Marcos García Guerrero

Downton Abbey. El crepúsculo de los dioses

A la hegemonía de las series norteamericanas, protagonistas en los últimos tiempos de la tan cacareada «edad dorada de la televisión», sólo le ha hecho sombra, tímidamente y de forma esporádica, algún producto de nacionalidad diversa y calidad indiscutible cuyo éxito le ha permitido traspasar sus propias fronteras para normalmente acabar siendo revisado en clave USA. Es el caso de series como la danesa Forbrydelsen, que inspiraría a The Killing, o la israelita Hatifim, original que adapta la afamada y multipremiada Homeland. Sin embargo, Gran Bretaña ha sido la excepción a esta regla. Si hay una industria de ficción televisiva que por tradición podía plantarle cara (no en cantidad pero sí en calidad) a los transatlánticos americanos, ésa es la británica. Y ha estado a la altura del envite. Prueba de ello son algunas de las mejores y más originales series de los últimos años, como Black Mirror, Sherlock, Misfits, The Office o Doctor Who. Pero ha sido en el drama histórico, la gran especialidad de los británicos, donde éstos se han doctorado con una serie de factura impecable y de espíritu absolutamente british, que se ha ganado el beneplácito de la crítica especializada, el entusiasmo del público y el reconocimiento de los más prestigiosos galardones internacionales, convirtiéndose además en un acontecimiento que trasciende lo meramente televisivo. Hablamos de Downton Abbey.

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Reparto de la primera temporada de Downton Abbey

Vida escaleras arriba y abajo

Empecemos con un dato revelador: Downton Abbey es la serie de televisión británica de mayor coste por minuto. Sigamos con un dato resultón: Downton Abbey ha ganado los galardones internacionales más importantes del medio: Baftas, Emmys y Globos de Oro. Concluyamos con el dato definitivo: Downton Abbey es la serie extranjera más vista de la historia de la televisión norteamericana. Amén.

Citados ya los logros de postín, centrémonos en lo más importante: qué cuenta Downton Abbey y cómo lo cuenta.

Creada y coescrita por Julian Fellowes, ganador del Oscar al mejor guión original en el 2002 por Gosford Park (Robert Altman), Downton Abbey nos narra la vida de la aristocrática familia Crowley y su personal de servicio en la casa de campo que da nombre a la serie, durante los convulsos y fascinantes años poseduardianos. Fellowes (escritor, director, productor, actor y barón de West Stadford) bebe directamente de Arriba y abajo, serie británica de los años setenta de premisa similar (no han faltado las acusaciones de plagio), así como de otros títulos en la misma línea como Maurice, de James Ivory, Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, o Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro. Herencias, amores, guerras, misterios, envidias…, y todo en ello enmarcado en el crepuscular cuadro de la aristocracia inglesa de principios de siglo. Downton Abbey se emparenta de forma natural con la tradición literaria británica que rememora con nostalgia y orgullo los últimos coletazos del Imperio británico y su nobleza.

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Parte del servicio de Downton Abbey en formación

En su guión, Fellowes no elude una (sutil) crítica a la desigualdad social, combinándola con una evidente admiración por el estilo de vida aristocrático (él es noble y se enorgullece de ello). Un acierto es que los personajes son presentados para ser juzgados no por su clase social, si no por su actitud moral, alejándose así de maniqueísmos al uso. Pero donde Downton Abbey brilla por encima de todo es en su descripción detallada del microcosmos de la vida doméstica de una casa aristocrática; en la recreación de los modos y maneras de las familias de alta alcurnia y el engranaje perfecto que las sustenta.

Con una ambientación exquisita y una dirección sobria, cada capítulo, que ronda la hora de duración, es un pequeño largometraje de ritmo pausado en el que la narración avanza de forma natural, sin las prisas ni atropellos en los que podría caer una película. Los personajes ganan así en complejidad y profundidad, y las tramas son desarrolladas como su lógica interna demanda, aderezadas de vez en cuando con toques folletinescos que las hacen adictivas para el espectador. Con un reparto soberbio encabezado por la magistral Maggie Smith (que en la tercera temporada protagoniza un duelo interpretativo antológico con la siempre genial Shirley MacLaine), y una música impecable firmada por John Lunn, queda claro que en Downton Abbey no sobra ni una de las libras que se han empleado en su elaboración.

El fenómeno Downton Abbey

Es interesante plantearse qué hace especial a Downton Abbey cuando ha tenido repercusiones en su propio medio, en el mundo editorial, en la moda y en los más diversos ámbitos, incluido el político.

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Violet, condesa viuda de Grantham (Maggie Smith), flanqueda por la condesa de Grantham y sus hijas

El medio televisivo siempre se ha mostrado presto a imitar los productos de éxito. Lo curioso es que en esta ocasión es la BBC, normalmente pionera, la que ha ido al rebufo. Para competir con la ITV, canal que emite en las islas británicas Downton Abbey, el canal público ha respondido con un remake de Arriba y abajo, y con series de época como Parade’s End (adaptación de la tetralogía de Ford Maddox Ford en colaboración con la HBO y la VRT), Call the Midwife (basada en las memorias homónimas de Jennifer Worth, que ha conseguido los mejores datos de audiencia de la BBC en los últimos diez años) o The Paradise (adaptación de El paraíso de las damas, novela de Émile Zola). Hasta la propia ITV ha competido contra sí misma con producciones a la estela de su gallina de los huevos de oro. En Estados Unidos, cuyo olfato para los negocios siempre ha estado superdesarrollado, han sabido reconocer que en estas lides no pueden competir con los británicos, y se han acercado con contención al género (como en el caso de la citada coproducción de Parade’s End o la excepcional adaptación de la novela de James M. Cain Mildred Place). Todo lo contrario a España, tan dada siempre a copiar con la misma alegría que ineficacia los éxitos foráneos, y que se ha subido al carro (ignoremos conscientemente seriales patrios que torpedeaban nuestra parrilla televisiva ya antes de Downton Abbey) con producciones como Gran hotel, que, no obstante, han cosechado importantes datos de audiencia (sorprendentemente, ésta ha dado el salto a la islas para ser emitida en la plataforma por satélite británica Sky).

Lo habitual es que los medios audiovisuales se hagan eco de éxitos o tendencias literarias. Pero en el caso de Downton Abbey ha sido a la inversa: el interés por el drama histórico ambientado en el primer tercio del siglo XX ha pasado de la pequeña pantalla a las librerías. Las editoriales han visto un nicho de mercado en expansión, y, como declaró a The New York Times la responsable de Penguin Books Stephen Morrison, había que «cabalgar la ola de Downton Abbey». A las publicaciones del propio Julian Fellowes como Snobs o Pasado imperfecto (Suma de Letras), o de su sobrina, Jessica Fellowes, y su The World of Downton Abbey, hay que añadir novelizaciones relacionadas con el castillo protagonista de la serie, como Lady Almina y la verdadera historia de Downton Abbey, de Fionna Carnarvon (Suma de Letras), interesantes ensayos que estudian la historia de los criados en las casas de campo inglesas, como Escaleras arriba y abajo, de Jeremy Musson (Esfera de los Libros), o bestsellers que se han beneficiado de esta tendencia, como La casa Riverton, de Kate Morton (Suma de letras), o la trilogía de The Century, de Ken Follet (Plaza & Janés).

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Colección de Ralph Lauren inspirada en Downton Abbey

Como ya pasara con Sexo en Nueva York o Mad Men, el mundo de la moda tampoco ha sido ajeno al fenómeno. Se han escrito multitud de editoriales en revistas de moda relacionadas con Downton Abbey, y nombres de referencia como Ralph Lauren o Louis Vuitton han caído hechizados por su elegancia aristocrática dedicándole espectaculares colecciones. Otro campo en el que también ha repercutido es la política.: los laboristas han visto con preocupación su éxito masivo y la han tildado de panfleto conservador, mientras que los tories la han acogido automáticamente como serie de cabecera, hasta el punto de nombrar a Fellowes miembro de los lores.

Pero la cuestión no se queda ahí. Los dueños de las grandes casas de la campiña inglesa se frotan las manos desde que los Crowley y sus sirvientes irrumpieron en la pequeña pantalla; hay tiendas de decoración que están haciendo el agosto con sus objetos de época; en las redes sociales se imita el humor y el carácter de muchos de sus personajes; y hasta el jerez se ha puesto de moda, sobre todo entre la gente joven (como atestigua un artículo del Daily Mail, y afirma Mark & Spencer, marca clásica inglesa de Jerez).

En las entrañas de Downton Abbey

Una respuesta simplista sería relacionar la crisis económica y los apuros que está viviendo el ciudadano medio con este interés por la high class y la aristocracia tradicional. Está claro que, al igual que nos acercamos a la ficción como ejercicio de escapismo vital, nos podemos dejar seducir por los encantos de las clases altas para darnos un respiro de nuestra descorazonadora realidad. Pero no se puede obviar que la vida de las clases pudientes siempre ha provocado interés, ya sea desde el sentimiento de envidia, de admiración o de repudio. Y a veces de forma inevitable, ya que durante demasiado tiempo la cultura ha sido monopolizada por los estratos más altos de la sociedad (los únicos alfabetizados), los cuales han tendido con frecuencia a mirarse su propio ombligo. Como decía un escritor de noble cuna como Tolstói, la vida de las clases bajas era para ellos algo «ajeno y aburrido».

Pero no hace falta ir tan lejos en el tiempo para intentar comprender este fenómeno. Géneros modernos como el chick-lit celebran con alegría la frivolidad y los asuntos vacuos de la alta sociedad contemporánea, obteniendo un éxito considerable semejante al que ya consiguieran escritores anteriores como Patrick Dennis o Nancy Mitford. Existe, asimismo, un consistente cuerpo de autores británicos, desde Jane Austen a P. G. Wodehouse, pasando por William Makepeace Thakeray, Agatha Christie o el ya citado Evelyn Waugh, que, partiendo de diferentes postulados, se han acercado con indudable éxito al mundo del servicio doméstico, de la campiña inglesa, y al de la alta sociedad.

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El RMS (Royal Mail Steamship) Titanic, partiendo de Southampton (Inglaterra) el 10 de abril de 1912, destino Nueva York (Estados Unidos)

Así pues, el éxito de la serie de Fellowes no puede sorprendernos. Sin embargo, hay que resaltar que Downton Abbey posee un elemento que la hace especial: se enmarca en un periodo histórico interesante per se, y lo suficientemente cercano a nosotros como para que trascienda la mera ficción de señores y criados. Y es que los acontecimientos que rodean las vida de sus protagonistas explican en parte nuestro mundo actual, con lo que en ellos estamos viendo nuestro presente. Recordemos que una de las películas más taquilleras de todos los tiempos es Titanic (James Cameron, 1997), recreación de uno de los acontecimientos que mejor simboliza el final de esa era. Y es que tanto Downton Abbey como Titanic (y también la miniserie que le dedicó el propio Fellowes en el 2012 para la ITV) no dejan de tratar un mismo tema: el anquilosamiento de la vieja aristocracia frente el auge imparable de la burguesía, reflejado en el paso del bastón de mando mundial del Imperio británico a los pujantes Estados Unidos.

El final de la época eduardiana y el mundo que nace a partir de la Gran Guerra es un periodo de cambios en el que el ritmo de la historia se acelera: la consolidación de un nuevo orden político y social, el fortalecimiento del movimiento obrero, los avances del sufragismo, la liberalización de la mujer… Nadie parecía estar preparado para el siglo XX, y mucho menos la aristocracia.

Como dice Robert Crawley, conde de Grantham y señor de Downton Abbey: «Nos dirigimos a un nuevo e intrépido mundo. Sólo tratemos de afrontarlo con tanta elegancia como podamos».

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