Marcos García Guerrero

Habemus Sporting

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Foto de La Nueva España

La tarde del sábado no empieza de forma halagüeña: lluvia plomiza, culo mojado sobre la Hoja Rojiblanca y en minuto y medio ya estamos perdiendo por una jugada de combinación de esas que ostentan el grado de leyenda en el verde de El Molinón. El vecino de asiento  aún no se ha encendido el peta de rigor y ya empiezas a arrepentirte de no haberte quedado en casa, que ponen el partido por Telecable, no te mojas y si te aburres cambias de canal.

El primer cuarto de hora sale a relucir el lirismo típico de los Ultra Boys (¡Sporting échale huevos!) y desde la grada se sugieren efusivamente métodos de tortura medievales para motivar a los jugadores (algo de meter cosas grandes por orificios corporales pequeños). Los culés, que para la ocasión han abandonado el blaugrana canónico para disfrazarse de biosolanes multifrutas, parecen una versión mini de sus hermanos mayores, mientras el filósofo que se sienta detrás ya tilda a Deulofeu de sucesor de Messi («esi guaje ye la de mi madre»). El Sporting anda perdido y la nueva revolución futbolística de Sandoval, que consiste, oh sorpresa, en atrincherarse atrás y salir a la contra, parece abocada no solo al fracaso, sino a una posible goleada. Además, el árbitro da muestras insistentes de que no va a permitir que se sacuda duro a las bailarines del Baby Barça (lo sé, cada vez que alguien utiliza este apelativo una pelota se desinfla en La Masía).

Pero la lluvia comienza a mitigar y ya se pueden cerrar los paraguas (porque el Molinón está atechado, sí, pero la arquitectura made in Sporting es así). Y el equipo, aunque de forma torpe, se viene arriba,  mientras el Barça B comienza a dar síntomas de por qué es el conjunto más goleador de la categoría (paradón de Cuellar ante el nuevo Messi) pero también el más goleado (presión rojiblanca arriba y la línea defensiva barcelonista tambaleándose). Y el Sporting empieza a funcionar. Y llega esa especialidad tan de El Molinón de ocasiones de gol que no lo son pero que casi, de pases al hueco que no hay, de centros meloneros, de balones que desde el fondo contrario parece que rozan la línea de gol pero que en realidad pasan a kilómetros, ocasiones fantasmas que oye, joer, ahí vamos, que hay que llegar, pisar área y tirar, que ye la manera. Y el Sporting se lo cree. Y Santi Jara mete un golazo. Y Bilic cumple con el dicho de que a la enésima va la vencida. Y llegamos al descanso y mandamos whatsapps con emoticonos de alegría. Puxa Sporting.

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Foto de La Nueva España

En la segunda parte el equipo se desboca, y al igual que en el partido contra el Girona, el amarrateguismo de Sandoval deja paso a la ambición de unos jugadores que por fin parecen encontrarse cómodos en el campo. Lora vuelve a ser Lora. Con dos años y medio de retraso confirmamos que Sangoy tiene que jugar por detrás del delantero centro, y Trejo vuelve a demostrar, incluso en partidos en los que está más discreto, que es el Ronaldinho de la categoría (y no lo decimos por aquel desliz nocturno en Pola de Siero). El mediocampo se muestra compacto, roba y surte de balones a una delantera fina de forma. Y la defensa… ¿cómo es aquello del árbol que se cae en medio del bosque y que no hace ruido porque nadie lo escucha? Pues eso, que mientras metamos cinco goles da igual que la defensa cante o haga ruido en medio del bosque; ya nos preocuparemos de eso otro día (quizás la semana que viene en Almería).

La afición de El Molinón es ciclotímica, como el equipo. Con los cinco goles en la hucha nadie demanda echar huevos en ningún sitio ni se acuerda de torturas inquisitorias, a Deulofeu lo llaman  el «Messi palero» (literal) y vuelven los cánticos ofensivos contra nuestros dos archienemigos: Fernández y el Oviedo. Sportinguismo en estado puro. Incluso el árbitro levanta la mano y consiente que el Barcelona B reciba alguna que otra coz, que aquí no se viene a bailar. 5-2 final, segunda goleada consecutiva en casa (amén de fenómeno cósmico sin parangón en el universo rojiblanco), y sensación de que por fin sabemos a lo que jugamos y de que el equipo se lo cree.

Los jugadores acuden al centro del campo para despedirse, y como hace quince días, reciben la ovación cerrada de la grada. Mientras, mi vecino porreta da una última calada. Fumata rojiblanca. Habemus Sporting. Y miras la clasificación y ves que la liguilla de ascenso sigue a ocho puntos. Puede que nuestro cónclave se lo haya tomado con demasiada calma.

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