Ismael Rodríguez

Yo para ser feliz quiero un país

 Sealand

«Así pues, nos vamos de aquí para ser reyes»

El hombre que pudo reinar, Rudyard Kipling

Cuando Rudyard Kipling escribió su inmortal El hombre que pudo reinar, en 1890, los miembros de la bienpensante sociedad inglesa seguramente no pudieron evitar el esbozo de una sonrisa ante el alocado plan urdido por Peachy Carnahan y Daniel Dravot para convertirse en reyes de la ficticia región del Kafiristán. La reacción de los espectadores frente a la magistral película de John Huston por la que muchos conocieron el relato no pudo ser muy diferente, pese a que se rodó ya en 1975. A día de hoy, en la época de la muerte de las fronteras tradicionales y del mundo globalizado, podemos suponer que la incredulidad de un eventual lector solamente iría en aumento.

Sin embargo ya deberíamos saber que la realidad tiene la gran virtud de sorprendernos cuando menos lo esperamos, y contra todo pronóstico sigue existiendo gente que parece capaz de levantarse un buen día y decidir que su objetivo en la vida es convertirse en monarca de su propio país. Puede que no tengan el carisma de Sean Connery o Michael Caine, y que su historia no esté tan bien escrita ni dirigida, pero no dejan de convertirse en protagonistas de historias tan increíbles que tienen que ser verdad.

 Aquellas locas micronaciones

Por supuesto no debemos pensar que todas las posibles micronaciones son iguales. Del mismo modo que las naciones convencionales, estás entidades han tenido todo tipo de orígenes. De hecho algunas han nacido de la mano de un programa televisivo, otras son hijas de curiosidades históricas, del ansia por la independencia de muchos australianos, o incluso son la expresión de una protesta contra el legítimo gobierno de un territorio. Al fin y al cabo, ¿existe alguna manera más rotunda de expresar el descontento con las políticas de un gobierno que abandonar el estado que dirige unilateralmente?

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Principado de Llanrwst

Las micronaciones oscilan, así, entre lo curioso, lo gracioso y lo directamente bochornoso. Uno puede encontrarse curiosidades históricas como un pequeño pueblo de nombre impronunciable situado en el centro de Gales (llamado Llanrwst, exactamente) que fue declarado municipio independiente por un príncipe de la región en 1276, para nunca volver a ser reclamado de nuevo por ningún monarca posterior. Por cierto, que incluso a los fans de Catatonia les sorprendería averiguar que, poniéndonos exquisitos, una buena parte de sus integrantes no eran galeses, sino originarios de este pequeño microestado.

En la herencia histórica se sitúa también el caso de Segorba. Este pequeño principado italiano fue vendido en 1729 al Reino de Cerdeña, para posteriormente ser olvidado en todo documento oficial, lo que algunos han utilizado para justificar su independencia. Merece la pena destacar que cuando se propuso finalmente establecer el principado e independizarse de Italia en 1995, en un movimiento que buscaba revitalizar el turismo de la región por encima de cualquier otra consideración, la votación se saldó con 304 votos a favor y solamente 4 en contra.

Menos curioso, pero extrañamente exitoso, es el caso del Principado de Hutt River. Su origen se encuentra en una serie de granjas del oeste de Australia cuyos dueños decidieron enfrentarse a la cuota para la venta del trigo impuesta por el gobierno en 1970. Tras una sucesión de juicios, llamamientos a la ley internacional y comunicaciones con las altas instancias el inesperado resultado del enfrentamiento fue que el gobernador general de Australia aceptó de facto la independencia de la región. Por supuesto fue sin querer: al referirse al fundador de la micronación, Leonard George Casley, como “Administrador de la Provincia de Hutt River” en una misiva oficial le dio a este una supuesta prueba física de la independencia legal de la región. A pesar de que Australia siempre ha insistido en que tal independencia no existe, lo cierto es que desde entonces el Principado no ha vuelto a pagar impuestos a Australia y, viviendo 14 personas en su territorio, ha llegado a emitir más de 14000 pasaportes.

Por supuesto también hay otros casos que no pasan de ser una broma llevada demasiado lejos. Este podría ser el caso de la República de Molossia. Su fundador, Kevin Baugh, ya jugueteaba con tener su propia nación desde niño, llegando a defender que se trata de una nación de fronteras cambiantes, según su residencia. A día de hoy parece estar formada por la capital, rodeada por completo por el estado de Nevada, y una colonia en el sur de California heredada de su abuelo. Por lo demás también reclama 130.000 kilómetros cuadrados de suelo venusiano y un pequeño terreno marino en pleno Océano Pacífico. Casi nada.

Podríamos seguir enumerando muchas más de estas micronaciones, entre las que se suele incluir el Reino de Redonda, tan querido por los seguidores de Javier Marías, pero en su lugar vamos a centrarnos en la que posiblemente sea la más famosa de todas: el Principado de Sealand.

El mejor regalo del mundo

La historia del Principado de Sealand está unida, curiosamente, a un periodo muy interesante de la historia de la música popular británica. A lo largo de los años 60 la radio de la BBC parecía no ser capaz de tomar el pulso de la calle, y había perdido a una juventud cuya música estaba prácticamente ausente en su programación. Estamos en el periodo que, con humor y mucha nostalgia, se reconstruía en la película Radio encubierta.

La cinta de Richard Curtis se centraba en narrarnos el día a día de una de las muchas radios piratas que emitían desde barcos, fuertes militares marinos y cualquier otra cosa que pudiese mantenerse flotando más allá de las aguas jurisdiccionales inglesas. Viéndola, uno no podría imaginarse que en la vida real uno de los muchos presentadores, que podría haber sido un personaje más, era un antiguo comandante de infantería llamado Paddy Roy Bates. Fue tras haber sufrido el cierre de su propia radio pirata en otra plataforma marina, llamada Radio Essex, cuando Bates decidió dirigir su vista a un antiguo fuerte naval que tenía una particularidad: estaba situado a unas 7 millas náuticas de la costa de Inglaterra en un momento en el que las aguas territoriales no pasaban de las 3 millas náuticas.

Tras un periodo de planificación Roy Bates se encontró en el HM Fort Roughs junto con Ronan O’Rahilly, director de Radio Caroline. Parece ser que las relaciones entre ambos no fueron muy buenas, y Bates no solamente decidió no seguir adelante con el proyecto radiofónico, sino que además expulsó a O’Rahilly del fuerte. Algunas fuentes dicen que este trató de retomarlo y hubo un enfrentamiento en el que hubo fuego real. De todos modos, finalmente, el 2 de Septiembre de 1967, Bates y su familia ocuparon definitivamente la estructura en compañía de algunos aliados. Según diría el propio Bates con ello consiguió darle a su esposa el mejor y más romántico regalo que se le pudo ocurrir jamás por su cumpleaños: el título de princesa.

Una historia increíble pero cierta

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Puddy Roy Bates

Proclamado el Principado de Sealand, quedaba por ver la reacción del gobierno británico a este suceso. No llegó a pasar un año antes del primer choque entre el recientemente instaurado gobierno y su homólogo británico. El incidente se produjo cuando los Bates decidieron abrir fuego contra unos marinos británicos encargados de demoler las estructuras que habían quedado abandonadas tras la Segunda Guerra Mundial. Según la familia gobernante de Sealand los marineros habían entrado ilegalmente en sus aguas territoriales e, incluso, les habían amenazado e insultado. El resultado, como uno podía esperarse, fue que Bates acabó en los tribunales.

Sin embargo, en un giro de los acontecimientos tan notable como incomprensible para el profano, el juez decidió que realmente no tenía jurisdicción sobre el suceso dado que este había tenido lugar fuera de las aguas jurisdiccionales británicas. Definiendo lo sucedido como algo salido de los tiempos de Sir Francis Drake dio a Bates el mayor éxito de su carrera como Príncipe al librarse de la justicia británica.

Pero no todo en la historia de la nación iba a ser un camino de rosas. Desde el principio de su carrera como gobernante Bates había mantenido una cercana amistad con un alemán llamado Achenbach. Este hombre, que se definía en la época como el primer ministro de Sealand, decidió sublevarse en 1978. Aprovechando una ausencia de Roy Bates, y ayudado por mercenarios alemanes y holandeses, tomó el fuerte y convirtió al hijo del Príncipe en su rehén. Sin embargo, unos días más tarde el antiguo comandante de infantería consiguió movilizar a sus propios aliados, retomar el fuerte tras un asalto en helicóptero y  capturar al mismo Achenbach. La situación llegó a exigir la participación del gobierno alemán para conseguir la liberación de su ciudadano, lo que por supuesto Bates entendió como una aceptación de facto de su condición como país independiente.

Obviamente, desde entonces Achenbach y su sucesor Johannes F. W. Seiger han mantenido un gobierno de Sealand en el exilio. Por si esto fuera poco también defienden que el gobierno alemán les ha dado prerrogativas especiales para el desarrollo de la energía VRIL, relacionada con los platillos voladores nazis. No, esto tampoco es una invención.

Sealand, el antiguo y abandonado HM Fort Roughs, pasó así de ser un viejo fuerte a vivir la proclamación de un principado y un intento de sublevación con la participación de mercenarios. Y no estamos hablando de una novela pulp, sino de la siempre sorprendente realidad.

¿Pero es un país?

Sealand_ExplorersDe todos modos el peligro de hablar de Sealand, o de cualquiera de las otras micronaciones que existen, es quedarse en la superficie del asunto. Sus historias son pintorescas, están llenas de personajes que parecen sacados de una novela barata de aventuras y esconden grandes momentos, pero también pueden engañarnos. Pueden hacer que nos olvidemos del hecho de que no estamos leyendo las fantasías de un autor, sino enfrentándonos a una verdad que solemos relegar a los márgenes de la historia.

Después de todo, si el Principado de Sealand sigue existiendo seguramente es gracias a una inesperada permisividad por parte del Reino Unido. Esta es la misma lectura que uno puede realizar de otros casos como el Principado de Hutt River en Australia. Simplemente no parece existir ningún interés por parte de los gobiernos establecidos en ningún tipo de confrontación, siquiera judicial, que solamente podría darles mala prensa. Después de todo uno puede imaginarse que para el gobierno británico, Sealand no es más que una casa un poco pintoresca, una suerte de atracción turística fuera de lo habitual. De hecho, aún después de ampliar las aguas jurisdiccionales hasta las 12 millas náuticas en 1987 e incluir a Sealand definitivamente dentro de las mismas, no ha habido ningún tipo de acción contra el Principado.

Para algunos esto se puede convertir en una aceptación de facto de la independencia del antiguo fuerte, pero esto no deja de ser una interpretación partidista. Lo único que sabemos es que Sealand funciona a la hora de la verdad como un parque de atracciones y una fuente de ingresos peculiar, más que como un verdadero país. Después de tantos esfuerzos para constituirse como nación uno se encuentra que la parte más importante de su web oficial es una tienda en la que cualquiera puede convertirse en Conde por un módico precio. Por supuesto, si tu economía no alcanza para tanto siempre puedes unirte a su propia orden de caballería, ser Barón o incluso quedarte simplemente en un Lord (o una Lady, claro).

Tampoco podemos olvidar que durante un tiempo se habló de la posibilidad de que The Pirate Bay comprase Sealand para poder establecer allí sus servidores, ni ese genial momento en el que el Principado estuvo disponible para su transferencia (que no venta, se insistía) en un portal inmobiliario español por el módico precio de 750 millones de euros. A día de hoy, sin embargo, Michael Bates (Príncipe de Sealand tras el fallecimiento de su padre en octubre de 2012) parece no tener en mente librarse de Sealand sino más bien tratar de recuperar proyectos como el establecimiento en el antiguo fuerte de un paraíso de datos o la creación de un casino online.

Y tal vez sea una buena noticia, porque una vez uno ha entrado en el mundo de las micronaciones no puede dejar de sentirse fascinado. Saber que un tal Michael Martelle ganó dos medallas de plata para Sealand en la Copa del Mundo de Kung Fu de 2007, celebrada en Quebec, es algo que solamente puede ser superado por el hecho de que el próximo 9 de Marzo la selección nacional de Sealand disputará su cuarto partido oficial contra Alderney en Godalming, Inglaterra. Y no será el último, puesto que el 13 jugará el quinto.

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Sancho Panza toma posesión de su cargo en la ínsula de Barataria, según Doré

Y es que al final uno no puede evitar la simpatía por el pequeño. Es demasiado tentador imaginarse que nos encontraremos con una multitud de émulos de Sancho Panza, una sucesión de pequeños hombres que serían felices con apenas una ínsula que gobernar con buen sentido. Y es difícil que abandonemos esa mentira.

Poco importa que Sealand no aparente ser a día de hoy más que un intento de hacer dinero fácil que bordea la estafa, algo que por otra parte sucede con muchas otras de las micronaciones que existen. Poco importa también que seguramente un día los Bates encuentren a alguien dispuesto a pagarles lo suficiente para que su principado desaparezca. Lo único seguro es que de vez en cuando merece la pena acordarse de que hasta la mayor locura es posible, y todavía hay hombres que deciden ser reyes Y algunos hasta lo consiguen.

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