Adrián Sánchez Esbilla

¡Pim, pam, pulp!

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«El mito masculino por antonomasia del Bis francés de los años 50-60 es un personaje americano, Lemmy Caution, creado por  un escritor  inglés, Peter Cheyney. Por añadidura, su intérprete, Eddie Constantine, era de origen ruso y antes de personificarlo ni siquiera era actor, sino cantante, y encima malo. ¿Surrealista? No, fenomenal. O sea, característico del brillante eclecticismo creativo del cine europeo durante la maravillosa efervescencia de las coproducciones de género. Es decir, cuando este concepto transcendía la mera y triste definición administrativa y antes bien, significaba aclimatar con personalidad una serie de paradigmas y arquetipos cuya raíz última es perfectamente universal.»

Así define, incontestable, Carlos Aguilar a Lemmy Caution y su contexto irrepetible en el volumen colectivo Bosilibro & Cinema Bis. El personaje fue todo un precedente de otros tan dispares en principio como el Mike Hammer de Mickey Spillane o el James Bond de Ian Fleming, y de igual manera ayudó a codificar una serie de elementos cinematográficos que se formularon durante los cincuenta y quedaron listos para explotación y/o experimentación en los sesenta.

Caution era pulp andante. La versión cazallera de la futura novela negra. Un aleación de la naciente novela hard boiled norteamericana con la intriga británica metida dentro de un personaje que razonaba y tramaba como Sherlock Holmes mientras bebía como una esponja, ligaba con todo lo que se movía y usaba los puños a la menor ocasión mientras resolvía sus casos con aire distanciado e irónico.

Con todo para resultar repulsivo en pantalla el aire achispado de Constantine, su continuo tono burlón, autoconsciente pero nunca repelente, lo hace adictivo. El actor, con esa cara de piedra, ojos de rana, sonrisa de pícaro y marcas de viruela, era un galán excéntrico con algo de dibujo animado, como si lo hubiesen extraido de un portada de novela de kiosko: tan exagerado en su pose perdonavidas que resulta inofensivo,  entrañable.

Pese a haber sido creado por Cheyney en 1936 su verdadera popularidad se la debe a la adopción del personaje por parte de la cinematografía francesa, a la cual ayudó a solidificar su rica y variedad tradición negra, el polar, en virtud de su descomunal éxito popular logrado por el equilibrio de misterio efectivo, violencia de tebeo, estilización noir, erotismo y humor.

Aunque el personaje ya había sido adaptado con anterioridad, incluso por al cinematografía francesa, la serie definitiva da comienzo con Cita con la muerte en 1953, impulsada y dirigida por el reivindicable artesano Bernard Borderie, uno de los puntales del cine bis francés.

Durante los cincuenta Lemmy Caution, y Eddie Constantine, todavía conservan las formas. Las entregas de la serie son bolsicine sin pretensiones, con cierto cuidado en la atmósfera, planos icónicos y escenarios logrados. Películas de serie B sin complicaciones.

Con Borderie y Costantine alejados del personaje, aunque no del arquetipo monolítico en el caso del actor, Lemmy alcanza la década de los sesenta convertido en impremeditado mito pop, lo que permite rupturas de la cuarta pared, autorreferencialidad zumbona y la transformación del material de «intriga con humor» a «comedia con intriga». Constantine no se despega del vaso, las réplicas son cada vez más venenosas y chulescas al tiempo que la conciencia de sí mismo extrema las características de tebeo del personaje. Estilísticamente las películas son menos nocturnas, sin esa densidad en la luz típicamente noir a favor de una imagen casi de línea clara. Una serie de variaciones representadas en 1962 por Lemmy y las espías, donde el personaje huye por las calles de hordas de fans que lo acosan mientras resuelve un caso que implica a una serie de mujeres a cuál más atractiva.

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La definitiva certificación de Lemmy Caution como objeto pop la firmó Jean-Luc Godard cuando en 1965 eligió al personaje para incrustarlo dentro de un cómic vanguardista e intelectual, que lo mismo bebe de la sci-fi distópica que del relato hard boiled o de Kafka, y  que pone a prueba la resistencia del arquetipo en un medio desfavorable. Uno de esos ejercicios godardianos en los cuales no se sabe si está mirando por encima del hombro el material de partido o, en cambio, reverenciando la indestructibilidad de la cultura pop.

En cuatro películas recorreremos algo más de una década de cine de evasión europeo, desde su fundación hasta su deconstrucción, pasando por el esplendor. Desde la ingenuidad de la década de 1950 hasta la toma de conciencia de la de 1960, una evolución cultural, estética e incluso social que puede leerse en las imágenes de este cine de bolsillo, películas de sesión doble convertidas en objeto de culto y reflexión, pero sobre todo entretenimiento sin excusas.

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