Víctor Guillot

Owen Jones: orgullo de clase obrera

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«Ya veis, mandándome al reformatorio me han mostrado la navaja, y de ahora en adelante sé algo que no sabía antes: que ellos y yo estamos en guerra. En guerra perpetua.»

(Allan Sillitoe: La soledad del corredor de fondo)

Son considerados unos parásitos, una «floreciente clase palurda», vagos, maleantes, borrachos, jóvenes delincuentes, sin estudios ni trabajo, auténticos analfabetos, peligrosa basura humana. Son pobres y marginales y, sobre todo, blancos. Para algunos, lumpen-proletariado; para otros, directamente escoria a la que hay que barrer del mapa. Así lo denuncia Owen Jones en Chavs: la demonización de la clase obrera (Capitán Swing, 2012), el libro que pone de manifiesto que la lucha de clases continúa, que sus protagonistas siguen ahí, con una clase dirigente más arraigada en el poder que nunca y con una clase obrera tan devaluada que su juventud se ha convertido en objeto de mofa y befa por parte de la prensa y las cadenas de televisión de toda Inglaterra.

chavs_150pppCon el término chavs, la derecha y los mass-media hacen referencia a una juventud desclasada y denigrada, cuyo mensaje ha calado en la conciencia de la sociedad británica hasta el mismo tuétano. Contra esa consigna surge el libro de Owen Jones, que, a lo largo de más de 300 páginas, desmonta los mitos que han permitido convertir a la clase trabajadora en la diana de todos los escupitajos. Y lo hace narrando a un ritmo trepidante el devenir de los ingleses, lo consigue analizando la esencia del thatcherismo, el desmantelamiento de la industria británica, el debilitamiento y la agonía del movimiento obrero de los últimos cuarenta años, la desaparición paulatina de ciudades industriales, la perversa connivencia del nuevo laborismo y los efectos del multiculturalismo en el discurso ideológico de la socialdemocracia británica.

¿Pero quién es Owen Jones? Pues sorprende descubrir a través de este libro a un joven de 28 años nacido en Sheffield, periodista y afiliado al Partido Laborista, columnista para The Guardian, The Independent o el New Statsman, que no renuncia a describir la realidad desde una perspectiva marxista, revigorizando conceptos como el de lucha de clases y enumerando un sinfín de ejemplos que conforman la historia y la vida cotidiana del mundo obrero. Porque más allá de anular la caricatura que los medios de comunicación hacen de la juventud de los barrios obreros de Sheffield, Glasgow o Londres, su libro encierra un relato sobre el devenir de la sociedad británica desde una profunda conciencia de clase, tomando partido por los desahuciados, los desposeídos, los parados, los trabajadores en condiciones laborales precarias, las viudas, las madres solteras, los huérfanos, porque todos ellos son, en definitiva, clase obrera.

Margaret-Tatcher

«La moral es personal. No existe la conciencia colectiva, la bondad colectiva, la consideración colectiva o la libertad colectiva. Hablar de justicia social, de responsabilidad social o de un orden nuevo puede que sea fácil y nos haga sentir bien, pero no nos exime a cada uno de nosotros de nuestra responsabilidad personal.»

(Margaret Thatcher)

Como explica Owen Jones en las primeras páginas del libro, la demonización de la clase obrera no se puede explicar sin volver la mirada hacia el experimento thatcherista de los años ochenta, que forjó una sociedad dividida, antes de que ésta se abrazara al individualismo más feroz. Su objetivo primordial fue destruir las comunidades, las industrias, valores e instituciones obreras con el único fin de lograr que todo individuo renunciase a ser considerado miembro de la clase trabajadora. El objetivo era acabar con el movimiento obrero como fuerza política y económica en la sociedad, sustituyéndolo por un conjunto de individuos o emprendedores dispuestos a competir entre ellos.

El populismo fue  la mejor baza del thatcherismo para dividir a la clase trabajadora y cortejarla durante sucesivas elecciones. Apelar a sentimientos nacionalistas, al sectarismo religioso, al paternalismo obrero y al multiculturalismo de última hora, y ofrecer al mismo tiempo un sueño a todos los individuos, inspirado en la oportunidad de ser algún día clase media, fueron fracturando el laborismo primero y a la clase obrera después, hasta llegar a su actual humillación.

A pesar de ello, Owen Jones reivindica la permanencia de una clase obrera y, por lo tanto, la vigencia de una lucha de clases en la que los capitalistas continúan hiriendo con recortes sociales sus derechos. Cuando Jones le pregunta al ex líder laborista Niek Kinnock si los conservadores eran los guerreros de la clase política británica, éste le responde: «No, porque nunca han tenido que librar una lucha de clases. En gran parte porque nosotros firmamos un tratado de paz sin comprender que ellos no lo habían hecho».

La réplica de Owen Jones al thatcherismo se sitúa en el marco de un discurso marxista que exige la reorganización del movimiento obrero para poder afrontar los ataques del neoliberalismo actual. Para ello se servirá de entrevistas a diferentes diputados torys, laboristas, sindicalistas, periodistas conservadores y progresistas, sociólogos, comentaristas y, por supuesto, trabajadores y desempleados. Pero Chavs no es sólo un retrato de la historia de los últimos cuarenta años del Reino Unido. Da un paso más allá, afirmando que «cualquier discurso sobre la clase obrera es en sí mismo subversivo por un sinfín de razones. Implica que un grupo posee el poder y la riqueza de la sociedad, y que otros no. Si se acepta eso, sólo hay un paso para concluir que es algo que deber rectificarse. Sugiere que un grupo de personas vive de trabajar para otros, lo que suscita cuestiones de explotación. Anima a definir los intereses económicos propios frente a los de los demás. Pero, ante todo, evoca la noción de un bloque potencialmente organizado con poder político y económico que podría declarar la guerra contra la riqueza y los privilegios».

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«La nueva Gran Bretaña es una meritocracia»

(Tony Blair, 1997)

Si el thatcherismo lograba que la industria se desangrara, el nuevo laborismo la remataría. Su filosofía no hundía sus raíces en mejorar la suerte de la clase trabajadora, sino en cómo escapar de ella, tratando de construir «la mayor clase media que ha existido nunca», tal y como afirmaba Tony Blair al poco tiempo de ser elegido primer ministro en 1997. Según Owen Jones, a los ojos del nuevo laborismo ser de clase trabajadora con aspiraciones implicaba abrazar el individualismo y el egoísmo. La movilidad social se presentó como la mejor forma de catapultar a una minoría de individuos de clase trabajadora a la clase media, reforzando la idea de que ser un obrero «era algo de lo que había que escapar».

Durante la etapa de gobierno de Tony Blair, la caricatura chav ocultó la realidad de los obreros. Se vendió la imagen de una más o menos confortable Inglaterra media por un lado, mientras, por otro, la vieja clase trabajadora degeneraba en residuos de pobreza sin mayor esperanza. Desmoronados los pilares sobre los que se sostenía durante los gobiernos de Thatcher, los políticos conservadores y laboristas lo tuvieron muy fácil para afirmar que todos eran clase media. ¿Les suena?

Sin embargo, el mayor pecado del nuevo laborismo no fue sólo continuar la escabechina que había empezado Margaret Thatcher. De algún modo el fetichismo por la riqueza y el dinero, expresados en el boom financiero de la City, explotó definitivamente con Tony Blair, desdibujando la identidad de la clase trabajadora que ahora se sentía más clase media que nunca. Ese sentimiento de éxito se debió en gran medida al descontrol del crédito para la compra de vivienda. Muchos trabajadores creyeron que por ser propietarios de una vivienda habían logrado un estatus que no disfrutaban mientras eran arrendatarios, aunque su salario no les alcanzara para pagar las cuotas de la hipoteca. Esta política de vivienda, que había comenzado con Margaret Thatcher al aprobar una ley de compra de vivienda protegida en 1984, provocó en cinco años una burbuja inmobiliaria que encareció el precio de las casas al tiempo que taponaba la construcción de nuevas viviendas protegidas en régimen de alquiler para quienes más las necesitaban. El nuevo laborismo continúo con este modelo afirmando que todo individuo era un capitalista, ocultando una realidad más cruda y menos especulativa: y es que mientras los salarios se reducían paulatinamente y aumentaba su carga fiscal, la brecha entre ricos y pobres crecía.

Pero si algo nuevo aportó el laborismo de Blair y Gordon Brown a la política británica fue el desarrollo jurídico del multiculturalismo como única plataforma reconocida para la lucha por la igualdad, de manera que la clase trabajadora blanca se convertiría en una nueva etnia con una cultura propia y distintiva. Como afirma el joven Jones, «este enfoque nos encamina un poco más a vincular los problemas de las comunidades de la clase trabajadora a su identidad en vez de a su clase. Y lo que es más peligroso, fomenta la idea de que la gente de clase trabajadora de grupos étnicos diferentes compite entre sí por la atención y recursos». En el breve plazo de cuatro años, el discurso multiculturalista sólo sirvió para abrir la puerta de los ayuntamientos a formaciones políticas racistas como el Partido Nacionalista Británico (British National Party, BNP), que, desde el populismo más grosero, trató de convertirse sin éxito, todavía, en el brazo político de la clase trabajadora blanca.

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«Lo que debéis comprender sobre el Partido Conservador es que es una coalición de intereses privilegiados. Y el modo en que gana elecciones es dado sólo lo justo al número justo de personas.»

(David Cameron, 2010)

Si hay un ejemplo práctico de esta proclamación de la meritocracia sin duda alguna ha sido la política fiscal británica de los últimos treinta años, basada en un incremento de la carga impositiva sobre las rentas más bajas. Su justificación no deja de ser bastante simplista, aunque no por ello menos eficaz: los de arriba generaban la riqueza que ellos querían que se creara. De acuerdo con esto, el sistema fiscal se ha reconfigurado para reflejar el supuesto valor de las personas. Si la gente es pobre, se debe a sus propios defectos.

Las razones de la pobreza o la marginalidad, de la realidad de los chavs y de los que no lo son y apenas reciben un salario que les permita ir tirando, atienden primordialmente a la conducta de quienes la padecen y no a la realidad sobre la que intervienen. El desmantelamiento de las ciudades industriales como Glasgow se despachó alegremente como «hechos externos» o, lo que es lo mismo, la culpa es de la gente, ni siquiera de la clase trabajadora. Las víctimas han sido las culpables de la actual situación política y social.

Como decíamos al principio, Chavs no es sólo un dinámico relato sobre las causas que han dado lugar a la demonización de la clase obrera. Es también un argumentario que destruye los mitos que han propiciado esta demonización. Así que incluye centenares de datos que demuestran, por ejemplo, que los niños de familias acomodadas son los más bebedores y que los adolescentes con padres desempleados tiene menos posibilidades de haber probado siquiera el alcohol porque es menos probable que lo puedan conseguir en casa. También pone de manifiesto que los medios de comunicación dirigidos por clases medias están destinados a la clase media y son de la clase media. Según Jones, «los periodistas que han promovido el odio a los chavs vienen de entornos restringidos y privilegiados», logrando que «incluso periódicos cuyos lectores son en su mayoría clase trabajadora se sumen al juego».

La desindustrialización, por un lado, y el desarrollo de las nuevas tecnologías, por otro, han provocado un nuevo modelo laboral, acentuando su carácter telemático y su precarización. El sindicalismo del siglo XXI no ha conseguido encontrar un modelo orgánico que sea capaz de dar protección a los cientos de miles de teleoperadores que trabajan al servicio de las grandes compañías de las telecomunicaciones. No hace falta irse tan lejos para observar que lo mismo sucede con camareros, cajeras y otros empleos precarios, en los que las organizaciones sindicales no han sido capaces de extender su influencia.

Sin lugar a dudas, este hecho ha sido determinante para que los trabajadores hayan renunciando a su sindicalización, pero tampoco es menos importante otro fundamento cultural: la pérdida de la identidad obrera. No resulta extraño que Mohamed Al Fayed, propietario de la archiconocida galería Harrod’s, se describa a sí mismo como miembro de la clase trabajadora. Lo mismo sucede entre brockers de la City, simplemente por el hecho de que trabajan. De forma inversa, entre profesores y académicos, ser de la clase trabajadora es sinónimo de pobre, mientras que ser clase media significa ser culto. Pocos se han parado a pensar en la clase trabajadora en términos salariales ni en el margen de autonomía que poseen a la hora de ejercer su actividad laboral.

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Estudiantes durante la manifestación del 10 de noviembre del 2010 contra la subida de las tasas universitarias, en Londres

Como se ve, Chavs ofrece un exhaustivo análisis de la vida británica, desde análisis de izquierdas, que a nadie deja indiferente y que inmediatamente empuja al lector español a realizar las pertinentes comparaciones. Pero no hay que quedarse con una sensación amarga en la boca después de haber leído estas palabras. Owen Jones nos habla también, en las últimas páginas de su libro, del surgimiento de una nueva era que él denomina «de la disconformidad» y que en el Reino Unido llegó el 10 de noviembre del 2010, cuando el sindicato nacional de estudiantes convocó una manifestación contra el proyecto legislativo que pretendía triplicar el precio de las matrículas universitarias. Sólo se esperaba que acudieran en torno a veinte mil personas, pero ese día hubo más del doble manifestantes. «La mayoría de los que tomaron las calles se politizaba por primera vez, y la experiencia de marchar junto a otros jóvenes indignados era estimulante y fortalecedora […]. Muchos de los manifestantes más bulliciosos y decididos no eran estudiantes de clase media, sino adolescentes de clase trabajadora furiosos por la supresión de la beca estudiantil. Muchos de ellos tenían la sensación de que un gobierno de millonarios les estaba cerrando las puertas en las narices. Por otra parte, las marchas sindicales han comenzado a contestar las medidas de austeridad que siguen haciendo mella en los empleos y la calidad de vida de la clase trabajadora, que nuevamente se enfrenta a un Gobierno que les está obligando a pagar una crisis en cuyas causas nada tienen que ver.»

Chavs se presenta como un libro esencial  para conocer la realidad obrera británica, las causas de su desmoronamiento político y las estrategias que debe adoptar para su rearme social. Un gran reportaje que logra traspasar fronteras y que se convertirá en manual imprescindible para el debate que la izquierda debe afrontar para poder dar resupesta a la actual crisis económica.

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