Paula Corroto

El brillo de la Transición

TRANSICIÓN Foto David Ruano (2)

Sin nostalgia. Sin resentimiento. Tampoco con voluntad hagiográfica. Sí con mucha brillantez, ingenio, e incluso audacia. Así es el retrato que ofrecen los dramaturgos Julio Salvatierra y Alfonso Plou de la época de la Transición en la obra homónima que se acaba de estrenar en el teatro María Guerrero de Madrid. Una mirada retrospectiva acompañada por una excelente puesta en escena dirigida por Santiago Sánchez y Carlos Martín, que han sabido manejar a los ocho actores que pululan por el escenario como precisas piezas de ajedrez. Cada uno está en el lugar adecuado en el momento en el que deben estar. Y, como director de orquesta, Antonio Valero, enorme como Adolfo Suárez. Riguroso y cómico sin llegar a la caricatura. Dará mucho que hablar esta obra. Y para bien. Es el Agosto de la pasada temporada del Centro Dramático Nacional.
Y, sin embargo, no es una obra fácil. Primero, por el propio contenido en plena época de revisionismo. La Transición se ha convertido en núcleo del debate político y ciudadano en un momento en el que se analiza si las decisiones que se tomaron entonces fueron las correctas. Si aquello del ‘café para todos’ fue la mejor solución o bien aquellos polvos de los que sufrimos ahora estos lodos del conflicto autonómico. Si la ley de amnistía no significó la inmunidad para criminales del régimen franquista. Si no fue el adalid de un sistema corrupto en el que se asentaron los que ahora tienen que dar cuentas en los juzgados. Si no fue la raíz de la desafección política. Si no fue, finalmente, un cúmulo de decisiones improvisadas, como asegura una de las protagonistas de la obra. Y segundo, el texto, estructurado a partir de una compleja yuxtaposición de saltos temporales y espaciales –del presente a los años setenta y ochenta- en el que caben escenas musicales, algunas rayando el surrealismo esperpéntico, tampoco asegura una sencilla panorámica mnemónica de aquellos momentos.
TRANSICIÓN 1A Foto David RuanoPero si dicen que a veces hay que arriesgar para ganar, en este caso, a los dramaturgos y directores, la jugada les resulta victoriosa. La obra no evita el debate. Al contrario, comienza con un enfrentamiento dialéctico entre una treintañera y un Adolfo Suárez, en el que mientras ella le echa en cara los posibles fallos que tuvo la Transición, él batalla por defender las decisiones que tomó durante su mandato. Y ni uno ni otro caen en el estereotipo. Ni la primera como quincemayista encendida, ni el propio Suárez, quien queda reflejado como un político de altura, un personaje que, aunque no se comulgue con sus ideas, tenía una talla de orador y de político que hoy sí que parece haber desaparecido de la escena parlamentaria. Al escucharle una no puede más que acordarse de los actuales discursos de María Dolores de Cospedal o Mariano Rajoy, más cercanos al surrealismo de los hermanos Marx que a las doctrinas ciceronianas u otros líderes de la retórica. Y ahí una sí que recuerda al otro Marx, al que dijo aquello de que primero llegó la tragedia y luego la farsa. Y en esas estamos.
No se rehúyen tampoco los temas espinosos: las autonomías, el aborto, el divorcio, el terrorismo de ETA, el papel de la mujer, la propia amnistía, la legalización del Partido Comunista y la instauración del rey Juan Carlos como Jefe de Estado. Tanto los autores del texto como los directores saben jugar con el lenguaje del teatro para que sea el propio espectador el que saque conclusiones al respecto. A veces a partir de imágenes de la época, otras mediante canciones muy bien elegidas como Mi querida España, Al Vent o L’Estaca–una se temía que apareciera Libertad sin ira, de Jarcha, pero alegra que no la introduzcan- y en otras ocasiones con juegos de objetos como un mechero y un paquete de cigarrillos, elementos con los que el personaje de Suárez y el de Santiago Carrillo discuten precisamente sobre la legalización de los comunistas y la aceptación del segundo de la monarquía parlamentaria.
El acierto de la obra radica en su propio lenguaje teatral, quizá el arma que no han tenido las series y las películas para narrar aspectos de la Transición. El teatro permite los saltos en el tiempo y conjugar la metáfora de la memoria – excelente ese trasvase entre una clínica para enfermos a la que un tal Suárez acude por problemas con los recuerdos y la realidad de los hechos de aquellos años- a partir de un enorme elemento lúdico que consigue que el espectador se emocione, reflexione y, sobre todo, se divierta y se ría. Hay escenas que recuerdan a las obras del teatro independiente de los ochenta y noventa de compañías como Els Joglars, Tábano o La Cubana, que supieron trabajar el humor, e incluso la españolada, para contarnos cosas muy serias con acidez y sin ponerse solemnes. Y eso resulta muy de agradecer para los que se hallan en el patio de butacas.
Dicen los creadores que han tardado dos años para poner en marcha Transición. Un lapso temporal en el que se produjo un esfuerzo coral, puesto que son tres compañías, L’Om Imprebís, Teatro Meridional y Teatro del Temple, las que han participado en esta función en co-producción con el Centro Dramático Nacional. Una fórmula del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y Musicales (INAEM) en tiempos de crisis que si obtiene resultados como este, funciona. No se pierdan esta obra, tanto si son críticos como si creen en lo que se hizo durante aquellos años. Si tenemos que hacer un ejercicio de memoria desde las disciplinas culturales, la propuesta de Plou y Salvatierra es el camino.

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