Pablo Batalla Cueto

Nuestra mejor mitad. Ricardo Mojardín en Gema Llamazares

Pasajero-CF5

Luis Mojardín: Perro pasajero

Se dice a veces de algunos animales que tienen una mirada extraordinariamente humana, pero se dice mal. Encontramos nobleza en los ojos de un caballo, lealtad en los ojos de un perro, tristeza en los ojos de un ternero o inteligencia en los ojos de un gato, y creemos que el contacto continuado de los animales domésticos con los seres humanos ha acabado por transferir a las bestias —todo se pega, menos la hermosura— algunos de nuestros comportamientos. Craso error. Quienes han vivido en el campo, tienen buenos amigos en el reino animal o poseen la sensibilidad suficiente como para darse cuenta de que el antropocentrismo no es más que un delirio de grandeza como otro cualquiera, saben que, en realidad, sucede al revés. No son los perros quienes acaban pareciéndose a sus amos, sino los amos quienes acaban pareciéndose a sus perros. Es a nosotros —a algunos de nosotros, a pocos de nosotros— a quienes el roce, la doma, logra inculcar en ocasiones las virtudes que los animales nunca han dejado de tener.

Los animales retratados por Ricardo Mojardín (Boal, 1956) no tienen una mirada extraordinariamente humana, aunque lo parezca. Tienen una mirada ordinariamente animal, y tal vez, pero sólo tal vez, sea posible que algunos de los visitantes de la exposición  que alberga la galería Gema Llamazares de Gijón tengan miradas extraordinariamente animales que se asemejen a la de los retratados.

Componen la exposición cincuenta pinturas que hacen a uno imaginarse un photocall a la entrada del Arca de Noé. El arca, colosal como un transatlántico de madera, atracada en un sencillo puerto; el cielo encapotado, la mar en estado de creciente inestabilidad, una larga cola de parejas de animales aguardando con paciencia la entrada en el barco, y, a la entrada del mismo, un photocall; una de esas tonterías de moda consistente en un espacio para que los participantes en un evento social se saquen una foto al llegar al recinto en el que se celebra la fiesta. La obra de Mojardín sería algo así como el resultado de ese photocall, si bien con una notable particularidad: en los photocalls humanos suelen ser los bípedos más estrafalarios y emperifollados los que corren a retratarse; en el photocall de la fiesta animal de Mojardín sucede todo lo contrario. Los animales retratados por Mojardín son los más sencillos, los menos exóticos, los más telúricos, los que el artista conoce de una niñez arcádica en El Rebollal, un maravilloso paraje rústico del concejo de Boal colgado de una colina boscosa como un balcón sobre el río Navia. Gatos inteligentes, perros leales, caballos nobles y vacas tristes (morituri te salutant). La infantería de choque del ejército animal.

En esas expresivas miradas animales, a ratos inquisitivas, que conforman Pasajeros relumbra una oda a la sencillez, un grito mudo destinado a instarnos a que extraigamos de las profundidades de nuestras almas esa mitad animal que es lo mejor que hay en nosotros.

Pasajeros estará en la Galería Gema Llamazares (Gijón) hasta el 23 de febrero.

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