Víctor Guillot

Nostalgia del mundo (contra Vicente Verdú)

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Afirma Vicente Verdú en una entrevista publicada por mi amiga, la periodista Paula Corroto en eldiario.es, a propósito de su último ensayo, Apocalipsis now, (Anagrama, 2013), que ya no quedan filósofos, teólogos «ni siquiera ensayistas, puesto que los ensayos que se están publicando son reportajes políticos o de autoayuda, o de esas cosas», y cuenta también que Umberto Eco le confesó en una ocasión que había abandonado el ensayo, porque si vendía 15.000 ejemplares con uno, lograba colocar en las librerías millón y medio a través de la novela. En definitiva, que para el sociólogo y columnista de El País, «el desarrollo del pensamiento no tiene ahora muchos practicantes».
El caso es que Vicente Verdú, a lo largo de tres décadas, es lo más parecido que ha tenido España a Umberto Eco pero, a diferencia, del italiano, ha concentrado su obra literaria en el ensayo y el columnismo, en el pensamiento y la actualidad que le ha brindado su columna en El País, tratando de hacer eso que pretendía siempre Novalis: otorgar a la rutina la dignidad de lo misterioso. Y cuando me refiero a sus libros como obra literaria, quiero decir que a Vicente Verdú se le lee como escritor antes que como pensador, sin que esto suponga un demérito, en gran medida, porque se ha valido siempre de la metáfora para explicar el mundo, siguiendo una tradición literaria que tuvo en Ramón Gómez de la Serna y Ortega a sus máximos exponentes.
Para el sociólogo alicantino, el mundo es siempre una analogía de sí mismo, ya bien sea tomando la parte por el todo, o abrazando todo el universo para dar sentido a la naturaleza de una partícula, en el núcleo acorazado de un átomo. Verdú no ataca la realidad inmediata y periodística sino la actualidad larga e inmóvil de la costumbre, con lo que está haciendo ensayismo de la actualidad permanente, como una resonancia magnética de usos y personas.
9788433966377Hubo una época en la que Vicente Verdú nos apasionaba (y aquí hablo con cierta nostalgia). Muchos de nosotros encontramos en El fútbol, mitos, ritos y símbolos (Alianza) algo más que un libro que hablaba sobre sociología del deporte. Y qué decir de El planeta americano (Anagrama), ensayo sobre el mundo capitalista desde el análisis del consumo y toda su parafernalia partiendo del imperio USA. El estilo del mundo (Anagrama), La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003), Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) vinieron a germinar la semilla de aquel primer libro y constituyeron un ameno acercamiento al conocimiento de las raíces del neoliberalismo, su apogeo y derrumbe final, desde la contemplación de los objetos y su interrelación con los sujetos.
Ciertamente, el fetichismo se convierte en manos de Verdú en otra forma de entender la realidad, capaz de extenderse en el sentido último de una lavadora, el significado lírico de un coche, el efecto devastador de la noche o la biografía de un fotón en su largo o breve recorrido por las autovías de la luz.
Como decíamos al principio, el mundo es una analogía de sí mismo. Este pensamiento barroco de Vicente Verdú ha explicado el capitalismo global desde la metáfora, desde otro planeta que venía a ser el nuestro, desde un código que explicaba otro código, desde un objeto que venía ser un sujeto y viceversa, como en un extraño juego de espejos, en definitiva, estableciendo conexiones que al mismo tiempo servían para marcar distancias. Sólo así podíamos saber, probablemente, lo lejos o cerca que estaban las cosas y las ideas de ser iguales o antagónicas.

Zigmunt Bauman

Zigmunt Bauman

El caso es que eso molaba cuando su mundo era compacto y posmoderno. A lo que se ve, Vicente Verdú, como Zigmunt Bauman hoy, padece cierta nostalgia líquida por un mundo que en otro tiempo era aparentemente unívoco, o sea, que tenía unas reglas, un sistema, que en estos momentos, según ellos, se diluye por los agujeros negros del capitalismo, el multiculturalismo y los mass-media, rompiendo de esta manera sus límites, su forma. Lo que sucede con esta nostalgia es que nos impide ver la solidez del mismo mundo que, efectivamente, ha cambiado, pero que sigue estando ahí, tan uniforme, deforme o informe como lo había sido un siglo antes. El mismo Verdú confiesa esa nostalgia cuando le dice a Paula Corroto que el final del ensayo como género «es muy coherente con esta sociedad fragmentada en la que no hay un sistema que lo gobierne todo. Se habla de cómo vivir con el desorden, cómo la inspiración es el desorden». Pues bien, yo creo que lo que cambia es la analogía, la forma de contar el mundo sin que de ello se derive ningún cambio en su estado ideológico, pues aún seguimos avizorando las mismas utopías que antaño y padeciendo sus mismos abusos. Por citar a Foucault: «en realidad, hay dos especies de utopías: las utopías proletarias socialistas que gozan de la propiedad de no realizarse nunca, y las utopías capitalistas que, desgraciadamente, tienden a realizarse con mucha frecuencia».
Si la columna de Verdú en El País falla últimamente, si el ensayo, tal como él lo entiende, ya no tiene el mismo predicamento que hace unos años, no es porque el mundo se haya hecho líquido, simplemente sucede que la manera de ver el mundo ha cambiado su posición, sin que las relaciones de poder hayan variado sustancialmente.
El fetichismo es una manera de sacralizar los objetos y en la medida en que estos objetos nos explican a nosotros mismos, se hacen inviolables. O sea, se pueden ver pero no tocar y siempre al trasluz de un cristal.

Michel Foucault

Michel Foucault

Hasta hace una década, esta podía ser una forma de analizar las cosas (nunca de cambiarlas), pero el mundo actual nos obliga a verlas necesariamente desde otra óptica. La vida ya no se explica desde fuera, como quien se pasea por la calle contemplando maniquíes ante un escaparate, ni tampoco desde una metáfora, porque nos sugiere su significado pero nunca nos da su significado exacto. El mundo necesita ser contado desde dentro, desde su propia raíz, y en la medida en que la crisis económica, política y social ha hecho más evidentes sus contradicciones, intensificando la brecha entre quienes gobiernan y son gobernados, menos analógica es su realidad, de manera que no puede ser sólo metafórica la manera de contarla. El mundo no ha cambiado tanto, tan sólo se ha hecho más real, si acaso, se ha despojado de metáforas; se nos presenta más crudo, más desnudo, más herido, más visceral. Lo jodido es encontrar la palabras exactas que lo describan, no sus metáforas, aunque haberlas haylas.

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