Jorge Alonso

Carnal etéreo: Push the Sky Away, Nick Cave and The Bad Seeds.

front

«El problema fue que ella tenía una libretita negra, y mi nombre estaba escrito en cada página»

Jubilee Street.

Podemos decir de Push The Sky Away que es Jubilee Street y ocho más, del mismo modo que podemos decir que el Barça son Messi y diez más. Pero qué diez, pero qué ocho.

Deberíamos echar la vista atrás, hasta The Boatman´s Call (Mute, 1997), el disco en el que Nick impuso por vez primera una paleta severa, clásica, mínima y genial a unos Bad Seeds que ya son leyenda, como los Crazy Horse, como la E Street Band. En aquel disco se evisceró doce canciones preciosas y sanguinolentas. En esta ocasión nos regala nueve gotas del nuevo tarro de las esencias, ahora capitaneado por Warren Ellis, una vez que el esencial Mick Harvey hubo abandonado el barco, harto de festivales, de canciones que  escapaban a su control, de no heredar el asiento a la derecha del padre que ocupó Blixa Bargeld, y tal vez de no llevarse la parte del pastel que creía merecer, y seguramente merecía.

En este disco no hay pornografía sentimental, exquisita y extrapolable, no vive Cave las convulsiones que el fin de su relación con Vivianne Carneiro y el  intenso  romance con la reina Polly Jean zarandearon sus entrañas, hasta el punto de tener que volcarlo todo en un disco imprescindible. Basta ver las portadas, en aquel había un Nick gruñón, más negro que blanco, pared de ladrillos al fondo, mirando de reojo, en este hay uno enfundado en su habitual elegancia que abre las ventanas de una habitación Imagine junto al desnudo puntillas de Susie Bricks, modelo y esposa del artista. Nick ya no parte del desgarro de su existencia, la observa desde la seguridad del hogar y deja que las Malas Semillas arropen con mimo el resultado. Bien por él.

No hay ni sobresaltos ni hastío en este nuevo disco. Hay mucha juventud a la que mirar, la que rodea en casa y en la calle a su autor. Hay imaginación, sirenas, el Bosón de Higgs, parejas, letras cuidadas, a veces sutiles, a veces inquietantes,  arreglos precisos e imaginativos que construyen un nuevo sonido propio, hay una voz que mejora cada día, sobre todo en este tono reposado, teclados que acompañan sin empalagar, guitarras sutiles, bajos férreos que tensan la canción sin dejarla arrancar, arañas que se escabullen entre las piernas, agua, mucho agua, luces que acaban de encenderse, rimas fáciles (Hanna Montana como la sabana africana), obsesiones de viejo verde (con la misma protagonista de la rima anterior), hay referencias a Brighton (algunas erradas, Jubilee Street no es la calle que él creía), ternura, amor malsano, amor remendado, arreglos de cuerda, voces femeninas y voces infantiles. Y, no sé por qué, cierta sensación de anochecer en un paseo marítimo. No es que sea el mejor disco de Nick Cave & The Bad Seeds, es sólo un muy buen disco. Sólo eso.

Un disco grabado para ser escuchado de seguido, que no demuestra a la primera lo bueno que es. No es polvo de una sola noche, es un amante a largo plazo. Se grabó en Francia con mimo y con Warren Ellis, Jim Sclavunos, Thomas Wydler (a quien una enfermedad impide girar, al menos de momento) y Martyn P. Cassey asistidos por Daniel Lanois. Y sobre todo, este disco no funciona como descarga ocasional, está pensado para escucharlo sin más. Sin libro en las manos, sin hacer otra cosa, dejando que vaya fluyendo por entre las rocas. Aunque merece la pena pasear con él. Dejar que la belleza de Wide Lovely Eyes con sus olas y sus manos diciendo adiós, el susurro inclasificable de We No Wo U R, los arreglos de marca en Water´s Edge, que envejece y se enfría, la delicadeza de Mermaids (toda una oda a la capacidad de creer, en sirenas, dioses o vírgenes en un cielo abarrotado), el voyerismo de Finishing Jubilee Street, las digresiones de Higgs Bossom Blues y la perfección de Push The Sky Away hagan de nuestros pasos algo más de lo que meramente son. Tal vez lo que los pasos debieran ser, lo que los discos debieran ser.

Y por supuesto, está Jubilee Street.

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