle una hermosa poesía todavía por escribir a cada una de las fotografías de mujeres que han distinguido a Levi en el difícil arte de la fotografía de mujeres, y le han abierto las puertas de la galería Mediadvanced. En su página web, Levi ha agrupado sus fotografías de ese tipo bajo un sencillo epígrafe: Elles, «ellas» en francés. Puede parecer pobre, pero cuesta encontrar uno mejor. Cuesta encontrar a las veinte o treinta modelos otro punto en común que no sea su resplandeciente feminidad. Hay blanco y negro y hay color; hay desnudos y hay cuellos de cisne; hay sonrisas y tristezas; hay primerísimos planos de unos labios o unos ojos y hay lejanías dramáticas como las de nuestra Sandra de Zaragoza del verano del 94 en Almuñécar. Tal vez todas las miradas tengan esa insondabilidad oceánica que sólo pueden tener ellas, pero mentar los ojos de las tías dejó de ser original como recurso poético por lo menos cuando Bécquer. Tal vez su juventud.

Tal vez algo de Neruda. Algo como «Bella, no te caben los ojos en la cara, no te caben los ojos en la Tierra, hay países, hay ríos en tus ojos, mi patria en tus ojos, yo camino por ellos, ellos dan luz al mundo por donde yo camino». Pero, ¡dale Perico al torno!, seguimos cayendo en las garras del topicazo oftalmológico.

El título de la exposición de una pequeña muestra de las fotografías de mujeres de Levi que alberga la galería Mediadvanced desde el pasado 16 de enero es «Femenino-singular». Está un poco trillado, también. Pero cómo no lo va a estar, rediós. Son ya unos cuantos milenios de poetas atormentados los que llevamos a cuestas. ¿Qué se puede decir que sea nuevo?

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Dicen por ahí que «“Femenino-singular” apela a través de las imágenes a aquellos momentos de soledad en los que uno se encuentra a sí mismo y tiene que enfrentarse a su yo verdadero, sin más huida».

Sí. Supongo que puede valer.

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