Pablo Batalla Cueto

Vida nueva. José Paredes en Cornión

Flores VII

Sobre la primavera se han dicho y se han escrito algunas de las cosas más bellas de la lengua castellana. De cualquier lengua, en realidad. La primavera es el despertar, la renovación, la juventud, el vigor, la alegría, el amor, todos los tizones sobre los que ha ardido siempre la poesía. Pablo Neruda dijo que podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. Khalil Gibran, que en el corazón de todos los inviernos vibra una primavera palpitante. A todo ser humano le reconforta saber que por duro que sea un invierno, y éste lo ha sido, la primavera siempre acaba por asomar la nariz por detrás de los nubarrones. Spring, the sweet Spring, is the year’s pleasant king, canturrean en Gran Bretaña.

La revolución. El verano es para revoluciones acaloradas como la francesa; el otoño y el invierno, para las frías, como la soviética. La primavera es el momento de las revoluciones ingenuas, y todo el mundo sabe que las revoluciones ingenuas son las más hermosas. Las revoluciones primaverales siempre se llaman «primavera de» o son identificadas con alguna flor, duran poco y nunca van a ningún lado. Por eso son las más hermosas. Las causas perdidas son las únicas por las que merece luchar, decía James Stewart en Caballero sin espada. Y es una frase que es mentira, pero también es una frase que es hermosa. Vacua y hermosa como sólo en primavera tienen derecho a ser las cosas.

José Paredes

Matisse decía que siempre hay flores para quien desea verlas, y eso también es hermoso, pero eso también es mentira. Una boutade. Por supuesto que siempre hay flores, como también hay siempre fresas en la frutería del Carrefour para quien esté dispuesto a pagar un dineral por un par de ellas traídas de algún invernadero de Nueva Zelanda, pero todo tiene sus temporadas, y todo produce, fuera de ellas, una opresiva sensación de desasosiego. José Paredes (San Claudio, Oviedo, 1949) podría haber montado su exposición «Flores» en diciembre, pero eso hubiera sido burlarse cruelmente del visitante de la galería Cornión, algo parecido a restregarle por la cara una fotografía de un ser querido muerto. Las flores de acuarela de José Paredes tienen sentido ahora, justo ahora, en estos primeros balbuceos de marzo, cuando el Sol todavía desayuna en su casa antes de salir a hacer footing y las margaritas comienzan ya a desperezarse tímidamente en los tropezones de hierba que aderezan esta jungla de asfalto. Cuando hablar de flores es hablar de la esperanza de una vida nueva, y no de la añoranza de una vida vieja.

Flores XVY tienen sentido ahora, porque las flores de acuarela de José Paredes también han supuesto una pequeña revolución en su trayectoria, y, sí, digámoslo una vez más, las revoluciones hermosas deben hacerse en primavera, siempre en primavera. Por la exposición que albergó el Palacio Revillagigedo (que en gloria esté) en 2007, y por otras dos exposiciones anteriores en Cornión, los asiduos a esta librería-galería gijonesa conocían a un Paredes amante de lo misterioso, de lo nebuloso, de lo entrevisto a través de una cortina de humo, de lo abisal. La de 2010 se llamó «Secretos sumergidos»; la de 2005, «Del lugar del misterio». Ésta se llama «Flores», y lo conciso, lo diáfano, lo sin trampa ni cartón de tal nombre, ya es toda una declaración de revolucionarias intenciones. Flores, sencillamente flores. Flores de varios tipos, unidas por su común carácter dinámico y jovial: flores vibrantes de formas caprichosas y colores intensos, recortados contra cielos azules; flores obscenas con resonancias genitales —seré yo, que soy un poco guarrete—, flores macarras y punk con pinchos y ropa negra.

Flores, en suma. Por el refranero sabemos que flores pintadas no huelen a nada, pero de momento, y hasta que las margaritas se despierten del todo, son y lo serán hasta el 16 de marzo las únicas olibles en Gijón. Pese a lo que Neruda aseguraba, uno empieza a sospechar en estos tiempos de ignominia que hasta la primavera lograrán detener algún día esos «ellos» elípticos que son el sujeto de la frase, con lo cual ni lo de las margaritas es seguro. Así que sí. Hay que pasarse por Cornión, no vaya a ser que.

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