Víctor Guillot

José Luis Argüelles: elogio del disidente

periodicos

En una democracia de masas en la era de los mass-media es posible ser un disidente,  denunciando el sectarismo político y que a gran parte de la población no le importe. También es posible ser un disidente, denunciando la corrupción y que una gran mayoría se escandalice, sin que se observe una reacción justa en el seno de las instituciones democráticas. Probablemente, estas dos observaciones sean un síntoma claro de la obsolescencia de un sistema, eficaz en el último tercio del pasado siglo pero anticuado para el presente. Uno de los motivos, aunque no el único, de que esto suceda se encuentra en el papel predominante que ejercen nuestros intelectuales en el foro político y su grado de influencia en la sociedad de masas.

 Los intelectuales han ocupado un espacio ideológico que los políticos, en algún momento de nuestra historia, abandonaron. Sin embargo, su papel se ha visto reducido a un blog, un tweet, o un breve comentario en una televisión o una radio. El intelectual disidente del siglo XXI ejerce una labor simplificada que, al igual que Stephane Hessel en su breve panfleto ¡Indignaos!, invita más a la acción que a la reflexión. El espacio natural nuestro intelectual, la tribuna y el ensayo, apenas goza de audiencia -convirtiéndose en un ecosistema frágil y asediado-, y su intervención en la radio o la televisión, aunque esté destinada a grandes audiencias,  resulta,  por naturaleza, abreviada. Todo esto nos conduce a identificar al pensador con un comentarista de los temas de actualidad y a confundir a algunos comentaristas, la gran mayoría de ellos, con intelectuales. En cualquier caso, la actitud de unos y otros, por seria y rigurosa que sea, tiende a la banalización y por lo tanto, a una representación de la democracia absolutamente trivial, siguiendo las directrices que marca la sociedad del espectáculo.

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Sin embargo, esta circunstancia no se produce siempre. Y me gustaría poner dos ejemplos de los que yo llamo la acción intelectual del disidente, porque se enfrentan al modelo imperante, establecido en los mass-media. En Asturias, el espacio en el que cohabitan los intelectuales se encuentra en la televisión y en la prensa. Debate en 30, un programa de discusión sobre la actualidad política, emitido en la televisión pública asturiana y moderado por la brillante periodista María Blanco, reúne a parlamentarios, economistas, sociólogos y comunicadores que discuten, en el breve espacio de media hora, sobre la actualidad política regional. La televisión de todos los asturianos acoge una buena tertulia donde se enfrentan las ideologías bajo la máscara del academicismo, reservando un día de la semana al combate de los partidos. Sorprende la capacidad que algunos de los contertulios tienen para captar la esencia de la brevedad, demostrando que el titular de poco más de quince palabras es un nuevo modo de expresión no mucho más extenso que los 149 caracteres, basado en la síntesis, la contundencia y el grado de inclinación política de sus argumentos. Me pregunto si media hora es suficiente para resumir toda la actualidad política pero, en cualquier caso, no deja de ser imprescindible para poder tener constancia de las ideas políticas armadas en combate.

FOTO_D~1En la prensa asturiana, los diarios conservan la tribuna y es bastante probable que sea José Luis Argüelles uno de los pocos periodistas que ha convertido la crítica y la crónica en un ejercicio dominical orientado a desenmascarar las falsas ilusiones y los fingimientos de la política local, regional y nacional. Su prosa aporta claridad a la realidad política, corroída mayormente por el lenguaje.  Su trabajo en La Nueva España nos hace pensar en Karl Kraus, ejemplo de lo que supone la disidencia en el periódico vienés Die Fackel. Quizá su condición de poeta o porque aún conserva una mirada paciente de la realidad, logra que sus artículos sean una guía válida para conocer las incongruencias de nuestra vida pública. Argüelles es capaz de desempeñar la labor de un intelectual desvelando las ideas que subyacen bajo el discurso político convencional  sin que su espacio tradicional haya visto mermado el tamaño. Su columna configura un ecosistema sano, sus artículos construyen una trama que pone en contacto las ideas locales con las ideas globales, demostrando que las grandes ciudades españolas (y Gijón todavía sigue siendo una de ellas), son permeables a los grandes debates nacionales e internacionales. En definitiva, Argüelles domina y defiende un espacio que no admite  simplificaciones. Y eso es una gran conquista llevada a cabo por un disidente.

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