Pablo García Guerrero

En pañales. Lugo 1, Sporting 2

Fotografía de El Comercio

Fotografía de El Comercio

Césped ramplón, arbitraje locuelo, estadio de juveniles y patada a seguir: la Segunda en su máxima expresión. La patada a seguir es la del Sporting, enfrentado, como en la primera vuelta, a un equipo que le enseña unos cuantos conceptos de fútbol, trato del balón e ideas claras, el Lugo, ahí es nada. Si no llega a ser por la expulsión, se le habría estropeado el juego de palabras con el verde esperanza a la prensa local, y estaríamos, yo, estaría, pidiendo cabezas, dedos y orejas. Las pido igual, para cuando sea el reparto, orejón.

La literatura de las actas arbitrales, como la de las multas, hechas ambas por miembros de la autoridad reconocida que han pasado exámenes y llevan silbato, refleja bastante bien la altura intelectual a la que hemos llegado como país. Veamos la expulsión del tío del Lugo: «el jugador (8), Fernando Seoane Antelo, fue expulsado por el siguiente motivo: dirigirse a mí en los siguientes términos: “Me cago en tu puta madre”». Le he puesto comas y acento en mí. A Trejo, luego, cuando marcó (ya era hora), le sacó amarilla. Razona así el colegiado Jorge Valdés Aller (Comité Castellano-Leonés): «precipitarse hacia las vallas para celebrar el gol». Precipitarse… Y una más: el utillero del Sporting fue amonestado «en el minuto 25 por hacer observaciones sobre una de mis decisiones». Pero ¿eran observaciones ofensivas? No lo dice, así que nos basta con saber que no se pueden hacer observaciones al árbitro, y punto. Y menos si eres utillero. Ni precipitarse hacia las vallas. Ni cagarse en su puta madre a diez metros de distancia.

Guerrero celebra el primer gol. Fotografía de El Comercio

Guerrero celebra el primer gol. Fotografía de El Comercio

Si no es por eso, digo, lo de cagarse en su puta madre, estaríamos hablando de otra cosa, porque el partido que perpetró el Sporting ayer es indigno de los cientos de aficionados que fueron a Lugo a comer y emborracharse. El planteamiento vuelve a ser de una racanería impropia de la institución y del puesto que ocupa el equipo. Como nos temíamos frente a la tele (un pero canoso, la del bar que no sabe que hay partido, toma el mando a ver si lo encuentras, Gijón fin de semana de invierno, planazo), Sandoval iba a echar mano de su juego de llaves para el cerrojo semanal, que tan bien le salió contra el Racing, y ya estaba Lora preparado para saltar a «reforzar» el centro del campo cuando va el Lugo y no se le ocurre otra cosa que marcar, y cagarse un poco en la puta madre de alguien, de paso. Entonces a José Ramón ya no le valía el cerrojo, porque los que habían ido a Lugo a ver ganar al Sporting y luego comer marisco y emborracharse (o en el orden inverso) a lo mejor saltaban a su cuello, robusto lo tiene, y los ojos muy juntos, así que no le quedó más remedio que meter a dos delanteros (¡dos!): de una combinación entre ellos vino el gol de Trejo, que le valió la amarilla por precipitarse a la grada, como sabemos, de la que caían muchachotes azorados y eufóricos, y José Ramón Sandoval Huertas debió de pensar que salía vivo de Lugo.

Lamentable planteamiento el del entrenador (imposible subir jugando así), acorde con la mejor Liga del mundo del país más atrasado del hemisferio. Y ahora se están pensando clavarnos quince euros para ver a Rivera-que-no-valía-para-el-Sporting: rebusca calderilla en los pantalones, ¡con lo que fuimos tú y yo!

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