Víctor Muiña Fano

Atrápame esa pelota: rugby, béisbol y fútbol americano en los barrios de Gijón

El próximo 23 de febrero la selección española de rugby disputará en Gijón su primer partido oficial en tierras asturianas. Quizá usted no tenía noticia de la organización de un evento de estas características, capaz de captar, por fin, la atención del gran público, pero en realidad habría sido imposible sin la implicación de cientos de personas que, durante años, trataron de introducir la práctica de su deporte en nuestra ciudad. En su vigésimo quinto aniversario, el club más longevo del rugby gijonés, La Calzada Rugby, ha tenido la recompensa de colaborar en la organización del partido de la selección nacional. Por unos días serán los depositarios de los esfuerzos de quienes, hace tiempo, trajeron el rugby a Gijón y del resto de clubes que lo representan. A la vez, otros deportes como el béisbol o el fútbol americano se esfuerzan también por hacerse un hueco entre las disciplinas con más arraigo en nuestra ciudad. Éstos son algunos de los protagonistas que, en plena dictadura mediática del fútbol, capean la tormenta de éxitos del deporte español y tratan de ganarse su presencia en el panorama deportivo de su ciudad.

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El rugby: deporte nuevo, deporte antiguo

Gijón, año 1993, Colegio Público Laviada: el campo de voleibol, las canchas de baloncesto y las dos pistas de fútbol están ocupadas. Como todos los cursos, el deporte rey se ha anexionado vestuarios, materiales y horarios y las demás actividades extraescolares se reparten las sobras, ocupando incluso el receso escolar de medio día. Entre todas las disciplinas deportivas del colegio, dos tardes a la semana, una veintena de niños trota alrededor de una parcela mínima de césped destinada a la recuperación de los deportes tradicionales asturianos. Es una mirada al futuro: en un terreno acondicionado para jugar a los bolos, la rana o la llave, se pasan entre ellos un balón extraño que, al caer al suelo, rebota de forma impredecible.

Logo Calzada RugbyLos demás alumnos los miran extrañados desde la pista de fútbol —todos sueñan con jugar algún día en el Sporting— y, en cambio, los que no tienen un campo en el que entrenar ya pertenecen al club: forman la sección de rugby del Real Sporting que, estabilizado desde hace década y media en Primera División, brinda su apoyo a un deporte que llega desde las mismas tierras que los santos marineros que introdujeron el fútbol en la ciudad. Presta su nombre, que lo es todo en Gijón, pero no puede prestar, en cambio, ni una de las pesetas que ya empiezan a faltar. El rugby, tan antiguo como el fútbol y aún más orgulloso, tendrá que ganarse su terreno como más le gusta: empujando.

Roberto Suárez tiene ahora 29 años y aún recuerda sus primeros entrenamientos en el patio de su colegio. En la actualidad, lleva dos décadas jugando al rugby y quince años en su actual equipo, La Calzada Rugby:

«Realmente, no sabría explicar los motivos por los que empecé a jugar al rugby. Un día, al pasar por delante de la Asociación de Padres, me fijé en que había un panfleto con un resumen de las reglas. Al final ponía: “Apúntate aquí” y, tras unos minutos de reflexión, eso fue lo que hice. […] No había nadie más inscrito y tenía serias dudas de que llegásemos a ser suficientes como para formar un equipo. Ni siquiera estaba seguro de que mi madre me diera permiso, así que llegué a casa y, con algo de miedo, le dije: “Me apunté a rugby…”. Y, para mi sorpresa, no puso ninguna pega. Un tiempo después me enteré de que lo había confundido con el hockey, pero cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde como para echarse atrás».

Equipo Gijón Rugby

En el ecuador de la década de 1990, la desaparición de la sección de rugby del Real Sporting de Gijón dejó sin equipo a un buen número de jugadores. Sin embargo, el proceso de expansión del hermano del fútbol hacia el sur y el este de Europa continuaba y, desde luego, pasaba por Gijón. En España el rugby ha sido, sin duda, el gran olvidado de los deportes de equipo que los británicos exportaron al mundo desde mediados del siglo XIX. Con unas características técnicas compatibles, en general, con los gustos deportivos más extendidos en nuestro país, su escasa popularidad tiene, principalmente, una explicación: el fútbol. Aparentemente no existe ninguna otra razón, especialmente en el norte de España, para que su éxito se haya postergado hasta la actualidad, pero en su contra jugaba —y juega— la desconfianza que genera todo lo desconocido. Si la norma es el fútbol, de repente las porterías del rugby son algo raras; en vez de once jugadores, son quince; y, por supuesto, el balón no es redondo. Y si, además de raro, algo puede considerarse «extranjero», la barrera es aún mayor:

«El principal problema de la práctica del rugby es su desconocimiento. La mayoría de las personas desconocen qué es el rugby y ni siquiera es fácil saber si hay equipos en una ciudad». Miguel Heres (26 años) juega desde hace una temporada como ala en el Gijón Rugby, otro de los tres clubes de la ciudad. Reconoce que, a pesar de haber contactado con el rugby recientemente, tuvo que superar algún prejuicio antes de ir a su primer entrenamiento: «Existe la creencia de que hay que ser enorme para jugar al rugby. Es mentira, hay posiciones para todos. Yo, con 1,77 metros y 69 kilos, estoy jugando al rugby, y le saco una cabeza y diez kilos al jugador más pequeño del equipo».

Aún hoy en día, muchos aficionados al deporte tuercen el gesto al descubrir que el rugby consiste, esencialmente, en avanzar hacia delante a base de pasar el balón hacia atrás, pero a base de riñones sus jugadores han logrado que, en Gijón, varios establecimientos se llenen de gente dispuesta a disfrutar las magníficas retransmisiones del Seis Naciones, el torneo que, anualmente, disputan las selecciones de Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda, Francia e Italia. Esas a las que nos queremos llegar a parecer. Un rápido vistazo a alguna de esas cervecerías revelará que alguno de los clientes es sospechosamente grande, pero cada vez más personas que jamás ha pisado un campo de rugby disfrutan bebiendo una pinta de cerveza mientras admiran el respeto a los himnos, al adversario, al árbitro. Al propio juego. Y es que, quien admire el deporte, admirará el ceremonial del rugby.

Fútbol americano: una nueva cultura deportiva

Ciertamente, el componente cultural debe ser tenido en cuenta al reflexionar sobre el panorama deportivo actual. Los flujos migratorios, Internet y la explosión de las retransmisiones deportivas de todo tipo nos han ido acercando nuevas disciplinas y han atomizado los gustos. Sin el acceso a otras culturas deportivas habría sido imposible que, en los últimos años, las preferencias de los consumidores hubiesen dado cabida a deportes tan diversos. Un ejemplo paradigmático de este proceso es el del otro gran deporte anglosajón —en este caso norteamericano— del balón ovalado: el fútbol americano puede parecer similar al rugby a ojos de un profano, pero se parece a su hermano mayor tanto como los cien metros lisos a los tres mil obstáculos.

Tras algunos intentos en las dos últimas décadas del siglo XX, el football se ha instalado en Gijón de la mano de los Mariners. El deporte que practican parece haber nacido del mismo modo que el país que lo creó: tras una guerra contra sus orígenes. Si el rugby requiere un esfuerzo continuado, casi ininterrumpido, el fútbol americano exige lo opuesto: carreras explosivas hacia la meta, acciones fugaces y espectaculares en las que cada jugador tiene una función clara, definida y especializada. Dosis concentradas de potencia y precisión tras las cuales es posible cambiar de estrategia o, por qué no, comprar un refresco en la grada.

Adrián Nicieza (28 años) es linebacker de los Mariners. Salta al campo cuando su equipo está defendiendo y, en cada jugada, debe interpretar si los adversarios van a tratar de avanzar con el balón controlado o de lanzar un pase (en este caso, hacia delante). Tanto él como el resto de los integrantes del equipo defensivo siguen una preparación específica que busca maximizar su capacidad para placar e interceptar las jugadas de los rivales. Si lo consiguen, pueden recuperar fuerzas satisfechos mientras otros once compañeros tratan de superar sanos y salvos a sus homólogos adversarios. La primera parte de una conversación con un gijonés que juega a fútbol americano se parece mucho a la que se puede tener con un jugador de rugby: aquí también chocamos con el desconocimiento y la escasez de medios. Sin embargo, rápidamente, el origen del football dirige la atención hacia el triunfo de ciertos valores que, como el propio deporte, reinan en Norteamérica y, cada vez más, en Europa. El testimonio no puede llegar, además, desde un lugar más significativo: un local abarrotado por gijoneses que se reúnen en la madrugada de un lunes para beber cerveza, comer hamburguesas y disfrutar de la Superbowl, el acontecimiento deportivo que anualmente paraliza Estados Unidos. Han sido convocados por los Mariners, un club tan dinámico como su propio deporte y que, por una noche, ha logrado acercar un trozo de Luisiana hasta Gijón:

«Lo que más me gusta de este deporte es la mentalidad que exige. Es extremadamente importante mantener la frialdad y ser positivo. Tienes que olvidar cada jugada en cuanto termina y concentrarte sólo en la siguiente. Sólo debes pensar en lo que tienes que hacer para ganar la próxima yarda».

«Se incide mucho en la disciplina y la jerarquía dentro del equipo. Se nos inculca que el respeto a los entrenadores, rivales y árbitros tiene que ser máximo; cualquier programa universitario de football tiene un apartado dedicado a estas cuestiones y el incumplimiento del mismo conlleva la expulsión. Sin miramientos. La imagen es muy importante. Mucho más que en los deportes más populares en España.»

Logo MarinersExisten otras diferencias. En el fútbol americano los equipos no se tantean al inicio del encuentro; no hay margen para la especulación y, cuando el balón está en juego, los deportistas deben vaciarse hasta que la acción se vea interrumpida. Esas necesarias pausas, que suponen una fuerte barrera para algunos espectadores, son en realidad la esencia de este juego: «Añaden una capacidad táctica que no se ve en otros deportes. Los amagos, engaños y la cantidad y variedad de jugadas es enorme y ésa es una faceta que en ocasiones se ignora. […] La fuerza física no es lo único que cuenta: la estrategia es realmente vital».

El jugador de los Mariners nos habla de las dificultades de compaginar el deporte con el trabajo y de la energía que transmite, en este sentido, el respeto de la plantilla por el intenso trabajo del equipo técnico, integrado por unos profesionales que ejemplifican el proceso de expansión de su deporte: a Daniel Castañón Sánchez (Gijón, 1976), uno de los fundadores del club y encargado en la actualidad de la coordinación defensiva del equipo, se ha unido Jesús Efrén (México, 1977), que ha traído consigo el conocimiento de métodos de entrenamiento perfeccionados durante generaciones y el respeto por un deporte que en sus tierra es una verdadera pasión.

Y es ahí, en ese punto en el que confluyen otras culturas con personas deseosas de conocerlas, en el que surge una síntesis que enriquece el territorio en el que se reúnen.

Béisbol: el otro rey del deporte

Si es usted un purista del esférico, no se preocupe: no todos los deportes que se han instalado en Gijón en las últimas décadas tienen un balón tan revoltoso como el rugby y el fútbol americano. Quizá le alegre saber que uno de ellos, que se juega con una pelota redonda como Dios manda, le ha dado a Gijón uno de sus grandes títulos a nivel nacional: una Copa del Rey en el 2008. Más extraño podría resultarle, en cambio, el bate con el que se golpea la pelota, el terreno de juego o el hecho de que el equipo que tiene la posesión es el que defiende. Como el football, el béisbol nació en Estados Unidos cuando se organizaron las reglas de una serie de juegos que habían llegado desde Europa a lo largo del siglo XVIII, pero, en realidad, siempre han existido deportes muy similares. Además, a diferencia del fútbol americano, que, a pesar de haberse extendido hacia México y Japón, sigue manteniendo su base cultural en Estados Unidos, el béisbol ha traspasado prácticamente todas las fronteras. Como siempre, la vieja Europa se ha tratado de resistir, pero comienza a haber signos inequívocos de que estamos empezando a flaquear.

Campo de la laboral

A pesar de ser una disciplina olímpica desde Barcelona 92 —el rugby, por su parte, volverá de nuevo a los Juegos en su modalidad a siete jugadores a partir de Río de Janeiro—, el béisbol ha encontrado muchos obstáculos en su camino: la «pelota» —así se refieren a este deporte en muchos países de habla hispana— es tan desconocida como el balón ovalado y, además, tiene que luchar contra una serie de estereotipos que la tratan de convertir en un deporte «nuevo» y exclusivamente norteamericano, cuando es, por derecho propio, uno de los más populares del mundo.

Basta con pasear por las calles del país con más medallas olímpicas de béisbol, Cuba, para comprender la fuerza de este deporte: en cada rincón de cualquier ciudad hay, a todas horas, un grupo de niños que no necesitan más que un palo y una pelota para divertirse y, a su lado, quienes ya no tienen edad o energías para jugar, se sientan a la sombra y discuten acaloradamente sobre béisbol. Es una pasión tal, que un observador arriesgado podría llegar a afirmar que la pelota significa para ellos más que para nosotros el fútbol. Y es que, lo que a ojos de un europeo parece un deporte extraño, es en realidad un entretenimiento sencillo y divertido que conquistó de forma fulgurante Centroamérica y el Caribe, llegando hasta Venezuela y Colombia y que, fuera de su continente, ha triunfado también en Japón, Corea del Sur, Taiwán, Australia… y en Europa, donde recientemente ha crecido su práctica, destacando en este sentido Holanda, máximo exponente del béisbol europeo, Italia y España. Nuestra selección acumula un Campeonato Europeo, un subcampeonato y doce bronces.

En Gijón, la pelota empezó oficialmente a volar —que no a rodar— en la década de 1980. El béisbol no ha contado, ni entonces, ni ahora, con una presencia en los medios comparable a la del rugby o, incluso, a la del fútbol americano, que, a pesar de vivir a la sombra de otros deportes, disfrutan del seguimiento creciente de los mayores acontecimientos mundiales de cada temporada. En este caso, la importancia de los gijoneses que empezaron a jugar a béisbol y de las personas que lo trajeron desde sus países se multiplica. Podría decirse, por tanto, que la pelota nos ha llegado, más que cualquier otro deporte, a través de sus gentes.

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«No tenemos queja alguna de los medios asturianos. Al contrario.» Fernando Lorences fue jugador de béisbol y en la actualidad se encarga de las labores de marketing de El Llano Béisbol Club, organiza actos y dirige su oficina de prensa. Conoce de primera mano las dificultades deportivas y sociales con las que ha tenido que lidiar la pelota: «El béisbol es un deporte distinto a los habituales en Europa y, al principio, la gente suele tener problemas para acostumbrarse a su dinámica. Éste es un problema que teníamos incluso con los familiares de los jugadores, pero creo que se ha hecho un gran trabajo en este sentido y, ahora, muchos aficionados al béisbol lo son porque han conocido el deporte a través de sus hijos. Hoy en día, en Gijón es infrecuente que un jugador tarde en averiguar que dispone de varios clubs y campos donde jugar a béisbol».

El jefe de prensa de El Llano Béisbol nos explica que, en Gijón, cualquier niño que quiera jugar al béisbol no sólo puede hacerlo, sino que, además, podrá integrarse en un equipo de su nivel que le ayude a progresar: «Muchos jugadores proceden de países de Iberoamérica y ya tienen experiencia, con lo que su base técnica es ya muy importante». En el panorama local de béisbol hay que añadir, a la presencia de su club, la de su propio filial, Diablos, y la del Club Junior, que disputa competiciones regionales de béisbol. Pero no son los únicos que han comprendido que el éxito de su actividad depende de su trabajo con el deporte base: los Mariners cuentan actualmente con equipos en categoría junior y cadete y, desde el verano, existe un segundo club en esta última categoría, los Raptors; y, por supuesto, los tres equipos del rugby gijonés (La Calzada Rugby, Gijón Rugby y Campus Gijón Rugby) y sus respectivos filiales, continúan articulando la cada vez más importante práctica de su deporte. Un dato especialmente significativo en este sentido es que las tres disciplinas cuentan con diversos equipos femeninos integrados en los clubes gijoneses. En Gijón, el rugby, el fútbol americano y el béisbol son para todas y todos.

Mirando al futuro

En un periodo tan fugaz, en términos culturales, como tres décadas, el rugby ha empujado obstinadamente hasta que le hemos concedido sus yardas; el fútbol americano ha aparecido aquí casi sin que nos diéramos cuenta y nos mira sonriente como si fuera gijonés de toda la vida; y el béisbol, por último, parece arreglárselas bien solo: le basta con que le dejemos un poco de sitio para desarrollarse. La integración a nivel local de todos estos deportes ha sido tan rápida que jugadores que actualmente disputan partidos en alguna de las categorías más nobles del deporte español son en realidad herederos directos de quienes los introdujeron por vez primera en la ciudad. Quien hace veinte años entrenaba en trozo de césped mal acondicionado y, finalmente, se quedaba sin equipo, hoy colabora en la organización del primer partido internacional de rugby que se disputará en Asturias.

El deporte, especialmente el amateur, es una manifestación cultural unánimemente apreciada: los beneficios que aporta a la sociedad son innegables y, sin embargo, en el contexto actual, tendemos a olvidar estos beneficios cuando reflexionamos sobre los profundos cambios culturales que fenómenos como la globalización o la inmigración han provocado.

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Hoy, el deporte en particular y la cultura en general sufren una escasez de inversiones públicas y privadas ante la cual los aspectos negativos de nuestra realidad parecen multiplicarse. Por eso cobra especial importancia que tengamos la oportunidad de conocer el rugby de la mano de la selección española, el día 23 de febrero en Las Mestas, y que casi cualquier fin de semana podamos elegir entre ir a ese mismo recinto a ver el partido de uno de los equipos locales, un encuentro de fútbol americano o, incluso, acercarnos a los campos de la Universidad Laboral para ver en directo un partido de la máxima categoría del béisbol nacional.

Sin embargo, lo más importante de todo es que hoy en día los gijoneses que quieren disfrutar del deporte tienen más posibilidades que nunca a su alcance. Objetivamente, al menos en este aspecto, hemos logrado enriquecernos haciendo que Gijón sea un lugar mejor.

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