Paula Corroto

Francisco Goldman: «El crimen es la existencia»

Francisco Goldman New York Mars 2011
En el 2007 la mujer del periodista Francisco Goldman (Boston, 1954) murió en un terrible accidente nadando en las aguas de la costa mexicana de Oaxaca. Ella, Aura Estrada, tenía sólo treinta años y ya era una notable escritora. Él tenía 57. Se habían conocido apenas unos años antes en Nueva York e inmediatamente se fueron a vivir juntos. El accidente truncó el amor y sumió a Goldman en un estado de autodestrucción lleno de alucinaciones durante cinco años. Al mismo tiempo quiso rescatar a su amada de aquella muerte absurda con la novela Di su nombre (Sexto Piso), un retrato lleno de belleza en el que el periodista recuerda todos los momentos pasados a su lado y en los que se evocan también algunos de los textos de la escritora. Una novela transparente, tanto como el relato que hace Goldman de aquel difícil proceso de escritura en el que da cuenta en esta entrevista que mantuvimos con él hace unos días a su paso por Madrid.

-¿Este libro nació de las entrañas?

-Nunca concebí el libro como algo catártico o de terapia. Era algo que tenía que hacer porque era hacerlo o hundirme, ya que es lo único que sabía hacer. Era eso o chupar tequila 24 horas al día. El libro nació cuando me atropelló un coche. Fue el 31 de octubre, que es una noche loca en Nueva York, sobre todo en el Village, la zona donde me ocurrió. Cuando la noticia llegó a México, porque yo había regresado a Nueva York a finales de septiembre, una amiga me dijo que a nadie le había sorprendido que me ocurriera. Era un tiempo en el que mis amigos me acompañaban todo el rato para que nunca bebiera solo. Pero esa noche yo había visto a la mejor amiga de Aura y ella me pidió permiso para llamar a su hija Aura, y que yo fuera el padrino. Y eso me conmovió tanto… Me hizo pensar en el futuro que se perdió y eso me removía las tripas todos los días.  En fin, ese día, la última frase que pasó por mi mente, y ya eran las cuatro de la mañana, fue «creo que todavía hay un bar abierto por aquí». Después me atropellaron. Desperté en una ambulancia, pero aún hoy no recuerdo qué pasó. La sala de emergencias en la que me metieron era como el infierno. Perdía la consciencia. Pero en el ascensor me dijeron que era posible que muriera porque había una mancha de sangre en el cerebro. Y la sensación de paz que me dio en ese momento me valió madres. Pero sobreviví y entonces me dije, «Frank, ya. Estás condenado a vivir, y tienes que intentar vivir de una manera que no te cause vergüenza». Y así fue como empecé el libro. Me fui a Berlín en diciembre porque no me quería quedar en Brooklyn para las navidades, ya que siempre me lo pasé muy bien con Aura en esas fechas. Así que Berlín me vino perfecto, porque es como una ciudad de fantasmas. No conocí a nadie. Y allí lo empecé. El libro nació porque sentí un deber. Yo le debía un libro a Aura para que la gente no la olvidara. La memoria es tu enemigo. Y también para no olvidar quiénes fuimos juntos. Y Aura me inspiró mucho. Era un ser humano raro. Si hubiera cortado algo de su cuerpo hubiera salido literatura.

-¿Cómo fue el proceso de comenzar a recordar los momentos con ella?

No hay recuerdos. He leído hace poco un libro de Oliver Sacks sobre las alucinaciones, las cuales yo he padecido mucho. Y él dice: «en el duelo traumático el pasado está más presente que el presente». El presente es vacío. Y para mí todo estaba todavía muy presente y mi cerebro era un caos. Esto está probado por la ciencia. Se han estudiado las lesiones que se producen cuando ves al centro de tu vida morir en un instante de manera violenta. Se abren brechas en tu subconsciente entre el pasado y el presente. Por tanto, no estás recordando, sino que son cosas que te poseen todo el día. Y yo sabía que esto era algo que quería documentar. Era mi ancla. Y tenía que ser novela, porque Aura merecía una novela, ella no querría memorias, sino que pedía ese esfuerzo literario. Y yo me dije: «voy a hacerte el mejor libro para ti que pueda».

-Leyendo el libro parece que no hay censura. Que todo lo que cuentas sale a borbotones. Desde aspectos íntimos a otros más prosaicos.

-Sí hay censura. Hay muchos secretos ahí…

-No lo parece.

-Eso es parte del arte de narrar. Todo esto estaba muy vivo y yo quería ponerlo en palabras. Quería hacer un retrato de Aura, porque también era una manera de no soltarla. Era una pura locura: «Yo no te voy soltar. Tú no estás muerta. Yo te voy a hacer volver», le decía. Era mi pensamiento mágico durante el duelo, porque el pensamiento mágico es negar que tu ser amado no va a volver. Cuando  estaba escribiendo este libro tenía colgado en el altar que hicieron sus amigas el vestido de Aura. Y sentía que era mi talismán en un proceso muy complicado. Era una época en la que iba a teatros solo. Y fui a ver Cuento de invierno, de Shakespeare, donde en el primer acto la reina Hermione muere y se convierte en estatua, pero después, en el último, recobra la forma humana. Y yo pensé que podía devolver a Aura a la vida de una forma cabalística, poniendo las palabras en orden. Si yo podía darle vida en palabras…

-¿No se convierte el personaje en una especie de fantasma que acompaña?

-No. ¡Estaba muy viva! Nunca pensé en ningún momento conmover al lector con esta obra, porque yo no estaba pensando en los lectores, ni siquiera en publicar este libro. Nunca intenté forzar a Aura a hacer algo que hubiera sido infiel a la Aura que conocí. Y yo sabía que ésta era mi Aura, con la que yo conviví, con todos sus lados imposibles que también tenía, como todo el mundo. Era una persona muy especial, no he conocido a nadie como ella. El papel de la comedia que tenía era grande. De pequeña imitaba a los personajes de Cantinflas, y ella hubiera querido ser comediante.

-Una de las partes más interesantes del libro es que recuperas algunos de los textos que ella escribió, desde relatos hasta su propio diario. ¿Descubriste en ellos a otra persona?

-La experiencia de leerlos fue fantástica. Era un tesoro que encontré. Nunca había leído sus diarios y lo que más me sorprendió era qué presente estaba la niña de seis años en la mujer de treinta. Pensaba «¡mi amor, casi nunca cambiaste!». Las mismas obsesiones… En su alma estaban el amor, la ternura, la obsesión con su madre, con la literatura, sus sueños de convertirse en escritura, las dudas, inseguridades… Desde que tenía dieciocho años la empujaron a seguir una carrera que no quería y haciéndolo por deber sin tener la valentía de rebelarse y buscar su sueño, que era ser escritora. Y ése sí que es un cambio que yo vi en los años que vivimos juntos, ya que durante los dos últimos años de su vida sí lo hizo, y estaba empezando a tener éxito. Y es que era muy fácil reconocer su talento. Cuando uno lo veía, se asombraba. Yo decía que a mí me quedaban tres años de ser Francisco Goldman para convertirme en la pareja de Aura Estrada. Estaba seguro de ello y sigo segurísimo de que eso hubiera ocurrido.

di-su-nombre-9788415601159-¿Su obra es publicable o está incompleta?

-Publicamos un libro suyo en México. Hice un trabajo casi arqueológico en su computadora porque ella tenía una manera excéntrica de guardar sus textos… Y al final encuentras casi escondido un texto maravilloso. Pero lo suyo era tan fuerte que empezaba como tres cuentos al día.

-¡Qué imaginación!

-Sí, era increíble. Ella podía escribir cosas tan intelectuales o imaginarias como las de Borges. Una reseña, un ensayo…

-Un momento muy interesante del libro es cuando os conocéis, porque escribes que sentiste el amor de verdad. ¿Cómo es eso del amor de verdad?

-Yo nunca lo había sentido. No así. Nunca había  tenido una relación que funcionara bien. Había tenido relaciones que duraron, pero no era eso, y terminaron por algo. Pero uno siente el amor de verdad cuando por primera vez en tu vida el bienestar de la otra persona te importa más que tu propio bienestar. Ella era el centro de mis ambiciones. Sólo quería verla feliz.

-Y desaparece nuestro egoísmo.

-Sí, yo puedo ser una persona muy ensimismada, pero siempre intentaba poner sus intereses por delante de los míos. Estaba muy orgulloso de ser su esposo, de mis responsabilidades como esposo, que me hicieron más productivo. Crecí mucho a su lado. Y no estoy diciendo algo que suene a lugar común, pero todo el mundo me dice cómo cambié al estar con ella.

-¿Cómo cambió?

-Me hice una persona más responsable, mejor persona… Más feliz. Más guapo. El amor embellece porque algo en ti está prendido.

-Hay mucha belleza en este libro. No es una historia trágica.

-Porque estaba tratando de recrear toda nuestra relación. La belleza es un concepto muy elusivo porque uno no define cómo es la belleza, pero dentro de mi yo quería el libro más bello para ella. Trabajé mucho el estilo. Sabía que necesitaba un estilo transparente, para que yo como escritor no me entremetiera entre Aura y el lector. Y para lograr eso tuve que trabajar muy duro. Mis primeras novelas tienen un estilo que intenta llamar la atención del buen escritor que podía ser. Y aquí era un estilo que sirviera a Aura.

-¿Lo abandonó todo mientras escribía este libro?

-No. Tuve que seguir dando mis clases, si no, me hubiera muerto de hambre. Fueron años muy austeros. Ahora puedo vivir bien combinando mi salario y trabajos para revistas y los derechos de mis libros. Pero en esos años rechacé todo menos mi salario como profesor. Fueron años austeros, pero no quería otra cosa.

-Y cuando terminó el libro ¿pensaste que habías terminado con algo? ¿Que había ya algo emocionalmente acabado?

-No. Me sentí bien porque había cumplido mi promesa. Pero el duelo siguió durante un tiempo. Es algo que no puedes controlar. Te domina a ti.

-Hay mucha literatura a partir del duelo. Es decir, hay una relación muy grande entre la literatura y la muerte.

-Sí, y tengo mucho que decir sobre eso. No encontré otra novela en la que al autor le hubiera ocurrido lo mismo que a mí, el mismo tipo de pérdida. Esto de perder a una mujer de treinta años de una forma tan violenta… No exagero cuando digo que este libro está escrito desde dentro de la locura. Fui diagnosticado con estrés postraumático, episodios psicóticos y alucinaciones. Era una realidad alucinógena… Tenía desorden depresivo. Pero rechacé empastillarme porque sentí que tenía el deber de vivirlo todo con ojos abiertos y no quería suavizar nada. Quizá eso forma parte del hecho de ser escritor, que quieres ser testigo. Además, casi todos los libros de este tipo se escriben analizando el duelo, casi dando recetas de cómo vivirlo. Y yo no quería nada de eso.

-¿La poesía te ayudó más?

-Sí, porque es más visceral. Me ayudó mucho el libro de poemas Simply black, de Beverley Wiggins Wells. Pero leí a gente como John Donne… Durante mucho tiempo no soportaba la pura ficción, cosas inventadas, me parecían ridículas.

-¿Después de la tragedia también cambiaste? ¿Y te hiciste mejor?

Hay una cosa que está muy presente ahora. Siempre fue ese misterio, si ese cambio iba a ayudar. Y durante el duelo no lo puedes saber. Mis años de duelo fueron muy solitarios. Fueron cinco años. Según mi terapeuta, porque yo había decidido que esto fuera así. Y quizá porque Aura y yo estuvimos juntos casi cinco años. Yo sabía que me había hecho muchos más fuerte como persona. Casi sin temor a nada. Pero en esos años agradecí mucho a mis amigos, a mis buenos cuates. Aprendí a agradecer qué es la amistad de una manera que no había conocido antes, porque yo básicamente no tengo familia. Pero cuando llegué al final del duelo, sin saberlo, regresé al comportamiento autodestructivo de los primeros meses. Fue muy raro, pero era porque estaba harto de soportar ese peso. Y sentí que me estaba matando con tanta soledad, tanta tristeza, tantos años…

-De hecho, en el libro cuentas cómo cuando gana Obama en el 2008, mientras todos lo estaban celebrando, tú te metiste en la habitación toda la noche a llorar.

-Sí, llorando, porque pensaba cómo Aura hubiera gozado ese momento y a mí ahora de qué me servía. Ahorré mucho amor durante esos cinco años, pero ahora estoy con otra persona…

-¿Sigue existiendo algún elemento de culpabilidad por el accidente de Aura?

-En realidad nunca lo hubo. Fue un accidente tan freaky, tan absurdo, que no puedes pensar que eres culpable. El libro es una búsqueda también de cuál es el crimen. Yo no rechazo la idea de que es verdad que hubo un crimen, pero qué es el crimen. El crimen finalmente es el destino. La existencia es el crimen. Yo lo fui descubriendo paso a paso. Y qué es el destino, pues no puedes separar la palabra destino de todo lo que sucedió. Así que si esto fue un crimen, cada momento de nuestra vida lo es… La culpabilidad es muy existencial. Mi crimen es que yo existí, y también de Aura, porque se enamoró de mí. Si no lo hubiera hecho, ahora estaría viva.

-Pero eso es muy azaroso. El azar nos lleva a un sitio u otro, a una persona u otra. Y eso es incontrolable.

-Sí, pero sientes esa culpabilidad por haber existido. Y puedes volverte loco pensando qué hubiera pasado si nos hubiéramos quedado desayunando cinco minutos más…  Y todo eso es cierto. Hay miles de probabilidades. Yo no hice nada malo, quizá fue ella… No sé.

-¿Con la familia de Aura ya no hay problemas? Porque ellos te acusaron de su muerte.

-No nos hablamos.

-¿Cómo se da cuenta uno de que el dolor se ha superado?

-El dolor nunca se quita. Cada día que pasa vivo con la sensación de terror, y no puedo creer que eso pasó. El trauma sigue ahí. Si mi novia lleva 24 horas sin hablarme y no contesta a mis mensajes, es como si estuviera muerta… Vivo con ese pánico. Un pánico ridículo, pero que es muy visceral.

-Tú eres periodista. Habituado a escribir crónicas, ¿cómo fue introducirte en este género más literario?

-Me ayudó mucho El arte del asesinato político, que es un libro que escribí hace un tiempo y que era bastante ambicioso. Pero fuera de eso, cualquier escritor de ficción podría haber hecho el mismo trabajo de no ficción en revistas que yo. El arte del asesinato político es la única parte de mi carrera como escritor que me influyó a la hora de escribir este libro, porque me enseñó cómo pensar en términos de armar un argumento legal, investigar un caso, juzgar qué calificar como evidencia y qué no… Toda esa manera de analizar este crimen existencial. Sin todos esos años escribiendo El arte del asesinato político no hubiera podido escribir este libro de esta forma. Sobre todo para ese capítulo en el que ella muere, que es lo más duro que he escrito en mi vida, y por eso lo dejo al final del libro, ya que no quería escribirlo.

-¿Echas de menos la profesión periodística?

-No, todavía lo hago de vez en cuando. Durante cuatro años no hice nada de periodismo, pero volví el año pasado e hice dos crónicas, una sobre Argentina para The New Yorker, y otra sobre movimiento estudiantil en Chile para The New York Times. Y me gustó mucho estar ahí en el campo otra vez. Me gustan mucho esas experiencias, pero el tiempo es corto y no sé… En los dos casos fueron encargos, no se me ocurrieron a mí. Y si sucede otro encargo y me gusta la idea, lo haré. Pero ahora mismo el único sitio donde vale la pena publicar es en The New Yorker. Dicen que esto está cambiando con algunos sitios online, pero no lo sé.

-¿Sueles leer los periódicos online?

-Sí, los periódicos sí. Me encanta tener el New York Times en papel, pero casi siempre estoy en México, así que me acostumbro a leerlo online. Incluso en Nueva York lo leo en mi iPhone.

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-¿Qué sigue siendo México para ti?

-Hay un estudio que habla de la idea de pertenecer a una nación y dice que este sentido de nación nace del lugar en el que has enterrado a tus muertos. Eso te liga a un espacio geográfico de una manera mística. Por eso México es mi verdadera casa, ya que allí murió Aura. Y es su ciudad y es mi ciudad ahora. México es donde en el peor momento de mi vida la gente me demostró qué es la amistad. Yo amo a mis cuates de México como mi verdadera familia. Mi nuevo amor es de México. Siento que tengo un conocimiento íntimo. No hay nada más solo en el mundo que ser el superviviente de una pérdida violenta y dramática. Y México está lleno de esa gente ahora porque hay miles y miles de personas muriendo así. Nadie sabe qué está pasando, están llorando todo el día, se sienten en un abismo.

-Lo bueno de la vida es que uno puede volver a enamorarse. Tú lo conseguiste. En la vida puede haber una pérdida, pero también nuevos encuentros.

-Sí, cuando estás listo. Yo tuve una experiencia muy divertida. Ya te dije que este verano volví a mi momento de autodestrucción mientras viajaba con un amigo. Íbamos a los afters… Él buscando bronca… Y un día nos magrearon. Él pudo escapar, pero yo no porque tengo la rodilla mal y me magrearon como quince jóvenes. Versiones jóvenes de Enrique Peña Nieto. Por suerte no me mataron. Y unas noches después de eso, en mi cantina favorita y con este mismo cuate, me estaba riendo tanto que sentí que me dolía el costado y me di cuenta de que no me había reído así en cinco años. Y horas después, esa misma noche, me topé con Yobi… Y ahora es mi novia.

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