Pablo Batalla Cueto

«El humanismo ha sido siempre una actitud de resistencia frente a la barbarie» Entrevista a Pedro Olalla

Pedro Olalla González de la Vega, autor de Historia menor de Grecia, es un español por el mundo, y uno que sería un candidato ideal a aparecer en el famoso programa de televisión. Es asturiano de Oviedo, vive en Atenas desde los veintiocho años que cumplió en 1994, posee un conocimiento profundo del país y, sobre todo, brilla con el lustre de un notabilísimo éxito profesional. Su currículum vitae, en el que descuella la negrita de instituciones como el Instituto Cervantes, el Parlamento griego, National Geographic, la Radiotelevisión Griega o casi treinta obras publicadas, es difícil de resumir con la concisión de una tarjeta de visita: renacentista en la edad de las aeronaves, Olalla funge como escritor, profesor, traductor, cineasta y fotógrafo. Un hipotético «Humanistas por el mundo» de un hipotético Canal de Historia sin ovnis ni hagiografías de Reagan sería otro púlpito ideal para Olalla, hombre inquieto, progresista y combativo, uno de esos pocos personajes a los que aplicar el cliché del carácter fuerte y el verbo sin tapujos no resulta trillado y falaz. Pedro Olalla González de la Vega es un español cabreado y un griego furioso, para qué negarlo. Las autopistas del ciberespacio hacen posible que sus opiniones acerca del lugar del humanismo en el mundo de hoy, de cómo de fatal está La Cosa, de si España es Grecia, de si Grecia es Weimar y de si Grecia es el borde de un tremebundo precipicio lleguen hasta nosotros sin el complicado trámite de un vis à vis en alguna cafetería de la patria chica que visita poco.

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—¿Cómo ha sido acogida la Historia menor de Grecia en aquel país?

—Muy bien. En todos estos años, todo lo que he hecho en Grecia ha sido recibido por los griegos con mucha gratitud. Me siento bien pagado.

—Le habrán preguntado esto unas cien millones de veces, pero, ¿por qué Grecia? ¿Qué lleva a un joven ovetense a sumergirse en la cultura griega y a acabar mudándose a Atenas?

—Es cierto; a esa pregunta he respondido de tantas maneras que ya no puedo ser original. Esta vez intentaré sólo ser breve. Me interesó y me interesa Grecia porque Grecia y los cultivadores de su legado espiritual nos han señalado una actitud denodada y valiosa por la que merece la pena esforzarse y que aún sigue siendo revolucionaria: la actitud humanista. Lo que me llevó a instalarme en Atenas fue el deseo de hacer helenismo in situ y no «a distancia»; el deseo de estar en contacto permanente con la Grecia de hoy y con la del pasado, con las personas, con la lengua, con las fuentes y con los lugares, y de encontrar estímulos en esa «combustión». Un interés especial por explorar la dimensión cultural del espacio marca el conjunto de mi obra, y ese interés no podía surgir sino del contacto con el medio.

—¿Cómo están las cosas allí? Los periódicos españoles, después de unas semanas de atención, se han quedado absolutamente callados al respecto de la actualidad griega. ¿Se han calmado las cosas, ha mejorado la situación?

—La candidez de tu pregunta demuestra el éxito del aparato mediático oficial. ¿¡Cómo va a mejorar la situación, por el camino por el que va!? Mejora sólo para las élites que han generado este proceso y que se benefician de él. Para el resto empeora día a día. Y de forma cada vez más violenta. Hablamos de más de tres mil suicidios, de crímenes racistas, de hambre. Pero de todas las violencias, la peor es la de guante blanco, la ejercida por el poder a favor de intereses particulares y al amparo de una falaz legitimidad democrática; la de gobiernos que, lejos de garantizar el derecho a la manifestación pacífica, gasean sistemáticamente a quienes tratan de ejercerlo para no sentirse cómplices de la injusticia; la de «representantes» de oídos sordos que no se atreven siquiera a asomarse a la ventana de su parlamento para ver que, desde hace ya tiempo, gobiernan de espaldas a una ciudadanía cada vez más desesperada; la violencia de estar mintiendo reiteradamente a esa ciudadanía y de escamotearle un referéndum para pronunciarse sobre pactos que la comprometerán durante largos años y que están siendo firmados en su nombre por gobiernos colaboracionistas de muy dudosa legitimidad democrática. La violencia de haber dejado a treinta mil personas sin hogar durmiendo entre cartones otro invierno más, de haber situado ya al 21% de la población del país bajo el umbral de la pobreza, de condenar a una generación al paro, a la emigración o a la miseria de ser contratado por 500 euros y acribillado a impuestos. La violencia de cortar el suministro eléctrico a las familias mientras se subvenciona a fondo perdido a la banca, la de que para ver cumplido el derecho fundamental a la vivienda haya que hipotecarse de por vida con los lobbies de la ingeniería financiera, la de estar desmantelando el Estado social y democrático para pagar la insensatez de los políticos y el descontrol de la especulación, la de estar enajenando la riqueza y la soberanía nacional ante la sumisión y el miedo de sus verdaderos dueños. Así está Grecia; ésa es la situación real. Y ninguna medida de las que se toman va encaminada a mejorarla.

—¿Ha sido la victoria de los conservadores pro-rescate de Nueva Democracia una huida hacia adelante, un «pan para hoy y hambre para mañana»? ¿Cree que cuatro años de gobierno más para los fautores de los recortes no harán más que agravar las cosas?

—Más que una huida hacia delante ha sido una profundización en el pozo. El gobierno actual no tiene nada que ofrecer al país. Es más; el continuismo en esta línea desde cualquier gobierno no conduce más que al empobrecimiento del pueblo, al trasvase acelerado de la riqueza común a menos manos, a la reducción progresiva de las conquistas sociales y democráticas, a la pérdida de la soberanía y de la libertad a manos de los «acreedores» y a la disolución de facto del Estado griego. No basta un cambio de gobierno o unas elecciones si con ello no se rompe con los «compromisos» adquiridos y con la política de endeudamiento y rescate. Si dentro de la Unión Europea no se crea urgentemente un frente común entre los pueblos para obligar con decisión a las instituciones de gobierno a abandonar la actual «hoja de ruta», cosa que se demora pese a la grave situación de muchos países, Grecia sólo se salvará con una refundación del Estado, con una refundación del Estado por parte del pueblo. Disolución del parlamento, asamblea constituyente, nueva Constitución… Una sucesión de Estado, como se denomina en el derecho internacional, donde  ese nuevo Estado tendría margen para decidir qué compromisos asume o no de los contraídos por el Estado anterior.historia-menor-de-grecia-400-631

—Aparentemente, la situación actual de Grecia se asemeja a la de la Alemania de Weimar: una democracia republicana joven, desbordada por una crisis terrible, en cuyo interior crece vertiginosamente un terrorífico movimiento nazi. ¿Es atinada esta comparación? ¿Cómo se ven las cosas desde allí? ¿Acabará Grecia igual que aquella Alemania?

—Puede que el crecimiento del fascismo en Grecia haga pensar en ello, pero en mi opinión la situación es muy diferente, sobre todo por lo que respecta a las condiciones de la deuda. El auge de la extrema derecha xenófoba y fascista es una reacción desde el miedo, la ignorancia y la insolidaridad de quienes confunden las consecuencias con las causas, de quienes creen que los emigrantes no son las víctimas de la economía globalizadora sino los causantes del paro y de la recesión. Piensan que la culpa de sus carencias la tienen los más necesitados y creen, o quieren creer, que una mano dura pondrá las cosas en su sitio y gobernará en beneficio de todos sin necesidad de nuestra implicación en el asunto, y que la solución a los males del capitalismo puede venir de la mano del fascismo. En cuanto a las condiciones del país frente a la deuda, la situación de Grecia hoy no tiene nada que ver con la Alemania de Weimar ni aun con la de la Alemania perdedora de la segunda guerra mundial. En ambos casos los acreedores fueron indulgentes con la nación alemana, y eso que se trataba de indemnizaciones de guerra y no de una deuda derivada fundamentalmente de la especulación y la corrupción. El crack del 29, el plan Young, la moratoria Hoover y las negociaciones de Lausana dejaron reducida casi en un cien por ciento la deuda de Alemania tras la primera guerra mundial. En la segunda, el tratado de Londres actuó en el mismo sentido. Pero no sólo eso. El principio que entonces orientaba la política de los acreedores era que Alemania «pagara sin empobrecerse». Hoy la actitud es diametralmente opuesta. ¡Y en el seno de la Unión Europea! Entonces Alemania debía pagar el grueso de su deuda en su moneda nacional; hoy Grecia debe hacerlo en una moneda que no puede controlar. Entonces, los aliados aceptaron la reducción de sus exportaciones a Alemania para favorecer la producción interna de ésta y para estimular al mismo tiempo sus exportaciones; hoy, Grecia privatiza su riqueza en beneficio de los acreedores, tiene prohibido subvencionar o proteger sus productos locales y está obligada por Alemania y Francia a no recortar el gasto militar que destina a comprar armamento a estos países. Entonces el acuerdo contemplaba la posibilidad de suspender los pagos y de renegociar las condiciones, con competencia de los propios tribunales alemanes, si se presentaba un cambio sustancial que limitara la disponibilidad de recursos; hoy todos los «compromisos» que Grecia ha ido firmando han sido sucesivos pasos para garantizar los intereses de los acreedores sin tener en cuenta los recursos e incluso por delante de las necesidades de la población, adoptando medidas como la creación de una «cuenta cerrada» para el bloqueo del 63% de los ingresos del Estado, con vistas a la atención preferente del pago de la deuda, como el proyecto de elevación de esa obligación deudora a norma constitucional, o como la vinculación de los acuerdos a derechos «de conveniencia para el acreedor» británico y luxemburgués. Y por si todo esto fuera poco, basta recordar que entonces se estableció que Alemania no destinara al pago de sus deudas más de un 5% de sus ingresos por exportaciones, mientras que hoy, para Grecia, no se han fijado límites, y, siendo realistas, para sufragar esa supuesta deuda tendría que destinar a su amortización el 40% del PIB.

—¿Cómo se ve a España en la distancia? ¿Es España una futura Grecia?

—Al principio de todo este proceso de extorsión y saqueo bautizado tendenciosamente como «crisis», el discurso político y mediático en España era afirmar con displicencia que «España no es Grecia». Creo que, a estas alturas y a la vista de los hechos, esta afirmación despectiva y falaz sólo se puede mantener por ignorancia o por conveniencia. ¿Acaso es España menos dependiente de los mercados financieros que Grecia? ¿Está su gobierno menos influido por los poderes fácticos? ¿Mira más su clase política por el interés común? ¿Es menos corrupta? ¿Está la riqueza mejor repartida? ¿Hay menos población afectada por la precariedad y el paro? ¿Apunta la política de su gobierno en una dirección netamente distinta?

—¿Se habla de España en los periódicos griegos?

—De España no se habla mucho en Grecia, porque conviene hacer creer que los problemas son endémicos y no epidémicos. Sin embargo, en Grecia, en España, en Europa y en el mundo, la situación actual se debe en el fondo a lo mismo: a los intereses y el corporativismo de las élites dominantes, y a la credulidad y la pasividad de la ciudadanía (o de los dominados). Sólo reflexionando, compartiendo y actuando en común y sin miedo podemos conseguir crear una alternativa urgente a esta situación. Si los pueblos de Europa conseguimos salir de la apatía y la resignación, la humanidad entera dará un paso adelante. Si no lo conseguimos, pronto dará muchos pasos atrás.

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—¿Qué significa ser humanista en el mundo de hoy?

—Lo mismo que ha significado siempre, cultivar el espíritu para militar consciente y generosamente a favor de la dignidad humana y perseverar en el intento de construir un mundo alejado del dogma y sujeto al cuestionamiento, a la ética, a la estética, a la justicia y a la libertad. Esa actitud, por supuesto, no es exclusivamente griega; ha sido, de hecho, reiteradamente traicionada por muchos griegos; pero ha sido conceptuada, cultivada, defendida y recuperada, una y otra vez a lo largo de la historia apelando de manera especial a la herencia griega.

—¿Cuál es el futuro del humanismo y de las humanidades? ¿Peligra todo ese legado humanista procedente de Grecia?

—El futuro depende en gran medida del presente, y en el presente las conquistas civilizadoras de esta actitud, entre ellas la educación, la política, la justicia y la democracia, están siendo desmanteladas desde el poder para pagar los despropósitos de las élites dominantes. Pero esto no es nuevo. En el fondo siempre ha sido así; el humanismo ha sido siempre una actitud de resistencia frente a un entorno adverso y bárbaro, y sus conquistas están constantemente amenazadas porque atentan contra el egoísmo y porque necesitan de la virtud individual para sustentarse. Me temo que el futuro no habrá de diferir en esto.

—Si hubiera que escribir una Historia menor de esta crisis, de esta última década en Grecia, ¿qué puñado de personajes o momentos escogería como más representativos?

—Habría infinidad de personajes y de momentos. Algunos pertenecen a mi entorno más próximo, a mi propia vida. En realidad, aunque raramente llegue a escribirse, la historia menor no se detiene.

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