Pablo Batalla Cueto

Ricardo Menéndez Salmón: «Vivimos presos de una ideología muy poderosa, que es la ideología del miedo» (entrevista)

382299_10151302659262862_482424240_n

Los horóscopos aseguran que los nacidos bajo el signo de acuario son positivos y optimistas y que rara vez pierden la esperanza. Que poseen una gran conciencia social y capacidad de comunicación, y que son independientes, humanitarios y leales. Por supuesto, esto es una monserga como otra cualquiera (efecto Barnum: los individuos dan aprobación de alta precisión a descripciones de su personalidad que supuestamente han sido realizadas específicamente para ellos, pero que en realidad son generales y suficientemente vagas como para poder ser aplicadas a un amplio espectro de gente), pero sabido es que los relojes parados dan la hora exacta dos veces al día. En el caso de Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 18 de febrero de 1971), la semblanza astrológica parece adecuada. Que es positivo y optimista lo acredita suficientemente el hecho de que, siendo escritor, español y sportinguista, no sólo no se ha arrojado todavía a los peñascos del cerro de Santa Catalina, sino que aún tiene presencia de ánimo suficiente como para salir de la cama a tomarse un café en el Gregorio, a publicar una novela al año —la última de ellas, Medusa, en el 2012— y a presentarse en El Molinón un domingo de cada dos. Que tiene conciencia social y espíritu humanitarista, el radicalismo progresista que no deja de efervescer de cada una de sus palabras ni tan siquiera en las páginas del Abc. Que es independiente, una obra originalísima, difícilmente enguantable en las estrecheces de un género o una generación literaria. La lealtad sólo podemos suponérsela, pero apostaríamos por ella teniendo la certeza que lo haríamos a caballo ganador. Si este modesto panegírico no resultase creíble, sirvan de demostración documental las próximas líneas, que condensan una hora y media de charla sobre casi todo al calor de dos cafés con leche.

-Desde el 2006 publicas prácticamente una novela al año. Son siempre novelas breves, casi relatos largos. ¿No te tienta escribir una novela larga? ¿Te sientes más cómodo como narrador de relatos que como narrador de novelas?

-Bueno, yo creo que ahí influye mucho el tipo de escritura que yo practico. Es una escritura muy exigente con la lengua y en la que tiene mucho peso la imaginación, y cuando digo la imaginación no me refiero a la imaginación en cuanto a fantasía, sino al trabajo con imágenes, un trabajo muy elaborado desde el punto de vista de la escritura, con mucha presencia de la metáfora; una escritura muy pictórica, expresionista. Esa escritura requiere un trabajo a nivel de página muy exhaustivo…

-Sudar para parir cada frase, ¿no?

-Sí. Sería agotador, realmente, plantearme el trabajo de una novela de cuatrocientas o quinientas páginas. Y es que además siento que no la llevo dentro… Eso no quiere decir que el día de mañana no acabe surgiendo, pero, de momento, la distancia en la que me siento cómodo es eso que los franceses llaman la nouvelle: un relato alargado, como tú dices; una novela corta, condensada… De momento ahí está el terreno del trabajo, lo cual no excluye que en el futuro pueda surgir esa novela. También, vamos a ver, ese trabajo de una novela de largo aliento, en un escritor como yo llevaría mucho tiempo. Me exigiría, seguramente, años de silencio.

-¿Tienes presiones editoriales en ese sentido?

-No tanto presiones, pero bueno, no siempre es sencillo decir: «Voy a estar cuatro años sin publicar». Ahora mismo, quizás no me lo pueda permitir.

-Me imagino que tampoco será agradable estar cuatro años metido en una sola novela, ¿no? Te acabas cansando de esos personajes, de ese mundo…

-Bueno, yo soy un escritor lento. Aunque las novelas sean cortas en plasmación, son novelas que llevan su tiempo. Aunque publique una novela por año, el trabajo de esa novela ya arranca de dos o tres años antes. Pero bueno, supongo que algún día llegará esa novela que todos tenemos en la cabeza (risas), esa novela canónica.

-Después de Derrumbe abandonaste la novela al uso y comenzaste a optar por una mezcla de géneros, en la que caben la novela, el ensayo, la autobiografía, la autoficción… ¿Por qué? ¿Por agotamiento, quizás?

-Sí. Yo siento cierto agotamiento, como lector, de la ficción pura. Hay muy pocas novelas puras, es decir, con el mecanismo clásico de la ficción, que me sigan conmoviendo como lector. Y como escritor me pasa un poco lo mismo. Son estos terrenos un poco «mestizos» los que me hacen sentir cómodo. Y también, quizás, por mi vocación, por mi formación en filosofía, porque me guste una literatura preñada de ideas, encuentro que estos territorios híbridos se prestan muy bien a lo que quiero contar: artefactos donde haya espacios para la digresión, donde haya espacios para derroteros que no pasen única y exclusivamente por la ficción. Es un espacio en el que me siento muy cómodo desde El corrector, donde ya había algo de eso, efectivamente, y que se acentuó en los dos últimos libros, La luz es más antigua que el amor y quizás sobre todo en Medusa. Creo que es un espacio muy fructífero, y, si miro a los escritores que me interesan, veo que muchos de los escritores contemporáneos que me importan están trabajando en este territorio que no es un territorio exclusivamente de la ficción sino que se asoma a otros ámbitos. Pero no sólo la literatura, ¿eh? Con los años me he ido dando cuenta de que también el cine que más me interesa es un cine donde cada vez hay mayor viraje hacia el documentalismo…

-Eres un declarado admirador de Tarkovsky.

-Sí. Tarkovsky es una cosa extraña (risas). Tarkovsky no se parece a nada, no viene de ninguna parte o viene de todas… Es un poco un agujero negro, algo que se agota en sí mismo (risas).

-Tienes dicho últimamente que te tienta cada vez más el ensayo. ¿No será tal vez esta fase «mestiza» una fase de transición entre la novela y el ensayo?

-Sí. Hay dos o tres libros que tengo en la cabeza. Por ejemplo, algo sobre Tarkovsky, porque lo que he leído sobre él no me ha acabado de convencer…

-¿Una biografía?

-No lo sé… No sé si una biografía o más bien un acercamiento más libre. Cuando yo acabé la carrera, y después hice el doctorado, mi propósito era hacer una tesis sobre Tarkovsky, pero me encontré con que en la Universidad de Oviedo no había nadie que me la dirigiera. Era terreno baldío. Tarkovsky allí no sonaba, no había nadie que mínimamente se hubiera acercado a su trabajo. También me gustaría escribir, con el tiempo, sobre ciertos escritores. Posiblemente sobre Bernhard, que creo que es un escritor fundamental en la segunda mitad del siglo XX. Y también acaricio la idea de escribir algo sobre la historia del socialismo: cómo nace como idea, cómo se va estructurando a todo lo largo del siglo XIX, cómo va cubriendo todas las capas de la sociedad… En fin, hay una serie de elementos por ahí que seguramente necesitarán un tratamiento que no venga de la novela sino del ensayo. Pero bueno, son libros que están un poco en el lado más íntimo de uno; no serían libros que yo escribiera por una vocación de… Ésos sí que serían libros, todos lo son, ¿no?, pero ésos sí que serían libros para uno mismo, para hablar con uno mismo.

-Sueles decir que no piensas en los lectores cuando escribes.

-No. La idea de escribir para alguien que no sea yo mismo es una cosa que me resulta completamente ajena. Cuando un escritor dice que, cuando está escribiendo, tiene un lector en mente, a mí eso me resulta una declaración absolutamente vacía de contenido.

-¿Ni siquiera un familiar, o…?

No, no. Ni mucho menos (risas). Yo creo que la escritura nace única y exclusivamente de un fondo de necesidad, y que sólo debe atender a ese fondo mientras está en proceso. Después, evidentemente, el libro deja de ser algo privado y se convierte en algo público que debe ser discutido, y que de alguna manera ya no pertenece exclusivamente al creador, pero, desde luego, para mí la idea de un lector es algo bastante insólito. Porque no me lo puedo imaginar, no lo puedo concebir. ¡Yo escribo los libros que me gustaría leer! Y en ese sentido, el único lector al que me dirijo es a mí mismo.

-Esa mezcla de géneros de la que hablábamos antes está, de alguna manera, en auge. ¿Crees que están agotados los géneros literarios al uso, que ya no tienen lugar en el siglo XXI?

-Yo creo que son etiquetas que siguen siendo cómodas. No sólo en el campo de la literatura; supongo que en cualquier disciplina humana, o artística, o científica… En ese sentido, creo que cumplen una función formal, de «mapear» el territorio, de permitir a profesores, a estudiosos, incluso al público, conocer el terreno que pisan y tener referentes, poder establecer comparaciones. Pero, al final… Yo creo que lo importante es dinamitar esas fronteras. Porque, además, creo que, si algún poder ha mostrado la novela a lo largo del tiempo, es su capacidad constante para reinventarse, para renombrarse. Pero ya desde muy pronto: cuando uno lee algunas de las novelas seminales de nuestra cultura, estoy pensando en Tristram Shandy, o por supuesto en el Quijote, el concepto de novela que ya manejan esos artefactos es vastísimo. ¡Ahí cabe de todo! Ahí cabe ya la puesta en consideración del propio autor, la puesta en solfa del propio proceso de escritura… Es decir, la idea de género, por ejemplo seguir hablando hoy de poesía, hasta cierto punto parece incluso un poco ridículo. ¿De qué hablamos hoy cuando hablamos de poesía? ¿O de qué hablamos cuando hablamos de novela histórica, o…? No sé, realmente es un debate que me interesa muy poco. Los asumo, y acepto que puedan seguir existiendo como cartografía, como mapa, pero creo que, al final, la sugerencia del género pasa por escapar al propio género, por que todo pueda implosionar.

-¿Y las generaciones literarias? ¿Tienen cabida? ¿Te sientes parte de una generación?

-No. Yo creo que eso es una demanda del propio mercado editorial: el mercado editorial, cada equis tiempo, necesita unos rótulos, unas etiquetas, unos eslóganes con los que encasillar a gente a la que lo único que normalmente identifica, o vehicula, o vincula, es realmente un DNI. Es decir: escritores de los setenta, o escritores de los sesenta, o escritores de los cincuenta.

-¿No crees que existan rasgos comunes, como ese desbordamiento de los géneros del que hablábamos antes?

En la actual coyuntura, pensando por ejemplo en los escritores de mi generación, de mi generación de DNI, de mi generación biográfica, de los escritores nacidos en los setenta, me atrevería a decir que lo único que nos identifica es que por primera vez en muchas décadas de historia de España somos escritores que escriben en pura libertad, que escriben en un país que no está preso de… Pero si miras en detalle las características de muchos de esos escritores, lo que descubres es una panoplia, es decir una vastedad de intereses y una vastedad de plasmaciones inmensa. Es muy difícil encontrar elementos que vinculen, yo qué sé, a un escritor como Isaac Rosa, que quizás sea entre los escritores jóvenes el que con más atención está mirando a lo que sucede, a todo este entramado del mundo del trabajo, del mundo del derecho, a cómo la economía está redibujando nuestro mapa, con un escritor como yo, o con un escritor como Manuel Vilas, o con eso que se llamó la generación Nocilla… Yo creo que las influencias son enormes y muy distintas, y encontrar un lugar común en el que todos los escritores coincidan se me antoja muy complicado.

-Supongo que también hay muchos más escritores que antes, y que eso hace más difícil la integración que si estuviéramos hablando de un pequeño grupo, ¿no?

-Claro, efectivamente. Y con las generaciones pasa un poco lo que con los géneros: son etiquetas cómodas para cifrar lo que es, en este caso, un mapa geográfico. Pero cuando tú piensas, no sé, en los escritores importantes de los años sesenta que hay en este país, pues qué se yo, la trayectoria de Ignacio Martínez de Pisón no tiene nada que ver con la trayectoria de Eloy Tizón o con la de Antonio Orejudo; es decir, son escritores totalmente ajenos entre sí. E incluso nuestros mayores, los consagrados: ¿qué tiene que ver Muñoz Molina con Marías, o Vila-Matas con Chirbes? Y además, al final, yo creo que el escritor es, obviamente un sujeto que está dentro de un tiempo que le toca vivir y al cual no puede escapar, pero por el otro lado alguien que dibuja una trayectoria absolutamente libre y única en el espacio. Y aún diría más: ¡pobre del escritor que cae preso de la red de una generación! Cuanto antes puedas liberarte de eso, mejor. No representar a nadie, ¡bastante es ya representarse a uno mismo! No sé, quizás… Arrancaba esto diciendo que lo único que se me ocurre es que seamos escritores que escriben desde un mundo en libertad. Quizás…

-Esa «generación de la libertad» de la que hablaba el rey en su autoentrevista con Hermida, ¿no? (risas)

-Claro (risas). Decía que a lo mejor en antiguos momentos, sí que, yo qué sé, la generación de los cincuenta, Ángel González, Caballero Bonald, Gabriel Ferrater…, sí que podía tener ciertos elementos de cohesión: gente que trabajó en un determinado clima cultural, muy complejo, en el que las relaciones entre sus miembros también eran más intensas. Hoy las relaciones entre los escritores están más adelgazadas.

-La figura de la tertulia se ha perdido.

-Sí, pero incluso se ha perdido esa necesidad que entonces uno tenía del grupo, de ese espejo en el que mirarse. Hoy los vínculos entre escritores, más allá de los que la amistad forje, son realmente muy débiles. Porque ya no son necesarios; el escritor ya no necesita, seguramente, tener al lado un compañero para sentirse especial, o reflejado.

-¿Y no crees que tal vez pequemos de una cierta egolatría, de un cierto exceso de individualismo? Ese «ahora ya no vale lo que antes valía», ese «todo el mundo es especial»…

-No lo sé… Pero han cambiado muchas cosas en el sistema editorial. Por ejemplo, hoy es mucho más fácil publicar que antes; estoy convencido de ello. Recuerdo que, cuando conocí a Vila-Matas, él me decía: «Es que hoy publica cualquiera», y me contaba que cuando él empezó a escribir, a finales de los setenta o principios de los ochenta, la criba era mucho más intensa. Hoy…

-Pero también hoy hay mucha más competencia que antes, ¿no?

-Pero el mercado hoy es muy vasto. Y al ser tan vasto, de alguna manera es capaz de absorberlo todo…

-¿Vasto con uve, o basto con be?

-Con be. Con be y con uve; las dos cosas. Es decir: es muy vasto en el sentido de que es muy amplio, y es muy basto en el sentido de que la «malla», el agujero de la malla, es muy grueso; permite pasar peces de todo tamaño. Hoy realmente no es complicado editar. Creo. Creo que para los escritores de mi generación es más fácil editar hoy de lo que seguramente lo era para los escritores de los años sesenta o cincuenta. Las editoriales afloran… ¡Y editar es muy fácil! Es muy barato. El libro es un objeto baratísimo. Yo he trabajado diez años en el mundo de la edición, en KRK, y te puedo asegurar que editar un libro es algo muy barato. El libro cuesta muy poco.

-Lo difícil es venderlo, claro.

-Lo difícil es, en un ecosistema tan vasto y tan amplio, colocar tu producto. Pero editar es relativamente barato. La producción del mundo editorial comporta muy pocos gastos.

-La verdad es que tenía la idea exactamente contraria; que publicar un libro conlleva tantos pasos intermedios —pagar al autor, al impresor, al encuadernador, al traductor, al ilustrador…— que hacerlo acaba por resultar muy caro.

-No, no. El libro es muy barato, cuesta muy poco. Editar un libro es algo muy sencillo. Por no hablar de cómo se han multiplicado los medios digitales. Piensa por ejemplo en el paso del offset a la edición digital: tú ahora puedes hacer ediciones de cincuenta ejemplares. Eso antes era impensable; poner en marcha una imprenta, poner en marcha una rotativa, ya era algo que implicaba un gran coste. Ahora todo eso se ha abaratado considerablemente. Créeme: editar es barato. El libro no es caro.

-Por no hablar del libro digital, ¿no?

-Por no hablar del libro digital, sí. Aunque es un mundo todavía por explorar; no se sabe muy bien qué va a suceder ahí. Es un mundo al que se le están poniendo trabas al comienzo del camino, al que el famoso IVA del 21 % está afectando muchísimo… No sé, yo creo que nadie sabe lo que va a suceder ahí. Y de hecho se genera mucho más ruido a nivel informativo de lo que luego es el peso objetivo. Hay mucho interés en hablar de ello, pero piensa que el libro digital en España no alcanza más que el 1 o 2 % del mercado. Sin embargo, uno tiene la sensación, cuando lee los periódicos, de que se trata de una realidad mucho más poderosa. Pero realmente se genera mucho más ruido que las nueces que luego se están comiendo, al menos en un mercado como el español. Y luego es un mundo que ahora mismo está en boca de profetas… Como nadie sabe lo que va a suceder, todo el mundo tiene una filosofía sobre lo que va a ser el mundo digital, pero muy poca gente sabe lo que en realidad va suceder. En todo caso, es cierto que es algo que ha venido para quedarse, que es un cambio de paradigma que debemos aceptar.

-¿Crees que el libro digital llegará, tarde o temprano, a imponerse sobre el libro en papel?

-Sí. Lo que habrá que saber es si eso va a convivir con el libro en papel más o menos tiempo. Pero realmente vamos hacia eso que Schiffrin llamaba una edición sin editores. Yo que sé, ponte en la cabeza de un tipo que venda muchos libros, qué se yo, un Follett. ¿Qué necesidad tiene ya un tipo de esta magnitud de todos esos intermediarios de los que hablábamos antes? Si un tipo de esta magnitud se dota de una plataforma tecnológica adecuada, y él escribe sus libros, él los publica, él los vende, él puede gestionar su obra como le dé la gana.

-Un poco como esas miniproductoras que se han puesto de moda también en el cine, ¿no?

-Efectivamente; de hecho, date cuenta, por ejemplo hay ya agentes literarios. Hay uno muy famoso, Andrew Wylie, al que llaman Wylie el Chacal. Este tipo, por ejemplo, maneja los derechos de autor de escritores como Nabokov. Y puede permitirse el lujo de decir: yo ya no necesito un editor. Yo tengo el legado de Nabokov en mis manos, hago con él lo que me da la gana y sólo rindo cuentas ante sus herederos; ¿para qué necesito pegarme con un editor? En eso sí que la aparición del libro digital va a introducir un cambio fundamental. Pero estamos hablando de algo a medio o largo plazo, y que obviamente no afectará igual a todos los escritores.

-¿Y en lo personal? ¿Cuáles son tus sensaciones con respecto al libro digital?

-Yo confieso que en mi vida he tenido en las manos un libro digital. Y no siento ninguna curiosidad por tenerlo. Supongo que pertenezco a una de las últimas generaciones que ha tenido una cultura libresca. Pero, por otro lado, lo contemplo sin terror. Yo tengo dos niños pequeños y me doy cuenta de que mis hijos ya van a tener una relación con el soporte digital, con el soporte libresco, completamente distinta a la mía. Ni mejor, ni peor. Y sobre todo no creo en ningún tipo de discurso apocalíptico al respecto, no secundo a quienes dicen: «No, es que ahora los niños no leen». ¡Sí leen! Leen sobre otro tipo de pantallas, sobre otro tipo de plataformas. Leen sobre plataformas de plasma. Al fin y al cabo, nuestra relación con los lugares en los que hemos escrito, o leído, o pintado, ha cambiado mucho a lo largo del tiempo, y seguirá cambiando, pero eso no significa que el acceso a la lectura vaya a desaparecer. Simplemente cambiará el vehículo, y estoy seguro de que ellos, mis hijos, van a tener ya una relación con el libro menor de la que han tenido sus padres. En su caso todavía la tendrán, porque en su casa el libro es un objeto absolutamente cotidiano… Pero, en fin, que lo veo sin ningún tipo de miedo.

-Has hablado muchas veces de lo que significa para ti el mal, el horror, en términos de obsesión. ¿Por qué lo es, por qué te obsesiona este tema?

-¡Buf! No lo sé… Hay muchos factores que influyen en eso. Yo diría que fundamentalmente por mi formación. Creo que para la historia del pensamiento, la maldad es un tema seminal. Está en la base de nuestra cultura. Es un tema que ya se asoma a los primeros documentos escritos de nuestra cultura; tanto a los profanos como a los sagrados. Los clásicos griegos, por supuesto el Antiguo Testamento… La maldad está ahí. Y luego, es un tema al que uno no puede escapar…

-Tenemos el siglo XX ahí detrás…

-El XX, el XIX, el XVIII, el XVII, el XXI ahora… (risas). Quiero decir que la historia, que es el laboratorio donde las cosas suceden, y donde los sueños y los logros de la humanidad se plasman, es un teatro en el que ese problema está constantemente presente. Sobre todo porque yo creo que si la literatura tiene algo de investigación sobre la naturaleza humana, sobre qué es la naturaleza humana, es un problema que no podemos evitar. Antes o después tiene que asomarse a esta pregunta, al hecho objetivo de que la maldad nos acompaña, y en buena medida nos define. Es un tema al que no se puede escapar.

-Has escrito una trilogía sobre el mal. Volviendo a la primera pregunta, ¿no crees que habría sido mejor fundir esa trilogía en una única novela larga, en la que abordases un tema tan complejo de una manera más profunda y ramificada?

-Yo creo que he escrito más que una trilogía. Casi todos mis libros se parecen en ese sentido. Medusa se podría sumar ahora a esa trilogía. Pero los libros que había publicado antes en Asturias también: La noche feroz, Panóptico No, yo creo que cada historia que he querido contar ha encontrado lugar en el que encarnarse. No he sentido nunca que fragmentar ese problema en distintas manifestaciones le haya hecho perder potencia. Volviendo a la primera pregunta, yo no me sentiría capaz de… Yo recuerdo que, cuando salió La ofensa, se publicó al mismo tiempo Las benévolas, la novela de Jonathan Littell. Fueron dos novelas que se discutieron en paralelo. La monumentalidad de Las benévolas, a mí como lector y como escritor me aplasta, es un abismo entrar en ella desde el punto de vista de la lectura y desde el punto de vista del trabajo del escritor. Yo sería incapaz de acercarme a eso, no me interesa para nada. Es una mirada que valoro en lo que tiene de esfuerzo y de concreción, pero que me resulta completamente ajena. ¡Me aplasta! Ese libro me aplasta como espectador y como autor… Si me sigo acercando al tema, me seguiré acercando así, en pequeños fragmentos que todos juntos al final quizás arrojen una mirada tan grande o tan óptima como podría haber sido un gran fresco.

-Que la agrupación se haga después, como hacía Baroja con sus novelas, ¿no?

-Sí. Además, yo creo que, al final, en mi trayectoria, lo que se va dibujando es una obra, una sola obra que se concreta en distintos títulos pero que es una sola obra unitaria, coherente y que dialoga entre sí. En mis libros, como ves, muchas veces hay claves que remiten a libros anteriores. Son libros que dialogan entre sí; hay pasadizos entre los distintos textos. Eso arroja una cierta unidad.

-Algo que aparece mucho en tus novelas es el elemento de la autoficción; hablas de ti mismo a través de Vladimir, o de Bocanegra… ¿Es esto una necesidad narrativa tuya, o sólo un capricho, un juego personal?

-No, no es jugar, no es algo gratuito, ni arbitrario, ni porque esté en el ambiente. Supongo que a veces he sentido la tentación de, atendiendo a aquella famosa frase de Pigna de que toda autobiografía es ficción y toda ficción es autobiográfica, de… de…

-¿De verte a ti mismo desde fuera, quizás?

537109_10151302657757862_749272220_n-Sí, sí. Yo, por ejemplo, no había usado la primera persona hasta que escribí El corrector. Mis libros estaban escritos siempre en tercera persona, salvo algún relato. Y el uso de la primera persona te exige una desnudez, te exige una confrontación ante el texto completamente distinta a la que te exige un narrador. Cuando he sentido la necesidad de introducir álter egos, o sosias, creo que lo he hecho sin ningún anhelo de jugar, o de exhibir una especie de juego de espejos. Ha sido, realmente, porque en ese momento me ha parecido que aportaba al cuerpo de lo que quería narrar que una primera persona, que podría ser yo, se esbozara. Es como Medusa, ¿no? Para mí es diáfano que, aunque no se nombre, el narrador de Medusa soy yo; hay alguna clave, al final de la novela, cuando se habla de la foto tomada en Gijón en la cárcel de El Coto… Ese introducirse a uno mismo a veces en la ficción, a través de un personaje que tiene cosas de lo que yo he sido, pero que tampoco es exactamente yo, regala una inmediatez yo creo que potente.

-Uno de los precedentes ilustres de esta preocupación por el horror es Vasili Grossman. Creo que alguna vez le has mencionado como influencia. Ahora que se cumple el 70.º aniversario de Stalingrado, que NEVILLE va a aprovechar para publicar un especial sobre Grossman, ¿qué nos puedes decir acerca de él?

-De Grossman leí cuando era un chaval la primera edición que hubo de Vida y destino, que la publicó Seix Barral en el año 85 y que era una traducción espuria, tomada del francés. Creo que quizás era muy joven cuando leí aquella novela, porque no dejó en mí ningún poso. Pero luego volví a leerla cuando salió la traducción vertida del ruso por Marta Rebón, que publicó Galaxia, y sentí otra cosa. Sentí que realmente era un libro importante, que estaba ante un gran documento. Uno tiene la sensación, cuando lee Vida y destino, de estar… No sé cómo decirlo… De estar ante una especie de suma. Es como si la novela del XIX hubiera dado un salto en el tiempo y se hubiera encarnado en ese último gran momento épico de la historia del siglo XX. Además, Vida y destino es una novela que se parece mucho a Guerra y paz: ese paso constante entre los personajes con mayúscula de la historia y las pequeñas historias con minúscula de personas reales o no reales pero que van tejiendo esa relación entre lo macro y lo micro.

-Un gran travelling

-Sí, sí, efectivamente. Bueno, es un libro yo creo que muy importante. No he leído más; no he leído los otros textos de no ficción de Grossman. No he querido… Lo he hecho conscientemente, además; no he querido leer más sobre el asunto, porque realmente es un libro contaminante, que te deja muy tocado.

-¿Es ése un objetivo tuyo como novelista, «tocar» al lector, contaminarle?

-A mí me agrada pensar que mis libros son perturbadores.

-Pero, ¿los haces perturbadores de manera consciente o inconsciente?

-Sí, consciente. Yo creo que mis libros son perturbadores. Pero al mismo tiempo creo que en ellos hay una cierta vocación… Bueno, no cierta, sino evidente, una vocación evidente de belleza. Es decir, que lo que nos perturbe sea lo que se narre, pero que el modo en que se narre también aporte un capital importante de conmoción estética.

542577_10151302657367862_360351283_n-Un poco como la virgen barbuda de La luz es más antigua que el amor, ¿no? La belleza de lo estrambótico…

-Sí, sí, sí. A mí me gusta pensar así de mi literatura: como una literatura perturbadora, turbadora pero al mismo tiempo hermosa. Es decir, que aporte un capital no sé si de consuelo, pero al menos que, en fin, se pueda narrar por ejemplo el horror desde unas categorías estéticas determinadas. Sin regodearse en ello y sin intentar salvarlo, pero…

-El horror a través del arte es otro leitmotiv de tu obra.

-Sí, Medusa ha sido la decantación definitiva de un tema que estaba ahí. Pero en La luz es más antigua que el amor estaba más en términos de oposición: frente al horror, la belleza del arte. Pero en Medusa, la paradoja es que lo que nutre el propio arte es el horror. Eso es aún más complejo, es llevar la pregunta aún más allá: ¿podemos considerar el arte un lugar de refugio, aunque de repente el arte se alimente de aquello mismo que nos aterra?

-Leni Riefenstahl…

-Me han preguntado mucho eso, pero no. Te confieso que las películas de Riefenstahl no las he visto completas; las he visto siempre fragmentariamente, y no me parece que sean un referente para hablar de la obra imaginaria de Prohaska, porque yo creo que en la obra de Riefenstahl siempre hay una conciencia muy clara de la estética. Siempre hay un proceso de estetización en lo que se nos muestra, que a mí me interesa relativamente poco. Cuando pienso en la obra de Prohaska, pienso en una obra más desnuda, menos artificiosa. Riefenstahl me interesa menos. Me interesa como personaje: Riefenstahl es una mujer que vive muy de cerca toda la relación entre arte e ideología. Pero la plasmación de su trabajo no me interesa tal y como yo planteo al personaje de Prohaska. Yo a Prohaska lo veo más como un documentalista. Después de que publico Medusa, han muerto dos fotógrafos que trabajaron mucho sobre el horror. Uno fue Wilhelm Brasse, que era un fotógrafo polaco que trabajó en Auschwitz. Era un judío que salvó su vida porque los nazis necesitaban un fotógrafo. Y el otro fue Tomatsu, el fotógrafo del holocausto, del holocausto atómico, que es uno de los primeros fotógrafos que dedicó toda su vida, aunque él era un niño cuando el holocausto, a documentar el horror de Hiroshima y Nagasaki. Y lo hizo como un mero espectador, sin intentar… Me interesan más esa clase de personajes.

-¿Y Robert Capa?

-No, no tanto, fíjate. Aparte de que no conozco mucho el trabajo de los fotógrafos de guerra, sí que por ejemplo siempre me ha interesado mucho el de los grandes fotógrafos americanos de la Depresión. El trabajo de Walker Evans, por ejemplo. Hay un libro extraordinario que se llama Elogiemos ahora a hombres famosos, de James Agee, que fue uno de los grandes escritores de los años cuarenta y cincuenta americanos pero murió muy joven. Y que tiene dos libros maravillosos que son Vigilia y Una muerte en la familia. E hizo junto a Walker Evans un libro de retratos de la América que vive la Depresión que para mí es una de las piezas maestras del periodismo pie de obra del siglo XX. Ese tipo de fotografía sí que me interesa: la del tipo que va allí y mira, y que lo que mira tiene una densidad y profundidad extraordinarias.

-Te preguntaba antes por Grossman también porque Prohaska me parece un personaje muy grossmaniano. Esos personajes atrapados en una determinada época de la historia que, como aquellos personajes de Vida y destino, eran estalinistas, o eran nazis, de una manera pasiva, más porque vivían allí que como resultado de una decisión activa. Prohaska me recuerda mucho a ellos: no es nazi, simplemente está allí.

-Sí, es posible. Es una de las preguntas de la novela; eso que le pasaba también al Kurt de La ofensa: el sujeto encastrado en una situación, empotrado en una situación que no ha decidido, que permite hacerse la pregunta de dónde acaba el verdugo y dónde empieza la víctima o la de la responsabilidad de las personas que viven determinados momentos históricos. Es una pregunta compleja. Y creo que Prohaska, que es un personaje con el que sobre el papel resulta difícil empatizar, sin embargo genera una doble empatía al final, porque te obliga de alguna manera a ponerte en sus ojos, en su piel, a preguntarte qué tipo de persona hubieras sido tú en ese contexto.

-Y probablemente a reflexionar que hubieras sido exactamente la misma…

-No sé (risas), ésa es la pregunta del millón. Es verdaderamente difícil de responder, porque nos obliga a un ejercicio que no podemos hacer.

-Esto también tiene conexiones con la actualidad. Podemos hacernos, igual que en el caso de las dictaduras, la pregunta de hasta qué punto, por ejemplo, esta crisis, es culpa directa de agentes activos o culpa indirecta de agentes pasivos; de gente que simplemente se cruza de brazos y cierra los ojos a lo que está sucediendo.

-Es una pregunta que me han hecho bastante. Hasta cierto punto, yo creo que en Europa vivimos una situación prefascista en muchos aspectos. Hay una delegación de nuestros derechos y de nuestras libertades en nombre de y estamos comulgando con cosas que hace diez o quince años nos hubieran parecido disparatadas. Se cumplen ahora ochenta años de Weimar, y basta mirar un poco lo que está sucediendo en ciertos países, ahí está por ejemplo la realidad griega, para darse cuenta de que se están cumpliendo, uno detrás de otro, todos los pasos que aquella Alemania fue dando hacia el abismo. Pero no hace falta irse a Grecia, esto vale para España también. Lo que a mí más me aterra de la realidad española de hoy, y además es una lectura que no acabo de ver en los medios de comunicación, es que ya no es que los políticos actuales roben, o mientan, o sean unos tramposos, que al fin y al cabo es algo que está en su ADN, sino que en una situación tan delicada como la actual, con tanto desempleo, con enormes masas empobrecidas, con una población juvenil en estallido, sino que su irresponsabilidad es tal que están preparando realmente la llegada de Amaneceres Dorados. Está todo muy cerca de que aparezca uno de estos iluminados que, con un discurso absolutamente reaccionario y posturista, realmente arrastre a mucha gente. Creo que ahí es donde realmente habría que señalar a los políticos y decirles: «Señores, están ustedes llevando a los países por sendas muy peligrosas». Está en el ambiente que eso pueda suceder, que llegue cualquier tipo con un discurso mínimamente enhebrado que apele a cosas que se están agotando como es la paciencia y como es el dinero, y que haga estallar a esos países.

-Volviendo a Prohaska, ¿qué parte de culpa tenemos nosotros en todo esto simplemente dejando pasar las cosas?

-Bueno, pero yo creo que esa culpa…

-Evidentemente, la crisis no es culpa nuestra, no hay que caer en ese discurso, pero… ¿son las dictaduras culpa de los dictadores, o son culpa del pueblo cobarde y pasivo que se deja dictar?

-No… No y sí, pero… Vamos a ver. El ejercicio de la democracia es muy complicado. Es muy complicado porque es muy pesado, es decir, parece que nos educamos en un mundo en el cual ejercemos la democracia sólo cuando se nos demanda el voto, mientras que la democracia, como decía aquél, es un plebiscito perpetuo. Lo que pasa es que nuestra cultura democrática es tremendamente débil.

-¿En España o en general?

-En Europa en general y en España en particular. Nuestra cultura democrática es débil porque, primero, es gregaria, y porque, insisto, creo que sólo somos ciudadanos a tiempo parcial, que no nos implicamos realmente. El español, en concreto, es muy de delegar. ¡Y cómo se ha pervertido la democracia en este país! Pensemos en la desaparición de la idea de referéndum que ha habido en este país, que es un tema que pasó a mejor vida después del año 82, en la imposibilidad de cuestionar determinados lugares comunes de nuestra historia reciente, llámense transición, llámense modelo de Estado que tenemos… Yo creo que todos somos responsables del statu quo al que hemos llegado. Todos. No creo que se pueda culpar de todo lo que sucede a quienes tienen en sus manos única y exclusivamente las riendas económicas. Por otra parte, la española es una sociedad en la que se dan paradojas constantes. Por un lado es una sociedad con un gran capital de movilización en determinados momentos. Cuando tú viajas a otros países, el entorno España parece que es un modelo de actividad en la calle, y no me refiero sólo al 15-M, sino que me refiero por ejemplo a la segunda guerra de Iraq, cuando España fue bandera del movimiento anti. Pero parece que estos movimientos siempre se detienen demasiado rápido: nunca acabamos de tomar el Palacio de Invierno. Reiteramos una y otra vez nuestros errores, y tampoco tomamos nunca decisiones realmente radicales. Seguimos siendo incapaces de deshacernos de esos modelos rígidos de política que mantenemos.

-¿Crees que un relevo generacional será la solución? Todavía tenemos el aliento de la posguerra y el franquismo en la nuca.

-Pues quizá. No sólo en España, sino en Europa en general. Todos los países europeos de nuestro entorno han tenido una historia muy conflictiva en el siglo XX. Quizás le demos a la democracia parlamentaria un valor casi sagrado. Se nos llena la boca con esa conquista. Creo que vivimos presos de una ideología muy poderosa, que es la ideología del miedo. El miedo ha demostrado que es el gran pegamento social del tiempo que vivimos, y ese miedo ha ido cambiando de forma. Arrancamos el siglo con el terrorismo, entre el 2001 y el 2005 vivimos un lustro donde todas las mañanas desayunábamos con la amenaza del fin del mundo. Esos miedos han ido cambiado y ahora llevamos muchos años metidos en el pánico económico. Y ese miedo creo que nos hace ser tremendamente maleables. Hay una industria del miedo, hay una ideología del miedo, hay un clima tremendo que nos hace conformistas y que nos cohibe. Lo que pasa es que, por otro lado, en este miedo actual hay elementos que hacen que la posibilidad de un estallido esté ahí, porque una cosa es cuando la gente maneja o mantiene sus prerrogativas de comodidad económica, y otra cosa cuando a la gente empieza a faltarle lo más básico. Eso sí que puede hacer que la gente reaccione de otra manera, de otra manera que no suele pasar por sacudirse el yugo sino por ponerse en manos de fuerzas más peligrosas.

dostoievski-25

-¿Cuáles son tus influencias literarias? ¿Qué es lo que te gusta como lector?

-Yo creo que hay varias. Me gusta mucho la literatura del XIX, sobre todo la literatura rusa y sobre todo Dostoievski. Creo que nadie como los rusos ha mirado al individuo con tanta piedad, por un lado, y con tanta impiedad, por el otro. La mirada del escritor ruso sobre la naturaleza humana me parece intensísima. Y dentro de los rusos, Dostoievski para mí es una figura central. Por todo; porque fue un individuo paradójico en vida, capaz de haber sido un socialista en su juventud y un reaccionario en su madurez, y porque logra llevar muy bien eso a la literatura. Hay una anécdota que cuenta que Dostoievski, hablando con Bielinski, decía que estaba aterrado porque se había dado cuenta de que había dado argumentos a un ateo, en una de sus novelas, tan radicales y tan justos, que realmente había sido capaz de demostrar la inexistencia de Dios, cuando él, Dostoievski, era un creyente. Es decir, su capacidad de ponerse en las cabezas de sus personajes es impresionante. Creo que nadie como él ha llevado tan lejos la capacidad de defender distintos puntos de vista. En este sentido es un poco el gran sofista de la novela. Para mí es un escritor irrenunciable. Luego está el existencialismo, tanto el filosófico como su plasmación literaria. De los grandes escritores franceses, Céline y Camus fundamentalmente. De lo que podríamos llamar el existencialismo en español, Onetti es el escritor que más cercano siento en lengua española. Después estaría toda la literatura centroeuropea, de la cual me siento muy cerca a nivel de cosmovisión, de cómo veían el mundo. Kafka, Broch, Musil Me siento muy cerca de esa visión amarga y profundamente atea. Y luego hay un escritor para mí decisivo que es Faulkner, del cual no me interesa nada o me interesa muy poco su mundo, ese Sur profundo, pero sin embargo cómo se plasma ese mundo en el lenguaje me parece una lectura única. Creo que nadie ha llevado la literatura tan lejos como Faulkner. Faulkner nos ha regalado el entrar el idioma como salvajes. Es alguien que se lo lleva todo por delante. Y de hecho yo creo que es el escritor cuya influencia es más potente en la literatura del siglo XX, al menos de la segunda mitad. Creo que su huella en los grandes escritores de la segunda mitad del siglo XX es profundísima. Yo diría que ésos son los escritores de referencia. Unos por cercanía intelectual, o emocional, y otros por manejo de las herramientas del escritor.

-¿Y de hoy?

-Pues… No sé. Me interesa muchísimo la obra de DeLillo. Tal vez sea el escritor vivo que más me guste. Y de los europeos, me gusta mucho Michon; me interesaba mucho la obra de Sebald, que era un escritor que manejaba muy bien estos caminos entre la ficción y la no ficción… Por lo demás, puntualmente, hay libros de McCarthy que me parecen muy importantes: Meridiano de sangre es una novela mayor… No sé, pero no noto una influencia decisiva como la que puedo detectar en aquellos otros escritores. Por supuesto, creo que hay grandísimos escritores como siempre los ha habido; no creo que ahora vivamos una época de ruina. También hoy hay Tólstois; cada época tiene sus gigantes. No creo que vivamos una edad de bronce y que todo lo anterior hayan sido edades de oro: yo creo que Günter Grass es un gigante de la literatura. Pero no me atrevería a decir más nombres. Y en lo que se hace en España, tampoco siento una gran afinidad, no me siento parte de ningún proyecto. No hay ningún proyecto narrativo en español, o en España, del cual yo me sienta cercano.

-Lo que hablábamos de las generaciones…

-No, pero ni siquiera de mis mayores. Hay escritores que me gustan, escritores a los que admiro, escritores que me interesan en general, pero no hay ninguno al que vea como una especie de hermano mayor.

el-corrector-ebook-9788432290527-En El corrector hiciste algo que es relativamente común en la narrativa norteamericana contemporánea pero no en la europea ni, por supuesto, en la española: una novela sobre un acontecimiento de la actualidad, sobre el estricto presente. ¿A qué crees que se debe ese miedo nuestro a abordar ese género? ¿Por qué no hay todavía, por ejemplo, una gran novela sobre esta crisis, aunque sí existan ya buenos ensayos al respecto?

-En general, yo creo que la literatura española mantiene una relación conflictiva con el aquí y el ahora. Se siente mucho más cómoda con el filtro de las décadas. En realidad, que se siga produciendo y editando tantísima literatura sobre la guerra civil española, a mí no deja de sorprenderme. Parece que vivimos presos de ciertas heridas que no acaban de cicatrizar nunca, hasta el punto de que, cuando uno viaja y va al extranjero y coincide con profesores universitarios en mesas, ve que aún se mantiene el discurso de que el gran tema de la literatura española es el trienio 36-39, lo cual es totalmente falso: los temas que conmueven y que importan a mi generación no son ésos, son otros. Seguramente también sea cierto que la novela necesita una cierta distancia. Cuando se cumplieron los diez años de los atentados de Estados Unidos, de Nueva York, hubo una entrevista muy interesante con DeLillo sobre El hombre del salto. Él decía que estaba convencido de que la primera gran novela americana sobre los atentados del 11-S la escribiría alguien que no había nacido todavía en aquel momento. Es posible que haya acontecimientos tan profundos que necesiten el paso del tiempo. O a lo mejor una mirada que no estaba allí. Yo qué sé, por ejemplo una de las grandes novelas sobre el postfranquismo español la ha escrito Isaac Rosa con El vano ayer. Isaac Rosa es un escritor que nace en el año 74, que novela un mundo que no conoció ni de primera mano. A veces quizás sea necesaria esa distancia: es muy difícil escribir de amor cuando uno está enamorado, es muy difícil narrar la tormenta cuando uno está dentro de ella. Seguramente la novela sobre la crisis española necesitará un colchón de tiempo, porque además escribir con ira, o desde la ira, es complicado. Pero en general yo creo que el escritor español mantiene una relación muy conflictiva con el aquí y el ahora: estoy pensando en qué pocas novelas ha generado el 23-F, por ejemplo. Han tenido que pasar casi treinta años para que Cercas haya novelado el golpe de estado con ambición. Y hay temas absolutamente vacantes en nuestra literatura, por ejemplo la monarquía.

-¿Vacantes, o prohibidos?

-No, yo creo que vacantes. Yo creo que nadie prohibiría un libro sobre la monarquía.

Prohibirlo no, pero tal vez nadie lo publicaría, ¿no?

-No, tampoco. Pero son temas a los que cuesta hincarles el diente. Eso sí, estoy convencido de que en estos años van a aflorar un montón de libros sobre la corrupción. Pero seguramente los buenos libros sobre la corrupción necesitarán un tiempo. Hay una gran novela sobre la caída y auge del felipismo, sobre ese momento de gran esperanza y en qué se acabó convirtiendo, que es Romanticismo, de Manuel Longares. Es una novela que se escribe en el año 93, una novela que necesitó diez años para aparecer. Es cierto que la gran literatura necesita siempre su tiempo. Claro, hay genios que en dos años, o en directo, son capaces de escribir esas grandes obras. Estoy pensando, por ejemplo, en los trabajos de no ficción que hacía Foster Wallace. Foster Wallace trabajaba para medios de comunicación americanos tipo Rolling Stone. Por supuesto, esto es impensable en el sistema cultural español, pero imagínate que Rolling Stone encargaba a David Foster Wallace que siguiera la campaña de un candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos. Y Foster Wallace escribe en directo ¡Arriba, Simba!, que es su trabajo como periodista empotrado con John McCain, un héroe de la guerra de Vietnam que le disputó a George Bush la candidatura por el Partido Republicano. Y crea un trabajo periodístico de sesenta-setenta páginas extraordinario. Eso en nuestro sistema cultural es imposible.

-En cambio, en España sí que ha habido siempre muy buenos columnistas.

-Sí, pero esa idea del reportaje, del trabajo de campo, no abunda tanto. Yo, al menos, no la conozco.

-Pero sí que hay buenos ensayos sobre la actualidad…

-Pero porque el ensayo permite un acercamiento más sobre el terreno. La ficción tiene que ordenar todo eso de otra manera. La creación de un personaje literario, la creación por ejemplo de un corrupto, no es tan sencilla. Los materiales para inventarlo están ahí, pero hay que inventarlo, mientras que un ensayista, o un periodista, ya tiene al corrupto ahí, ya puede trabajar de otra manera sobre el terreno. Es difícil, insisto. El trabajo del novelista, en ese sentido, es un trabajo de decantación, que exige otro tipo de autodisciplina.

-¿Fue El corrector un fracaso en ese sentido?

-Posiblemente sea una novela fallida, porque a pesar del filtro de los años todavía es una novela que exuda ira. De hecho fue la ira lo que me movilizó: es una novela que yo empecé a escribir no a raíz de los atentados, sino a raíz de la investigación senatorial posterior, cuando volvió a salir Aznar. Pero no estoy de acuerdo con algo que dijeron ciertos críticos entonces: que un escritor como yo, que había mantenido una especie de lucha por levantar la bandera de la literatura, de pronto había «contaminado» de política mi obra. De hecho, esta clase de crítica me parece absolutamente perversa: la literatura debe dialogar con todo lo que la rodea, con lo que le dé la gana. Si la política es una mierda, la literatura tiene que ensuciarse, tiene que enmierdarse. Lo que pasa es que eso habla de lo que insinuabas tú antes, de esa relación conflictiva que mantienen no sólo los escritores sino grandes sectores de la crítica de este país con su tiempo. De pronto, una literatura que baje al combate con otro tipo de discursos, y que meta entre sus páginas a un político, parece que está incurriendo en una especie de sacrilegio. Yo ahí discrepo completamente. Puedo entender y compartir críticas a la novela porque fracase como novela, pero no ese otro tipo de argumentos. Mira, por ejemplo la última novela de Isaac Rosa, La mano invisible, es una novela muy interesante, en la que Isaac hace algo que desde mi punto de vista es impresionante: para criticar el mundo del trabajo y lo que el trabajo tiene de alienante, de embrutecedor, de destructivo, él escribe una novela alienante, aburrida y destructiva; es decir, una novela que utiliza un lenguaje que intenta reproducir precisamente aquello que quiere denunciar, mostrar cuáles son los mecanismos de destrucción de la plasticidad y de la riqueza de la vida que el trabajo propone al trabajador del siglo XXI. Repetición, tedio, monotonía, ausencia… ¡Pues bien, muchos críticos atacaron la novela desde el punto de vista de su pobreza estilística! Hicieron una lectura absolutamente errónea. No supieron leer la novela. Te pongo un ejemplo de un escritor que no soy yo para demostrarte algo que daría para hablar muchísimo: que la crítica en este país es tremendamente pobre. Yo siento que muchos de mis libros no se discuten. No se discuten porque el nivel de la crítica es el que es; es tremendamente plano en ocasiones, le faltan en ocasiones instrumentos de análisis para entrar en profundidad en los libros. Hay un libro de George Steiner, Los libros que nunca he escrito, en el que él dice una frase en un momento dado sobre su trabajo como crítico, algo así como «Yo he analizado a Tolstói, he analizado a Dostoievski, pero al final es Pushkin el que reparte las cartas». Es decir, por mucho que el crítico y la crítica sean importantes, yo creo que el creador está un peldaño por encima, siempre. Su trabajo y su relación con lo que está entre manos es siempre distinta. Tiene un plus al que ninguna inteligencia que no sea la suya llega. Lo cual no desvirtúa el trabajo del crítico, ni el del lector. Creo que existe una soberanía del lector, en la cual el escritor, además, no debe entrar. Pero en muchas ocasiones realmente uno siente que toca techo en el diálogo con aquéllos que tienen la vocación de leer su obra.

-Muchas veces lo que existe no es una verdadera vocación de diálogo, sino una sucesión de monólogos, ¿verdad?

-Sí, es una buena interpretación. Eso también genera una frustración, porque cuando uno querría responder descubre que no tiene instrumentos para hacerlo, porque no dispone de una plataforma que se lo permita. Yo lanzo algo que alguien no discute, sino que da su opinión, sienta una cátedra.

-España es un país de catedráticos, en general.

-Sí. Y bueno, también tenemos esa crítica, muy extendida en Internet, que es una crítica del puro insulto. Es complicado. Todo esto genera a veces en el escritor una sensación muy desasosegante. Yo tengo la sensación de que mi obra, por ejemplo a nivel universitario, está siendo mucho más trabajada en el extranjero que en España. Sobre mi obra hay tesis en marcha en Italia, en Holanda, en Francia… En España la producción académica que ha generado mi trabajo es todavía muy pobre. Somos, en general, un país en el que el escritor desempeña un rol mínimo.

-¿Más mínimo que en otros países?

-Sí, yo creo que sí. En un país como Francia la voz del escritor se escucha y se demanda. Hay un caso, para mí paradigmático, de cuando se empezó a dinamitar eso que llamamos el estado del bienestar, durante la segunda legislatura de Zapatero. El Frankfurter Allgemeine Zeitung, uno de los grandes medios de comunicación progresistas de Europa, publicó entonces un artículo de fondo, de cuatro páginas, de un escritor español, Rafael Chirbes. Rafael Chirbes escribió un artículo demoledor, titulado «Zapatero y los caníbales». Esa estrategia en España hubiera sido impensable. Que un medio de comunicación como El País, que podría ser el espejo del Frankfurter Allgemeine Zeitung, hubiera invitado a un intelectual español a expresar sin ninguna cortapisa de páginas qué estaba sucediendo, hubiera sido impensable. ¿Qué espacio ocupan los escritores en España, más allá del de opinadores? La figura del escritor ha estado completamente ausente de los movimientos sociales. Creo yo, vaya; quisiera equivocarme. Ha generado más polémica la concesión del premio Jerusalén a Muñoz Molina que el discurso que Muñoz Molina haya podido tener sobre un movimiento como el 15-M. Y muchas de las voces críticas de este país parece que han dimitido, ya no tienen presencia en los medios. ¿Cuánto escribe Rafael Sánchez Ferlosio? ¡Nada!

-¿El cansancio del profeta en el desierto?

-Sí. Y cuando oyes a alguien presentar un libro y decir: «Odio España», más allá del eslogan, de lo que eso tenga de provocador, yo creo que hay un punto de realidad. Tiene que generar cansancio ese constante clamar en el desierto. Yo estoy muy desencantado. Sabemos que la literatura es un esfuerzo vano, no sólo ahora, sino que lo ha sido siempre, y no tiene que encontrar justificación en lo que digan los demás o en el peso que alcance, pero es inevitable que haya una sensación de: «¿Y todo esto, para qué?». ¿De qué sirve la entrega, el esfuerzo? ¿De qué sirve intentar que la literatura se convierta en un instrumento de…? ¡No sirve para nada! Es como la voz del loco. La voz del loco, por definición, carece de eco, no suena. Al loco nadie le hace caso. A veces uno tiene esa sensación, y tiene la sensación de que, con los años, muchos escritores se van recluyendo en un estar a lo suyo, en un tengo mis lectores, tengo mi obra, tengo mi estatus y voy a cultivarlo, y no quiero meterme en follones. En España sería realmente difícil encontrar figuras que tengan un peso ético en la sociedad desde el punto de vista de la creación. Esa figura del intelectual comprometido, lo que en su momento podía ser un Benet, o con todas sus sombras un Haro Tecglen, o un Goytisolo, yo la echo de menos. Los representantes del pensamiento progresista que en este país ocupan lugares en periódicos, bueno, a veces son muy sospechosos. La izquierda de gente como Rivas es más una izquierda sentimental que otra cosa.

-Cambiando de tercio, en El corrector dices algo así como que Gijón es una ciudad que no ha encontrado quién le escriba.

-Sí, bueno, eso es un tópico que hay, un lugar común. Es cierto que Gijón ha sido una ciudad más ligada a las artes plásticas, que ha dado grandes pintores pero no tanto grandes escritores. Pero bueno, supongo que lo dije más bien como un juego con Oviedo.

-Gijón no ha encontrado a su Clarín.

-No, pero bueno, sí que hay, ¿eh? Hace unos años se postuló en la universidad un curso que se titulaba precisamente «Las novelas de Gijón», y ahí salieron cosas como Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta. En fin, yo no le daría mayor importancia al asunto. Desde luego yo no voy a ser ese novelista de Gijón. Yo siempre pensé que José Antonio Mases podría haber sido ese novelista de Gijón, porque es un hombre que conoce Gijón muy bien, que ha vivido muchos años aquí, y que siempre ha tenido un gusto por reflejar momentos históricos. Pero nunca acabó de dar ese paso. También tenemos La balada del pitbull, de Pablo Rivero, una pequeña radiografía de un posible Gijón, que podría parecer una novela menor porque estaba protagonizada por un ultra del Sporting, pero al mismo tiempo era una novela que daba ciertas pinceladas sobre un mundo con una idiosincrasia muy marcada, esos barrios un poco periféricos, ese Gijón que a veces no nos gusta mirar, lejos de la postal, ese Gijón como residual… Y yo que sé, seguramente la novela de Gijón al final la escriba un chino, el hijo de un chaval que tenga una tienda de chinos y que a lo mejor dentro de treinta años tenga hijos de Gijón, del barrio de La Calzada… Yo, desde luego, no la voy a escribir.

-Como colaborador de varios periódicos, ¿cómo ves a los medios de comunicación en general?

-Los veo como la voz de su amo. El periodismo en España, como todo en este país… En este país no hay separación de poderes, Pablo. Ése es el gran drama de España. A Montesquieu aquí no lo leyó nadie, y si lo leyó lo leyó para quemar el libro. No hay separación de poderes. Todo depende de la política, todo. No hay más que ver el peaje que se les ha hecho pagar en este país a determinadas periodistas. Todos tenemos en la cabeza la imagen de Enric González, siendo poco menos que defenestrado por El País por su actitud en Estados Unidos como corresponsal, etcétera. Por otro lado creo que ha sido un drama el cierre de Público. Porque Público, con sus sombras también, como su incondicional defensa en determinados momentos de la figura de Chávez, que rozaba a veces el esperpento, tenía ahora mismo el mejor momento para su historia que era escribir desde el contrapoder. Esto que nos ha tocado vivir creo que era el mejor momento para un periodismo muy, muy, muy comprometido, y no ha podido ser. Y la deriva de El País en los últimos años es terrible. Claro, un periódico que tiene a Cebrián como director… En fin, la situación del periodismo es terrible en general. Yo me hacía cruces el otro día viendo esa imagen orwelliana de Rajoy transformado en una pantalla de plasma, haciendo una intervención sin derecho a réplica, con toda aquella tribu, toda aquella corte de periodistas tomando nota educadamente. En esos momentos te preguntas por qué el periodismo no se planta ante esa actitud, porque no nos negamos a estar presentes en esta parodia que ya no es que lo traicione, es que destruye el propio sentido del periodismo. Y hay una cosa curiosa. El periodismo digital no tiene ideología, es algo que yo he descubierto recientemente. Y he podido decir las mayores barbaridades desde el punto de vista ideológico en un periódico como Abc. ¡Y no ha sucedido absolutamente nada! El periodismo, en determinadas facetas, atiende muy poco a lo que sus colaboradores dicen. En el ámbito de la cultura esto es muy claro: uno puede de pronto estar leyendo el suplemento de un periódico como el Abc y encontrar que el discurso de algunos de sus colaboradores es infinitamente más radical que el discurso que está dando Mario Vargas Llosa en El País. No sé, yo creo que el futuro del periodismo, y esto lo he hablado con buenos periodistas como puede Jesús Calero, de Abc, pasa por ir hacia una prensa no diaria, por un periodismo donde la noticia sea de agencia y lo que enganche al lector sea la firma. La percha de un periódico debe ser la firma. Me da lo mismo que sea una crónica de Ángela Molina en Oriente Medio o una columna de David Trueba sobre la televisión. Posiblemente la supervivencia del periodismo pase por eso, por un periodismo de pago, de pago bien pagado, y no cotidiano. Y, por supuesto, que se pueda vivir un poco al margen de lo que dictan los poderes. En fin, no sé si eso es posible. Por otro lado el periodismo sigue teniendo mucha fuerza para derribar y para acosar… Ejercido con esa dignidad, sigue siendo un arma poderosísima.

Tifo-¿Cómo ves al Sporting?

-¡Oh! (risas). Al Sporting lo veo… Es que la Segunda Divisón es muy puñetera, ahí tenemos esos diez años para comprobarlo. Yo creo que en Primera División ves las cosas venir, pero en Segunda es muy complejo saber qué te va a pasar en dos o tres jornadas. Yo creo que hay equipo para hacer algo más. En los partidos del Sporting he visto una mediocridad tal en toda la categoría, salvando el Elche y el Almería, y tal vez el Alcorcón, al que he visto en un par de partidos y me ha sorprendido, veo un barullo tal que igual podemos espoxigar que acabar en el hoyo. Pero desde luego este año no va a ser el año de pelear por nada. Por otro lado, yo creo que el futuro del Sporting sigue pasando por Mareo, eso hay que tenerlo claro. Pasa por seguir promocionando a los jugadores de allí y…

-¿Y prenderle fuego a la planta noble de Mareo, tal vez? (risas)

-No lo sé, yo ahí no me meto porque no conozco muy bien esos entresijos (risas). La verdad es que esa parte del Sporting la conozco poco y la sigo muy poco. Me interesa lo que pasa en el campo, y en ese sentido ya te digo, ha sido un año muy complicado. Yo lamenté que no le dieran continuidad a Manolo Sánchez Murias. Creo que hubieran debido darle más cancha: un chaval que conoce al equipo, que era la transición perfecta si teníamos que estar otro par de años en Segunda… ¡Que ésa es otra! De repente nos entró el afoguín de bajar y subir, como no recordásemos lo que fueron aquellos diez años en Segunda. ¡A lo mejor habría que haberse planteado un proyecto no un año, sino a tres! Y es que es quemar otra vez otro proyecto… Estás promoviendo a un chaval que conoce al Sporting, que ha entrenado al B, ¡y a la primera oportunidad le quemas ya para siempre! Ese chaval ya no va a volver al Sporting… En fin, yo sueño con volver a ver al Sporting en Primera, pero también al Oviedo. Lo que más echo de menos es el derbi. Los chavales de Gijón de ahora no saben lo que es un derbi. Es un partido a muerte que hay una generación entera de sportinguistas que no sabe lo que es. ¡Eso es lo más guapo! Cuando la gente les grita que ojalá bajen a Tercera no saben lo que dicen.

-Para acabar, recomiéndanos un libro, una película, un cómic y algo de música.

-Un libro… Ya que estamos hablando de las cosas que pasan ahora, a mí me ha interesado mucho Democracia, de Pablo Gutiérrez, uno de esos autores atentos a los que sucede. Película, la última que me ha impresionado es una película húngara que se llama El caballo de Turín. Es una película muy singular porque parte del derrumbamiento de Nietzsche. Nietzsche se derrumba, supuestamente, un día que pasea por Milán y ve a un cochero azotar a un caballo. Hay una imagen muy célebre de Nietzsche abrazándose al caballo y derrumbándose. El director de esta película, que se llama Béla Tarr, en vez de seguir a Nietzsche, decide seguir al caballo y al cochero. Cuenta seis jornadas a partir de ese acto, todo de un modo muy simbólico. Es una película que hay que ver, una obra maestra. Cómics… Yo creo que el último cómic que recuerdo como una puñalada fue Jimmy Corrigan, de Chris Ware. Me parece un libro que lleva más allá al cómic, que lleva al arte del cómic a unas cotas altísimas. Y música, el último disco de los Black Keys, El camino, me parece superior.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s