Pablo García Guerrero

Fin de régimen. Alcorcón 0, Sporting 1

Fotografía de La Nueva España

Fotografía de La Nueva España

En Valverde del Camino, diez mil habitantes en el interior de la provincia de Huelva, hay peñas del Madrid, del Barça, del Betis e incluso del Athletic de Bilbao, pero ninguna del Recre. En la propia capital, muchos tienen al «decano» como segundo equipo, después de los grandes, los grandes de siempre y los que lo son porque ganaron lo que no ganó el Sporting hace treinta años. Pasa entonces que a veces hay partido en el Colombino y nadie se entera.

En Segunda, y más allá, debe de haber muchos clubes así: más que de la ciudad, son equipos como de barrio, y ser socio o ir al estadio se debe de sentir como una obra de caridad antes que como una necesidad.

Visto en comparación, pues, con esa mayoría de equipos de Segunda, el Sporting está claro que es otra cosa. No hay competencia en la ciudad, ni en ninguna del entorno, y sólo los desclasados, los recién llegados y los gilipollas viven más un empate del Barça, es un decir, que un mísero 0-1 del Sporting en Alcorcón. Hay, además, una cierta historia, de casi títulos, varias leyendas vivas, al menos para los de mediana edad (Quini pasando frío en la banda —¡cuánta razón tiene Hugo Pérez!—, Luis Enrique, Villa, Preciado, Mareo —¿Mareo?—…), y una afición viajera y violenta.

Cosas así. El Sporting no es, entonces, un Girona, un Sabadell, una Ponferradina, ni un Recre, un Elche y tampoco un Racing. Pero viéndolo jugar el sábado, como desde que llegó Sandoval, y antes, y mucho antes —y tan antes que ya casi hay que hacer arqueología más que memoria para recordar haber visto jugar bien al Sporting—, viéndolo el sábado jugar y viéndolo errar, encanallarse y emputecerse en lo económico y lo deportivo, la gestión, la dirección, las relaciones con el socio, viéndolo cometer una y mil veces los mismos errores que han condenado a generaciones enteras de aficionados con buena formación, idiomas, dominio del ordenador y las drogas y algunas nuevas ideas a sufrir la incompetencia más prolongada del fútbol español y a no haber podido llevarse a la boca más que un mísero ascenso —cuando otros equipos que son segundos y terceros equipos han jugado finales de Copa y han ido a la Uefa y a la Champions, y les dura la administración concursal un suspiro, mientras que la del Sporting moriremos sin verla terminada—, esos jóvenes preparados y con ideas condenados a sufrir la gestión de Fernández como están condenados a huir de un país que se derrumba sobre sus cabezas y sobre las de los que no podrán huir; viéndolo así, el sábado y siempre, con esos ojos de derrumbe, con Sandoval, Pepín Fernández y compañía, con Quini pasando frío en la banda, tienes que gastar mucho esfuerzo para no hacer como en Valverde del Camino y crear tu propia peña de, no sé, el Málaga o el Rayo. Del Rayo siempre hay motivo para hacer una peña, por lo demás.

Fotografía de La Nueva España

Fotografía de La Nueva España

La prensa del régimen lo oculta, pero hay profundos movimientos de cambio que hace años ni se intuían. Con buena organización y algo de suerte, quizá se pueda evitar que en Gijón acabemos sintiendo caer la lluvia y el pasmo desde un bar vacío donde ganan equipos que no son los nuestros, porque el nuestro ya no exista, o no nos importe.

Sí se puede.

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